MARÍA

Por Alba María Fariña

 

Las piernas de Rob estaban en su límite. No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo y la cabeza de María le pesaba bajo el brazo. Se introdujo en un callejón en el que creyó que podría pasar desapercibido el tiempo suficiente para descansar y se dejó caer entre jadeos, apoyándose contra la pared. Depositó la cabeza de María sobre sus rodillas. Se preguntó cómo demonios había llegado a aquella situación. Para él, todo había comenzado en el velatorio de su hermano.

El pueblo se había vestido de negro una vez más, lo cual ya era costumbre.

Los fallecimientos se habían vuelto tan frecuentes que muchos tenían varios conjuntos de luto preparados en el armario, pues aún no habían terminado de lavar uno y ya lo requerían en otro entierro.

Las casas se vaciaban paulatinamente, pero la cripta había cobrado una vida casi estival, envuelta permanentemente en las conversaciones de los paisanos que no se preocupaban, a aquellas alturas, de bajar la voz. Desde la pequeña cocina que ofrecía la cripta, un habitáculo separado de la construcción principal, llegaban olores de platos calientes como sopa o cremas. La nevera estaba llena de aperitivos dulces y salados que se consumían y reponían en cada ocasión.

Nadie lloraba; ya no quedaban lágrimas que derramar. Rob se dio cuenta de ello con cierta sorpresa. Recordaba los incontables momentos que había pasado junto a su hermano mayor: su forma un tanto extravagante de coger el tenedor, con el puño totalmente cerrado; el peso de su mano revolviéndole el cabello después de una discusión; la vez que metieron un huevo guisado en el microondas y al sacarlo estalló… Ahora, mientras miraba el interior del féretro y observaba la piel amarilla y el rostro inexpresivo, apretaba los dientes y entrecerraba los ojos. Incluso torcía hacia abajo las comisuras de los labios, pero era incapaz de hacer que sus ojos lagrimearan siquiera un poco. Al escrutar los rostros de sus padres pudo ver el mismo infructuoso esfuerzo. Suspiró con resignación y se apartó del ataúd, uniéndose a las insulsas y superficiales conversaciones que inundaban el lugar. Carmen estaba allí y contribuyó a que el tiempo fuera un poco más ameno.

Repentinamente, se hizo un pesado silencio sólo interrumpido por un taconeo que se aproximaba. Un embriagador perfume a jazmín invadió la sala, seguido de María. A medida que se acercaba al féretro, la gente se apartaba gentilmente para cederle el paso. Las luces destellaban azuladas en su cabello largo y oscuro, que hacía que su piel pálida pareciera casi transparente. Detuvo su cuerpo esbelto y contempló el cadáver. Repentinamente, hundió su rostro de ángel en unas manos delicadas y rompió a llorar. “Es cierto”, pensó Rob. “Ella siempre llora. Llora por todos nosotros”. Los rostros de la multitud se tornaron culpables, siendo testigos del dolor desbordante que ellos no podían manifestar. Pero nadie intervino. Verla llorar era hermoso.

Pasó largo rato hasta que su llanto se convirtió en sollozos intermitentes. Finalmente, su respiración se tranquilizó, aunque las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas. Sólo entonces se decidió a abandonar su sitio junto al ataúd. Los murmullos se reanudaron poco a poco, la mayoría intentos de consuelo inconclusos. En las entrañas de Rob también crecía un ansioso deseo de confortarla.

–¿Crees que llora de verdad? –inquirió Carmen en un susurro, a su lado–. Debería. Todo esto es culpa suya.

–Pero ¿qué dices? –espetó Rob, demasiado brusco.

El chico se arrepintió inmediatamente. Carmen se encogió de hombros, sin insistir. Pero era cierto, y Rob lo sabía. María había llegado al pueblo tan solo unos meses atrás. Apenas una semana después comenzaron las muertes. La mayoría de cadáveres pertenecía a hombres jóvenes. Quienes habían sido pareja de María habían muerto, pero también lo hicieron otros que se pelearon por ella. Al final, lo cierto era que María era el ojo de un huracán devastador que sólo dejaba caos y destrucción a su alrededor. Rob pensó en ella como una sirena.

El olor a jazmín captó la atención de Rob. La chica pasó junto a él mientras abandonaba la sala.

–¡María! –exclamó sin pensar.

Ella se detuvo y lo miró de soslayo con los ojos muy abiertos, sorprendida. Rob se sobrecogió ante su presencia, nunca había estado tan cerca de ella. Las lágrimas aún bailaban entre sus largas pestañas, pero sus ojos no estaban enrojecidos ni hinchados.

–Yo… lo… –balbuceó el chico– lo siento mucho.

Cuando María sonrió, las tripas de Rob dieron un vuelco.

–Muchas gracias, Rob –su voz no era excesivamente aguda, ni demasiado grave. Era algodonosa y acariciaba los oídos como si fuera terciopelo.

Rob la observó alejarse hasta que desapareció completamente de su vista.

Advirtió que Carmen lo examinaba con expresión apática. Había olvidado que estaba ahí.

–¿Qué pasa? –preguntó Rob incómodo.

–Te brillan los ojos. Ahora tú también vas a morir –sentenció ella.

Abandonó la cripta sin decir una palabra más.

“Ahora tú también vas a morir”. Las palabras reverberaban en el interior de Rob. Una parte de él sabía que aquello era cierto. “Tú también vas a morir… tú vas a morir…”. Sin embargo, poco a poco, una imagen invadía su mente, apartando aquellas tortuosas palabras. Eran las lágrimas atrapadas en las pestañas de María. Sus ojos claros mirándolo de soslayo. Los hoyuelos que se formaban a los lados de su sonrisa.

Desde aquel día, buscaba a María. Empezó a reunirse con ella con asiduidad. Se recreaba en su risa cantarina, el roce accidental de sus pieles, sus ojos tan claros que casi parecían ciegos dedicándole toda su atención. ¿Cómo podía ser tan hermosa? De alguna manera, sabía que su atracción era algo sobrenatural, pero no le importaba. No, mientras estuviera con ella.

No tardó en notar las miradas de otros en su nuca. Las sentía como agujas desbordantes de envidia. Una envidia que apestaba a sangre y asesinato. A veces Rob se preguntaba quién lo mataría. También en su mente se generaban con frecuencia proyectos escabrosos.

El primero al que Rob mató fue Tony, el camarero del Bakery, un bar en el que desayunaban en ocasiones. Siempre se entretenía sirviendo los cafés mientras parloteaba con María. El siguiente fue Adán, aunque en ese caso fue en defensa propia. La señorita de las flores, de la cual Rob nunca supo su nombre, también murió. Quería que Rob se alejara de María, que era como una nieta para ella.

Rob lamentó más tarde haber estado tan abstraído en su propia carnicería, pues no se había dado cuenta del mal que cobraba forma a sus espaldas. ¿Cómo no lo había visto?, pensaría más tarde.

Algunos hombres y mujeres del pueblo se habían organizado e iban en contra de la joven. La culpaban de todas las desgracias, y Rob no pudo hacer nada cuando la atraparon y degollaron frente a sus narices. Dejaron el cuerpo despedazado en la calle.

Aquella noche, insólitamente, el pueblo lloró. Los lánguidos lamentos se filtraban por las ventanas e invadían las calles, componiendo una sinfonía de infierno.

Pero Rob no se unió a aquel cántico. Él no tenía razones para llorar. De hecho, no podía dejar de sonreír.

Se había quedado junto al cadáver de María, dejando que su sangre lo empapara mientras reunía los trozos de su cuerpo. Fue entonces cuando escuchó de nuevo su voz. El sonido llevaba a su cabeza, que yacía olvidada a un lado de la calle, estancada en un imbornal.

–Rob, ¿eres tú? ¿Rob? –sollozaba.

El chico cogió la cabeza con cuidado y apartó el cabello ensangrentado del rostro de la chica. El olor a hierro se mezclaba con el dulzor del jazmín. Ella le devolvió una mirada triste. El joven se debatía entre el horror y el alivio.

–Ayúdame, Rob. Ahora solo soy una cabeza. ¿Cómo voy a pasear contigo? ¿Cómo voy a comer? Ay de mí…

–María –respondió Rob–, yo cuidaré de ti. No tienes que preocuparte. Ahora estaremos nosotros solos, nadie volverá a hacerte daño. Te amo, María.

–Gracias, Rob. Yo también te amo –canturreó la cabeza.

Rob cuidó de ella. Con el paso del tiempo se sentía cada vez más enamorado. En una ocasión, henchido de afecto, dijo:

–María, te amo más de lo que lo he hecho nunca. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué ahora?

María no había respondido. Ella se entristecía más cada día.

–Rob, quiero salir. Quiero sentir el sol en mi rostro y tomar un café en el Bakery.

–Pero María… –se violentaba Rob.

Entonces la expresión de María se tornaba severa.

–He dicho que quiero salir.

Así que salieron. Y fue más fácil de lo que Rob supuso. El pueblo estaba sorprendido de ver la cabeza de María aún con vida, pero no dijeron nada al respecto. Incluso los que habían tratado de asesinar a la chica permanecieron al margen, probablemente demasiado turbados para reaccionar. Rob y la cabeza desayunaban diariamente en el Bakery y daban largos paseos bajo la calidez del sol. Rob levantaba a María para que su pelo ondeara al viento, mientras ella se carcajeaba a la vista de todos.

Sin embargo, el aire se sentía cada vez más denso y pesado.

“¿Por qué él tiene la cabeza de María?”. “Aunque sea una cabeza, María es tan encantadora como siempre”. “Seguro que ni siquiera la alimenta bien”. “Quiero que esa cabeza sea mía”.

El chico pudo notarlo. El deseo de matanza enturbiaba el aire que respiraba y ensombrecía los rostros de quienes lo vigilaban. Y sólo él era el objetivo. Sólo él tenía a María.

Un día, tuvo que huir. Sin terminar el desayuno, asió a María y se precipitó a toda prisa por las calles del pueblo. Los oía a escasa distancia: pasos apresurados, maldiciones contenidas, jadeos desesperados. Por más que corría, el peligro brotaba de nuevo al doblar cada esquina. Sus piernas colapsaron, obligando a Rob a buscar refugio en las sombras de un callejón estrecho. Se dejó caer, y hundió la cabeza entre las manos. Sólo era cuestión de tiempo que los encontraran.

–Estás triste –expresó la cabeza desde las rodillas del chico.

–Te amo, María. Quiero estar contigo. ¿Por qué se entrometen? Éramos tan felices –se lamentó él.

La chica caviló unos instantes.

–Existe una forma de que dejen de molestarnos… –afirmó con voz queda.

–¿Qué? –exclamó Rob– ¿Cuál? ¡Haré lo que sea!

–Bueno –prosiguió ella–, nadie aceptaría el romance entre nosotros ahora. Pero si tú también fueras una cabeza, estoy segura de que nadie se entrometería.

La respiración de Rob se detuvo. ¿Convertirse en una cabeza? María advirtió aquella vacilación y compuso una mueca compungida.

–¿Es que no me quieres? –inquirió afligida– ¿No renunciarías a tu cuerpo para estar conmigo?

–¡Lo haré! –bramó Rob–. Por ti lo haré, María.

Rob lo intentó ese mismo día con un cuchillo de cocina, pero se desangró antes de lograr separar la cabeza del cuerpo y murió entre toses y borbotones de sangre.

Encontraron a María junto al cadáver del chico. Aunque sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas, su expresión era de impaciencia. Cuando le preguntaron qué había sucedido, ella respondió:

–Rob trató de decapitarse porque me amaba. Una cabeza como yo sólo puede estar con otra cabeza. Ya lo habéis oído. Sólo me enamoraré de una cabeza.

Ese día, la mayor parte del pueblo intentó decapitarse. Algunos, como Rob, solo consiguieron practicar algunos tajos en su garganta. Otros utilizaron guillotinas industriales o construyeron las suyas propias y consiguieron separar la cabeza de su cuerpo. Pero ninguno sobrevivió.

Cuando recogieron los cadáveres, no encontraron a María.

 

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