PAÑUELO BLANCO – Mª Rosario Padrón Rodríguez

Por Mª Rosario Padrón Rodríguez

Dolores era mi bisabuela. Alta, delgada, algo escuálida, de piel muy clara, ojos azules. Su pelo largo, totalmente blanco. Guapa, fina, exquisita. De 95 años, palmera de pura cepa. Muy hábil e inteligente. Demasiado pobre. Hablaba poco, pero con cordura y prudencia.
Tiraba para el monte con su marido, desde la madrugada, a fabricar piedras de molino, que se usaban para triturar el millo y hacer gofio, el sustento tradicional para alimentar a sus cinco nietos.
Resolvía casi todos los días; del plato único al racionamiento.
Experta en logística para hacer comida con el agua de hojas de naranjera y toronjil.
Vestía ropa marrón, que incluía un cordón en la cintura, muy útil para cargar una llave grande que abría la pestillera de la puerta. Abnegada y resignada a llevar la indumentaria de la tapada con el consiguiente manto y saya que mandaba la época.
Con mucho sentido del humor y deje cantarín, sabía perfectamente ser práctica y gregaria.
Su envejecimiento, progresivo e irreversible llegó. Su capacidad motora era buena, pero no así su memoria, que provocaba evidentes despistes en sus labores cotidianas y su fuerza era escasa en el último momento de su etapa vital.
De forma que casi al final de su vida física es cuando su poca familia logró ver la longitud de su melena blanca debajo del pañuelo.
Decidió siempre cuál sería su forma de vida y sus costumbres. Fue una mujer de múltiples oficios.
En su catre permanecía casi inmóvil con rigidez articular y problemas musculares. Sus nietos observaban casi a diario su deterioro y fueron testigos de sus dolencias.
—¿Puedes quitarme este falso y me limpias por mis partes con un poco de agua calentita? — le decía a Rosarito—, siento que cuando Dios me lleve debería estar limpia. Una no debiera ir al otro mundo con los pesos de la cabeza y “encimba” con los “atormentos” de lo no contado.
—Sí, abuela —le contestó la muchacha.
Dolores se cansaba con facilidad, hasta cuando la lavaban, así que, al terminar el aseo enseguida se quedaba dormida.
Momento que aprovechaba la joven para hacer los menesteres de la casa. Tenía, además que acabar con el cuidado diario de las gallinas que proporcionaban algunos huevos para el sustento de la familia. No poseían cabras, solo un pequeño cantero de verduras para el consumo familiar que cuidaba normalmente Dolores.
Ya no comía mucho, la alimentación no la tragaba bien, así que parecía que en pocos días se marcharía de este mundo.
—¿Dónde están tus hermanos? ¿Esos chiquillos?
—Me traen por el camino de la amargura. —Por desgracia, queda poco para que tu madre llegué con otra preñez.
—¿Más niños, abuela?
La viejilla sabía que quedaba poco para que su hija Rosario, La alta, llegara de la isla grande, nuevamente con un mandado en la barriga, que habría encargado más o menos por la época de la siembra de las papas.
Su hija tenía poca cabeza o ninguna. Cogía macho, un chico que no quería, que no lo podía ver, que no se casaba con él, aun así, tuvo cinco hijos con el maromo.
Su hija Rosario, La alta se marchaba, no se sabe a qué y a punto de parir cogía el barco y regresaba a la Palma, a casa de su madre.
Dolores y su nieta asumían que hacer de tripas corazón para criarlos a todos.
—Abuela, ¿cuántos años tengo?
—Un uno y un cuatro.
—¿Por eso tengo la sangre?
—Sí.
Desde pequeña Rosarito heredó la obligación de ocuparse del huerto familiar, aunque la azada era más grande que ella, la niña se crio entre las tijeras de poda, limpiar los herbajes muertos, airear la tierra y plantar alguna cebada y millo.
En pocas ocasiones su hermano, el mayorcito, la ayudaba con la fucha, que les prestaba un vecino.
La pobreza material era común a todos los habitantes del lugar, de forma que el trueque entre los lugareños era algo normal.
De vez en cuando Rosarito se aislaba con sus pensamientos, sentada en las piedras de la entrada de la pequeña casa de una planta, de piedra volcánica, fango y algo de cal. Siempre estaba rodeada de pequeñas plantas silvestres que desprendían tales olores que podían ser la envidia de los vecinos. Sus matas preferidas eran el tomillo y los tagasastes que recogían en los días de ida pal monte.
La chiquilla no tuvo tiempo de ir a la escuela, así que no sabía leer ni escribir, de forma que agudizaba su ingenio para hacer los cálculos y cómputos de los puntos de presilla que realizaba al aire en su borde y que después recortaba con sumo cuidado. Para ello utilizaba las hojas secas o deformadas de las plantas que agrupaba en el suelo, como si de números o signos se tratara y con ellas calculaba los tantos para componer el bordado.
Todavía le quedaban varias horas de luz, de forma que intentaría reunir a sus hermanos y meterlos juntos en la piedra de lavar. Los colocaba por orden de menor a mayor en la laja de piedra inclinada y con alguna que otra nalgada conseguía que se pusieran quietos.
Cuando la anciana se despertaba de las pequeñas siestas, lo hacía algo amodorrada y cantando refranes o puntos cubanos que llegaban a la isla misteriosamente empujados por los vientos alisios.
—¿Estás despierta abuela, me cuentas cositas de nuestra familia? ¿Por qué nos escondes en el cuarto cuando vienen esos hombres en burros?
—Sí, mi niña. Pero aquí, calladitas y juntitas las dos podemos “jablar” para que los tunantes de tus hermanos no nos escuchen.
Nunca se hablaba de los sobrinos, primos, cuñados o parientes cercanos o lejanos que no estaban en la isla. Así que, había que tener cuidado con las letras, maguas o suspiros de aquellas canciones, no fuera que se escucharan más allá de la puerta.
Dolores muchas veces pensaba por qué sus nietos no se enfermaban de esas cosas que traían los barcos que llegaban a las islas que descargaban personas y mercancías, trayendo consigo también los males. Pareciera que la falta de comida y la poca agua se juntaban para llevarse a los infantes.
Las madres de la pequeña isla se volvían loquitas al ver las fiebres y escalofríos. Las náuseas y vómitos. Los sarpullidos y la tos de sus pequeños hijos.
El tifus y la tuberculosis hicieron estragos en la isla y la mortalidad de niños fue muy alta.
—Cierra la puerta criatura. No quiero irme a la tumba sin que sepas estos secretos. Te los dejaré en herencia.
La anciana disfrutó hablando con su nieta, compartiendo preguntas y respuestas sobre todo de enfermedades infantiles.
—Ustedes nunca estaban sucios ni piojentos, lo único es que a ti te gustaba saltar en el catre y te dabas partigazos al caer al suelo. A veces dormías con tus hermanos, pero solo tú amanecías con los lamparones de las pulgas.
Dolores, por su parte estaba siempre pendiente en el camino empedrado de acceso a la casa, de forma que, si escuchaba alguna mala noticia al respecto de búsquedas de los hombres de la familia, se atrincheraba en el único cuarto que tenían y no abría la puerta ni la pequeña ventanita. Ni siquiera a los hombres vestidos de camisa azul que andaban siempre por las zonas rurales buscando a los mozos que pudieran estar escondidos en las madrigueras de los animales.
Dolores tenía una estrategia que le funcionaba muy bien. —Al chillido de “Abra la puerta, ¿hay algún joven o lozano hombre alzado?”, ella contestaba: “Aquí hay cinco nietas enfermas y no sé lo que tienen”.
Por la mañana el zaguán del pajero estaba lleno de gente sucia y andrajosa. Venían a interesarse por la salud de Dolores, cosa que a ella no le gustaba nada. También a pedir las pocas piedras de molino que quedaban en la casa y que fueron la única herencia tangible que le dejó su marido.
—Vinieron pobres, abuela.
—Qué tendrá que ver la pobreza con la suciedad chiquilla. “Pos” teniendo agua en el aljibe, no hay suciedad. Nosotros también somos pobres.
—Mi niña. No dejes entrar a nadie. Seguro que llegan para verme morir. Después del burro muerto que le echen cebada al rabo.

 

 

 

 

 

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Esta entrada tiene 5 comentarios

  1. Rosa Rodríguez

    Me ha gustado mucho tu relato. Tiene un lenguaje popular muy rico .

  2. Mª del Carmen Pérez

    Magnífico relato, Felicidades Rosario! El contexto socio-cultural bien definido. Mujeres de una etapa muy dura, y de trabajo silencioso, pero con recursos para salir adelante.
    Un buen retrato costumbrista.

  3. Alicia Mendoza Gutiérrez

    Muy bonito relato el de Rosario Padrón Rodríguez, relata su infancia en La Palma y su entrañable relación con su bisabuela. Enhorabuena y reto conseguido.😘😘✍️✍️

  4. Alicia Mendoza Gutiérrez

    Muy bonito el relato de Rosario Padrón Rodríguez, hablando de su infancia en La Palma y la relación tan entrañable que tuvo con su bisabuela.. Enhorabuena y otro reto más conseguido.😘😘✍️👍

  5. Maria Rumeu

    Me ha gustado mucho el relato de Rosario, el lenguaje que emplea es auténtico de Canarias Felicito a Rosario .

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