NUEVE MESES – Raquel Molina Fuertes

Por Raquel Molina Fuertes

Hay dos cosas que una mujer nunca debe hacer: liarse con el prometido de su mejor amiga y quedarse embarazada del prometido de su mejor amiga. Yo hice ambas.

El alcohol tuvo la culpa. Los novios organizaron una fiesta para celebrar su compromiso, después de algunas copas me pregunté qué hacía la lengua del novio enredada con la mía y me arrepentí cuando ya estaba buscando mis bragas en el suelo del baño.

—¿Cómo se lo vamos a decir? —pregunté al tiempo que un sudor frío recorría todo mi cuerpo.

—Un momento —me interrumpió mientras se subía los pantalones— aquí no ha pasado nada. ¿No querrás que anule mi boda con tu mejor amiga ahora que ya están las invitaciones mandadas?

Su argumento me convenció, y no porque fuera sólido, sino porque yo era tan cobarde como él. Faltaban nueve meses para el gran día, los mismos (yo aún no lo sabía) que para ponerme de parto.

Los días fueron diluyendo la sensación de culpa, igual que ocurrió con el alcohol en mi sangre, hasta que semanas después no me bajó la regla ¡a mí, que nunca había tenido un retraso!, <<Esto tiene que ser estrés postraumático>>, pensé, porque acostarse con el novio de una amiga algo de trauma siempre deja.

La siguiente regla tampoco vino, ahí ya empecé a sospechar, sobre todo por las náuseas. Presa del pánico bajé a la farmacia, pero sólo acerté a pedir unas tiritas cuando entraron tres clientes detrás de mí, eran desconocidos pero les bastaba con mirarme unos segundos para darse cuenta del grave error que había cometido.

Caminé hasta llegar a una farmacia lejos de casa, entré y pedí un test de embarazo.

—¿Analógico o digital? —preguntó la farmacéutica.

—…

—Uno te dice si estás embarazada o no y el otro, más caro, te dice también desde cuándo.

Me llevé el barato porque no necesitaba que nadie me dijera <<desde cuándo>> y fui lo más rápido que pude a casa. Hice pis en el <<palito>> mientras recordaba el fatídico día en que perdí el sujetador y la dignidad. Esperé y me desesperé durante cinco minutos, la prueba de embarazo dio positivo, yo me hundí en la negatividad. No había comprado tiritas suficientes para tapar tremendo descuido.

Analicé la situación: me había liado con el prometido de mi mejor amiga y tendría un hijo con su futuro marido. Le podría haber pasado a cualquiera ¿no?

Me mareé y tuve que sentarme. Era un buen momento para dejarlo todo y empezar una nueva vida lejos, en otro continente, tal vez en otro planeta. Pero como no iba sobrada de dinero me quedé. Y me callé.

<<Ten cuidado, estás engordando ¡no vas a caber en el vestido de dama de honor!>> me decía la madre que me trajo al mundo.

Si supiera que en breve va a ser abuela le daría un síncope.

<<Puag, que asco, ¿desde cuándo te gusta la coliflor rebozada en Nocilla?>> Me preguntaba mi amiga, que me conocía desde que teníamos cinco años.

Los antojos son inexplicables. Si supiera que en breve su futuro marido va a ser padre le daría un síncope.

Yo sufría microinfartos cada vez que lo pensaba.

Las semanas pasaban y tuve que ir aumentado la talla de las camisetas para disimular la barriga, pronto sería imposible ocultarla y me vería obligada a confesar la verdad: sería madre soltera de padre desconocido.

Vale, era una verdad a medias, porque el padre, simplemente, no estaba disponible.

Los novios organizaron otra fiesta, vete tú a saber por qué. Esta vez rechacé el alcohol, algo que de entrada causó desconcierto, así que me limité a pasear de un lado a otro con un zumo de piña en la mano, sin bebérmelo porque solo el olor ya me daba náuseas. Más tarde vomité sobre una bandeja de montaditos, notaba los mechones de pelo apelmazados, pegados a la cara.

—No pasa nada. Estoy embarazada. Es lo más normal del mundo.

—¿Embarazada? —preguntaron unas voces coral desafinando. El novio se quedó más blanco que la luz de los alógenos led.

Y pasé a ser el centro de atención para disgusto de la novia y terror del novio. Pero me mantuve firme en mi versión y todo salió bien. Bien… por no decir lo contrario.

—¿Es mío? —preguntó cuando nadie nos escuchaba.

—De quién si no —respondí con resignación.

—Creo que ella sospecha algo —dirigió la mirada hacia su prometida, mi amiga… —está muy rara conmigo últimamente.

<<Lo que faltaba>>, pensé.

—Serán los nervios por la boda —dije más para autoconvencerme que por otra cosa.

Unos días después mi amiga me llamó y me dijo:

—Tenemos que quedar. Necesito hablar contigo ¡es urgente!

Casi me hice pipí del susto, aguanté las ganas con la escasa colaboración de un bebé presionando mi vejiga.

Camino al encuentro con mi amiga no dejaba de preguntarme si sabía algo y cómo se habría enterado y lo más importante: confesar la verdad o negarlo todo.

Entré en la cafetería como quien llega a un examen que sabe de antemano que tiene suspendido. Ella me esperaba en una de las mesas, yo me acerqué a la barra para pedir un café, con la absurda ilusión de que con ese gesto ganaba un poco más de tiempo. Me dirigí a la mesa sujetando la taza con las dos manos que temblaban, me senté frente a ella sin apenas mirarla y me concentré en agitar con frenesí la cucharilla en el café, el murmullo de las conversaciones en las otras mesas se mezclaba con el de mi cabeza, no me atrevía a hablar, ni siquiera a levantar la vista.

—¿Te ocurre algo? —preguntó mi amiga.

Negué con la cabeza. Mi preocupación por ser descubierta en lo que yo consideraba <<un pequeño desliz con consecuencias catastróficas>> se transformó en sorpresa e incredulidad cuando me confesó que quería dejar a su novio, no sin antes preguntarme si sabía quién era el padre del bebé.

—Me he dado cuenta de que no quiero pasar con él el resto de mi vida, pero no sé cómo decírselo y lo he ido posponiendo.

—¿Posponiendo? ¡Que te casas en cuatro meses!

—Ya, ya… no me presiones, ¿se te ocurre alguna idea para anular la boda sin que yo quede mal? —preguntó.

Se me ocurría. Negué con la cabeza.

Mi amiga estaba agobiada, pero mirando bien la situación, era lo mejor que me podía pasar. Tendría que arrastrar con un hijo de él toda la vida, pero al menos me libraba de la culpa y el remordimiento que tenía con ella. Igual con los años hasta nos reíamos de esto.

Los días pasaban, mi barriga crecía, mi amiga continuaba buscando la manera de detener la boda mientras los preparativos seguían en marcha y el novio hacía planes para tener hijos pronto, con ella, claro. Sobrepasada por los acontecimientos, le pareció que era más práctico casarse, para un tiempo después anunciar que las cosas no funcionaban y pedir el divorcio.

—Es que ya está todo organizado y las invitaciones enviadas — justificaba.

Eran tal para cual.

El día antes de la boda llamé a mi amiga.

 

—Oye, que no voy a poder ser tu dama de honor, creo que el bebé quiere salir ya.

—¿El día de mi boda? —gritó.

—Sí. Me voy a la clínica.

—¿A la clínica? —gritó.

—¿Por qué tienes que repetir todo lo que digo? Cuelgo que estoy un poco ocupada.

De camino al hospital, sentada en el asiento de atrás de un taxi que apestaba a colonia barata, tuve tiempo para pensar.

Supongo que en esos momentos en los que te asalta el miedo a lo desconocido, todas las embarazadas piensan lo mismo: que todo salga bien, que no me duela, que no me hagan cesárea, que no me queden estrías ni se me caigan las tetas…

Yo no. Yo sólo tenía un pensamiento: que no se parezca al padre, por favor, por favor, que no se parezca al padre…

—Señora, que ya hemos llegado.

Al bajar del taxi sentí un <<pop>> y mi entrepierna húmeda, pensé que me había hecho pipí pero no, había roto aguas.

Mientras daba mis datos en recepción sentí las primeras contracciones, me llevaron directamente al paritorio.

El parto fue bien, que se pareciera al padre o no ya era cuestión de tiempo. Miré el reloj y recordé que faltaba media hora para que se dieran el tan ansiado <<sí, quiero>>, aunque mi amiga no quisiera. Me sacó de mis pensamientos la enfermera que entró con el niño y lo colocó en mis brazos. Lo miré unos segundos con el objetivo de sacarle parecido <<joder, es clavado al padre>> pensé maldiciendo mi mala suerte, cuando, ante mi estupor, mi amiga irrumpió en la habitación vestida de novia.

Miré el reloj, miré a mi amiga, le di unos golpecitos al reloj por si se había quedado sin pila, pero no, el segundero seguía en su infinito caminar.

—¿No tendrías que estar entrando en la iglesia?

—No voy a ir. He pensado que es más práctico no presentarme que luego tener que hacer todo el papeleo para el divorcio.

Me imaginé al pobre (¿pobre?) novio en el altar rodeado de todos los invitados y más solo que un calcetín desparejado.

—Te he traído un regalo —depositó unas rosas amarillas sobre la cama.

—Es tu ramo de novia.

—Ya no lo voy a necesitar. ¿Puedo? —preguntó extendiendo los brazos.

Como era imposible negarme, le acerqué a mi hijo mientras rezaba a todos los dioses para que no se diera cuenta de nada.

—Yo quiero uno pero no con él, no sé si me entiendes.

<<Ya, yo tampoco quiero uno con él>>, pensé. Asentí con la cabeza.

Lo miró con demasiado detenimiento para mi gusto, mientras yo estrujaba con disimulo la almohada a modo de pelota antiestrés, y por fin preguntó:

—¿A quién se parece?

—Se parece a mí —respondí convencida.

—No sé, esa cara me resulta familiar…

El impulso de confesarme se vio interrumpido por la entrada de un enfermero.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—A corto y medio plazo yo diría que cuidar de un bebé — sonreí—, ¿y tú?

—Irme de luna de miel.

—¿Sola?

—¿Quieres venir?

El bebé comenzó a llorar.

—Me encantaría pero me pillas en un mal momento.

—Lo puedo aplazar, el viaje, si quieres, hasta que te animes a dejar al bebé con alguien durante una semana.

Iba a pasar los próximos meses durmiendo poco, cambiando pañales y dejando que mi retoño me exprimiera las tetas como si fueran un par de limones, la idea de una pausa en mitad de esa, mi nueva vida, se me antojó seductora y no pude negarme.

Quizás estar tumbadas en la playa frente al mar, debajo de unas palmeras y bebiendo agua de coco fuera el momento idílico para contarle el tonto desliz que un día tuve, y si no siempre podría hacer como mi amiga y posponerlo hasta quién sabe cuándo.

Además, qué narices, me merecía esas <<vacaciones>> mucho más que el novio.

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