NADA ES LO QUE PARECE – Mariam Losada

Por Mariam Losada

Hace 7 años, cuando se conocieron, el tiempo se detuvo. En el mismo instante en el que sus miradas se cruzaron fue consciente de ello. David desprendía ese carisma de hombre inteligente y triunfador que la arrolló desde el primer minuto. Parece que ha pasado una eternidad desde aquellos primeros días en los que la luz llegaba cada día sin esperarla. Hoy esa luz está apagada. ¿Cuándo se produjo el cambio? Julia no sabría situarlo en un momento concreto más bien fue algo gradual, pequeñas cosas, anécdotas, situaciones o palabras dichas sin sentido en momentos que no correspondían.

Fue algo tan sutil que no fue capaz de ver en qué se estaba convirtiendo.

 

Siente la casa vacía y oscura y le cuesta levantarse de la cama por el dolor en la espalda. Se sabe sola porque David fue a su sesión temprana en el gimnasio y a su partido de pádel lo que significa que no regresará hasta el mediodía. No tiene nada que hacer con las horas muertas de la mañana aunque tampoco podría porque ese dolor la tiene anquilosada en la cama de la cual tendrá que levantarse más tarde o más temprano.

La casa está impecable. No podría ser de otro modo. Todo reluciente; nada fuera de su sitio. La pulcritud se ha convertido en un hábito a fuerza de subsistencia. Ella bien lo sabe. Ni una mota de polvo o un cojín desentonando con el resto de la decoración. Su vida se reduce a eso porque David no soporta la suciedad ni el desorden. Así que ella se pasa el día recogiendo y limpiando con la sensación de que nunca está lo suficientemente bien a ojos de David.

Hay momentos en los que tiene atisbos de otros momentos en los que su vida era diferente, donde las pequeñas sutilezas eran poco más que anecdóticas. Aquellos días en los que era ciega, sorda y hasta muda en todo lo que concernía a David. Sus amigas, más perspicaces y menos ciegas a ese magnetismo de David fueron conscientes de todos esos cambios mucho antes de que ella abriese los ojos a esa realidad que se le iba imponiendo.

Al principio le hacían gracia las manías de David respecto a la casa. A ella le gustaba el orden y la limpieza, así que apreciaba que David valorase su trabajo diario en la casa. Pero todo fue cambiando, y lo que antes era el control de la casa pasó a un control desmesurado de su propia vida. Las situaciones se volvieron extrañas, controladas y manipuladas para que encajasen con lo que David deseaba y si esto no era así, si había algún contratiempo mejor no pensar en las consecuencias.

 

En los inicios de su matrimonio habían decidido (más bien fue David el que lo decidió con su manera elegante de imponerse) que ella se centraría en llevar la casa y todo lo que esa tarea implicaba: cenas con socios y amigos (suyos, por supuestos) principalmente. La familia (su familia) no solía estar muy presente en esos eventos. No le importaba mucho ya que no tenía una relación muy estrecha con ella y tampoco eran muy dados a ese tipo de eventos sociales y sus amistades no encajaban en el círculo que David tan pretenciosamente había creado para los dos. Así que, salvo excepciones, ella se desplazaba al centro de la ciudad para comer con sus amigas o ir al cine o sencillamente hablar en esporádicas reuniones que lograban hacer.. Hablaban poco y se veían menos. Era consciente de lo que opinaban de David y sus manías. Habían intentado hablar con ella pero Julia no había escuchado. No entendían su relación.

La incomprensión por parte de sus amigas la hizo volcarse en su vida con David y todo lo que él llevaba consigo. Pero las esposas de los compañeros de trabajo y de sus amistades no terminaban de gustarle. Compartía espacio y tiempo con ellas pero no le resultaba un grupo alentador para fomentar relaciones estrechas de amistad.

Así que ahí está ella, tumbada en la cama, pensando en cómo afrontar otro día y con ese dolor insoportable que la tiene paralizada. “Quizás una ducha de agua caliente me relaje los músculos” piensa mientras se levanta y se mira en el espejo de la entrada del baño. No quiere mirarse. No quiere ver lo que sabe que está ahí. Se quita el pijama y el espejo devuelve esa imagen que no quiere ver. Los golpes le han dejado la espalda morada. Los recientes sobre los antiguos. Ya no sabría de qué color es su piel si no fuese porque David tiene mucho cuidado de no golpear en lugares visibles. Lugares que implicarían inventar mil excusas que con el tiempo sabe que no tendrían excusa: los me caí, tropecé, esa puerta del armario… No, no tendrían excusa ninguna. Mejor en la espalda y en zonas menos visibles. No dar lugar a especulaciones.

No sabe cuánto tiempo podrá seguir así. Se pregunta si le quiere. Se pregunta muchas cosas. Y siempre encuentra las excusas adecuadas. Él le pide perdón, aunque es cierto que cada vez menos. Es como si sus vidas se hubiesen asentado en una dinámica de control y poder en la que ella tiene una función: saco de boxeo de estrés diario para David. Sabe que no puede seguir viviendo así porque quizás llegue el día en que no viva para saber cuánto más aguantar.

La ducha le ha sentado bien aunque los moretones no hayan desaparecido con el agua. Nunca lo hacen. Se han impregnado en su piel como un tatuaje. Está marcada a fuego y a fuerza de golpes que sabe que no merece, que no están bien y que no tendría que soportar.

 

Mientras sorbe una taza de café en la cocina su cerebro toma nota de todo con una frialdad inusitada. Quizás sea porque la noche anterior David se ensañó con más virulencia o sencillamente porque sabe que no puede continuar por ese camino de golpe-perdón en el que ella sale perdiendo en cualquiera de las formas posibles.

Esa casa no significa nada para ella. No han tenido hijos, algo que Julia agradece porque quizás ahora estaría en una situación peor si cabe.

Ha tomado la decisión. Es ella o él. Y Julia tiene que apostar por ella.

 

No sabe a dónde ir, o cómo saldrá adelante pero lo que sí tiene claro, es que si continúa más tiempo con David quizás pronto no tenga que tomar decisiones. No serán necesarias. Ahora es el momento. Tarde. Pero ha llegado.

No quiere estar en esa casa cuando él regrese, así que prepara una maleta con algo de ropa y enseres y decide desaparecer. No basta con que se vaya. Tiene que mudar su vida, dejar de ser Julia para convertirse en otra persona. Sabe que toma decisiones en caliente pero ¿realmente es así?

Algún día tenía que hacerlo. Su vida es un desastre y nada podrá ser peor que seguir ahí pensando si llegará a ver el día siguiente. Llama a la empresa de taxis. El coche no es opción porque es de alquiler y fácil de rastrear. Como el móvil. Decide dejarlo todo. Ya comprará uno nuevo con otro número. Escribe una nota escueta: “ADIÓS” que deja en la mesa de la cocina junto a su anillo de boda. No quiere nada de David. Ha tenido más de lo que ha deseado o pedido.Con esfuerzo carga la maleta, coge el bolso con su documentación, el dinero que David ha dejado para los gastos de la casa y se va. No sabe a dónde ir, no puede recurrir a nadie. Cualquiera de las personas que podrían ayudarla se convertirían en enemigas de David y él puede hacerles mucho daño. Julia lo sabe muy bien.

¿Avión, tren, coche…? No sabe muy bien a dónde ir pero sí que sabe que no piensa volver. Piensa. Decide. Autobús. El taxi la deja en la estación de autobuses para desaparecer.

David la buscará, eso seguro. Se inventará cualquier cosa durante un tiempo de cara a la opinión de “sus amigos” pero no dejará de buscarla. Ella es su “propiedad” y como tal tiene un valor tasado en su cerebro de controlador y manipulador. Él no pierde. Siempre gana. Julia sabe que tiene que desaparecer muy bien si quiere seguir viva, porque esta afrenta él no la perdonará nunca.

 

Allí sentada en ese autobús con rumbo a un sitio que no sabe ni nombrar se siente libre y feliz por primera vez en años. Respira. Sonríe.

No será fácil pero será dueña de su vida. Nadie volverá a decirle qué hacer y mucho menos vapulearla como si fuese un saco de patatas.

“Libre. ¿Quién me lo iba a decir esta mañana cuando desperté llena de dolores pensando en cómo afrontar otro día?” “Soy libre. Por fin”.

Volver a ser ella. La que un día se perdió en el camino que otro fijó por la fuerza anulando cualquier autonomía por su parte.

Nunca más.

 

Mientras el autobús avanza ella suelta el aire tanto tiempo retenido.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Natalia Pérez H

    Es maravilloso este relato. Real, tan real que duele.
    Me fascinó como la autora logró describir de manera muy fluida ese punto de inflexión entre la vida o la muerte.

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