RAMÓN, MI PADRE

Por María Mayol Mateu

 

Ramón era un niño muy pobre que vivía con su humilde familia en un pueblo del interior de la isla de Mallorca. Su infancia transcurrió en los años cuarenta, en plena posguerra española, cuando muchas familias tenían pocos recursos.

En aquella  época  Mallorca sufría las consecuencias de los primeros años del franquismo. La falta de alimentos básicos hizo pasar hambre a mucha gente. La leche que se distribuia llegaba en malas condiciones a Mallorca y los problemas higiénicos se hicieron enormes. La gente hacía colas interminables en las tiendas de comestibles por miedo a quedarse sin alimentos, lo que provocó que las autoridades prohibieran tales colas obligando a la población a depender de una cartilla de racionamiento para comprar en las tiendas y como no había suficientes víveres para toda la población, se generó un mercado negro llamado “estraperlo”, donde la gente compraba alimentos que escondían de las autoridades. También hizo acto de presencia la tuberculosis que azotó a la población. La crisis industrial iniciada en la posguerra se prolongó hasta los años cincuenta.

Cuando los padres de Ramón, Anselmo y María, se casaron, tuvieron que vivir con los padres de él, ya que no disponían de medios para vivir en otra casa de manera independiente. Anselmo era bajito, morenito y muy chistoso. Siempre hacía reir a carcajadas a su mujer. María era sinónimo de elegancia, era una mujer alta, de cabellos dorados y sus ojos azules desprendían toda la dulzura de una madre cariñosa con sus hijos, a la vez que mujer afanosa dentro y fuera de la casa, ya que compartía el trabajo de campo con su marido. María provenía de una familia rica, pero sus abuelos perdieron todo su patrimonio por la repatriación de dos hijos que tenían en la guerra de Cuba.

En el año 1895 hubo en las Islas Baleares un envío masivo de soldados hacia la Guerra de Cuba, unos dos mil quinientos. El viaje a Cuba oscilaba entre unos 15 o 20 días en malas condiciones. Una vez allí, las deficiencias alimentarias, enfermedades y falta de higiene, derivaban en una alta mortalidad, dando lugar a un número elevado de repatriados. Entre ellos se encontraban los tíos de María, aunque no por enfermedad, más bien por el intercambio del patrimonio familiar a cambio de sus vidas. Los hijos de los abuelos de María regresaron sanos y salvos, pero la familia quedó en la más absoluta pobreza. María de pequeña trabajaba en una “possessió”, término en catalán que designaba el patrimonio de una familia noble en Mallorca, que constaba de unas tierras rurales con una gran casa de piedra, donde vivían los señores. Tenían gran cantidad de trabajadores que se encargaban de la propiedad, agricultores, ganaderos, cocineras, limpiadoras, mujeres que recolectaban los frutos de los árboles como algarrobas, almendras y demás frutos. Los niños desempeñaban un papel importante en las tareas del campo. Con seis o siete años ya trabajaban para los señores. María pertenecía a este grupo de personas. Con doce años se la llevaron a trabajar semanas enteras a la montaña lejos del hogar familiar. Recogían higos, aceitunas…

Al cabo de unos años de matrimonio de Anselmo y María se presentó en su casa un señor, “ el senyor Rafel Sion” así se le conocía en el pueblo, y era un señor rico. No estaba casado ni tenía hijos y vivía con sus dos hemanas,  también solteras y sin hijos. Tenían tierras y una gran casa en el pueblo. El señor “Rafel” les ofreció vivir en una casita blanca con un pequeño jardín y un parral que cubría toda la fachada de la casa. Tenía un pequeño estanque y unas tierras. Ellos tenían que cuidar de la casa y las tierras a cambio de una pequeña cantidad de dinero y algún que otro kilo de fruta. Para Anselmo y María fue una gran oportunidad ya que de esta manera dispondrían de una casa propia y tendrían trabajo. Trabajaron duro y tuvieron tres hijos, Ramón, Margarita y Sebastián. Anselmo, además de trabajar la tierra, realizaba jornales para otras personas y así tenían unas pagas extra para cubrir gastos familiares. En aquellos tiempos se pagaba poco, tanto por los productos del campo, como por cualquier otro trabajo realizado.

En los pueblos de Mallorca, las familias disponían de una casa en el pueblo y unas tierras, normalmente heredadas de los padres u otros familiares. Las tierras eran de cultivo donde se sembraban patatas, judías, cebollas, alcachofas… que luego vendían en los mercados de los pueblos. También poseían animales como vacas, gallinas, patos, conejos y demás. Cada parcela de tierra disponía de un pozo de agua y, concretamente en el pueblo de Ramón se habían construido unos molinos de viento formados por unas torres circulares de piedra, y en la parte central se encontraba una enorme barra de hierro que soportaba el molino. Cuando hacía viento el molino empezaba a rodar y el agua subía por unas canaletas y desembocaba en el estanque. Cuando dicho estanque se llenaba de agua, se abría una compuerta y el agua salía en dirección a un canal de piedra tallada, denominada “marés”, donde circulaba hacia unos surcos en donde estaban sembradas las plantas.

Cuando Ramón era pequeño iba al colegio y al salir de clase se reunía con sus amigos a jugar a la pelota o a cualquier otro juego. También les gustaba nadar en verano en los estanques de agua de las parcelas que rodeaban el pueblo. Sus amigos solían pertenecer a familias con más riqueza que él. Tenían casa y tierra propias, Ramón no, él y su familia vivían de alquiler. Su vida giraba en torno a la estrechez. Su vestimenta solía ser pobre. La ropa que le compraba su madre tenía que durar mucho tiempo y terminaba en harapos. Los zapatos hasta que le cabían en los pies. Muchas veces andaban rotos.  Sus amigos se reían de él, y después de enumerar cada uno lo que poseían en su casa, le preguntaban:

-Ramón, ¿cuántas tierras tienen tus padres? Ramón no respondía. Se avergonzaba y se sentía muy humillado. Aquello le dolía.

Cuando cumplió nueve años, su madre lo quitó de la escuela y lo puso a trabajar. De noche iba a clases de matemáticas con un profesor y otros niños como él, para que no perdiera el poco conocimiento que tenía por haber permanecido tan poco tiempo en la escuela. Solía trabajar mucho y con los años fue progresando. Le entregaba todo el dinero a su madre y así, la familia iba prosperando poco a poco. La situación de la familia de Ramón fue mejorando con los años.

Margarita, la hermana de Ramón, ayudaba en las tareas domésticas. No le gustaba trabajar en el campo. Como tenían una vaca que daba leche, Margarita era la encargada de llevar cada día la leche a la tienda a cambio de unas monedas. Les llevaba unos dos litros cada día.

Tenían patos, conejos, gallinas y un cerdo. Alrededor de la casa había un hermoso vergel compuesto por nísperos, naranjos, perales y demás frutales. Margarita también se encargaba de recoger las frutas de los árboles.

Años más tarde, cuando había nacido el tercer hijo de la familia, Sebastián, se presentó en su casa una señora soltera y sin hijos. Andaba buscando unos herederos para su casa, como no tenía familia, les ofreció la casa a cambio de que la cuidaran. María y Anselmo estuvieron encantados de ser ellos los elegidos y desde entonces fue un miembro más de la familia. Margarita se iba cada noche a dormir a la casa de la nueva tía para que no se sintiera sola y al morir les dejó en herencia la casa.

Pero Ramón era el brazo derecho de la familia. Su afán por trabajar  para conseguir salir de la estrechez y su insuperable voluntad hicieron que todas las humillaciones que tuvo de pequeño quedaran muy lejos. Con diecisiete años convenció a sus padres para comprar unas tierras. La madre siempre estuvo a su lado, ayudando a pagar la finca, trabajando en las duras tareas del campo. El padre trabajaba en otros sitios de albañil, excavando pozos o cualquier otro trabajo que proporcionara bienes a la familia.

Con veinticuatro años Ramón se casó con Isabel, mujer pequeñita, de ojos verdes y muy trabajadora. Estaban muy enamorados. Isabel provenía de una familia con más recursos que la de Ramón, pero no le importaba trabajar mucho con tal de hacerlo al lado de su joven marido.

Trabajaron muchísimo y tuvieron tres niñas, María, Antonia e Isabel. El negocio en el campo les dio mucha prosperidad, compraron muchas fincas y casas. Eran productores de lechugas y vendían a gran escala. Daban trabajo a mucha gente. Las niñas siempre ayudaron a los padres, aunque nunca tuvieron que dejar de estudiar. María se casó pronto y dejó los estudios, tuvo un niño y con veinticuatro años se quedó viuda. Los padres hicieron todo lo que pudieron para ayudarla. Años más tarde se casó de nuevo y tuvo dos niños y una niña. Un tiempo después se separó y continuó sola manteniendo a sus hijos. Antonia realizó estudios en medicina y se especializó en Neumología e Isabel lo hizo en farmacia. Las dos se casaron y tuvieron hijos.

Pasaron los años y Ramón seguía trabajando. Era feliz. Era lo único que sabía hacer. El trabajo le proporcionó prosperidad, superar las humillaciones de pequeño, libertad para decidir y sobre todo, que su familia no pasara por lo que tuvo que pasar él.

Con setenta y nueve años sigue trabajando, esta vez en la producción de naranjas. Tiene un nieto que está encantado de trabajar con él y sus naranjas son las más buenas de Mallorca.

 

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