RAÍCES – Daniela Galigniana

Por Daniela Galigniana

Se miró al espejo por última vez. Le gustaba la imagen que se reflejaba en él. Marcos se asomó al cuarto y apoyando un hombro en la pared le sonrió. “Estás hermosa”, dijo. Su mirada la había atrapado desde el primer día y ahora estaba echando raíces por primera vez en cincuenta años. Le devolvió la sonrisa, cogió el bolso y salieron. El auto los esperaba en la puerta. Era un gran día para ella, y él estaba allí, siendo su respaldo.

Era la mayor de cuatro hermanos. Nacida en el seno de una familia de clase media argentina, se había visto obligada a crecer más rápido que el resto. Una madre alcohólica, un padre débil que se escondía en el trabajo y sus hermanos que necesitaban de ella, pero a la vez la maltrataban. Entre los tres hacían camarilla y la convirtieron en el centro de todas las bromas.

Al principio intentó luchar, rebelarse, pero nada funcionaba. El castigo siempre recaía en ella por ser la mayor, la que tenía que dar el ejemplo. Se llenaba de ira y la llama de las burlas ardía más y más fuerte. Día a día se volvió más introvertida, se comenzó a aislar. No solo en el ámbito familiar, el miedo a la burla erosionó también sus relaciones de amistad, mostrándose siempre distante y no generando vínculos profundos con sus amigas. Su refugio eran unos cuadernos que escondía en el altillo. Allí subía de noche, cuando todos dormían, y se inventaba historias que dejaba plasmadas en el papel.

Desde la adolescencia se descubrió como una chica normal. No era la más bonita y tardó en desarrollarse, pero nunca tuvo complejos con su cuerpo. Alta, esbelta con algunas curvas, atlética, aprendió de las revistas y de las charlas con sus compañeras de colegio, cómo resaltar sus atributos. Fue conociendo chicos, entabló distintas relaciones pasajeras y su primer novio oficial lo tuvo a los dieciocho. La relación duró un par de años y lo recuerda con cierto cariño. Con él tuvo sus primeras experiencias sexuales, su primer viaje en pareja, su único susto por un posible embarazo.

Su padre no había terminado la carrera de ingeniería, los hijos y el trabajo hicieron imposible que se graduara. Ella siguió el mandato paterno y se inscribió en la carrera de ingeniería en informática, donde esperaba encontrar muchas oportunidades laborales que le permitieran independizarse rápido. No se equivocó y con solo veintiocho años había conseguido ahorrar lo suficiente para comprarse un piso, hipoteca mediante. La escritura seguía siendo su cable a tierra, su escape, aunque ahora lo hacía en la computadora.

Se fue convirtiendo en una mujer fuerte, sencilla, independiente. Salvo en el entorno familiar, donde siempre ocupaba el rol débil. No era celosa ni esperaba mucho de la gente, ni de los hombres. En esos años de juventud no le faltaron relaciones ligeras, buen sexo y diversión. Con todo esto tapaba la realidad que no quería ver. La soledad, la inseguridad, el vacío interior ante la imposibilidad de ser valorada en el seno de su familia. Todos esos miedos y fantasías de una vida distinta que seguía escribiendo para sí misma.

El trabajo se le daba muy bien y comenzó a ocupar posiciones de liderazgo y de mayor responsabilidad. Esto le trajo aparejado una nueva forma de encarar la vida, focalizada en su profesión. Sus amigos se casaban y tenían hijos, por lo que se fue distanciando de ellos. Su soledad era cada vez mayor, acrecentada por los continuos viajes en los que se embarcó, tanto laborales, como por placer.

El amor llegó cuando menos lo esperaba. Él era guapo, sensible, buen amante y servicial. Resultó sencillo enamorarse de él. A los pocos meses ya estaban conviviendo en su casa y a pesar de que él se quedó sin trabajo, se fueron amoldando a la situación. Ella tenía un buen ingreso y no había necesidades económicas, y al principio él se hizo cargo de la casa. Hasta que un día, después de cuatro años, desapareció. Se llevó solo su ropa y le dejó una nota de despedida deseándole lo mejor.  No volvió a saber de él.

El abandono provocó una herida profunda en ella, impactando en su salud. No era por él, sino porque tropezaba con la misma piedra. Confiaba en alguien, empezaba a abrirse y solo conseguía que la maltrataran. No quería ser débil, no podía permitirse esa fragilidad. Necesitaba pedir ayuda, hablar con alguien, pero ¿con quién? No confiaba en nadie. Su médico de cabecera, tras los exámenes de rutina, le recomendó un psicólogo.

La terapia la ayudó a aceptarse, a tratarse con un poco de ternura. Toda su vida había tapado su soledad a base de trabajo, envolviéndose en el disfraz de mujer fuerte, segura, escondiendo las marcas hondas y profundas que llevaba dentro. Poco a poco la inseguridad se fue transformando en protección. Sus escritos, esos que fue acumulando por años, le sirvieron de GPS, para no reescribir su historia desde el dolor. Aprendió a reconocer sus heridas y aceptarlas. Pero, sobre todo, descubrió una forma de quererse, de apreciarse y dejar de estar pendiente de que su familia la quisiera.

Este cambio también se notó en su trabajo.  Se había estancado en los últimos tiempos, temerosa del menor error. Nuevos jefes trajeron nuevas oportunidades y no las desaprovechó. Consiguió que le permitieran liderar uno de los proyectos más ambiciosos, la transformación digital. Resultó un éxito que fue premiado con un ascenso y un puesto en la casa matriz. ¡Se mudaba a Madrid! Un gran paso profesional, pero sobre todo en su crecimiento personal que le permitía alejarse de su ciudad, de su familia y comenzar de nuevo.

La adaptación a la nueva ciudad fue muy rápida. En pocas semanas estaba instalada en un piso cómodo cerca del trabajo. Los primeros meses fueron de locos. Es increíble todas las cosas que hacemos en el día a día sin darnos cuenta y que al cambiar de país son como un comenzar de nuevo. Se pasaba más de una hora en el supermercado. Todas las marcas eran nuevas, salvo alguna que otra global. ¿Qué canal de televisión mirar o que diario leer? ¿Cuáles son los periodistas más respetables? ¿Qué autores leer? Muchas preguntas que fueron encontrando respuesta con el correr de las semanas, sin apresurarse y disfrutando del proceso de adaptación.

Por primera vez en su vida se sentía feliz, libre y ligera. No solo escribía, ahora vivía su propia historia. Las nuevas rutinas incluían mucha lectura, paseos por distintas zonas de la ciudad y viajes por España o Europa una vez al mes. Los viernes, como terminaba al mediodía su jornada laboral, empezó a ir a un bar cercano a su casa. El fin de semana comenzaba cuando se sentaba en la esquina de la barra, con su copa de vino, alguna tapa y su escritura. La vieja costumbre de escribir a mano alzada había vuelto a su vida, desconectándose de la computadora.

Un viernes llegó un poco más tarde al bar. Su lugar habitual en la barra estaba ocupado. Se sentó en la butaca contigua de manera que en cuanto se liberara su rincón se podría mover. Pidió su copa de vino y unas croquetas cuando la voz de Marcos la sobresaltó. Lo miró y su mirada la cautivó. Llevaba varias semanas observándola, admirando que escribiera a mano, curioso por saber qué escribía y odiando su timidez que le impedía acercarse a hablar con ella. Ese día vio la oportunidad y no la desaprovechó. Hablaron hasta el atardecer, intercambiaron teléfonos y acordaron verse antes del viernes siguiente. Se vieron el sábado y no volvieron a separarse.

El coche paró en la puerta de la radio. Cuando volteó la cabeza, la mirada de Marcos la volvió a estremecer como el primer día. “Llegará el día en el que logre descifrar tus ojos”, le dijo. “Nunca lo lograrás, es mi arma secreta para tenerte a mi lado toda la vida”, le contestó él con una sonrisa que iluminó su cara. Entraron a la radio cogidos de la mano y con paso seguro. Atrás quedaba una familia que nunca supo apreciarla, aceptarla. A su lado caminaba la persona que la descubrió. Él supo ver su esencia antes que ella, y la acompañó para que ella hiciera el mismo trayecto, el mismo descubrimiento. Encontró su vocación, se dedicó a escribir y hoy presenta su primer libro.

 

 

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