LOS BIGUDÍES DE LA PELUQUERA – Mª Esmeralda Valiente Maillo

Por M. Esmeralda Valiente Maillo

A finales de los años 50 en un pueblecito manchego una joven se resiste a la autoridad paterna y le planta cara. Quiere ser peluquera, seguir la tradición de ser lo que su hermana mayor, modista, no va con ella.
Para formarse debe ir a la capital, y eso no está bien visto en el pueblo. Un país que sale de una guerra civil y vive en condiciones precarias donde solo los afortunados alcanzan la cultura. ¿Solo los afortunados? ¡Ah, no! No olvidemos a los sedientos de aprender, a los luchadores, a los inconformistas, a los que un “no puedes hacerlo” es motivo suficiente para intentarlo y conseguirlo.
Nuestra joven encaja perfectamente en el segundo grupo y su historia así lo demuestra.   Era la segunda de seis hermanos; alta, rubia, bien parecida, ojos almendrados que cambiaban según se reflejara la luz del sol. Tenía una personalidad arrolladora, era impetuosa, rebelde, tenaz, muy despierta, inteligente, aunque a veces podía ser tozuda y muy perspicaz; pero Marilia tenía algo que la hacía muy especial y es que era sorda.
En aquella época eso era demasiado para una joven de 17 años que intentaba salir del pueblo para forjarse un futuro. Leía los labios en espejo.
La relación que tenía con sus hermanas era muy hermosa, basada en la complicidad, el cariño y la ternura. Sus hermanas la conocían bien y sabían que nada se interponía en su camino, si decidía hacer algo lo haría costase lo que costase.
Los domingos eran días de precepto, las mozas debían ir a misa con velo y calcetines cortos.  Ella siempre dejaba la ropa preparada y bien colocada, un domingo una de sus hermanas se levantó antes que ella y se llevó sus calcetines, cuando Marilia se dio cuenta, salió disparada hacia la iglesia, sus hermanas tuvieron que sujetarla y hasta su madre tuvo que intervenir; sabían que sería capaz de ir y sacar a su hermana arrastras de los pelos para quitarle sus calcetines. Cuando recuerdan esta historia todas se ríen pues saben que lo haría, quedó como una más de las anécdotas que tienen para contar. La hermana que se llevó los calcetines recuerda que durante la misa estaba esperando el momento en el que apareciese, pero tenía prisa por coger un buen sitio y no se lo pensó.
Una tarde de principios de verano, cosían sentadas, como de costumbre, pues era habitual en la época que las mujeres confeccionaran su ropa. La mayor había aprendido a coser  en  la  Catedra,  así  llamaban  a  la  Sección  Femenina  que  se
desplazaba  por  los  pueblos  para  “enseñar”,  decían,  a  las  mujeres  rurales.  Ahí aprendían a coser, a cocinar, a poner la mesa, a hacer las tareas del hogar, pero también les enseñaban a cómo ser una buena esposa y madre abnegada. Todos los días escuchaban la misma cantinela, a Marilia esto le revolvía el estómago, y cuanto más le obligaban más se rebelaba. Aquella tarde, sentadas bajo el lilo, las
hermanas estaban dedicadas a la charla fluida y distendida cuando de repente les soltó que quería ser peluquera.

A sus hermanas no les pilló por sorpresa, pues era la encargada de arreglarles el cabello para cualquier ocasión. Reconocían que tenía una habilidad increíble para ello, que eran la admiración de todo el pueblo. Ahora bien, se enfrentaban a un muro de contención insalvable, su padre. Todas sabían que ella conseguía todo
lo que se proponía, pero sabían también que la lucha sería a muerte.
Todas estaban esperando el momento en el que le confiara a su padre su deseo.
Si algo tenía ella es que sabía esperar, aún faltaban unos meses para que su amado se fuera a Melilla a prestar el servicio militar, sería más de año y medio de separación.
Los días pasaban y todos en la casa seguían sus rutinas, su padre se iba de madrugada a trabajar a la mina, era capataz. Cada una de las mujeres de la casa se afanaba a su tarea, todo se compartía. El único hermano de Marilia estaba estudiando en Sevilla en un internado, quería ser mecánico, aunque años más tarde su destino fue otro bien distinto y mucho más peligroso en aquella época de los años 60 y 70 en España.
La vida familiar quedó marcada por un acontecimiento muy desafortunado que sucedió años antes, cuando Marilia tenía aproximadamente ocho años.
Como cada verano la familia estaba preparando sus vacaciones, que no eran otras que una estancia de una semana en el río más cercano. Allí se daban las vacaciones por excelencia de todo un pueblo, las tiendas de campaña estaban hechas de tela cosida, eran muy rudimentarias y como hacía calor tampoco necesitaban mucho más.
Las camas consistían en sacos de serrín y paja, después le colocaban las sábanas quedando así algo bastante decente para dormir.  En ese campamento tan particular, donde todos se conocían, la familia pasaba un merecido descanso.
Aquel verano sucedió algo que destrozó a la familia.
Para meterse al río, que estaba lleno de piedras, todos llevaban unas zapatillas de goma color marrón las cuales hicieron una rozadura a la tercera hermana, de seis años. Como consecuencia de eso le provocó el tétanos y murió. Fue un duro golpe para las hermanas que estaban muy unidas, jamás lo superaron y el recuerdo perduró en ellas de por vida.
Faltaban unas semanas para que su amado partiese para Melilla, ella había sabido esperar pacientemente para darle a su padre la noticia de que sí o sí iba a ser peluquera.  Sin más anestesia ni más rodeos un buen día cuando el padre acababa de llegar del círculo de recreo, donde solía pasar bastantes horas echando la partida con sus amigos, le espetó su deseo de irse a la capital a aprender el oficio de peluquera.
En aquella época se solían gastar pocas bromas, y menos con este tema. El padre montó en cólera, le dijo de todo menos bonita, las hermanas retrocedieron y la dejaron sola frente al peligro. Lejos de amedrentarse, Marilia se mantuvo firme en su decisión, abiertamente le dijo que no cedería ni un ápice y que ella lo haría, con su consentimiento o sin él.

Cabe decir que la madre era una mujer de la época, a la que su marido no pedía opinión ni se la daba, hacía simplemente lo que él decía y punto.
El enojo de su padre la llevó a sufrir muchas incomodidades infligidas por él para hacerle cambiar de opinión. Pero fue en ese preciso momento cuando realmente su padre se dio cuenta de que tenía una hija muy distinta y con un temperamento endiablado. Le vinieron a la cabeza las veces que ella sacaba al caballo a pasear y lo montaba, cosa que las demás no hacían, cómo lo cuidaba y lo mimaba. El caballo representaba los aires de libertad que ella tanto anhelaba.

Marilia sufrió durante semanas la ira injustificada de su padre.  Sus hermanas, pasado el susto inicial, no sabían cómo ayudarla, hablaban con ella intentando que recapacitase, pero cuanto más lo hacían más se empeñaba ella en hacerlo.
Dos días antes de la partida de su amado, el padre la llamó para hablar con ella, iba preparada para todo. Sin embargo, lo que se encontró fue una grata sorpresa, su padre había usado sus contactos y le había buscado dónde hospedarse en la capital, en una casa para señoritas regentada por una mujer de edad y de su total confianza.

Marilia corrió a contárselo a sus hermanas y a su amado, que también era conocedor de lo que pretendía la joven.  El momento de la partida fue duro, sabían que estarían separados mucho tiempo, y que su amor sería un amor de sello. Convinieron que se escribirían tanto como les fuera posible, y que ninguno se olvidaría del otro.
El día de la partida, de madrugada, fue a despedirlo y llevó con ella un regalo, le entregó una foto dedicada junto a una pinza larga de pelo que sujetaba un mechón rubio.  Era toda una declaración de intenciones, el amado sonrió, mirándola de frente para que pudiera leerle los labios, le dijo que sabía que lo haría y que estaba orgulloso de ella. Con un beso sellaron la despedida.
Había pasado un mes de la partida de su amado, la vida para Marilia continuó sin sobresaltos, aunque bien es cierto que su padre jamás volvió a hablarle de la manera que lo hacía a sus hermanas. Se aproximaba el día de su partida y estaba muy emocionada. Sus hermanas la apoyaron en todo momento.
La joven partió para la capital con una maleta en tonos marrones con dos correas para poder cerrarla y un asa de cuero. Tenía 18 años.
En la capital pasó dos años de su vida, el tiempo justo para que su amado volviera con ella.
Iba a la academia de peluquería para señoras donde se formó y consiguió su título.  Trabajaba muy duro, pero eso nunca fue un obstáculo en su vida, su trabajo era su motor, era para lo que realmente vivía. Volvió al pueblo con su título bajo el brazo y grandes ideas.
Toda la familia estaba reunida cenando, cuando les dijo que su intención era poner una peluquería en el pueblo. La madre la miró con ojos incrédulos, ¿no has tenido ya bastante? Sin hacer caso se acostó en la habitación donde dormían todas las hermanas juntas y les contó con todo lujo de detalles las ideas y sus sueños para el nuevo negocio.
Ella arregló la parte de atrás de la casa y allí montó la primera peluquería moderna del pueblo.  Había un secador de pie, rulos de colores, bigudíes de madera, pinzas, cepillos, peines, tintes, un gran espejo donde Marilia podía leer perfectamente los labios, etc….. Todo lo necesario y a la última moda lo llevó a su
querido pueblo.
Al principio, las mujeres se mostraban reacias a ir y meterse en ese aparato endiablado que hacía un ruido del demonio, pero con el paso de los días la clientela se triplicó, sus hermanas eran sus modelos preferidas, con ellas practicaba e innovaba, si algo sabía hacer muy bien eran esos moños estilo italiano que tanto gustaban a las mujeres de la época.  Lo que nadie podía imaginar es que esos bigudíes que ella trataba con tanto mimo escondían un gran secreto.  Las gomas tenían distintas longitudes y los bigudíes distintos colores, estaba todo duplicado.  Cada una representaba una letra del alfabeto y el color indicaba la posición, durante su estancia en la capital habían servido de medio de comunicación. La peluquería se convirtió en un lugar donde muchas mujeres acudían en busca de charla. Era un espacio donde todas tenían cabida y donde se sabía escuchar, pues era lo único que a aquellas mujeres les quedaba.
El mismo día en que se casó, su familia le dejó la casa a ella y se trasladaron a la capital, sus dos hermanas pequeñas le habían dicho a su padre que querían ser
peluqueras.  Marilia sabía que había vencido a su padre, aunque su relación quedó dañada de por vida.

 

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Chelo

    Una historia que te engancha y representa lo que en esa época era esa vida de pueblo, que como todo tenía sus cosas buenas y malas. Y, una cosa muy importante que me enseñó mi madre, que tuviera siempre un trabajo y no dependiera económicamente de nadie.

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