RELATO DE WUNDER

Por Pilar Gil Escuder

El orgulloso heredero de Wunder nunca se adentra solo en el bosque.

De niño correteó entre los zarzales y las deformes raíces que desgarran la tierra enrojecida de su señorío. Recorrió infinitas veces los campos hasta más allá del robledal. Cabalgó cada surco, bebió en los arroyos de cristalinas venas que manan frenéticas hasta el remanso, hacia el lago oculto entre la maleza.

Después, cuando los juegos infantiles dieron paso al deber del aprendiz, el bosque lo reclamó. Confundido por la maleza y la inexperiencia, la oscuridad invernal engulló los caminos y lo cercaron las sombras. Dijeron que los perros que comandaban la cacería habían perdido el rastro del muchacho bajo la tormenta. Son pocos los que han conseguido sobrevivir en la ciénaga que rodea la arboleda. Aquellos que lograron escapar de su maléfico influjo enloquecieron y al poco se quitaron la vida, dicen que para no recordar lo que sus ojos habían visto.

Cuentan cosas extrañas sobre el pantano, pero Mault, que regresó con las primeras luces del alba, no dijo nada.

Guardó silencio y el secreto de cuanto había visto en el pantano acrecentó la leyenda que lo coronaría con el devenir de los años. Al amparo de los árboles sagrados de quienes había sido prisionero aquella noche, creció como hombre en sabiduría y honor.

Cien días atardeció y el sol buscó su cenit, pero tras cada triunfal retorno de la batalla, Mault veló en soledad amarga el miedo que lo atenazaba.

No temía el guerrero a enemigo alguno, ni ladrón, ni poderoso gobernante. Ninguna nación se atrevía a volver su espada contra el rey del septentrión, y así era, porque lo que atormentaba el alma del héroe no tenía trono, ni se urdía en los salones, ni se ocultaba en las callejas.

Mault Wunder, justo entre los justos, señor de las legiones, aguarda el amanecer reclinado sobre el lecho. Sus ojos transparentes están fijos en el ventanal y el monte que se extiende más allá. Porque solo él, de entre toda la humanidad, sabe lo engañoso de la fingida quietud, de la muerte agazapada tras la arboleda. En apariencia una silueta entre la serena bruma, un espectro latiendo con corazón de bestia, la criatura que solo él enfrentó, el horror inmutable que acecha y se retuerce bajo las pestilentes aguas del pantano, a la espera de que él rastree su guarida y le de caza.

Hoy es ese día, Mault lo sabe. A lo lejos, la espesura convulsa y anhelante se estremece ante el presagio del reencuentro. El rey percibe el suave murmullo del robledal, la muda invitación al festín. Cierra los ojos y reza, la sangre corre aún con más fuerza por sus venas.

Llaman a la puerta, es uno de los sirvientes. El medroso paje advierte al guerrero de que es la hora, la jauría que abrirá la batida ya está en el patio. Los perros gimen y se revuelven inquietos en las correas, algunos monteros abrevan sus caballos mientras intercambian la consigna que guiará la partida. Mault los observa desde el ventanal. “Salvajes”, piensa. Los hombres ríen, contagiados por el nervioso pataleo de los animales. Ambos ansían la caza, y la sangre, el rastro de muerte que arrastra el helado viento.

El rey lo sabe, volverá al bosque y la criatura lo estará esperando. Ajusta las correas del cinturón y busca el tacto frío de la empuñadura que descansa junto al cabezal del lecho. Wunder el soberano salta sobre su colosal montura y flanqueado por la caterva de aguerridos capitanes de guardia, abandona el resguardo de la fortaleza.

Cazarán osos, ciervos, y una docena de conejos. Volarán las águilas y sonará el cuerno en la hora de la celebración. Los hombres cantan, jalean a los perros que ya han encontrado el rastro de la primera presa, pero Mault no dice nada. Mira al suelo, memoriza cada zancada de su tranco, cada palmo de tierra roja que les conduce al corazón del bosque.

Dibuja una salida, fija en su mente, el sendero por el que habrá de volver solo y moribundo, lo fija en su mente y aguarda a que se desencadene la tormenta.

Dicen muchas cosas sobre el pantano, cuentan que lo que en él mora es capaz de convocar al rayo y al trueno, que ni siquiera los dioses pueden interceder más allá de los límites de la floresta. Son otros los poderes que allí rigen, otros dioses tenebrosos y sanguinarios, complacientes en su descarnada iniquidad.

El cielo oscurece, arremolina las nubes, la luz temprana condensada se vuelve metálica, atestada del acre olor que precede al estallido. Cuando rompe a llover el grupo se dispersa. Los perros, aterrorizados por las luminarias que se funden con el estruendo, retroceden y aúllan. Algunos de los caballos que cierran la comitiva, encabritados, emprenden carrera de vuelta y arrastran consigo al resto de campeones. Pero no a todos. Mault y dos de sus adalides quedan en mitad del camino, envueltos por la cortina de agua. Los guerreros tensan las bridas y aguardan, sin atender al instinto animal que implora desde los ojos desorbitados, desde las mandíbulas desencajadas de sus monturas.

El rey permanece quieto, inmóvil bajo la lluvia. Su caballo atento a la orden que las manos no confirman sacude las crines y patea, pero el miedo que atenaza su henchido corazón se diluye bajo el peso del jinete.

La espada roza su flanco, el calor del hombre lo hace sentir seguro, confía en él. Lo asusta la tormenta, pero no dará un paso sin que él consienta, mientras el agua lo ciega, aguarda y tiembla a merced de la lluvia helada.

Mault vuelve la cabeza, los dos hombres están a sus espaldas, con un gesto le indican que es hora de abandonar. “Regresa antes de que el bosque te atrape, Mault” dice la voz que grita ensordeciendo su espíritu. Pero el guerrero no lo hará, no está dispuesto a huir de su destino. Mira a sus compañeros y se despide antes de clavar las espuelas en los fornidos costados del jaco.

La lluvia lo abraza, el pantano lo recibe, el bosque se cierne sobre hombre y animal que ya galopan en frenética carrera hacia el lago que cobija a la impía criatura.

Desaparece el miedo. Cada zancada es un brindis por la gloria de la muerte que no consiente ser postergada. Atraviesan el barrizal, la terraza rocosa que parapeta el robledal y se internan hasta la abigarrada planicie que la breña ha convertido en un lecho de espinas. Cuando alcanzan el pantano la lluvia recula, cede ante la hedionda bruma que emana del suelo. Mault afloja las riendas, asegura el paso y bordea el atolladero hasta la vereda ennegrecida que conduce al lago.

No hay vida en estos parajes. Los árboles han perdido las hojas, están muertos, en pie por voluntad del mal que aquí habita. Carbonizados por su aura, perversos y quebrados.

“Muéstrate” ordena el heredero de Wunder. El pensamiento del rey, inapelable como su acero, despierta al monstruo de su infancia que gobierna el destino desde lo profundo. He aquí la batalla.

El ser que emerge de las aguas, aún invisible entre la neblina, desata el pavor que arrastra la diabólica presencia. El caballo tiembla bajo la armadura y se convulsiona atenazado por el horror absoluto. Nada más ver a la criatura dobla las rodillas y se postra ante el recién llegado. Mault sabe que ha enloquecido. El animal gime, rechina, masca el aire que expele en cálidas ráfagas. El hombre acalla el quejido que su corazón eleva por el amigo perdido. “Ve en paz”, dice antes de dar rienda suelta al animal.

El rey va al encuentro de la criatura, alza la espada, la carga a dos manos sobre su hombro, el latido de la sangre percute sobre sus muñecas. Tiene miedo, está solo, ha venido a cazar y eso hace: “Muéstrate” grita. La monstruosidad se manifiesta y el héroe de Wunder lanza a volar su hoja.

La masa informe que gorgotea sobre el limo, abre sus descomunales fauces, brama, lanza sus tentáculos contra el guerrero y alcanza su pecho en la segunda acometida.

Mault no siente el dolor de la herida abierta. Blande el acero como ha aprendido: firme, inagotable, brutal. Descarga otro golpe sobre el gelatinoso cuerpo y desgaja uno de los palpos. Antes de que la extremidad se hunda en la ciénaga es sustituida por otra, esta vez de carne y hueso. El monstruo muta, cambia escamas por pelo, pleura por piel curtida, ahora es humano, ahora solo una sombra; se arrastra, vuela, utiliza los elementos; reproduce la tormenta, se nutre de las centellas para amortiguar la agonía a sus estertores. Mault lucha contra cada transformación, el acero tritura las articulaciones, sesga la  membrana, se adentra en la carne hacia el desaforo de la cercana muerte.

Al fin, cae la noche sobre el robledal y un solo vencedor se erige en leyenda.

El orgulloso heredero de Wunder, nunca se adentró solo en el bosque, el temor que lo acompañaba regresó con él a la fortaleza. Porque solo él sabe lo engañoso de la fingida quietud, de la muerte agazapada tras la arboleda, de la raza que habita las profundidades del lago. De su número, sus incontables formas y su insaciable voracidad.

 

P.G. Escuder.

 

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