¡MIRA, NIÑA, EL DESIERTO DE TABERNAS! – Mª Luz Maldonado Rodríguez

Por Mª Luz Maldonado Rodríguez

En el principio yo no existía, no existían los padres, ni los hermanos, ni la familia. Solo había un niño y una niña, arrojados a este mundo como partículas de un gran estornudo, desperdigadas por un paisaje remoto y primitivo que bien pudiera ser consecuencia de un ensayo atómico o una guerra nuclear. Contra todo principio científico de habitabilidad, en ese inaccesible campo de torrenteras y despeñaderos se hicieron los padres, los hermanos y la familia. Nació así una historia, la de los padres que decidieron abandonar la tierra que helaba y abrasaba sus pisadas, y la de los hijos que hoy día intentan reconocerse en la familia a pesar del desarraigo y las distancias.

Durante muchos años, los hijos quedamos absortos en nuestro propio relato. Ignorábamos que las heridas se heredan, que se hicieron mucho antes de nacer, que cuando uno nace ya están ahí y se van añadiendo nuevas aumentando su peso como capas de ropa de invierno. Y esto sucede sin que uno se dé cuenta. Se empieza con una colcha, se añade el edredón de primavera, luego el de invierno, la manta zamorana y la de pelito por si refresca, hasta que ya no hay quien respire ni se mueva. De esta forma, y por lo que a mí respecta, llegué a los cuarenta asfixiada, luchando por sacar la cabeza. En esta narración confío comprender a los padres y reconstruir mi propia historia sin más heridas ni tristeza.

Desde que era pequeña escuché a mi padre llamar a mi madre “niña”. Niña esto, niña lo otro… Eso me hacía mucha gracia porque donde vivíamos los padres llamaban a sus esposas por su nombre de pila como Trini, Pilar o Lola, pero mi padre la moteaba como si fuera a mi colegio. Esto, junto con los juegos de palmas, el vamos a contar mentiras tralará y su mirada emocionada viendo la Caponata me convencieron de que así era, que mi madre era una niña como yo, pero más grande y más resuelta. Mi madre también llamaba a mi padre niño, lo que complicaba todavía más que yo entendiera.

Lo que quiero decir es que mi madre siempre me pareció una niña, con su manía de meter la punta de los pies para adentro cuando paraba a mirar un escaparate, su gusto por películas de animales (“Erchico” era su favorita, refiriéndose a Hachiko con Richard Gere), o su incapacidad para imaginar distancias, pues para ella Alemania podría estar al lado de Orihuela. Y mi padre… mi padre era el bebé de mi madre, al que atendió toda la vida con la alegría de una madre primeriza, incluso cuando menos se lo merecía.

Hacía un mes que mi padre había fallecido y mi madre estaba en ese proceso tan jodido de aceptación que te impulsa a guardar fotografías en los cajones mientras levitas por las estancias. Las tardes las pasaba cosiendo delante de los documentales de la 2 y yo la acompañaba. Juntas, entre leones y elefantes, hienas y jirafas, aproveché para indagar sobre su infancia.

–Háblame de tu infancia, mamá –le dije mirándole con el rabillo del ojo.

–Pasé mucho miedo en casa de mi abuela, porque no había luz… Me acuerdo que nos alumbrábamos con el candil, o con un quinqué de gas, y yo le leía lo que podía a mi abuela –empezó así a relatar mientras hilvanaba el bajo de mi pantalón–. Y había que traer el agua desde un barranco, en la cadera un cántaro y un cubo en la otra mano.

Cuando una madre comienza a relatar su infancia así, con las palabras casa y miedo en la misma frase, algo en tu interior te dice que a partir de ahí nada mejora.

La llevaron con nueve años a cuidar de su abuela ciega, a un cortijo perdido del Toril, en Almería, donde solo se llegaba por unos caminos de tierra, más transitados por mulas que por neumáticos en esa época. Si en los años cincuenta España era una escombrera de posguerra, ese sitio era el hueco de debajo de una de sus piedras, el último lugar al que nadie echaría cuentas. Allí vivió muchos años como una niña de la selva, una Mowgli acompañada de unas cuantas cabras y una vieja con escopeta que según mi madre andaba mucho y nada hablaba. La única foto que se conserva de mi bisabuela es de cinco por diez, en papel sepia. Aparece delante de una ventana con reja, flaca como la cecina, toda de negro, con un gran moño estirado repleto de horquillas y mirada pasmada.

–Yo estaba con mi abuela, mi padre me dejó con mi abuela porque estaba sola, y para que no estuviera sola me mandó allí con ella –continuó mi madre, mirando al suelo como si la solería fuera mágica y sobre ella los recuerdos se le aparecieran.

–¿Y a los abuelos no los veías? –pregunté intrigada.

–No, porque el abuelo compró un cortijo de esos grandes, en Almería. Allí se fueron con mis hermanos. ¡Pero el cortijo lo trabajaba mi madre! –recalcó para no dejar dudas de quién cargaba con más de la cuenta– mi padre cogía el camión y se iba de camionero y yo, pues con mi abuela.

–¿Y qué hacías tú sola con ella, tan pequeña? –pregunté indignada.

–Yo me levantaba temprano para recoger almendras. Iba al cortijo de Periano, así se llamaba el cortijo, era de un rico. Para comer me llevaba una cacerolilla de esas chicas y con ella comía en el campo. Ganaba cuatro duros de los de antes. Íbamos en cuadrilla y cada cuadrilla de diez llevaba uno de vigilante. Y pasaba una sed, ¡ay qué sed! Venían los mulos con botijas de agua, que cuando llegaban allí arriba ya iba caliente del todo –aquí hizo una pausa mirando al suelo, como esperando otra visión, y continuó–. En la era te resbalabas, había pinchos, te pinchaban los dedos y te salían padrastros.

–¡Me cago en el cortijo de Periano y en los pinchos que te hacían padrastros! –exclamé con rabia.

–No sé, hija, así se vivía –dijo encogiéndose de hombros–. Yo a veces me iba a coger almendras con otros niños y como nos vieran los vigilantes, teníamos que salir pitando porque nos tiraban piedras –concluyó resignada.

Se hizo una pausa. En la 2 rugían los leones en la pantalla y recordé una tarde de Cine de Barrio. Lina Morgan aparecía como La tonta del bote, tirando piedras a la gente que pasaba. Mi madre, al verla, exclamó: “¡Mira como yo! ¡Asalvajada!”, señalándola con la barbilla, como si se reconociera en esa escena. En ese momento me reí, porque me pareció otro de sus chistes. Ahora, ya no me hace tanta gracia.

– He trabajado mucho en el campo – continuó, sin que yo ya preguntara–. He recogido mucho tomate y mucha habichuela, y como estuviera la mata baja ¡ay, qué dolor de espalda! Era una niña, claro. Llorando y recogiendo. Llorando y recogiendo. Y tu padre peor, con tu abuelo, solo. Más para arriba del Trebolar y el Barranco Gurrías –y guiñó para ensartar otro hilo en la aguja.

Mientras ella preparaba el cosido busqué en Google el Trebolar y el Barranco Gurrías, dos barriadas abderitanas que hasta 2016 no han sabido lo que es tener luz eléctrica y que todavía hoy sigue reclamando condiciones dignas. De paisaje duro, lleno de ramblas y descolgados, con una vegetación tan áspera y un relieve tan accidentado que recuerda a la cara de Clint Eastwood en El bueno, el feo y el malo. De hecho, si andas en diagonal hacia el noreste, a menos de cien kilómetros, te topas con el desierto de Tabernas, un lugar donde al de fuera se le llama forastero y se le mira con recelo porque, como decía mi padre: “Aquí no hay nada y cuesta mucho llegar, y si vienes es porque quieres algo”.

Las tardes de siesta y una de vaqueros eran las favoritas de mis padres. Cuando salían jinetes cabalgando entre cactus y pitas papá gritaba: “¡Mira, niña, el desierto de Tabernas!”. Entonces mi madre dejaba lo que estaba haciendo y llegaba corriendo al salón llevando entre las manos un trapo de cocina. Ahí, en la pantalla, su Edén erosionado. Una tierra llena de madrigueras de conejos cuyo mayor logro era el Mini Hollywood y el observatorio astronómico de Calar Alto, aunque a mis padres les daba igual lo del supertelescopio Tarsis, a ellos les enseñaron más a mirar a la tierra y menos a las estrellas.

–¿Ibas a la escuela? –pregunté retomando la conversación.

–Íbamos a la escuela, sí. –respondió, y a medida que hablaba se sonrojaba–. Llevábamos un libro, uno solo, la Enciclopedia. Solo me acuerdo de la historia del Cid y de Doña Jimena.

Ahí, pensé, el Romeo y Julieta del desarrollismo, del opusdeismo y del éxodo rural, y tuve que preguntárselo:

–¿Cómo conociste a papá? –y la miré atentamente.

–En el Toril, por encima del Lance La Virgen, se hacían fiestecitas en las casas –se sonrió para adentro, y luego cortó el hilo con los dientes.

Por lo que me contó, él tenía 20 años y ella 16. “Cuatro años mayor que yo”, me decía haciendo la cuenta con los dedos. Según ella papá tocaba la guitarra, pero yo creo que más bien la aporreaba porque no le vi en vida hacer sonar nada que se le pareciera. Era vísperas de irse a la mili, justo al día siguiente marchaba para Alhucemas, desde donde volcaría su anhelo en fotos dedicadas con tanto amor como faltas de ortografía: Con mucho cariño, de tu “nobio” que te quiere.

– Empecé a bailar… yo, con mis amigas y mi prima, y él así –continuó mi madre, moviendo sus manos como si tocara la guitarra más diminuta del mundo y sonriendo.

–Los hombres llevaban a lo mejor una garrafilla de vino, porque los hombres bebían vino –esto lo dijo en un tono que dejaba claro que eso era cosa solo de hombres–. A las mujeres, algunas veces nos hacían “el mecedor”, con dos sogas en los troncos de los árboles. Se ponía un cojincillo en medio, te sentabas en medio de las sogas y se mecía una. Ya ves tú, lo que había antes, ¡la diversión de antes! –exclamó enarcando las cejas–. Tres años de novios, me trajo un pañolico de allí y lo tengo ahí guardado –suspiró y señaló con la cabeza la puerta del dormitorio–. Así, en rosica, de bordado y vainica – y dibujó con los dedos el adorno imaginario sobre la palma de su  mano.

Entre recogida de almendras y habichuelas mi madre pudo ir a esa fiesta como la cenicienta postnuclear que era. En una finca, ahora en ruinas y abandonada, se reconocieron como El Cid y Doña Jimena, pero más hillbillies y más guerreros.

Siguió hablando de que no hubo pedida de mano, ni boda, ni vestido blanco. Fueron a la iglesia, firmaron y ya está. En esa época y en ese lugar casarse era más un acto de voluntad que de esperanza, y los dos niños sacaron los dientes a la vida para asustarla.

– La tita María era la madrina y quién fue el padrino, ya no me acuerdo… –y arrugó la frente, como si exprimiéndola fuera a recordarlo.

Después habló de su luna de miel, de Almería a Granada, en un tren que según mi madre era “de esos que echaban humo”. De ese día solo tienen una fotografía pintada, en blanco y negro. Mi madre mofletuda, con un recogido ye-yé y un collar blanco que no conoció más ocasiones; y mi padre con chaqueta y corbata, con esa onda en la frente que tanto le caracterizaba.

Y así fue como un niño eligió a una niña como madre, y como una niña eligió a un niño como padre. Y de ellos se hicieron los padres, los hermanos, la familia, y las heridas que han de ser cerradas.

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