MedicoMan

Por Maria Rizzo

Qué monótona es la vida, pensaba Carlos al empezar su rutina diaria. Estaba próximo a los cuarenta, soltero y, aunque quería formar una familia, no tenía suerte en el amor. Cada vez que invitaba a salir a una mujer, ella se excusaba con algún compromiso. Era muy delgado y medía 1,84 de estatura. Cuando no vestía la bata de médico, su estilo era formal y un poco pasado de moda.

Desde su niñez fue discriminado, sufrió burlas hasta la secundaria y soportó apodos despectivos. Poco hablaba sobre su vida privada, y su círculo social se limitaba a dos amigos de la infancia, también solteros, y con quienes los jueves por la noche solía ir al bar.

Sus padres perdieron la vida en un accidente cuando él tenía dieciséis años.  Carlos quedó bajo la tutela de una tía muy mayor, que falleció al poco tiempo de que él terminara la carrera de Medicina.

En sus días libres se encerraba durante horas a leer la colección de cómics de superhéroes que juntaba desde que era un niño. Su personaje favorito era Batman.

Cierto día, mientras Carlos entraba al hospital, fue interceptado por una camioneta oscura, dos hombres vestidos de negro, encapuchados y con un revólver, le apuntaron en la cintura y lo introdujeron en el vehículo. Él no entendía nada.

Una vez dentro, le vendaron los ojos con un pañuelo, le quitaron su teléfono móvil, y le obligaron a permanecer en silencio hasta llegar a un edificio que parecía abandonado.

— Oigan, ¿dónde me llevan? Por favor, digan qué quieren —exclamó Carlos muy asustado.

— Cállate y camina, si quieres que no te pase nada —contestó uno de los secuestradores mientras le presionaba un costado con el arma.

Carlos no podía ver nada, pero notó el frío de aquel lugar y el olor a humedad y orina. Luego de andar unos minutos, oyó que abrían un cerrojo y sintió en su espalda un empujón violento hacia delante. El ambiente frío cambió por uno más cálido. Le quitaron la venda, inmediatamente observó que estaba en una habitación sin aberturas. Luego miró hacia un lado y vio a una mujer joven, herida, en una cama. Se quejaba de dolor, casi sin fuerza, y tenía un rostro bello, aunque magullado.

—¿Por qué la mujer está así? —preguntó Carlos, impresionado.

—Tú sólo atiéndela, y ahórrate las preguntas —le contestó el otro sujeto.

Inmediatamente Carlos se acercó a la cama de la mujer para examinarla.

—El brazo puedo colocárselo, pero su pierna está fracturada y necesita una intervención, no puedo hacerlo aquí —dijo al cabo de unos minutos, nervioso y preocupado—. Es urgente trasladarla a un hospital. Además, está embarazada, el feto puede correr riesgos.

—No estarías aquí si quisiéramos llevarla a un hospital, tú sólo has el trabajo —dijo uno de ellos, mientras colocaba el arma en la sien de Carlos—. Encuentra la forma de resolverlo si no quieres que te dispare aquí mismo.

—Está bien, está bien —dijo Carlos, al que le temblaban las manos y la voz—. Entonces tendréis que facilitarme el material necesario.

—Correcto, parece que ahora nos vamos entendiendo —contestó uno de los hombres.

Pidió calmantes, y todo lo necesario para entablillar la pierna. Mientras atendía a la mujer, uno de los sujetos salió de la habitación, el otro permaneció apuntándole con la pistola.

—Bien, ahora está con calmantes. Aparentemente el feto está bien, sin embargo, habría que hacer una ecografía. Ahora, por favor, os pediría que me dejéis libre y llevarme de regreso —dijo al que le custodiaba.

—Quédate aquí, no hagas nada más, enseguida vuelvo. Todavía no sabemos qué hacer contigo —le respondió el sujeto mientras cerraba la puerta con llave.

Ante la incertidumbre, Carlos comenzó a pensar un plan de escape. Observó los elementos que se encontraban dentro de la habitación que podían servirle. Había una pesada silla de hierro, un armario y el maletín de auxilios que contenía sedantes, jeringas, esparadrapo, gasas, vendas y una tijera.

Escuchó quejas de dolor de la mujer. Cuando se acercó ella le cogió fuertemente la muñeca y le dijo:

—No te vayas por favor, sácame de aquí.

—No sé cómo, ni siquiera sé cuál será mi suerte —Le contestó en voz baja.

La mujer insistió en su petición y luego se durmió. Carlos quería escapar cuanto antes de allí, pero su conciencia no le dejaba tranquilo, y se sentía responsable por esa mujer embarazada, ¿Qué debía hacer? y ¿cómo?, pensaba el doctor.

Uno de los secuestradores regresó y le dijo:

—La camioneta esta lista para llevarte de regreso, aquí tienes el pago por el trabajo.

—Podría quedarme un poco más hasta que ella esté mejor. No vaya a ser que empeore y no esté aquí para ayudarla —Dijo Carlos, nervioso.

—¿Estás seguro? —le preguntó el hombre muy sorprendido mientras se aseguraba de que la mujer seguía inconsciente—. Yo que tú me iría cuanto antes de aquí, ¿no te has dado cuenta de dónde estás?

—Sí, no me quedaré tranquilo hasta que ella esté fuera peligro. Conseguidme un ecógrafo para revisarla, y luego me iré.

—No te lo puedo asegurar, tengo órdenes estrictas de que debes irte, pero preguntaré al jefe —respondió el hombre.

Mientras marcaba en su teléfono, Carlos cogió la silla y lo golpeó con todas sus fuerzas derribándolo; inmediatamente le quitó el arma y le apuntó con ella, le quitó la capucha y le dio un esparadrapo para que él mismo se tapara la boca, ató sus manos y pies con unas vendas, le inyectó un sedante, lo metió en el armario, cogió sus llaves y salió de la habitación.

Tenía poco tiempo para buscar una salida y volver por la mujer. Caminaba muy despacio comenzó inspeccionar el edificio, no veía ni escuchaba a nadie, pero observó que en algunos puntos había cámaras, así que intentó esquivarlas.

En esa búsqueda se topó con una salida de emergencia despejada, podía escapar, pero volvió a preguntarse “¿Qué será de la mujer embarazada?”. Luchaba consigo mismo, entre la conciencia y su instinto de supervivencia. “Carlos, no es momento de hacerte el héroe, esto no es un cómic, lárgate de aquí cuanto antes, tú no eres responsable de ella”; pero inmediatamente se preguntaba: “¿Y si soy su única posibilidad de vivir? “¡Dios mío! ¿Qué hago?”

Carlos decidió arriesgarse una vez más, el gran héroe que había en él regresó a la habitación.

Mientras intentaba despertar a la mujer llegó otro de los secuestradores.

—¿No ha venido mi compañero a buscarte? —preguntó.

—No, todavía no, le he pedido un ecógrafo y estoy esperándolo —contesto él.

—No harás ninguna ecografía, no puedes estar aquí cuando ella despierte. Venga, largo.

Cuando Carlos caminó hacia la puerta, oyeron ruidos en el armario.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó el hombre mientras intentaba abrirlo. En ese momento Carlos cogió la silla y golpeó en la espalda al sujeto, pero esta vez no pudo derribarlo, entonces agarró la tijera y la clavó en el muslo del secuestrador. Luego realizó el mismo procedimiento que hizo con el anterior. Ambos quedaron encerrados, atados en el armario y sedados.

Le quitó el arma, las llaves de la puerta y las del coche. Cogió a la mujer en sus brazos y salieron de allí.

Se dirigió hacia la salida, la mujer estaba despertándose con los movimientos. Cuando llegó a la puerta, vio que había vigilantes. Entonces la mujer le indicó con voz débil una salida que llevaba al aparcamiento.

Muy despacio y comprobando que no había cámaras bajó al sótano del edificio. A veces sentaba a la muchacha en el suelo para descansar o la ayudaba a caminar sobre su pierna sana. Así llegaron al garaje.

No pudieron evitar ser detectados por una cámara. Desde la cabina de control, observaron que el doctor se llevaba a la mujer, y varios hombres corrieron a impedírselo.

Carlos encontró el coche correcto con el sonido de la alarma. Sentó primero a la chica y apenas subió él, los hombres llegaron al aparcamiento. Carlos arrancó el auto, salió del edificio y se dirigió hacia la carretera. Los hombres cogieron sus vehículos y lo persiguieron.

Aun perseguido, Carlos sonrió satisfecho.

 

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