LOS PRIMEROS DÍAS – Seila María Camblor Rodríguez

Por Seila María Camblor Rodríguez

Era una dulce niña en este mundo de duelo y aflicción. Es la frase que me viene cuando recuerdo los primeros días de trabajo en la multinacional. Aparece en uno de mis poemas favoritos de Rubén Darío. Supone un esfuerzo recordar lo que paso hace más de veinte años, pero intento ponerme en la piel de esa chica de 23 años, asturiana, ingeniera y virgen que llegó a Madrid con mucha ilusión y muchas ganas de ver de qué iba la vida y el empleo por cuenta ajena.
Retengo todavía la fecha exacta, 12 de junio del año dos mil y ya hacía mucho calor en la capital de España. Me llevó casi una hora llegar desde Alcorcón hasta la puerta de mi trabajo. Siempre recordaré al bajarme en la estación de tren de Chamartín la silueta de las Torres Kio, cristal y granito inclinados, desafiando la ley de la gravedad. Para mí serán siempre el símbolo que mejor representa Madrid, aunque se hayan quedado bajitas respecto a los cuatro rascacielos que ahora dibujan la silueta de la ciudad.
KAPA tenía su sede fiscal en un bloque de apartamentos y compartía ubicación con bufetes de abogados y con vecinos. En ese momento me pareció un detalle sin importancia, pero ahora pienso lo cutre que es tener la oficina principal en el mismo bloque donde suben y bajan los residentes con sus cochecitos de bebé, carros de la compra o mascotas para su paseo por el barrio.
El primer día era el de las presentaciones. Aún no tenía afinadas las tácticas de recordar los nombres realizando asociaciones sencillas o inverosímiles. Por tanto, ese día solo me quedé con un par de nombres propios. El resto fueron el guapo, el de Calidad, el que me recuerda a mi profe de matemáticas, el de las gafas, la sonriente, el financiero, la gorda, el sueco, etc. También descubrí ese día que mi jefe era un criticón y algo bocazas. No me gustó nada cómo hablaba de otro jefe, que si se había ido al Tíbet a hacer yoga, que si dedicaba más tiempo a la vida contemplativa que al trabajo… Tendría razón, pero no era lo más idóneo para comentar a una desconocida como yo en su primer día en el puesto.
El tercer día, como yo creo que querían deshacerse de mí, me dijeron que una parte fundamental del entrenamiento era acudir a una obra. Me dieron unas botas, un casco y unas señas. Nunca olvidaré aquella edificación ni aquella dirección: calle Fuencarral número 7, clínica oftalmológica Gabriel Simón (que por cierto, durante un tiempo se comentó que el dueño de la clínica era el último romance de nuestra celebérrima Ana Obregón). Muchos años más tarde, pasearía por aquella calle y recordaría la vivencia. En ese inmueble se estaba instalando un ascensor de última generación de la multinacional KAPA a la que yo me acababa de incorporar. Lo habían patentado con un nombre que en esta novela llamaré UNIESPACIO. Aquella innovación causaba furor entre los arquitectos porque ya no era necesario reservar un cuarto en la parte alta del edificio para situar la maquinaria del ascensor. Allí conocí a Javier y a Jesús. Con el tiempo, me he ido olvidando de ellos porque no volvimos a coincidir pero aún recuerdo algunas pinceladas de sus vidas. Javier llevaba 24 años en la construcción, también había sido pinche en el restaurante del Hotel Ritz, tenía dos chalets en la sierra y no se apuraba por nada. Comparaba hombres y mujeres diciendo que eran tornillos y tuercas que se debían aflojar o apretar según el momento. Jesús era más joven, tendría mi edad y era más reservado. Comentaba que su idea era casarse, tener muchos hijos y que su mujer estuviese en casa cuando él volviese del trabajo. Yo no podía entender cómo alguien de mi edad podía pensar así. Ya habían pasado tres días y yo iba adaptándome a aquel ambiente de una obra, tan extraño para mí, me esforzaba por mostrar interés y les preguntaba constantemente qué parte del ascensor estaban montando en cada momento.
Durante la mañana de aquel día, se escuchó una voz del piso superior que gritaba:
—¡Echar agua, joder! Ni se ve ni se respira.
Había tanto polvo que era verdad que casi no se veía y se respiraba con dificultad. Nunca había estado en una reforma integral de una edificación y me parecía alucinante cómo podían convivir tantos oficios al mismo tiempo. Hasta donde había podido percibir, se juntaban allí diferentes gremios: los albañiles, los electricistas, los fontaneros y nosotros, los ascensoristas. O el ambiente se llenaba de polvo, o caía agua del piso superior o el ruido de varios taladros al mismo tiempo perforándote los tímpanos. Olía a una mezcla de humedad y brasas. Me advirtieron con mucho ahínco de evitar mirar a las hipnóticas chispas de color azul y amarillo que saltaban mientras soldaban, aquel espectáculo se asemejaba a fuegos artificiales en miniatura.
Por la tarde, Javier me avisó que habían venido dos personas de la Central a hacernos una auditoria. Eran Pepe y Francisco con sus relucientes cascos blancos con el logotipo de la compañía. Pepe, el mayor, vestía con traje y corbata y tenía un aspecto muy serio. Francisco, el más joven, llevaba tejanos y camisa, transmitía cordialidad y simpatía. El mayor se dirigió a mí:
—¿Pero tú no les ayudas?
—Sí, claro. A veces monto yo sola el ascensor —dije bromeando mientras sonreía.
—Tú debes ir mirando las instrucciones primero y después ver si lo que ellos hacen es lo mismo que pone la guía.
—Porque así lo entenderé mejor, ¿no? —contesté ingenuamente.
—No. Porque así aprovecharás mejor el tiempo y, de paso, le vas diciendo lo que tienen que hacer.
—Pero si yo llevo aquí tres días…
—Ni tres días ni tres años. Tú miras el procedimiento y si se saltan algo, les preguntas por qué, aunque te contarán un cuento chino. Y tú les creerás. Porque si no, vas a estar aquí y no te vas a enterar de nada. Vas a salir de aquí como una burra, sin ni siquiera saber que esto es una careta para soldar.
—Hasta ahí llego —dije con miedo.
—Y tú, Jesús, qué poquito te gusta el casco, ¿verdad?
Salieron un momento del recinto y vi cómo revisaban los planos y gesticulaban. Volvieron a entrar y el mayor se dirigió otra vez a mí:
—¿Tú tienes ropa?
—Sólo me dieron las botas y el casco porque sólo fui dos días a la oficina y…
—¿Pero tú tienes ropa de trabajo? —gritó interrumpiendo mi explicación.
—No, no tengo ropa.
—Y tú, Javi, hazla trabajar. Que meta hierros.
—No, hombre. ¡Cómo va a meter hierros!
—Bueno, con los que pueda. Si no, no aprenderá nada.
—Si la chica ya nos ayuda… Nos pasa la herramienta.
En ese momento, no pude hablar porque las lágrimas estaban a punto de brotar.
—Que os sea leve. Intentad no mataros —vociferó al marcharse.
Cuando Javi se acercó a mí para decirme algo, ya no pude más y me eché a llorar.
—Celia, no llores por ese gilipollas. Si este no ha instalado un ascensor en su vida. Seguro que no sabe ni medir bien las distancias.
—Si más puteado que estuve yo hace unos años, que hasta dejé la empresa —intervino Jesús—. Tranquila, que no te echan.
—Y si me echan, me da igual. Es un borde. Lo que me da rabia es llorar. Menos mal que conseguí aguantar hasta que se fueron.
—Sí, yo también soy un sentimental y lloro con todo, hasta con los dibujos animados que ve mi hijo. Pero no por un mamón, que viene aquí de listo a decirnos lo que tenemos que hacer cuando él no lo ha hecho nunca.
Los dos se quedaron un ratito criticándole, que si había sido vendedor en su empresa anterior y ahora en esta era jefecillo, que si había enchufado también a su mujer en la compañía… Poco a poco me calmé, dejé de llorar y hasta me reí con sus comentarios. Al terminar la jornada, llegué a casa de mi tía y le conté lo sucedido. Enseguida me dijo que no me preocupara. Me preparó una tila y me sugirió que llamara a mi jefe y le contara que había venido uno a ponerme verde porque no tenía la ropa y a ordenarme meter hierros en una obra. Después de desahogarme, ya no veía la reprimenda tan importante. Siempre me ha dado muchísima rabia cuando me levantan la voz y me riñen, pues me siento como una niña pequeña. Entonces me brotan las lágrimas y me impiden hablar y argumentar. A pesar de todo, aquella noche dormí del tirón.
Al día siguiente llamé a mi jefe y le comenté mi versión de lo ocurrido. Se rio y me tranquilizó.
—Tú sigue actuando de forma natural, ¿vale? Y vete siguiendo la guía con los pasos. Y si viene éste o cualquier otro jefe, le dices que tu jefe simplemente te ha enviado a ver cómo se monta un ascensor. Que si quiere más explicaciones, que hable conmigo.
—Muy bien.
—Tendrás que hacer un informe a tu manera de tu experiencia sobre un montaje. Pero ya te orientaré yo de cómo redactarlo. No te preocupes por eso, ¿ok?
—Ok.
—¿Quieres comentarme alguna cosa más?
—No, nada más. Gracias por todo.
—Si tienes cualquier otro problema, me llamas. ¿Ok?
—Vale, gracias.
Al colgar, me sentí muy aliviada. Me pareció un jefe comprensivo, que enseguida se puso de mi lado o al menos me dijo lo que yo esperaba escuchar en ese momento.
Al día siguiente, dos de mis compañeros de despacho, Xavi y Diego, vinieron a hacernos una visita. En ese momento no lo sabía, pero compartiría muchos momentos con ellos durante los dos años siguientes. Me dieron muchos ánimos y me dijeron que lo iba a echar de menos pasado el tiempo, que no era lo mismo estudiar sobre algo que ya viste que estudiar sólo sobre el papel. Xavi recalcaba que él era incapaz de estar ocho horas delante de un ordenador, que necesitaba moverse y visitar diferentes instalaciones. Esas últimas palabras volvieron a mi memoria muchas veces durante años posteriores.
Después de dos semanas acabó el montaje. Me despedí de mis camaradas, me dirigí a la oficina y me enteré que no fui la única a la que le cayó bronca. A la chica encargada de formación también la riñeron por no haberme dado la ropa antes de entrar en la instalación. Me di cuenta que mi anécdota se había extendido por algunos despachos porque hasta el director gallego, con su voz firme e imponente, me comentó riendo y guiñándome un ojo:
—¿Qué tal en la obra, Celia? Me han dicho que aprendiste mucho, ¿verdad?
Transcurrieron dos meses y apareció en las noticias. Un operario sufrió un accidente grave en el mismo recinto donde yo había trabajado. La mezcla de agua y electricidad provocó una descarga en su cuerpo. Lo comenté en la oficina pero nadie quiso hablar del tema. Los operarios del ascensor habían abandonado el lugar un mes antes del incidente, por tanto, la empresa ya no tenía ninguna conexión ni responsabilidad. Durante un tiempo, me torturé pensando si ese percance podría habernos acontecido a mí o a mis compañeros y si podría haberse evitado.

REFLEXIONES DEL CAPÍTULO
* Piensa en tu primer empleo ¿recuerdas alguna trifulca al empezar a trabajar? ¿Cómo fue y cómo reaccionaste?
* ¿Cómo te habrías tomado tú este incidente que me ocurrió a mí o uno similar?
* ¿Qué recomendarías a alguien que empieza en un trabajo durante sus primeros días?
* ¿Alguna vez has oído noticias de algún accidente en el mismo lugar donde tú has estado unos días antes? ¿Cómo te ha impactado?

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