LOS RECUERDOS DE OTROS

Por Paloma García-Atance

En el interior de la casa resonaban ecos extraños, ya no se escuchaban voces reconocibles.

Nada tenía sentido en aquel lugar de lo que en el pasado había sido. Tal vez un olor, que aún en el ambiente, flotaba por encima de nosotros. Unos padres que nunca más estarían entre los vivos. La casa familiar, aquella que fue por más de cuarenta años el hogar, y que, al fin, se vendía.

Historia e historias que se convertirían, desde este presente, en pasado. Vidas arrastradas al olvido, como humo de un fuego ya apagado. Y el perfume que desaparecería con el olvido.

Nos citamos mi hijo Isaac y yo con mi cuñada Marta y su hijo Alberto, decididos a liquidar los efectos familiares que aún quedaban pendientes. Estábamos obligados a superar una etapa. Marta cerraría, de una vez y para siempre, la casa de sus padres. Unidos por un mismo sentimiento formado a base de orfandad y de viudedad. Complicidad y nostalgia a partes iguales, y soledad.

Llegamos arrastrando un frío interior que se había apoderado de todos. Para mi hijo, la que había sido la casa de sus abuelos, casa de los padres de mi marido.

Sin quererlo, habíamos alargado el plazo, retrasando así un momento que todos sabíamos ineludible. Diferíamos el vaciado completo de aquel lugar, ignoro las razones por las que nos habíamos empeñado en mantener a mano los objetos a los que les habíamos adjudicado el poder de revivir los recuerdos comunes, como si aquellos fueran seres animados que pasearan en libertad, flotando en el espacio de la casa.

-Toda una vida lo que aún hay aquí. Suspiró Marta.

-Pero hay que hacerlo- dijo Alberto, sosteniéndome la mirada.

El zanjar todas las cuestiones pendientes era una meta ya inexcusable: repartir algunos objetos, decidir sobre aquellos enseres que no conseguíamos clasificar, fotografías, ropas, recuerdos. Para, al final descartar todo aquello que ninguno de nosotros encontrase útil.

-¿Útil?- Dijo Isaac. -Nada de esto lo es. Ni volverá a serlo nunca más.

El reloj mantenía su avance sin darnos tregua; abriendo y cerrando armarios, revisando, observando, apilando, marcando y sellando las cajas cuando conseguían estar llenas. En ocasiones nos sonreíamos en solitario y otras veces nos mirábamos uno a otro, cómplices, compartiendo, una vez más, algo ya vivido.

-¿Te acuerdas de…?

-Lo tenía guardado.

-Fueron guardando todo –dije–. Todo.

Y resurgían, una vez más, las dudas sobre lo que convenía hacer con aquello.

Por momentos cerrábamos los ojos y simplemente aspirábamos la esencia de un mantón, la delicadeza de unos guantes conservados en su estuche con primor. Tal vez fuera un perfume indefinible lo que despertaba la memoria, eso, y los recuerdos de los ausentes calentaban el corazón hasta casi llegar a quemarlo.

Y así las horas se nos esfumaron. Aún quedaba “El gran tesoro” en palabras de mi hijo.

La biblioteca de grandes lectores, curiosos, variopintos, ávidos; que habían alcanzado a llenar desordenados estantes, cubriendo paredes enteras. Una biblioteca capaz de esbozar el retrato de sus dueños. Abríamos y hojeábamos los volúmenes de todo tipo, de toda época, de todo estilo. Historias ventiladas entre nuestras manos, recogíamos al vuelo las postales, las fotografías que se nos escurrían camino del suelo, gritando auxilio: “No me olvides aquí”.

¡Cuántos de aquellos libros llevaban dedicatorias imposibles de descifrar! Aquellas en húngaro: incomprensibles. Otras en inglés, en alemán, o en francés. Los menos en español: ¡Qué curioso! Vivieron en España más de cuarenta años, con lazos en tantos países y, a pesar de hablar bien el español, y que se habían sentido adoptados en su nuevo país, su idioma de referencia había seguido siendo el húngaro.

Nos parecía que no les hubiera gustado ver que se despreciaran sus objetos, sus pertenencias y sus recuerdos, que hasta ahora habían sido útiles o que simplemente habían tenido un sentido. Como si pudieran aún mostrar su desacuerdo por ello.

-¿Crees que algo de todo esto: libros, fotos, papeles, objetos… tenga hoy razón de ser? Nos preguntábamos unos a otros.

Con el trascurrir de las horas estábamos agotados, concluimos que habíamos cubierto el cupo de los recuerdos revividos. Se había hecho tarde ya, decidimos que aquello aún pendiente bien podría esperar algo más, cualquier cosa con tal de dar por zanjado el doloroso capítulo: la liquidación de las ya últimas pertenencias de aquellos que fueron sus padres, y a los que consideré también como míos. El cansancio acabó cayéndonos encima como una losa, anteponiéndose al deber.

Aparecieron bultos misteriosos, que habían permanecido escondidos a la vista, en una suerte de doble fondo de la biblioteca. Existen lugares que nadie espera que existan, mucho menos que puedan contener algo. Cajas cargadas de lo que parecían ser documentos: envueltas, cerradas, cubiertas de polvo y de olvido. Contemplamos confusos todo ello: fardos, paquetes y envoltorios, y los amontonamos, sin saber qué guardarían dentro, y aún menos lo que se haría con ello.

En espera de tomar una decisión, quedó cerrado con llave.

Me sentía espoleada por una reciente curiosidad, los demás se habían marchado, y yo había asumido la responsabilidad de terminar todo aquello, con gran alivio de los otros, liberados en apariencia; así quedé yo  dispuesta a enfrentarme a la biblioteca, en mí habían depositado la decisión del final que tendría lo que quedaba allí.

En medio de mi repentina soledad todo aquel tesoro adquiría otra dimensión: me instalé en la casa y fui abriendo, uno a uno, todos los paquetes, que, al observar con ojos nuevos su contenido, me resultaban familiares. Me entregué, con cierta devoción, a honrar como bien merecían, los que habían sido propietarios y protagonistas.

Alma, pensé: la que tuvieron en vida de sus dueños. Y ahora, ausentes éstos para siempre, cada uno de los objetos se desvitaliza, aunque aquí permanezcan, y mendigan, mudos de voz, una nueva vida. Vida que ya no obtendrán. Tan huérfanos como un hijo que ha perdido a su padre. El amo se va, pero nos deja aquí olvidadas sus huellas que nos evocan su vida, ligándonos a ellos. A pesar de ese vínculo, el objeto no consigue devolvernos a sus dueños.

Continuaba en mi tarea de ir desnudando con esmero las cajas anudadas y precintadas, extrayendo los contenidos de los paquetes: envoltorios de papel seda que iban desintegrándose entre mis dedos. El color indefinido y el olor que desprendían a polvo y olvido, me fueron atrapando con cuidado, en silencio.

Cuadernos, carpetas con papeles y más papeles, paquetes de cartas, fotografías de todos los tamaños y épocas. Pañuelos de color indefinido, recortes de tela de estampado desdibujado, botones desparejados. Diarios, mapas, folletos, incluso billetes de tren. Pasaportes, visados, certificados, pólizas de seguro, diplomas. La mayoría en húngaro. Podía lejanamente adivinar que se trataba de todo la vida trascurrida en Budapest. Los encuadernados de piel ajada, apenas dejaban adivinar los caracteres en hebreo, tan manoseados por el uso, eran los libros de oración de mi suegro. Sus oraciones en un suave murmullo apenas perceptible.

Quedé atrapada, enfrascada en una tarea que me tomó muchas horas a lo largo varios días. Recuerdo el proceso como quien descubre un tesoro que ha permanecido escondido, un tesoro que había permanecido  al alcance de nuestras manos. Sintiendo un cierto pudor, adivinando sensaciones iba leyendo datos, reconocía nombres e identificaba caras. O nada de todo esto y me adentraba en lo desconocido entre retratos mudos que no me decían nada.

Con paciencia pretendía darle a todo un sentido, tal vez pudiera ser un orden cronológico como hilo conductor.

Percibía el ir adentrándome en un incierto camino con un destino desconocido, fuera lo que fuera aquello que lograse descubrir, no conseguía adivinar a quién iba dirigido, qué objeto tendría y si tendría un sentido.  Conseguir estar a la altura de los que ya no estaban y decidir por ellos.

Aún recuerdo aquella intimidad en la que, de forma voluntaria, me sumergí, palpándola. Del aquel calor que envuelve al misterio. También tengo muy presente la sensación que me recorría mientras rozaba el sentido de cada uno de los bultos. Entre curiosidad y vergüenza. Me preguntaba a mí misma si debía o no compartir mi decisión final, incluso sin conocer el alcance de aquel descubrimiento.

¿Quién podría decidir qué debía ser guardado?

¿Qué vida merecen los recuerdos de los otros?

¿Serían tan importantes para haber estado guardados tantos años?

¿Seguirían esperando una decisión que no llegaba?

Si eran tan importantes, ¿Qué objeto tenía que nadie conociera su existencia?

Me sentía fuera de lugar en los escasos momentos en que conseguía despegarme de lo que llamaba mi hallazgo. Fui inventando excusas que me permitieran dedicar más y más tiempo a explorar mi tesoro. Cuando salía a la calle, por alguna obligación ineludible, recuerdo la sensación de luz cegadora. De extrañeza. Habiendo habituado de tal manera mis sentidos a mi descubrimiento, me molestaba todo lo que me apartase de él, lo ignoraba, o incluso, en la mayoría de los casos, lo despreciaba. Fuera lo que fuese. Meditaba, concluía y reculaba en mi decisión. Pero sabía que algo debía hacerse.

Entre fotografías grisáceas y documentos de idiomas diferentes, afloraron escrituras de las que fueron las propiedades en Budapest, dos certificados de deportación al campo de Buchenwald, un billete de tren del año 1946 para el trayecto entre Budapest y Viena. También me sorprendió el contrato de arrendamiento de una casa en las afueras de Tánger, en el monte Paradis, del año 1948. Documentos que nos hablaban desde el más allá, de los difuntos. Aquellos papeles fueron cobrando sentido, lenta e inesperadamente, definían los rasgos casi borrados de las caras de los ausentes. Herían y curaban en cadencia inesperada. Eran ráfagas de las vidas de aquellos que nos precedieron. Todos ellos nos habían dejado a cada uno de nosotros un legado único y personal. Cada uno llevábamos en nuestro interior una pequeña parte de ellos, pero no éramos ellos, no seremos ellos.

Cerré la puerta y lloré. Lloré en silencio por cada uno de ellos, lloré con el dolor que se siente al revivir unos recuerdos que no nos pertenecen.

La decisión que no llegaba a tomar me vino dada cuando encontrándome la calle me pareció oler a fuego. Era la señal que tanto esperaba, y que logró disipar cualquier duda.

Esperé a que se escuchasen más claramente las sirenas de los coches de bomberos; más de uno acudió. En el aire olía a humo, a papel quemado y a recuerdos que se elevan.

Formaban columnas que ascendían confundiéndose con las nubes, dibujando y borrando las sonrisas de aquellos a los que pertenecían, reconocidos, agradecidos, liberados.

Giré la cabeza y sonreí para mí, brindando por todos y cada uno de ellos.

Me reconfortó pensar que desde donde fuera que me estuvieran viendo todos ellos, los que habían vivido aquella casa, coincidirían en que aquella decisión era la acertada, y era la mejor.

Al fin conseguí una casa vacía para vender. Sin recuerdos, liberada de un pasado que había pertenecido a otros. Solo con un ligero olor a humo. Pero este desaparecería gracias a una prolongada ventilación y a una mano de pintura.

FIN

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