María Cristina Bel

Por María Cristina Bel

A los 10 años me encantaban esas tardes, cuando nos invitaban a casa de la señora Pepa a mi abuela y a mí. Yo me ponía muy contenta; era un poco rollo estar con sus amigas, pero valía la pena,  por lo bien que pasaba la tarde en su jardín, donde  nos servían una merienda deliciosa. Era un rincón frondoso con acacias, magnolias y un pequeño estanque con nenúfares.

Nos sentábamos en  unas sillas de hierro blancas, la mesa era redonda de mármol y patas de hierro, también  blancos.  Me parecía un lugar estupendo para pasar las tórridas tardes de verano. Era un refugio exuberante y fresquito.

Esa tarde empezó igual que todas las demás, sacaron las copitas,  el licor y los dulces, siempre  con la misma ceremonia.  Luego hablaron,  de todo y de nada, de sus hijos, de sus nietos, de las nueras…, en definitiva, de sus inquietudes. Pero esa tarde el tema  derivó en algo que a mí me dejó atónita.

La señora Pepa explicó cómo su marido había muerto de una bala perdida.

-¿Cómo una bala perdida?, me  pregunté. Esa tarde me marché a mi casa intranquila y preocupada. De hecho, en la reunión casi no comí pasteles.

Estuve unos días dándole vueltas a lo que dijo la señora Pepa. Y preguntándome  -¿ y de dónde saldrían esas balas perdidas ?

Me encontré mal unos días, no quise salir de casa, para no  encontrarme con una de esas balas perdidas, que habían herido de muerte al marido de la señora Pepa. Mi madre se puso muy pesada y empezó a preguntarme qué me pasaba, y yo no sabía si explicarle mí angustia, o no.

A mamá no le gustaba que mi abuela me llevara a sus tertulias y yo no tenía ganas de que se enzarzaran en una gresca. Pero al final no pude más y se lo expliqué:

–No quiero salir de casa, no quiero que me alcancé una bala perdida  como la que mató al marido de la señora Pepa.

Mi madre frunció el ceño e hizo una mueca  y se enfadó con mi abuela. Le prohibió volver a llevarme a esas meriendas.

–La niña no debe oír  las sandeces que a golpe de licor vais soltando –le dijo–. Ahora está convencida de que hay balas volando por el cielo y buscando impactar con alguien.

A mí me explicó que eso había pasado hacía mucho tiempo y que ya no había balas perdidas. Que eso  fue durante la guerra, pero que la guerra había terminado. Y que  llamaban “bala perdida”, a una bala que impactaba, por error, en una persona, pero que no iba dirigida a ella.

Qué alegría me dio. Ya podía salir a la calle, no había balas perdidas asesinas acechando.

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