MALA SANGRE – Maria del Rosario Benítez Palma

Por Maria del Rosario Benítez Palma

Verano de 1965

 

En una de las calles más comerciales del pueblo se alza la casa grande. Encalada de un blanco intenso. La casa tiene dos plantas. Todas las ventanas de la casa, tanto las que dan a la calle como las que asoman al gran patio central, eje y núcleo principal de la casa, tienen un bonito y negro enrejado. En la segunda planta un gran balcón adorna la parte central y principal de la vivienda. Este balcón se caracteriza por tener un cierre para poder disfrutar de él los días lluviosos o calurosos, según la estación del año. Los marcos de las puertas y los cierres de las ventanas son de un verde intenso, confieren a la casa un aire típico de Andalucía.

 

Doña Enriqueta y el señor Andrés son los dueños de la casa, ambos entrados en años. Ninguno de sus cinco hijos vive con ellos. Doña Enriqueta, bajita y algo gruesa, está muy bien proporcionada, a pesar de los años y de su metro cincuenta y siete. Sus ojos grises y vivarachos, junto con el pelo blanco como la nieve, muestran a una mujer agraciada físicamente. Posee una personalidad atractiva pues es el verbo hecho persona.

 

El señor Andrés, prestigioso abogado jubilado, es alto y delgado, con el porte de un galán. Su piel es más morena, igual que su cabello veteado de canas. Al contrario que su esposa, es mejor oyente que conversador.

 

Ambos forman una de las parejas más atractivas del pueblo. Cercanos, amables…y un tanto cotillas. En el magnífico patio de la vivienda fomentan reuniones de amigos o conocidos y en estas citas suelen enterarse de lo que acontece en su entorno más cercano. Si les queda alguna duda, recurren a Petra.

 

Al ser una casa grande el matrimonio dispone de personal de servicio. Petra es su persona de confianza. Y chismosa por antonomasia. Surte de información al matrimonio sea o no requerida para tal menester.  No es de extrañar que Petra se sienta como una más de la familia, tal es el trato que se le brinda.

 

Este verano es distinto a todos pues Carolina, una de las hijas del matrimonio, ha tenido un nuevo hijo y tanto ella como su marido estuvieron de acuerdo en enviar a Caro, su hija mayor, a pasar el verano con los abuelos.

 

Caro es una niña jovial de siete años, de ojos grises como su abuela, delgada y espigada como su abuelo. Tiene una cara simpática, sin ser guapa, con una bonita piel bronceada, por los rigores del verano, y un espeso pelo castaño recogido en dos frondosas trenzas.

 

Por la tarde, en ese tiempo en el que la merienda ha terminado y aún faltan horas para la cena, la abuela Queta y la nieta Caro se sientan en el cierre del balcón a ver las gentes que pasean despreocupadas por la calle; algunas con bolsas de compras, otras mirando los escaparates de las tiendas y otras con niños que van y vienen de un parque cercano. La calle es animada y divertida a partes iguales.  Petra, la asistenta, se une al pequeño grupo y, aunque permanece de pie apoyada en el alféizar del cierre del balcón, sus comentarios sobre tal o cual persona animan la quietud de la tarde.

 

– ¿Se ha dado cuenta doña Queta qué triste va siempre Juanita? -Petra fija su mirada puesta en una joven que cabizbaja caminaba por la calle-. El marido es perverso. No le está dando buena vida. Tiene muy mala sangre, doña Queta, la pobrecita siempre está apagada.

 

– No hables así delante de la niña, Petra.

 

– La niña sabe que la mala sangre se quita con sangre buena, ¿verdad Caro?

 

– ¡Ay, deja el tema! Mira a mi nieta, no le quita la vista a Juanita.

 

– Caro -Petra gira sus dedos nudosos deshaciendo y haciendo la trenza de la niña-, la mala sangre se va y cuando se ha ido entra la sangre buena. Y ya nadie es malo, todos somos buenos. Muy buenos ¡Mira, por allí viene tu amiguito Mario!

 

Sin embargo, Caro no podía dejar de mirar a Juanita.

 

     

                  Martes, 12 de julio

 

La abuela Queta, acompañada de su nieta Caro, está comprando, como cada mañana, por las distintas tiendas de comestibles que se sitúan a ambos lados del extremo de la espaciosa calle.

 

La abuela habla más que compra y Caro juega con su pelota en la puerta de la última tienda en la que Queta ha hecho parada.

 

Juanita se acerca por la calle. Un hombre va con ella. La lleva sujeta a su brazo. El hombre va hablándole, y no lo hace al oído. El tono de voz y los gestos llaman la atención de Caro.

 

Ambos entran en un portal y allí comienzan los gritos y los aspavientos.

 

Caro, que los ha seguido, lejos de asustarse, se queda inmóvil en la entrada del portal, mientras ve cómo comienzan a subir las escaleras. “El hombre malo” gritando y empujando a Juanita; levanta la mano para pegarle…

 

– ¡La niña! -grita Juanita.

 

El hombre gira bruscamente su cuerpo sobre el escalón en el que se apoya, perdiendo el equilibrio y cayendo por las escaleras. En su trayectoria se golpea con fuerza la cabeza hasta terminar sobre el suelo del portal, que comienza a mancharse de sangre que, a borbotones, brota de la cabeza.

 

Juanita baja corriendo las escaleras. Los ojos muy abiertos. La cara desencajada. La boca abierta en lo que podría ser un grito que no llega a producirse. Parada ante él mira a Caro que, lejos de estar amilanada, le dice,

 

–  Déjalo que le salga la mala sangre. Tiene que salirle toda, toda.

 

– Está respirando… -apenas podía balbucear Juanita.

 

– No puedes tocarlo -dice Caro-, tienes que dejar que se vaya la mala sangre para que pueda entrar la sangre buena. Yo me voy con mi abuela, que me estará buscando. Cierra el portal, vete a tu casa y espera porque yo no sé cuánto tardará en entrar la sangre buena.

 

 

     

  Miércoles, 13 de julio

 

La calle tiene una actividad casi frenética. La noche ha sido muy movida. Ambulancia, coches, policías municipales, policías armadas con el sargento Manuel Domingo al frente. Un hervidero de gentes de acá para allá han hecho que nadie en la casa haya pegado ojo. Excepto Caro que ha dormido plácidamente.

 

En el patio desayunan Andrés y Queta.

 

Petra ha salido a comprar el periódico al señor Andrés y de paso espera conseguir noticias de las personas que aún se arremolinan en la puerta de la casa de Juanita.

 

– ¡Ay! Petra, menos mal que has llegado -dice doña Enriqueta, visiblemente afectada. ¿Te has enterado de algo?

 

Petra le da el periódico al señor Andrés que comienza a hojearlo con avidez y se sienta junto a la señora en la mesa que hay en el centro del patio.

 

– Doña Queta, un accidente. Por lo que me ha dicho el churrero, ha sido un accidente. Paco se ha caído por las escaleras y se ha abierto la cabeza.

 

– ¡Jesús! -Se persigna doña Queta.

 

– La pobre Juanita bajó, ya de noche cerrada, en vista de que no había llegado Paco para la cena. Y allí se lo encontró, en el portal. En medio de un charco de sangre. Seco, seco, como la mojama, doña Queta. A saber cuándo se cayó.

 

– ¡Qué fatalidad!, Andrés, ¿pone algo el periódico? -dice Queta apesadumbrada.

 

– No pone nada. Como ha sido esta noche no les habrá dado tiempo a sacar la noticia. Tal vez venga algo en el diario de la tarde. De todas formas voy a invitar a Manuel Domingo que venga al patio a tomar un cafecito, a ver si nos puede contar algo.

 

– Amalita, la hija de la lechera, me ha dicho que a Juanita se la llevó también la ambulancia y que iba tan pálida y tan desencajada que no podía ni hablar. Imagínese, don Andrés, la pobre criatura. Hablando de criaturita ¡Ahí viene Caro! -grita Petra.

 

– Mi nieta preciosa, ¡qué bien has dormido! -dice doña Queta, abriendo los brazos a la espera de que su nieta se sumerja en ellos.

 

– Un besito, abuela. Un besito abuelo.

 

– Dame un beso, mi niña. Anda Petra tráele el desayuno.

 

Petra se va para la cocina y Caro se sienta en medio de los abuelos.

 

– Abuelo ¿cuánto tarda en salir la sangre mala?

 

– ¿Qué dice la niña, Queta?

 

– Nada, Andrés. Petra que le llena la cabeza de pájaros.

 

– De pájaros no, de sangre -dice Andrés sulfurado.

 

– La niña lleva mucho tiempo entre mayores, pero se terminó. Esta tarde nos vamos al parque a jugar con los amiguitos.

 

La abuela coge de la mano a Caro y se la lleva para la cocina. Caro va tirándole besos aéreos al abuelo, el cual al verla no puede dejar de sonreír.

 

– Estos niños de hoy en día…¡Qué ocurrencias tienen!

 

Y el bueno de Andrés se sumerge en la lectura mientras disfruta de su café mañanero.

 

 

       Martes, 19 de julio

 

– ¡Doña Queta, doña Queta, ha llegado Juanita!  -Petra habla a voz en grito, al tiempo que le franquea la entrada.

 

– Buenas tardes, señora Queta, he venido a darles las gracias, de parte de toda mi familia. Se han portado ustedes como nadie lo ha hecho.

 

– Ya sabes, Juanita que mi patio siempre está abierto para gente de bien y tu familia merecía esa merienda, después de un día tan ajetreado. Hubo demasiada gente en el entierro de Paco.

 

– La mayoría iba a oler -terció Petra.

 

– Bueno, eso ya no importa -Queta, toma con delicadeza entre sus manos las de Juanita y la empuja con suavidad-. Ven, vamos a sentarnos. ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?

 

– Ahí voy, señora Queta, dándome cuenta de todo lo que ha ocurrido. Poniendo mis ideas en orden.

 

– Ahora mismo nos trae Petra unos bizcochos y un cafelito.

 

– No, muchas gracias, yo venía para invitarlas a merendar, a usted y a Caro. Quiero agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

 

– Qué bondadosa eres, Juanita. Si te hace ilusión, Caro y yo nos iremos a merendar contigo, pero tengo que arreglarme para salir.

 

– Si le parece bien, me voy adelantando con Caro y la esperamos en la confitería.

 

Juanita y Caro salen. Apenas hablan por el camino. Juanita mira de reojo a la niña que camina a su lado cogida de una mano y sosteniendo con la otra una muñeca.

 

Sentadas en la cafetería Juanita rompe el silencio.

 

– Caro, ¿tienes algo que decirme?

 

– El hombre malo se fue y no volvió con la sangre buena -la voz de Caro sin apartar su vista de la muñeca retumba en la estancia.

 

– ¿Eso te han dicho? -Juanita baja el tono de voz y se acerca a la niña para hacer de la conversación algo más íntimo.

 

– No me han dicho nada. Petra dijo que el hombre malo se fue.

 

– Lo de la sangre buena… ¿Lo has pensado tú?

 

– Sí, pero dice el abuelo que esos son tonterías y que no lo vuelva a decir. Shhh -Caro se tapa la boca con el dedo índice-

 

– Entonces es mejor hacerle caso al abuelo, ¿verdad Caro?

 

– Petra dice que el hijo de la lechera te ronda pero que no volverás a casarte.

 

– Jajaja. ¡Las cosas de Petra! No le hagas caso.

 

Juanita ríe alegremente. No puede evitar sentirse bien y relajada hablando con la niña que comienza a contarle cuanto acontece por su mente. Juanita se ha dado cuenta de que Caro, con su inocencia, no representa un peligro real para ella. La niña está en otros asuntos. La mala sangre ha quedado atrás. No volverán a hablar del tema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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