LORD REGINALD DE OXFORDSHIRE – Arturo Rovira Roldán

Por Arturo Rovira Roldan

Corría el año 1675, querido lector, cuando un tal lord Reginald de Oxfordshire publicó su ópera prima en ese populoso y sucio Londres de finales del siglo XVII. El título de esta obra magistral era Placeres reales. Bajo dicho epígrafe, el autor, rajaba a capricho y con saña desmedida sobre los secretos de alcoba de la familia real inglesa, abogando al mismo tiempo por los beneficios de la república y el derrocamiento de la monarquía.
Acompañando al texto, se encontraba una pequeña selección de descriptivas imágenes que mostraban algunas de las anécdotas más picantes narradas en su interior. Estos dibujos garantizaban que incluso los iletrados del país, que eran muchos en esa época, pudieran conocer de primera mano las curiosas preferencias sexuales de Carlos II, apodado, para más inri, el Alegre Monarca por su hedonista estilo de vida. Esto dejaba al rey, como cabe suponer, en una posición más que comprometida.
El escritor, lord Reginald, era un completo desconocido, por lo que circulaban muchos rumores acerca de su persona. Según algunos, residía en una remota aldea del condado de Northumberland, aterido por el frío y los sabañones. Otros afirmaban que era un prófugo de la justicia, que desde las colonias americanas malmetía contra la monarquía inglesa. Mientras que los más atrevidos aseguraban que detrás de ese libelo infamatorio se encontraba lord Oliver Argleton, vigesimosexto conde de Glastonbury.
Pertenecía el noble a una de las familias más antiguas de Inglaterra, cuya estirpe se remontaba al siglo XI. En aquel entonces, el primero de los Argleton, lord Charles, había logrado obtener el mencionado título nobiliario tras encamarse con Guillermo II. Las virtudes del susodicho debieron de ser muchas, ya que el rey normando no tardó en otorgarle el anhelado condado, junto con otras prebendas.
Desde aquel momento hasta el presente, esta «ilustre» familia había transitado por la historia dedicándose no solo a dilapidar su fortuna, sino también a calumniar a quienes les resultaran molestos y a malmeter contra el monarca de turno.
Era, por tanto, lógico presuponer, o al menos así se decía en los círculos más selectos, que el antiguo camarero del rey Carlos II, motivado por los celos —circunstancia que abordaremos más adelante— y ocultándose bajo un seudónimo pomposo y rimbombante, se había armado con pluma, tinta y pergamino para escribir que al soberano de Inglaterra, Escocia e Irlanda, entre otras cosas, le costaba empalmar.
No era poca cosa, aseguraba lord Reginald en su libro, pues a consecuencia de algún tipo de trauma infantil sin tratar, Carlos no lograba cumplir con el débito marital, ni satisfacer a su esposa, la reina Catalina de Portugal, a menos que algún sirviente de confianza le ayudara a poner el mástil en alto. Este fiel lacayo debía introducir, en el momento preciso y a la señal del rey, el dedo índice y el dedo anular en el muy regio ano, siendo esta peculiar práctica sexual la que enderezaba el apéndice del Alegre Monarca y le garantizaba la anhelada erección.
Otra afirmación del audaz escritor señalaba que dicha práctica era tan frecuente, la disfunción del soberano tan alarmante y los deseos libidinosos de la reina tan insaciables, que el orificio había cedido hasta tal punto que el leal criado podía meter, sin esfuerzo, la mano en el esfínter del monarca. Lord Albert, o más bien su álter ego Reginald de Oxfordshire, aseveraba también que, de persistir con dicho método, Carlos II acabaría por tener problemas de incontinencia y se vería obligado a llevar pañales.
Las razones esgrimidas por el desconocido autor para difamar y vilipendiar al rey eran que hasta no hace mucho, el encargado de asistir al monarca en sus asuntos de alcoba había sido el aristócrata. Sostenía, a su vez, que debido a un pequeño error, un pequeño lapsus de destreza al introducir el puño en el momento indicado, el culo del soberano había quedado bastante perjudicado, impidiendo que pudiera subir a su caballo, montar a la yegua de su mujer y demás amantes durante meses. Esta desgracia, y no otra, llevó al rey a apartar al vigesimosexto conde de Glastonbury de su lecho conyugal, además de retirarle, injustamente —según afirmaba el escritor—, su confianza.
El lector asumirá, con razón, que Carlos censuró la publicación del libro, logrando así su difusión por todo el reino y asegurándose con ello que cualquier persona que supiera leer inglés obtuviera una copia del mismo. Para escarnio del monarca, cuyos secretos de alcoba, vox populi desde hacía años, quedaron confirmados, tanto aristócratas como campesinos, auxiliados por las coloridas ilustraciones del texto, pudieron conocer de primera mano cómo era el trasero real.
Después de tal afrenta, lord Oliver Argleton fue desterrado a la corte francesa por el Alegre, quien, siguiendo el consejo del arzobispo de Canterbury, decidió no condenar al desafiante noble por un delito de laesa maiestas, a pesar de que era su deseo inicial. Esto se debió a que la autoría del libro no estaba confirmada —lord Oliver siempre la negó— y la popularidad de lord Reginald era más que notable. Por tanto, Carlos II esperaba, al poner tierra de por medio, librarse del díscolo noble, rezando al mismo tiempo para que un milagro, ya fuera la disentería, los tábanos o el queso francés, acabara con él.
En el país vecino, Luis XIV de Francia, que era el monarca reinante por entonces, recibió al aristócrata inglés con los brazos abiertos y una sonrisa en los labios. Entre los escasos libros que el Rey Sol había leído se encontraba una copia barata, adquirida a través de un comerciante escocés que traficaba entre ambos reinos, del libelo escrito por lord Oliver. El soberano esperaba, más bien anhelaba, al amparo de su amistad con el conde —a quien presuponía autor del relato—, poder obtener otros cotilleos relacionados con su homónimo inglés, para así mofarse a gusto de su desgracia.
Poco podía imaginar el incauto Luis que Reginald de Oxfordshire, inspirado por la musa Talía y deseoso de repetir el éxito obtenido con Los Stuart y el sexo, quisiera escribir un nuevo panfleto, esta vez sobre él. La obra, redactada en francés, se titularía Tous le savaient, que venía a traducirse —en román paladino—, por Todos lo saben. Y es que lord Oliver, a sabiendas de los gustos excéntricos del rey francés, no se había podido resistir a difundir uno de ellos.
El inédito texto de lord Reginald fue recibido con gran expectación en todo el país. Incluso Felipe IV, ignorante del tema tratado en el libro, esperaba con la inquietud propia de un cazador ante su presa tener una copia del mismo en sus manos. Además, al estar escrito en el idioma vehicular del país galo, lingua franca de esa Europa de la Edad Moderna, los inversores de lord Oliver, entre ellos el propio monarca, consideraban más que seguro que su recepción sería amplia y traspasaría fronteras, llegando a convertirse en un superventas.
Como supondrá el lector de estas líneas, la sorpresa del Rey Sol fue mayúscula al descubrir que el noble inglés había plasmado por escrito, sin dejar a la imaginación el más mínimo detalle, aquella ocasión en la que, encontrándose él frágil y apenado, además de excitado, por la muerte de una de sus muchas amantes, y estando el cuerpo de la misma presente y aún caliente —creyéndose él solo en la cripta—, levantó la mortaja de la difunta, le bajó el fino lienzo que cubría sus partes íntimas y, sin ánimo de ofenderla, le proporcionó su último y póstumo orgasmo.
Cómo lord Oliver Argleton se enteró de semejante despropósito es algo que, hasta el día de hoy, no se ha llegado a determinar. Tampoco hubo tiempo para averiguarlo, considerando el conflicto entre el rey y el papa Clemente X, quien al leer la novela estuvo a punto de excomulgarlo. Bastante suerte tuvo Luis de que el santo padre, in extremis, muriera poco tiempo después de publicarse la obra. También le benefició que sus súbditos, acostumbrados a las filias de los soberanos franceses, no se escandalizaran con las costumbres de su absolutista gobernante. Sin embargo, el hecho de que otras monarquías tuvieran copias del libro y estuvieran al tanto de sus escarceos con jóvenes difuntas indefensas no ayudó a calmar su ira, siendo toda ella dirigida al aristócrata llegado del otro lado de La Manche.
Luis XIV decidió deshacerse del conde de Glastonbury. Contempló la posibilidad de decapitarlo, pero no podía pasar por alto que era súbdito del rey inglés. Luego, sopesó la idea de encarcelarlo de por vida en las Tullerías; sin embargo, el riesgo de que retomara su hábito de escribir entre esas paredes era tan grande que la descartó. Otra opción era enviarlo a un monasterio remoto de los Balcanes, aunque estaba seguro de que ni los otomanos lo aceptarían. Al final, se decidió devolverlo a Inglaterra bajo el pretexto de que necesitaba su valioso talento como embajador para mejorar las relaciones diplomáticas entre ambos países.
Al Alegre Monarca, como es de esperar, le temblaron las piernas al enterarse del regreso de lord Oliver. Habría preferido enfrentarse a un duelo a muerte con Luis o incluso iniciar una guerra con Francia antes que tener de nuevo a lord Reginald de Oxfordshire en su corte. Sin embargo, la voluntad del monarca galo fue del todo inamovible. Más aún, el Rey Sol se encomendó como nunca a todos los santos que conocía, esperando lograr con ello un milagro, ya fuera una pulmonía a causa del mal tiempo, un corte de digestión por beber leche agría o una simple epidemia de sífilis, que acabara con el aristócrata inglés.
Sin embargo, como afirmaba William Shakespeare: «El destino es el que baraja las cartas»; y no fue su voluntad que hasta varios años después, en 1701, lord Oliver Argleton, vigesimoséptimo conde de Glastonbury, exhalara su último aliento en la intimidad de su alcoba, rodeado de su familia y su albacea testamentario. Este último desempeñó el papel crucial de registrar las últimas voluntades del conde, entre las cuales se incluía la designación de su heredero, con quién debía volverse a casar su mujer y una instrucción algo particular: la publicación póstuma de su última novela titulada Soberanos carnales.
En esta obra, bajo la pluma de lord Reginald, se desgranaban sin pudor y con todo lujo de detalles los secretos más escandalosos de las monarquías reinantes. La noticia de su existencia hizo estremecer a toda Europa, dejando entrever que, incluso más allá de la muerte, un Argleton continuaba haciendo lo que mejor se le daba: vilipendiar a un rey.

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