LOCO EN EL BOSQUE

Por Joaquín Vargas Torres

Un día más, el vago chisporroteo al que Blas había logrado acostumbrarse, aunque le impidiera vivir, resonaba en su cabeza y lo arrancaba del sueño. Un día más con ese grillete que le pesaba tanto y tanto y tanto.

 

¡Un día más de penitencia y uno menos de oportunidad! –Pensaba Blas, una mañana más, mientras se dirigía al trabajo–.  Sin embargo, Juan, que vivía con él, era feliz con la vida que tenían en común:  ambos tenían trabajo, una casa y pocos problemas (pues Blas jamás hizo saber nada a Juan acerca de la angustia existencial que le atormentaba).

 

Tenían una vida modelo, urbana, aburrida diría yo. Era a todo lo que aspiraba Juan, pero Blas, Blas necesitaba escapar del corsé de la rutina y de lo políticamente correcto. Solo le amarraba a la ciudad su amor por Juan, cada vez más languideciente y difuso. Blas odiaba lo contenido, lo medido y la cuadrícula y, por ello, le ahogaba la vida monótona en que hacía años se había embarcado y reprimía todos sus genuinos impulsos. En su lugar, fantaseaba con una vida improvisada, sin preocupaciones, alejada de constructos sociales como el dinero o la clase social a la que pertenecía. Con vivir, pues, para él, aquello no era vida. Fantaseaba, preferiblemente, con vivir al día.

 

Una noche, Blas llegó de la oficina. Juan, que salía del trabajo a media tarde, le estaba esperando para cenar. Pero Blas no medió palabra con él, se dirigió a su habitación, sacó la maleta que tenía preparada bajo la cama y la tiró por la ventana, que daba al patio de luces. Tras ella fue él, que se descolgó por la fachada valiéndose de una tubería descubierta. Tocó tierra y, con total tranquilidad, a pesar de estar viviendo un episodio bastante diferente a sus aburridos hábitos cotidianos, recogió su maleta, llamó a la puerta que daba al patio y, sin dar las buenas noches a su vecino, atravesó toda la casa hasta salir al portal y, de ahí, a la calle.

 

Acabó tirando la maleta a un contenedor y prosiguió su viaje sin ella, a pie en todo momento. Le llevó varias horas llegar a las afueras de la ciudad. Una vez allí, divisó a lo lejos una imponente montaña que, aunque no lo pareciera, distaba de sí unos nueve kilómetros. No le importó. Anduvo durante toda la noche hasta llegar a su cima. Una vez allí, se desplomó exhausto sobre unos arbustos. A la mañana siguiente, los primeros rayos del alba comenzaron a colarse tímidamente entre las acículas de los pinos y a incidir en el rostro de Blas. Pero tuvieron que pasar varias horas para que este despertara de su hondo sueño. No recordaba un despertar tan placentero como el de aquel día (ni con tanta hambre y sed).

 

Al otro lado de la montaña, a los pies de esta, discurría un pequeño arroyuelo. Blas se dirigió al mismo y sorbió su agua fresca de una de las hoyas que salteaban el cauce. Madroños y bellotas le sirvieron de desayuno. Y de allí no se movió, pues, a orillas del arroyo, encontró una pequeña covacha. Decidió que esta sería su nueva morada. En el abrigo de la misma se pasó horas y horas sentado, contemplando en calma la inmensidad de los parajes que le rodeaban. Pero la paz le duró poco. Empezaron a llegar senderistas, ciclistas y hasta barranquistas. Blas comprobó que el influjo de la vida urbana, en forma de pasatiempo que, por un momento, cegara la conciencia de ser esclavo del sistema tecnológico-industrial, llegaba hasta el lugar más recóndito. Se pasó el resto del día recluido en su cueva, planeando cómo impedir que aquella gente le robara su paz. Esperó a que pasara el fin de semana, cuando la avalancha de turistas alcanzaba su pico, y los siguientes días los empleó en fabricar armas con las que custodiar su paraíso.  Elaboró un arco con un palo curvo y alargado al que amarró una cuerda de cáñamo valiéndose de los extremos. Para las flechas usó palos más pequeños a los que añadió, en un extremo, piedras de sílex afiladas y trianguladas. Con estos proyectiles atacó a todo aquel que osó invadir su territorio, dejando en pocos días un reguero de heridos.

 

Jamás lo vieron en acción ni lo descubrieron. Y consiguió su objetivo; el temor a ser atacado repelió a todo visitante. Por unos días reinó la paz en el lugar; ya no había avalanchas de turistas y solo se escuchaba el rumor del agua, el canturrear de los pájaros, el viento azotando las copas de los árboles. La naturaleza. La vida que tanto ansiaba vivir.

 

Uno de esos días, para su sorpresa, apareció un hombre paseando con un perro y Blas no dudó en lanzarle un proyectil. Este le alcanzó, pero al darle a la altura de los riñones, rebotó y cayó al suelo (llevaba un chaleco antibalas). Fue en ese momento cuando una emboscada sorprendió a Blas. Cuatro guardias civiles le apuntaban con sus escopetas y no tuvo más opción que dejar el arco en el suelo y descolgarse la banda en que llevaba todas las flechas.

 

Lo esposaron y lo llevaron, enlazado a un guardia civil por cada brazo, hasta la carretera más cercana, donde tenían el coche patrulla. Llegando al principio del sendero, la imagen era la de un hombre desaliñado, enclenque y con la mirada perdida, que se abría paso entre una multitud de periodistas, curiosos e incluso algunos admiradores, que veían en él el nuevo líder del movimiento anarconaturista. Lo cierto es que, la libre interpretación de lo allí sucedido, dio lugar a varias teorías: Blas era un perturbado, un asesino en potencia, un defensor de la naturaleza, un pragmático anarconaturista…

 

Toda la atención mediática se centró en la historia de Blas y en saber quién era y por qué se había convertido en “el loco del bosque”. Tuvo tal repercusión que, diferentes colectivos ecologistas y anarquistas, recaudaron la cuantía necesaria para pagar la fianza que se le impuso para salir de prisión. Blas se convirtió en un mito, en un líder de masas, ¡Blas estaba viviendo!

Lo primero que hizo al salir de prisión, fue reunirse con todos los colectivos que le habían apoyado y constituir una organización paramilitar. Y pusieron bombas por toda la ciudad. E incendiaron el ayuntamiento, y la sede de la diputación provincial, y fueron a Madrid a quemar el Congreso de los Diputados. Y estaban todos como una puta cabra. Pero qué bien se lo pasaban. Se esmeraron en perimetrar la zona de la covacha y del arroyo, haciéndola infranqueable a los no adeptos a su doctrina. Y pescaban en el río en el que también se bañaban y del que bebían. Y comían todo lo que cazaban. Y, finalmente, montaron una suerte de microestado en el que no había más ley que la obligación de atacar a todo aquel que los invadiera.

 

Pero Blas se levantó de la cama y abandonó los minutos de sueño que le había regalado el tumbarse un instante en la cama.  Se remojó varias veces la cara y se dispuso a cenar con Juan, no sin antes disculparse por no haberle saludado al llegar. Y es que esa fue la única anomalía de ese día, que Blas no le saludara al llegar. Tras cenar uno recogió la mesa y el otro fregó los cacharros. Y, después, los dos a ver una película. Y, al día siguiente, al trabajo. Pero, la noche de aquel día, cuando Blas llegó a casa, después de darle las buenas noches, le dijo a Juan que no aguantaba más y que necesitaba hablar muy seriamente con él. Le dijo que llevaba días pensando que prefería planes alternativos a la ya rutinaria salida nocturna del sábado y resaca del domingo, como practicar senderismo. A Juan no le pareció mala idea, aunque tampoco le hacía especial ilusión.

 

Lo cierto es que, el sábado, ambos fueron al arroyuelo de las hoyas. Una vez allí, por iniciativa de Blas, ambos abandonaron el recorrido marcado por el sendero y tomaron rumbo a una pequeña covacha, tan enigmática como inerte. Y allí pasaron un bonito día campestre; se bañaron en el arroyo, recolectaron varias setas y comieron algún que otro madroño. Pero la tarde empezaba a caer y tenían que volver a casa.

 

–¡Pues al final lo hemos pasado bien! –dijo Juan–

–Sí –respondió Blas–, pero podría haber estado mejor.

 

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