¿QUÉ HACEMOS CON EL ABUELO? – Rosa Mª Callejón Torres

Por Rosa Mª Callejón Torres

Córdoba, febrero 2006

Gerardo, 87 años, maestro jubilado

Gerardo es el abuelo de la familia Ronaldo. En realidad es el protagonista de toda esta historia. Pero es un protagonista silencioso porque él no puede hablar o tal vez, no tiene nada que decir. Su salud, como es lógico, a su edad, 87años, se ha deteriorado y aún más su salud mental.

Quisiera que fuera esta una historia bonita y entrañable; pero es la historia que es.

Durante los dos últimos años, Gerardo se ha visto cada vez más solo. No entiende por qué. Él recuerda algo de su infancia y juventud. ¿Sería entonces la vida tan triste?

Pasemos a narrar sobre las tres hijas de Gerardo: Laura, Amalia y Elena. Y también sobre los dos nietos: Viki y Gerard, quienes más han estado implicados en esta historia y en el caso de Viki es parte de su narración.

 

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Laura

Laura es la hija menor; es más bien menuda, 1:65, enjuta, un poco encorvada, pelo gris canoso. Profesora de danza española en el conservatorio. Tiene las manos como garfios cuando te agarran del brazo para decirte cualquier aseveración suya. Y un rostro que en el pasado fue atractivo y ahora estaba muy castigado por tantos «problemas de la vida» que ha tenido y continúa teniendo, consecuencia unos de otros.

 

Soy Laura, la benjamina de mis padres Gerardo y Aurora. Benjamina, aunque ya tengo 43. Ahora sólo queda vivo papá.

Yo siempre me he considerado como la pequeña de las tres hijas del cuento del Rey Lear. Cuando ella le dice a su real padre: “ nothing my lord” a su deseo de que le exprese su amor. Ella le contesta que no tiene más que decir para expresar su amor; porque el amor no sólo se expresa con palabras bonitas, como las otras dos hermanas hacían, sino con verdaderos hechos. ¡Y yo siento que he amado siempre tantísimo a mi padre! Si bien es cierto que las circunstancias personales me han absorbido, tomando decisiones duras y sin el apoyo de nadie.

 

Amalia

Amalia Ronaldo, hija mayor de Gerardo, 50 años.

Amalia tenía un cuerpo cimbreante, de bailarina, tirando a menuda. 1.67, nervioso, atractivo, con sus poses de fumadora. Un rostro racial, muy andaluz, labios finos y curvos, pestañas largas y ojos casi siempre sombreados de negro; cabello castaño oscuro, largo, recogido en cola de caballo.

Cuando vi de esa manera a papá, sentí que el alma se me caía al suelo y tuve un gran sentimiento de culpa…

Yo viajo continuamente por mi trabajo de bailaora de una importante compañía flamenca. Sin embargo, ¡eso no era excusa! ¡Lo que me había encontrado! Los ojos se le salían de sus cuencas, abotargados, me miraban con desconfianza y los cabellos sucios y revueltos. Claramente la enfermedad había llamado a su puerta. ¡Qué poca confianza me daba la cuidadora! ¿Dónde estaban sus enseres? ¿Sus perfumes? ¿Su ropa de calidad? Por no preguntar: ¿Dónde estaba mi padre? ¡Qué cantidad de roña por toda la casa!

Cuando fui a darle un cariño, acercando mis manos a su rostro, él me las agarró con fuerza apartándolas de sí.

Quería salir corriendo a pedirle cuentas a mis dos hermanas, gritarles y abofetearlas. Pero ¿quién era yo? La gran ausente, dedicada a hacer mi vida, a vivir con mis diferentes amantes, sin acordarme de mis orígenes, de mi bello padre. ¡Esto había sido un abandono en toda regla!

 

Viki

Viki, la única nieta hembra de Gerardo e hija de Amalia, 17 años y la que narra, en parte, esta historia.

Viki, Victoria, soy gótica, vestida siempre de negro, cara blanca y ojos y labios negros, o sea una auténtica gótica, enfundada en pitillos negros y camiseta a lo John Travolta, con calavera incluida, botas de cordones, tipo inglesas, por supuesto negras.

Dicen que soy una chica perspicaz y aguda, demasiado madura para mi edad, debido a la educación o la vida que he tenido junto a mi madre, artista.

 

Gerardo es mi papá abuelo y también soy hija de Amalia Heredia; pero en realidad, ella de Heredia no tiene nada; se lo colocó para sonar más flamenca. A mis cinco años yo veía a mi abuelo como un señor esbelto y elegante. Ahora tengo diecisiete años y ese recuerdo no tiene nada que ver a como lo estoy viendo ahora: “espichao”, la cara escuálida, abotargado, sin perder su aire de bonachón, los ojos saltones, los párpados colganderos y los pelos grises, sucios y revueltos.

Creo que el pobre se encontraba medio “tarao” ¡por falta de amor y compañía! En plan, que a mí me gustaría estudiar medicina. Pero creo que no me tiraría por la rama de psiquiatría ¡Es muy chungo encontrar a un ser querido así, y eso que yo no la había tratado tanto! He vivido con él algunas navidades, parte de los veranos; ya que yo vivía en Madrid con mi madre. Yo había conocido a mi abuelo por fases. Mi madre me había dejado temporadas con él y con mamá Aurora, mientras ella iba de gira con su compañía, por su trabajo de bailaora.

Me pregunto cómo estaría ahora si hubiera recibido otro trato, otro cuidado…

Papá Gerardo era buena gente; había sido maestro y daba clase en una pequeña escuela que tenía en la zona inferior de su propia casa.

 

Elena

Elena Ronaldo, hija mediana de Gerardo y Aurora, 46 años.

A Elena la llamaban «la cuerda» de la familia en comparación con la locura más o menos sana que podían tener sus otras dos hermanas. Si bien siempre había sido la más práctica y la más equilibrada, cierto era que resultaba un poco sosa: su obsesión por el orden, el sentido común… Pero también podía ser una buena confidente, a la cual no le gustaba el cotilleo, la crítica ni el juicio gratuito. Físicamente seguía siendo atractiva, como sus dos hermanas se mantenían en la misma talla de joven, ella, en la 40, siendo la más alta, 1:70 y de pelo castaño claro, teñido con mechas claras. Era la única que había heredado los ojos claros y expresivos de su padre.

 

Mi nombre es Elena y soy profesora de primaria. Cuando oí la frase de mi hermana Amalia: “Esto ha sido un abandono en toda regla. ¿Le queréis dejar morir?”, quise lanzarme contra ella y tirarle de los pelos. Sin embargo qué mirada llena de odio y rencor no le echaría, que se hizo un silencio caliente y helado durante un minuto para luego soltar excusas e improperios la una a la otra. Yo, lo único que quería era hacerle entender que me había dejado sola con otra hermana enferma, que lo único que hacía era crear problemas en vez de solucionarlos. Por no hablar de mis tres trillizos en plena adolescencia y no muy buenos estudiantes.

Mientras ella, Amalia, desplegaba su arte agradable por toda España y parte del extranjero, aportando lo mínimo por nuestra ciudad. Sin pasar tiempo con papá, pero eso sí, dejando a su hija Viki en su casa cuando le interesaba.

 

 

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­Los primos hermanos. Viki, hija de Amalia y Gerard hijo de Laura.

-Yo no quiero llegar a esto, Gerard. Yo quiero que me peguen un tiro antes. O que me tiren por un quinto o simplemente echarme a dormir y ya. Ya está, no despertar.

Contaba Viki todo esto por el móvil a su primo Gerard, el cual vivía en un internado en Granada, perteneciente a una institución ultra católica.

– El abuelo solo, la casa sucia, no hablaba apenas palabra alguna. ¡Qué dejadez!

-¿Y qué te digo yo, primita? -le respondió Gerard-. Si estoy aquí encerrado, gracias a la loca de mi madre.

– Ya lo sé, primo, pero ¡me tendré que desahogar con alguien!

– Ya lo sé, prima, yo también adoro al abuelo, pero le veo una difícil solución.

 

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Gerard

 

Gerard o Gerardo es el hijo único de Laura, la hija menor de papá Gerardo y mamá Aurora. Tiene 17 años, igual que Viky. Es alto, moreno, delgado, bien parecido. Va incorporando, poco a poco a su piel tatuajes, de manera “secreta”. Él dice­: para ver si le da un infarto a su madre… Tiene una muy buena relación con su prima Viky, aunque intermitente, ya que Viky vive en Madrid. Sin embargo han pasado etapas en la infancia muy buenas con mil y una travesuras, cuando Viky se quedaba en casa de los abuelos y eso les ha creado una complicidad de primos, a la vez del hecho de ser hijos únicos que les ha unido mucho.

Mi primo Gerardo, o Gerard, como le llamábamos los amigos y los allegados, era una víctima de las paranoias de mi tía Laura, la cual veía fantasmas por todas partes. Mi primo Gerard, con 14 años, como casi todos los adolescentes (yo incluida, bueno, yo empecé a los 12) empezó que si botellones, canutos, lo típico, los “fines” y demás… y ella se enteró; lo encerró en su cuarto en varias ocasiones, como castigo. La verdad es que estaba siempre castigado y encerrado hasta que ya no pudo más y rompió una ventana. De ahí, mi tía, ni corta ni perezosa, lo denunció a la policía por maltrato a su persona.

Gerard se tiró dos años en una casa de acogida con “elementos” que sí que zurraban a sus madres. Y a él no se le pegó esta horrible costumbre; pero sí le ayudó a crear una animadversión por su “querida” madre. Así que como a la vuelta del acogimiento la convivencia era imposible, lo internó en este instituto para acabar el bachillerato.

Fue gracias a mi tío Eugenio, que tenía pasta gansa y era imbécil porque nunca pintaba nada en las decisiones de la “pirada” de mi tía Laura. Y cuando decidió hacerlo fue también denunciado por mi tía. Adivina por qué: “malos tratos” y mutis. Se tuvo que ir del “casoplón” con piscina que compartían y que se quedó ella solita; solita con todo un servicio.

Así era “candorosa y devota” tía Laura.

Por ser mala, malísima se quedó sola y se refugió en la religión católica. Y en su casa siempre había reuniones de este tipo y de cosas de beneficencia, según me contaba mi primo.

Una semana después

-Quiero saber qué va a pasar con el abuelo -preguntó por su móvil Gerard a su prima Victoria.

– Es algo increíble. Te voy a contar -respondió Viki-. Quedaron las dos titas y tu madre, o sea las tres hermanas, en casa del abuelo. Cuando yo entré con tita Elena y mi madre, tu madre ya estaba allí. Nos la encontramos tal que así: sentada en el suelo del salón, arrodillada a los pies del abuelo, llorando y besándole las piernas. El abuelo le acariciaba los cabellos y tenía una expresión muy dulce en sus ojos.

– Mi madre está piradísima.

– Sí, no te digo que no, pero el abuelo estaba en ese momento muy tranquilo; como hacía tiempo no lo había visto. Tu madre dijo que se llevaba al abuelo a vuestra casa, que ella sería su amparo. Ellas tuvieron muchas dudas, sobre todo tita Elena, pensaba que el abuelo no podía estar de aquí para allá, por si se cansaba tu madre de tenerlo en su casa. Pero ella estaba muy decidida. Mi madre no habló mucho, de todas maneras ¿qué opciones tenía? A Madrid con nosotras no iba a venir, así que escuché que le dijo Amalia a tita Elena. “Déjala que redima sus pecados” Y eso es lo que decidieron las tres titas: se llevaron a papá Gerardo a vivir a tu casa.

 

16 años después

Doctor Gerard Ronaldo, consulta de psiquiatra, 32 años

Esta es la historia de mi familia como tantas otras españolas, civilizadas, europeas… Es una historia muy común, en la que los hijos crecen, hacen sus vidas. Tienen a su vez hijos a los que tratan de educar y hacen lo que pueden por aquellos seres que les engendraron: sus padres; los abuelos.

Es una historia para no juzgar en la medida de lo posible. Lo cual es difícil; mi madre, Laura fue terriblemente dura conmigo. Desde la distancia puedo entender que no estaba bien. Sufría de narcisismo, perfeccionismo…  entre varias cosas más. Me hizo sufrir mucho y sin embargo supo tratar a mi abuelo con mimo, pulcritud y resolución a medida que iban apareciendo los problemas. Sin embargo, sí es cierto que cuando observo la sociedad en la que vivimos no pueda evitar pensar con una punzada de dolor: ¿es necesario que alejemos tanto de nuestras vidas al vínculo que nos creó? ¿Es posible olvidarse tanto de quiénes fueron y lo que significaron para cada uno de nosotros? Y esa punzada de dolor es también egoísta porque pienso en mí y cómo acabaré yo. ¿Seré merecedor de los cuidados, compañía y amor que creo que merezco, como cualquier ser humano?

Y por otro lado, los nietos, parecen testigos mudos pero que lo observan todo. Se podría decir que esta sociedad no está dando el mejor ejemplo de cuidar a sus seres queridos. Sin embargo, nuestros padres, la generación de alrededor de los 70, la mayoría sí tuvieron un buen ejemplo, probablemente, algo así como la abuelita viviendo en casa, así como lo relata la serie “Cuéntame” de los 70, que se hallaba en todos los hogares de la época.

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Levantó los ojos y la vio: “sólo te reconocería por el tatuaje que te sobresale un poco por el hombro: ¡primita, futura arquitecta! ¿Tacones y perlas tú?”

-¡Ven a mis brazos, primo! Qué ganas tenía de fundirme en tus amorosos brazos.

-Y ¿cómo tanto bueno por aquí? -preguntó Gerard a su prima Viky.

-Deseo rescatarte y contarte algo: un proyecto que tiene que ver con tu tesis y por supuesto con nosotros… Ya verás. Es un poco de “la casa de la Pradera”…

-Ummm, viniendo de ti, me huelo algo bueno, seguro. Pero algo que viene tarde… ¡Si el abuelo estuviera vivo…!

-¡No me hagas llorar! Vamos a estudiarlo por él y por tantas vidas en familia más sanas, justas y humanizadas.

– ¡Ven aquí, mi happyflower! ¡Seguro que es bueno, viniendo de ti…!

Y la agarró de la cintura, cogiéndola al aire, volteándola.

 

 

 

 

 

 

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