NUNCA MÁS SOLAS – Mª Lucía Martín García

Por M. Lucía Martín García

Aurora es una mujer muy juvenil. Aunque ha cumplido ya ochenta años, parece una mujer de cincuenta. Conserva la piel radiante, con lustre. Apenas tiene signos de expresión.  Siempre va muy bien peinada, con un color de pelo rubio oscuro que hace juego con sus ojos color miel. Calza zapatos de tacón mediano o unas zapatillas deportivas elegantes. Eso le permite caminar como si aún fuese joven. Su  ropa no es de marca, pero lo parece. Ella se ha hecho siempre  la ropa en su máquina Alfa que la acompaña desde hace 60 años. Y tiene un fondo de armario que nada tiene que envidiar a la sección de boutique de El Corte Inglés.

Es viuda desde hace veinte años. Tiene cuatro hijos que viven en otros países.   Pese a los años que han pasado desde que tomaron ese rumbo, ella  se levanta pensando que les tiene que preparar el desayuno para que no lleguen tarde a clase o al trabajo. Es la costumbre de tantos años. Luego sigue el día hablando con ella misma. No enciende para nada la televisión. Se entera de las noticias cuando habla con sus hijos por teléfono o por lo que le cuentan sus amigas o por lo que escucha cuando sale a la calle.

Cada tarde sale a pasear por el centro de Madrid, hasta donde ya las piernas le avisen de que si siguen un minuto más dejan de funcionar.  Cierto día en que está paseando se para en medio de la calle, sin saber qué dirección tomar. Solamente ve personas que se mueven muy deprisa. Se marea y cae al suelo.

Cuando se despierta está en un sitio todo blanco, muy frío. No recuerda cómo ha llegado hasta allí.

Claudia acaba de llegar  a Madrid  para, después de años de estudios, trabajar como enfermera en un hospital. No tiene, por ahora, un alojamiento determinado. Cada noche, después de más de diez horas trabajando, duerme en un hostal de la Gran Vía. Por la mañana sale de allí rezando porque nadie le quite nada de sus cosas. No conoce a nadie en Madrid para salir. Pero eso no le preocupa. Su mayor preocupación es lograr vivir en un piso, aunque tenga que compartirlo con alguien.

Hoy Claudia tiene que atender a una mujer mayor que ha llegado al hospital sin saber cómo. La tienen en observación. Le han hecho ya algunas pruebas y no encuentran, de momento, nada anormal. Solamente han notado que en las axilas tiene la piel muy enrojecida. Por suerte, tienen sus datos de identidad.  Se llama Aurora. Hasta el momento nadie ha llamado a ningún hospital ni a la policía preguntando por ella. No les extraña, porque parece que vive sola.

Nada más ver a Aurora, Claudia comprende que se trata de una persona que lleva cierto tiempo sin hablar con nadie. Aurora tiene un nudo en la garganta y tarda en contestar a Claudia cuando la pregunta qué le pasó.

-Pues… no sé qué me pasó. Empecé a ver caras que giraban a mi  alrededor….como si estuviese montada en un carrusel.

-Puede que no haya comido bien, que le falten vitaminas…

-Sé que no como bien. Llevo unos días comprando en un supermercado donde no encuentro lo que necesito, ni la verdura ni las vitaminas.

-¿Cómo es eso?. En el supermercado venden de todo.

-No hay una persona que atienda en la frutería-verdulería, ni en la carnicería. Yo doy vueltas buscando y no encuentro muchas cosas. Hay mucha gente comprando deprisa. Yo… intento seguir ese ritmo para no tener que esperar una cola muy larga. Así que cojo lo que esté más a mano… Como  siempre me olvido de llevar las gafas de cerca, muchas veces compro las cosas caducadas o que no son lo que yo creo que son.

-¿Y no hay nadie que le pueda ayudar a hacer la compra? . ¿Porqué no hace un pedido por teléfono?.

Aurora no quiere parecer un ser indefenso, teme que si ven que es débil alguien intentará aprovecharse de ella.

-¡Sé hacer la compra!. Hago una lista para comprar los productos que necesito. ¡Pero  no los encuentro nunca!. Han subido todos los productos de marca blanca a las estanterías más altas. Y  solamente encuentro productos con la marca muy grande, pero que no consigo leer qué es cada producto. El otro día, buscando un gel de ducha me equivoqué. Compré un detergente líquido para lavar la ropa.  Y lo usé para ducharme….

-¿Y cuánto tiempo hace que tiene problema para hacer bien la compra?. Tiene que comer bien todos los días…

-Para comer voy al restaurante que hay debajo de mi casa los primeros quince días del mes. Después compro en una tienda de comida casera preparada que hay un poco más lejos.

-Doña Aurora, ¿hay algo más que me quiera contar? ¿Algo más en que la podamos ayudar?…

-No, no…

Aurora no se atreve a confesarle más debilidades, de momento. Le da vergüenza reconocer que ha llegado el momento en que tiene miedo de vivir.

-Sé  que tengo  dinero porque, de momento, me a atienden bien en el banco. Nunca me han reclamado el pago de algún recibo. Y sigo pagando con tarjeta. No quiero sacar dinero de ningún cacharro de esos que hay en algunos sitios. Esos que dicen ATM.

Aurora para un momento de hablar. Empieza a llorar…., Sabe que ya no hay vuelta atrás. El tiempo que le quede de estar aquí no va a ser mejor que lo vivido hasta ahora. Ha visto muy de cerca cómo personas que toda la vida se han desenvuelto con cierto éxito, de un día para otro se convierten en seres indefensos. De un día para otro no se reconocen en el espejo. De un día para otro… Dios mio…

Claudia le pregunta por su familia.

-¿Tiene usted parientes cercanos que vivan cerca?. ¿Mantiene contacto con ellos?.

-No. Mis padres y mis hermanas murieron… ¡Qué frío hace aquí!…

¡No tenía que haber comentado sus debilidades a una extraña!. Dice que es enfermera, pero no veo el título colgado., piensa Aurora.

-Mañana le darán el alta seguramente, porque no tiene usted nada roto. Eso sí, los análisis de sangre indican muy bajo el nivel del hierro.. Necesita vitaminas y una dieta más sana. Yo misma  la acompañaré a su casa…

-¡Graacias!. Es usted muy amable. Pero no hace falta. Hay gente que la necesita más que yo.

Después de la conversación con la enfermera, Aurora se duerme rápidamente. Ha sido un día muy duro para ella, o tal vez lleva aquí más tiempo y no se acuerda. Lo único bueno es que no se ha roto nada y mañana estará en su casa.

La casa de Aurora es un piso de cinco habitaciones. Ella no se acuerda ya de que tiene cuatro hijos hasta que le enseña a Claudia fotos, muchas fotos. En ellas se la vé muy feliz en compañía de sus hijos.

-¿Quienes son estos chicos tan guapos que están con usted en las fotos?.

-¡Ay! ¡Pero si son mis hijos!… No están conmigo… No me acuerdo dónde se fueron…

Claudia se sorprende al ver que no sabe o no quiere decirle qué ha sido de sus hijos.  Aurora se queda mirando el horizonte…, como si estuviese contemplando un paisaje.

Claudia sigue conversando para atraer su atención. No es bueno que Aurora deje de conversar con ella. Si deja de seguir la conversación su mente se desplaza a otro sitio, a otro momento de su vida…

-Pues yo no tengo intención de casarme y mucho menos de formar una familia. Me ha costado mucho sacrificio ser enfermera. Y tengo unos horarios de trabajo largos y con turnos rotativos. Para mí  es una proeza no solamente encontrar trabajo, sino mantenerlo. Y a mis 30 años no tengo un piso donde vivir. Vivo en un hostal con demasiado ruido fuera y dentro del hostal. Y no me siento segura ni cuando duermo ni cuando estoy fuera trabajando. Y estoy utilizando un apartado de correos porque no puedo dar una dirección de correo postal. La habitación es además cara. Necesito encontrar un piso para alquilar, aunque sea compartido. Pero no me atrevo a vivir con cualquier persona. Aquí no tengo amigos.

Al escuchar a Claudia, Aurora entiende que la gente joven tampoco lo tiene fácil para vivir hoy en día. Nada fácil.

-¡Qué mal repartido está todo!- exclama.  Fíjese que yo tengo aquí espacio para que vivan más personas. Pero no me atrevo a meter a nadie en mi casa. Tendría que darles un juego de llaves… Mi casa dejaría de ser la fortaleza que me protege de los peligros del exterior.

-Yo, como no tengo, no le puedo decir. Bueno Doña Aurora tengo que irme ya. Mañana antes de ir al  hospital  pasaré a verla. ¿Tiene hecha una lista de la compra?.

-Sí. La llevo en el bolsillo. Tenga.

-Muy bien porque así  le traeré algo de compra.

-¡Muchas gracias, Claudia!. No hace falta que te molestes. Yo puedo llamar a las de la tienda de abajo.

-La tienda que usted dice está cerrada. Venden el local.

-¡Es verdad! Se me había olvidado. ¡Es que, ya no sé lo que está abierto y lo que está cerrado!. Se están jubilando muchos…Es curioso, pero me acuerdo mejor de las cosas que pasaban hacen cuarenta años que de lo que pasó ayer. Cuando era una niña vinimos a vivir a este barrrio. La casa de mis padres está a dos edificios de aquí. En el edificio donde vivíamos había muchos niños y niñas. Cuando nuestros padres llegaban del trabajo, se saludaban todos. Conversaban en la calle, mientras los niños y niñas jugábamos al escondite, a correr, cantábamos muchas canciones. Y cuando llovía, el Señor Angel (el portero) nos dejaba jugar en el portal. Todos los edificios tenían locales comerciales. Lo que más nos gustaba era ir a la librería-juguetería. Al abrir la puerta y pasar era igual que entrar en el mundo de los niños.  ¡ Y había 5 colegios, nada menos!.

-¡Pues sí que ha cambiado el barrio!. Ahora no hay nadie por la calle… Acabo de ver que tiene leche caducada. Se la he tirado a la basura.También le traeré leche para el desayuno. Ahora le voy a bajar las bolsas de basura.

-¡Muchas gracias!. Bajar la basura es algo a lo que nunca me he acostumbrado. En casa de mis padres el portero recogía la basura en la puerta de cada vecino. Y claro, lo que no aprendes en casa te cuesta más trabajo practicarlo de mayor.

-Que descanse Doña Aurora. Dentro de unas horas estoy aquí.

Después de que Claudia se ha ido, Aurora le da gracias a Dios por haber sido tan bien tratada por esta joven. No recuerda cuando habló con alguien por última vez de algo que no fuera el tiempo.

Cuando Claudia llega esa noche a la pensión se da cuenta de que alguien ha estado revolviendo sus cosas.  Al día siguiente se lleva todas sus cosas en el coche camino del hospital, no sin antes comprar todo lo que Aurora necesita. Poco antes de las ocho llega a casa de Aurora.

-Muy buenos días Doña Aurora. ¿Qué tal ha pasado la noche mi paciente favorita?. Le traigo lo prometido. ¡Vamos a desayunar!. Tenemos de todo: huevos,  leche, café, pan para hacer tostadas,  jamón, tomate….

-¡Buenos días!.  ¡No sé si vamos a poder tomar tantas cosas a la vez!. Me conformo con el café y ..¿puede ser un par de huevos a la plancha?.

-¡Claro que sí!… Y también un sobre de Meritene.

-¿Meritene?. ¿Está rico?..

-Es un sobre con vitaminas y sabe muy bien…Puede elegir entre vainilla, fresa y chocolate…

Claudia está muy preocupada, pero  no se atreve a contarle a Aurora que no tiene dónde vivir. Le da vergüenza. Aurora se da cuenta de que algo le ha pasado, parece triste.

-¿Y qué tal ha dormido usted?. Parece estar más cansada que lo que estaba ayer cuando se fue…

-Bueno…no he pasado una noche tranquila…

-¿Qué le ha pasado?. Tal vez yo le puedo ayudar a usted. Ahora que estoy desayunando como es debido me veo con ganas de vivir, de hacer cosas..

-Verá… yo vivo en un hostal. Anoche noté que habían tocado mis cosas… No he dormido nada. Y no volveré ahí. Pero claro, ¿dónde me meto?. No me puedo fiar de ir a otro hostal, o incluso un hotel. Yo paso muchas horas fuera. Ahora dentro de un rato me tengo que ir al hospital a trabajar diez horas seguidas….

Hablan y hablan sin parar. Hasta que llega la hora de irse al Hospital.

-Bueno Doña Aurora, tengo que irme ya. Vendré mañana a ver cómo sigue.

-De acuerdo. Pero deje aquí sus cosas. Tengo cuatro habitaciones libres… Como comprenderá, no voy a permitir que usted pase todo el día trabajando sin saber dónde va a dejar sus cosas.. sin saber dónde va a dormir…sin saber dónde vivir…

-¡Muchas gracias Doña Aurora!. Me hace usted un favor inmenso. ¿Cómo podré compensarla?.

-Viviendo conmigo. Así no estaremos  nunca más solas.

 

 

 

 

 

 

 

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