PROMOCIÓN DE PESADILLA – Rosa Mª González Ortega

Por Rosa Mª González Ortega

Estoy despierto. De eso estoy seguro. ¿O no? Escucho el ladrido de los perros del vecino. ¡Sí, sí que estoy despierto! A no ser… A no ser que sea uno de esos sonidos que se te quedan grabados en el cerebro. Como la música de llamada del móvil, que crees oírla, aunque en realidad no esté sonando en ese momento.

¿Estoy en mi habitación con las cortinas cerradas? No puedo ver ni un resquicio de luz, es posible que no haya amanecido aún. Intento parpadear, pero no lo consigo. De hecho, no puedo jurar si tengo los ojos abiertos o no. Si estoy despierto, ¿por qué no puedo moverme? ¿Qué me está sucediendo? Voy a gritar y como me conteste mi madre fallecida hace tres años te juro que me lo hago
encima: “¡Mamá!” Nada, no he articulado sonido alguno, esta llamada sólo la he oído en mi mente.

Intento recordar qué estuve haciendo antes de irme a la cama, quizás bebí más de la cuenta en la fiesta que hicimos en el laboratorio. Pero no. Somos profesionales, allí no tomamos nada de alcohol. Mi amigo Edgar no permitió que nos comiésemos la pizza hasta que no estuvimos en las escaleras de la empresa. Y estando allí sólo tomamos agua.

Tendrá gracia que justo ahora que nos acaban de dar la subvención para continuar con la investigación sobre las enfermedades del sueño, en fase REM, no pueda ir a trabajar porque se me hace imposible moverme de la cama. ¿Son ya las nueve de la mañana? Es lo que me ha parecido contar cuando han sonado las campanas de la iglesia. Y las he oído como si estuviesen más cerca de
casa. Definitivamente, parece que me haya emborrachado y ahora con resaca me afecte todo.

Eso me lleva a la primera vez que lo hice, hace ya cuatro años, en la fiesta de final de carrera. Mi padre nunca hubiese permitido que un hijo suyo se emborrachara estando bajo su techo. Claro que tampoco quería que siguiese los pasos de mi madre y cursara una carrera de ciencias y fui el primero de mi promoción. Y su felicitación fue un: “¡Serás un don nadie, un muerto de hambre, un aprendiz de boticario!”. Aunque viniendo de él, un abogado de traficantes de droga, ¡qué podía esperar! Mi madre sí me dio un abrazo y dijo que haría grandes cosas. Estaba muy orgullosa de mí y era inteligente, trabajaba de farmacéutica porque los dueños eran muy buena gente y ese había sido su primer trabajo. Por mucho que mi padre le dijera que sólo valía para servir a los demás.

Cuando mi madre murió de un cáncer fulminante y recibí su herencia, un pequeño apartamento al final de la ciudad, cerca de los ferrocarriles, me instaléinmediatamente. Algo que no iba bien para las aspiraciones de mi padre que se había presentado a los comicios por la alcaldía. Así que decidió que ya no tenía ningún hijo.
Y llevamos sin hablarnos desde ese día. Ni llamadas ni mensajes.

Estoy mirando a mi alrededor, y todo está demasiado oscuro para ser por la mañana. ¿Tan cansado estaba que llevo durmiendo día y medio? No puede ser, soy muy joven para no aguantar el ritmo. Además, las pastillas de café que me proporciona Edgar me han ayudado a estar despierto para terminar la presentación del estudio, después de meses de duro trabajo y no recuerdo haberlas dejado.

Hubo días que pensé en pedirle a algún camello que me vendiera, sólo temporalmente, alguna dosis de éxtasis o ketamina, pero me preocupaban sus efectos en pocas horas, quería poder saber quién era yo en todo momento y no dar tumbos por ahí. Y para algo más fuerte y gratuito siempre está Edgar, con acceso ilimitado a la farmacia de la empresa. Eso me posibilitó seguir con mi trabajo y mantener una ética mayor que mi ascendiente.

El abogado que por primera vez en su vida perdió un juicio y su cliente, el mayor traficante del país, se la tenía jurada, puesto que recibía una magnífica mensualidad.
Me enteré por el periódico, primera plana a todo color en la que el periodista comparaba nuestra carrera, la mía en ascenso y la de mi progenitor en estrepitosa caída, puesto que estaba siendo investigado por colaboración ilícita con el crimen organizado. Después de leer el diario, lo doblé y me dirigí a la fiesta de la empresa.

Escucho muchos pasos y golpes al otro lado de la habitación. Se me reseca la boca y oigo los latidos de mi corazón golpeando mis orejas. Por lo menos sé que estoy vivo.
Empiezo a preocuparme por si han venido a visitarme los amigos del cliente de mi padre. No sé qué son capaces de hacerme para vengarse de él. Ni si me escucharán si les digo que yo a él le importo un bledo. Le harían más daño si le rayasen el coche que si me cortasen las manos.

¡Dios, Dios, Dios, la puerta, se oye la puerta! Y yo sin poder moverme, ni gritar, ¡qué va a ser de mí! La han abierto, ¿qué me harán ahora, me van a matar? Me gustaría
poder teletransportarme a un lugar seguro. Sigo sin ver nada, no sé si me colocaron alguna venda en los ojos antes, pero no los veo. Si noto cómo unas manos me agarran por los hombros y otras por los pies y me levantan. ¡Querrán tirarme por la ventana! Es absurdo, si me dejasen hablar podría explicarles que no van a conseguir nada y en cuanto abran las ventanas y ladren los
perros, mis vecinos llamarán a la policía y no se saldrán con la suya. ¿A quién quiero engañar? Nadie se enterará hasta que sea demasiado tarde y mi prometedora carrera se quedará en nada. Moriré siendo un don nadie, como mi madre.
¡Ahora qué es lo que me están haciendo! Me inyectan algo en las venas, lo estoy notando. Me están arrancando la ropa, pretenden torturarme con algo frío en el pecho y las piernas. Puede que lo estén grabando con sus móviles Apple último modelo, para enviárselo al hombre que me dio la vida.

—¡Mario, despierta, tenemos todos los datos! ¡Mario, vuelve en ti! Soy Edgar.
¡Menudo viaje, chico! Ha sido la combinación de las pastillas de cafeína junto a la medicación para el estudio del sueño en fase REM. Los datos superan todas las expectativas. Si todo sigue así tendremos el medicamento en menos tiempo del requerido. ¡Tenemos tanta información gracias a tu idea loca de ser el primer sujeto para investigar! No podemos usarla aún, pero tenemos la base para hacer la petición oficial. ¡Chico, abre los ojos! Nada te impide disfrutar de la gloria. Tus constantes vitales están fantásticas, y ya tiene que haberte hecho efecto el suero que te hemos
puesto para reactivar el sistema nervioso y los músculos.

Ya lo recuerdo todo: después de comernos la pizza, Edgar dijo que no sabía si la subvención nos daría para los cinco o diez años de investigación que nos quedaban y bromeando le dije que si la probásemos entre nosotros podríamos terminar antes, así que nos jugamos a piedra, papel o tijera quién lo haría primero y perdí. Y lo hicimos allí mismo. Nuestra lúcida y ética colaboradora, Eva, quiso registrar todos los datos minuciosamente: dosis de medicación, tiempo de uso y efectos adversos inmediatos a corto y medio plazo.

Algo no va bien, no puedo moverme, él dice que ya está todo bien, pero algo va mal.

¿Qué sucede ahora? Ya no oigo a nadie, tan sólo el sonido del monitor de constantes vitales. Escucho el “piiiiii”, pero no puedo creerlo. ¡Estoy aquí!

—¡Ya os veo, chicos! ¡Edgard, te clarea el cogote, tío! Me siento ligero como una pluma. ¡Qué caras de preocupación! Miradme, vamos a celebrarlo. ¿Qué estáis
tapando con la sábana?

—Estamos acabados —dice Eva con lágrimas en los ojos.

 

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