LOS ZAPATOS DE MARTA

Por Mª José Amat

El verano del 1968 apuntaba a su final. Las alegres y divertidas vacaciones se

convertían en pasado. Atrás quedaba el mar, los juegos en la arena, las

noches en la terraza del apartamento viendo la película del cine de verano,

que quedaba justo enfrente. A Marta le gustaba recordarlo, había sido

increíble, pero ahora todo volvía a la normalidad y tenía que prepararse

para su vuelta al colegio. La noche se hizo eterna, casi no pudo conciliar el

sueño, el nerviosismo la invadía. A pesar de ello, cuando  la luna ya casi se

retiraba consiguió dormir y soñar, soñar que todavía jugaba y saltaba entre

el mar y la arena, pero algo la perturbó, y despertó cuando oyó la voz de su

madre que decía:

– Vamos, Marta, despierta o llegarás tarde a clase.

Marta, paseando la mirada por toda la habitación, volvió a la realidad. Se

incorporó de la cama y, estirando los brazos por encima de su cabeza, murmuró

-¡Por qué no habrá un mes más de vacaciones!

Apoyó los pies en el suelo y calzó unas zapatillas; se dirigió hacia el

baño, no sin antes tropezar con un obstáculo que en un principio no

reconoció. Bajó la mirada, y allí estaba su fiel compañera, que la

seguiría diaria e incondicionalmente durante una larga temporada.

-¡Maldita mochila! Y dándole una patada la lanzó al otro extremo de la

habitación. De nuevo oyó la voz de su madre.

-Vamos Marta, el desayuno está listo.

-En unos minutos bajaré, mamá.

Marta no dejaba de mirarse en el espejo, ataviada con el uniforme colegial que

ahora a sus trece años se le antojaba ridículo. No se sentía favorecida,

recogía y soltaba su larga melena una y  otra vez, tratando de decidirse sobre

el peinado. De nuevo oyó la voz de su madre:

-Marta, es mi última llamada, en diez minutos perderás la oportunidad de que

te acerque al colegio.

Marta se deslizó por el pasamanos escaleras abajo, llevando colgada en la

espalda su mochila; a falta de dos peldaños escuchó el sonido del teléfono.

-¡Ya lo cojo yo, mamá!

Pero la madre ya había descolgado y mantenía una conversación con Alberto,

su marido, quien le decía:

-Hola, cariño, buenos días, ¿Qué tal va todo? Y Marta, ¿está tranquila?

¿Ha dormido bien?

– Me tiene de los nervios, todavía no ha bajado a desayunar, ya sabes lo

presumida que es; a este paso llegaré tarde al trabajo. ¿Cómo te va en

Düsseldorf, qué temperatura hace? ¿Habéis hecho nuevos clientes?

– No podemos quejarnos, el muestrario ha gustado mucho y de momento tenemos

bastantes pedidos.

-¡Vaya, me alegro! ¿Cuándo volverás a casa?

La voz de Marta interrumpió la conversación.

-¿Es papá? ¡Déjame hablar con él!

Arrebató el auricular bruscamente de la mano de su madre,

– Hola papá ¿Volverás a casa para mi cumpleaños? Te echo  mucho de menos.

– Por supuesto, allí estaré, recuerda que soy tu invitado preferido. Bueno

cielo, date prisa o llegarás tarde. Hazle caso a mamá, te quiero mucho.

-Yo también te quiero. Adiós, papá

La madre de Marta se dispuso a sacar el coche del garaje, para darle tiempo a

tomar un vaso de leche y guardar en la mochila  el almuerzo que le había

dejado preparado. Marta, observando a través de los visillos de la cocina,

notó la impaciencia de su madre, que aceleraba el auto haciéndolo rugir una y

otra vez. Bebiendo el desayuno de un trago se dirigió hacia la puerta de

salida, y como un rayo montó  en el coche.

-Mamá, ¿crees que mis compañeras serán las mismas del curso anterior?

– No te preocupes, lo importante ahora es que te tranquilices. Recuerda, a las

tres pasaré a recogerte.

La madre  detuvo el coche en la puerta del colegio.  Se despidió de ella

dándole un beso. Marta se adentró en el claustro y  miró a su alrededor,

solo podía ver grupos de chicas. De pronto oyó una voz que decía:

-Marta, Marta, estamos aquí.

Dándose la vuelta, reconoció a unas compañeras que con el brazo en alto, le

indicaban su posición.

-¡Qué alegría chicas! ¿Qué tal el verano? Tengo un montón de cosas que

Pero la conversación se detuvo  cuando el sonido de la sirena les recordó

que debían entrar a clase. Entonces la directora del centro explicó que los

distintos tutores nombrarían a las alumnas que formaban parte de sus clases,

para acompañarlas al aula correspondiente. Las llamadas no se hicieron

esperar, y obedientemente las jóvenes acudían a reunirse con su grupo. Marta

no perdía detalle, observaba a todas las chicas, su peinado, el color del

pelo, su aspecto, la forma de andar, y eso fue precisamente lo que le llamó la

atención, el caminar de una de ellas llamada Lola. La observó detenidamente,

era una chica  muy guapa,  su melena negra y lisa, recortada sobre los hombros

aportaba un aspecto elegante a su escultural cuerpo. Pero algo triste se

traslucía en sus preciosos ojos verdes. No tardó en descubrir que unos

hierros le mantenían prisionera la pierna derecha sin permitirle doblar la

rodilla, por lo que oscilaba al  caminar. Marta quedó sobrecogida, tales

pensamientos le hicieron perder la noción de dónde se encontraba. De pronto

oyó su nombre, y se apresuró para no perder de vista a la profesora que le

indicaría a qué clase dirigirse. Entró, y antes de que pudiera comprobar si

compartiría aula  con sus antiguas compañeras, la vio de nuevo, sentada en el

primer pupitre con la pierna derecha estirada hacia delante. Entonces llegó la

profesora y cerrando la puerta, dio la bienvenida a las chicas, e informó de

que la disposición de la clase para este curso sería por orden alfabético.

La distribución concluyó y como compañera le fue asignada Lola, la chica

discapacitada.  La clase dio comienzo. Marta se sentía incómoda, no sabía

qué decir, sus ojos solo se dirigían hacia unas botas rudas que llevaba en

los pies su compañera. El sonido del timbre anunciando el recreo, le hizo

saltar del pupitre y correr hacia la puerta. En el patio, se reunió con  sus

amigas.

–  ¿Jugamos a la comba? -preguntó una

– Vale,  Marta y Cristina agarran. – dijo otra.

Mientras Marta volteaba la cuerda, miraba de reojo a Lola que sentada en un

banco del claustro, examinaba con tristeza cómo  jugaban.

-María da  tú, ahora  vuelvo  – dijo  Marta.

Se sentó al lado de Lola, estuvieron unos minutos sin mediar palabra,

-No dejes de jugar por mí, estoy acostumbrada – dijo Lola.

– ¿Puedo preguntarte por qué  llevas eso?

-Claro. Cuando tenía dos años sufrí un ataque de poliomielitis, y mi pierna

dejó de crecer al ritmo de mi cuerpo. ¿No te has fijado?

Marta volvió a observarla y descubrió un miembro  delgado y frágil que, de

no ser por ese aparato, seguramente no mantendría el peso de su cuerpo. Se

sintió estúpida, pensando que aquellas botas acompañarían el resto de su

vida a su compañera, y que jamás podría llevar zapatos elegantes y bonitos,

que le dieran cierta prestancia  a sus piernas. La  jornada  acabó y Marta

esperó en la puerta la llegada de su madre.

-¿Qué tal, Marta, cómo ha ido?

-Bien, mamá-

-No pareces muy contenta.

-¿Te ha pasado algo?

-No, mamá.

Marta dejó vagar la mirada a través de la ventanilla del coche observando

cómo iba quedando atrás el paisaje. En su mente un pensamiento le golpeaba

insistentemente. El coche dobló una esquina y llegaron al destino.  Ausente,

no reparó en el coche aparcado en la puerta de casa. Entraron, y Marta como

una autómata, se encaminó hacia su cuarto. Al pasar frente al dormitorio de

sus padres le pareció sentir la presencia de alguien.

– ¿Papá? ¡Has vuelto!

– Dije que estaría aquí para tu cumpleaños, ¿recuerdas?

Al abrazarse, su padre intuyó que algo no iba bien.

-Marta, cariño, ¿hay algo que te preocupa?

– Verás, ¿recuerdas qué regalo te pedí por mi cumpleaños?

-Por supuesto, cómo olvidarme. Los he traído de Alemania. Son los zapatos

más bonitos que jamás pueda llevar ninguna princesa.

– Papá, me gustaría pedirte algo. Sé que tú haces zapatos, eres el mejor,

pero quizás nunca has diseñado zapatos especiales.

El padre escuchaba perplejo a su hija, quien no parecía entusiasmada con los

zapatos que él  con tanto cariño le había traído.

-Marta, ¿qué sucede?  ¿A qué viene todo esto? Nunca te había visto tan

triste ni tan poco entusiasmada por tu cumpleaños.

-Hay una niña en mi clase. Padeció polio de pequeña y ahora, tiene que

llevar un aparato en la pierna, y unas feas y bastas botas. Me gustaría

hacerle un regalo, pero necesito que tú me ayudes.

Su padre entendió lo que su hija quería decirle, se le rompía el alma al

verla tan triste.

-Haré lo que pueda cariño.

Salió de la habitación pensativo  tratando de buscar una solución para

ayudar a su hija. De pronto recordó que en cierta ocasión, un colega le

habló de un modelista que diseñaba calzado para personas con movilidad

reducida. Buscó  en su agenda e hizo una llamada de teléfono, para acordar

una cita con él para el día siguiente. La noche transcurrió tranquila, el

día había sido agotador para todos los miembros de la familia. Tras el sueño

reparador, amaneció. En esta ocasión fue su padre quien la acompañó al

colegio, donde comprobó personalmente qué angustiaba a su hija. Allí estaba

Lola, apoyada junto a la verja, esperando escuchar el sonido de la sirena.

Cuando vio a Marta, levantó la mano saludándola al tiempo que dibujaba una

pequeña sonrisa en su triste rostro.

-Adiós, papá –dijo Marta.

Alberto comprendió en aquel momento que tenía que tomarse en serio su

promesa. Se dirigió al despacho de su colega, y antes de terminar la jornada,

éste había diseñado un precioso par de zapatos que serían del agrado de

Lola. Reunió a todos sus empleados para terminar  en un tiempo record esos

zapatos especiales.  Así fue. Llegó el esperado día del cumpleaños de

Marta. Por  supuesto Lola había sido invitada. De pronto sonó el timbre de la

puerta, Marta miró a su padre  pensando quién sería, pues no faltaba nadie

por asistir. Su padre dijo en voz alta,

-Ha llegado el momento de recibir los regalos.

Dicho esto abrió la puerta, tras ella esperaba un apuesto joven cargado con

dos paquetes, preguntando si podía hacer entrega personalmente a dos

jovencitas, cuyos nombres respectivamente eran Marta y Lola. Cuando esta

última escuchó su nombre, pensó que debía tratarse de un error pero su

rostro fue transformándose al comprobar que de aquel paquete surgían como por

arte de magia unos botines  igual de preciosos que los zapatos de  Marta, y lo

increíble era  que le ajustaban como un guante. El rostro de felicidad de Lola

era casi indescriptible. Jamás hubiera imaginado que presumiría de zapatos.

Marta, abrazó a su padre en señal de agradecimiento. Cuentan que a partir de

ese momento, Alberto se dedicó  al diseño de calzado especial para niños.

¿Será coincidencia? Desde entonces existen más niños felices.

 

FIN

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Alba Pagés Chaves

    Precioso!!!!!

    Me ha encantado. Gracias por compartirlo

    Felicidades artista

  2. M. José Amorós

    Relato que engacha y con gran sentimiento. Muy bonito como se preocupa Marta por su compi.

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