LUZ ROJA

Por Antonio Guirado Gomez

Llovía a mares y vio un cartel luminoso “Motel Sueños de Oro”. Descansar para continuar el viaje. Paró frente a la recepción. La recepción contaba con un mostrador, tras el cual había una especie de estancia con un casillero lleno de llaves al fondo. A la izquierda se veía una puerta de dos hojas acristaladas y a la derecha había otra puerta cerrada con un letrero “Privado”. Sobre el mostrador había una lámpara a la izquierda, y a la derecha un timbre. Se acercó al mostrador y llamó golpeando el timbre. Miró hacia la izquierda para ver si aparecía alguien. Volvió a golpear el timbre.

— ¡Ya va!  —Habló alguien a su espalda—.

—Creía que no había nadie —respondió, mientras se volvía hacia el hombre que había salido del cuarto contrario—.

—No llegan muchos huéspedes nuevos a estas horas— Hablaba mientras caminaba con pasos lentos y se limpiaba unas lentes con el filo de una corbata cuyo nudo se hizo sólo una vez—.  Era un hombre alto, delgado con el rostro serio y unos pómulos  muy marcados. Los ojos negros, brillantes parecían dos luces en la cara. Cogió el libro de registro de una mesa situada entre el casillero y el mostrador, dejándolo caer pesadamente.

—Ponga su nombre y dos apellidos, la hora de llegada y la fecha, y déjeme su identificación para verificar sus datos. Mientras hablaba, le miraba por encima de las pequeñas lentes que se le resbalaban por la nariz. Al anotar sus datos en el libro de registro sintió cerca la cara del hombre, examinándolo  con detenimiento. Al terminar de escribir,  cerró la estilográfica y la depositó sobre el libro.

—Su habitación es la última de todas. La número 133 —le dijo mientras le entregaba la llave—. Salió de la recepción. Todavía seguía lloviendo. Caminó hacia su habitación y al pasar por la habitación  anterior a la suya escuchó una discusión entre una pareja. La mujer le reprochaba al hombre que se hubiera jugado todo lo que tenían a las cartas. Asunto de dinero —pensó—. Miró a un lado y otro. No había nadie, y se quedó escuchando un momento.

-¿Cómo vamos a pagar esta habitación? ¿Qué haremos sin dinero? ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Que te zurzan! -dijo la mujer

Escuchó los pasos de ella que se dirigían a la puerta de la habitación. Al darse cuenta que le podían sorprender escuchando en la puerta, y con la precipitación de salir corriendo, se tropezó y cayó al suelo con la maleta formando un ruido enorme. La puerta de la habitación de la pareja se abrió y apareció la mujer. Era una mujer alta, rubia, con una mirada penetrante color miel y piel tersa. Se quedaron un instante mirándose, mientras ella cerraba la puerta tras de sí. Al momento los dos rompieron a reír.

—Disculpen si les he despertado a estas horas. Acabo de llegar y con la lluvia me he resbalado, —dijo el mientras se levantaba—.

—No se preocupe, no molesta, al contrario, me acaba de alegrar la noche. —Le respondió ella mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo de su bata y lo encendía—.

—En ese caso me alegro. Buenas noches— Se despidió y entró en su habitación cerrando la puerta y apoyándose en esta mientras dejaba caer la maleta. Dejó la maleta al lado de la puerta, se quitó la gabardina, la depositó sobre la maleta, y situándose de espaldas a la cama, dejó caer el cuerpo con todo su peso. Respiró profundamente, mientras se quitaba los zapatos, empujándolos, uno con cada pie. Se aflojó el nudo de la corbata y apagó la lámpara de la mesilla. En la oscuridad cerró los ojos. Estaba cansado. Tardó muy poco en dormirse.

En el sueño se encontraba en una estación. Veía que un tren partía y una mujer rubia se despedía de él desde la ventanilla de uno de los vagones. El corría tras el tren y golpeaba con fuerza para que parase. De repente se despertó sobresaltado, sudaba. Sonaron unos  golpes al otro lado de la pared, en la habitación contigua. Miró el reloj. Eran las cinco de la madrugada. Se levantó y se dirigió a la puerta. Abrió y no había nadie.

Cogió las llaves, que estaban encima de la mesilla, y cerrando la puerta se dirigió a la habitación contigua. Llamó a la puerta. Nadie respondía. Volvió a llamar y no obtuvo respuesta. Puso la mano en el picaporte y la puerta se abrió. La luz estaba apagada. Entró y sintió que le pusieron un pañuelo en la boca mientras le agarraban de un brazo torciéndolo hacia atrás. Intentó zafarse, pero ya era tarde. Se desmayó. Al despertar se encontró con una figura de mármol manchada de sangre en la mano. La soltó con temor. Estaba aturdido. Se levantó y casi se cae. Movió la cabeza de un lado a otro y se recompuso. Dio un vistazo a la habitación. No había nadie. La puerta del cuarto de baño estaba entreabierta y la luz estaba encendida. Abrió la puerta y al entrar se resbaló con la sangre que estaba esparcida por el suelo. Se manchó toda la ropa, las manos y la cara. Vio a un hombre metido en la bañera. Le habían cortado el cuello. No sabía si el hombre era la pareja de ella o no, pero no había ni rastro de la mujer. De repente lo comprendió. No podía salir al exterior con todo manchado de sangre. No debía tocar nada, ¡La figura que tenía en la mano cuando despertó! Tenía que lavarla, y salir corriendo de allí antes de que fuera tarde. Se dio la vuelta con cuidado para no volver a resbalar. Despacio salió del cuarto de baño. Se quitó los zapatos manchados de sangre para no manchar la moqueta. Y se dirigió al lugar donde estaba la figura. Cogió la bolsa de la papelera y metió la figura en ella. Se quitó la corbata y la camisa y se limpió las manos con ella. Cogió la bolsa con la figura y los zapatos, y entreabrió la puerta con mucho cuidado. Sacó la cabeza poco a poco y se aseguró que no había nadie. El camino estaba despejado. Salió y cerró la puerta también con cuidado. ¡Dios! ¡Las llaves de su habitación! Se palpó los bolsillos. Allí estaban. Salió de la habitación y se dirigió a toda prisa a la suya. Una vez dentro se desnudó y puso toda la ropa en otra bolsa. Se dirigió al baño y abrió el grifo del agua. Se ducho y se quitó toda la sangre. Se aseguró que no había manchado nada. Se vistió con ropa limpia. Metió en la maleta la ropa manchada de sangre y la figura de mármol y limpió los zapatos. Al salir, antes de cerrar, se aseguró de que todo estaba en orden. Cerró y se dirigió a la recepción para pagar y marcharse. Caminó hasta el mostrador y tocó el timbre que había encima del mostrador con impaciencia. El recepcionista salió del privado con cara de sueño.

—¿Ya se marcha? ¿Tan pronto? Sólo han pasado unas dos horas.

—Sí. Tengo que continuar el viaje. Tengo una reunión importante a primera hora de la mañana. Necesitaba dormir un poco, nada más—

—Firme aquí. Aquí tiene la cuenta—

—¿Esto por dos horas?

—Claro. Es por toda la noche. Si usted tiene prisa es cosa suya.

— Dejó el dinero sobre el mostrador y se marchó con prisa sin dar siquiera buenas noches.

—¡Conduzca con cuidado!

Abrió el coche y dejó la maleta en el asiento de atrás. Las ruedas chirriaron y levantaron la graba mientras se alejaba. En la carretera se sentía confundido y un montón de ideas le pasaban por la cabeza. ¿Qué pasaría cuando encontraran el cadáver? Lo mejor era olvidarse del asunto. Al fin y al cabo él tenía el arma homicida. Pensaba en que al llegar se desharía de todo. La ropa y la estatuilla. Entonces vio a lo lejos un coche de la policía bloqueando la carretera que le hacían señales para que parase. Fue disminuyendo la velocidad poco a poco. Pararía y sería paciente. No convenía llamar la atención. Bajó el cristal de la ventanilla y sonrió.

—Buenas noches agentes.

—Buenas noches. Nos han avisado que ha desaparecido una mujer del motel Sueños de Oro. Necesitamos ver su documentación y la del coche. Estamos haciendo un control, nunca se sabe.

—Claro agente. Mi documentación y la del coche.

— ¿Viene de lejos?

—No, del Motel.

—¿Y no ha visto, ni ha oído algo extraño allí?

—No. He cogido una habitación para descansar. He dormido un par de horas y he retomado el viaje. Nada más.

Los agentes se miraron entre sí. El agente que hablaba con él miró su documentación y le miró quedándose fijo en su cara.

—Tiene usted una mancha de sangre junto a la patilla.

—Me habré cortado al afeitarme, ya sabe, durmiendo sólo dos horas……..

—¿Sería mucha molestia si nos abriera el maletero?

—No, por supuesto. En seguida.

Se bajó del coche y seguido del guardia abrió el maletero. —¿Pero que era esa bolsa grande de basura que había en el maletero? —Pensó con horror.

—¡Dios! —exclamó el policía al abrir la bolsa.

—¡Aléjese del coche y levante las manos, donde pueda verlas! —Le gritó el policía mientras tiraba del revólver y daba un paso atrás.

El levantó las manos asustado y gritaba ¡Yo no he hecho nada! ¡Eso no es mío!

En el motel el recepcionista fumaba tranquilo mientras sonreía al ver pasar al coche patrulla con el detenido en dirección a la ciudad. Al mismo tiempo iba dibujando rayas sobre los nombres de la pareja y del viajante.

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