GUION, PUNTO Y COMA – Maria del Carmen Abad Mérida

Por M. del Carmen Abad Mérida

Llovía. Más que llover, jarreaba. La gabardina goteaba hilos de sangre, dejando un rastro a lo largo de la acera.

Oía las sirenas en la confusa lejanía, o las imaginaba; no podía distinguirlo. La dulce inconsciencia se apoderaba de ella. Se dejó arrastrar a la oscuridad, hasta que no hubo nada más.

Despertó en mitad de la noche, solo un pitido regular marcaba el paso del tiempo, fue enfocando lentamente, explorando el entorno. El olor a antiséptico era inconfundible, ya sabía dónde estaba, pero la pregunta era: ¿cómo había llegado hasta allí? O quizá: ¿por qué se encontraba en este sitio?

Entró una persona, no era capaz de identificar quién era. Se acercó y al verla despierta, dijo algo, no lograba comprenderlo, oía la voz, pero las palabras no tenían sentido para ella. Fue a buscar a otra persona, que también trató de comunicarse, los sonidos carecían de significado, los oía y veía mover los labios, miraba fijamente a esas personas, mas todo carecía de sentido. Decidió cerrar los ojos.

Gritaba al perrito: ¡Ven aquí!, salió corriendo tras él. El perro cruzó la calle, afortunadamente no pasaba ningún coche. Llegó hasta él, y lo cogió en brazos. De repente sintió un impacto que la empujó hacia atrás…

Abrió los ojos y emitió un sonido desgarrador… la habitación se llenó de gente, le hablaban, le sujetaron los brazos. No podía contenerse ¡gritaba sin parar! Sintió una aguja y la inconsciencia la invadió.

Una ambulancia llegó a la puerta de Urgencias del hospital, con los rotativos encendidos, inmediatamente bajó el equipo de la UVI móvil, los cuatro vestidos con sus uniformes sacaron la camilla y corrieron hacia el interior.

-La hemos encontrado en la calle, inconsciente Glasgow 8, herida en hombro y brazo derecho, ha avisado el dueño del quiosco de periódicos -dijo la enfermera-. Parece que algo la ha golpeado.

-De acuerdo, llevadla al box de Traumatología -dijo la enfermera señalando al pasillo del fondo-, avisad al doctor Serrano.

-Doctor Serrano, acuda al box de Urgencias -se escuchó por megafonía.

 

– ¡Para, para, para! -dijo en voz alta el productor-. No me fastidies, ¿otro drama médico? Verónica, esto no es lo que hablamos, te pedí una comedia romántica, y esto empieza con sangre y hospitales. Lo que el público quiere es reír -espetó mientras pasaba la mano por su reluciente calva, tenía un gesto de disgusto, al arrugar la nariz las gafas se deslizaron hasta la punta. Con el dedo las colocó de nuevo.

-Se me ocurrió que podía empezar con un poco de suspense para luego imprimirle un giro romántico.

-No hay quien se lo trague, se ve el desenlace desde el inicio -dijo haciendo un gesto despectivo con la mano.

-De acuerdo, te traeré un borrador en unos días -respondió la joven guionista.

-Perfecto, espero que sea mucho mejor que la propuesta de hoy -se oyó desde el pasillo. Verónica continuó sentada, mirándose la punta de las botas rojas. Estiró las interminables piernas mientras escuchaba los pasos del productor alejándose hacia el ascensor. Unos minutos después, salía del edificio donde trabajaba, llovía a mares. La morena melena, recogida en una coleta, se empapó en unos segundos, dándole un aspecto lamentable. Entró en su coche y arrancó sumida en sus pensamientos.

Se devanó los sesos durante toda la tarde y decidió telefonear a Susana, quedaron a tomar una copa en esa vieja cervecería de la esquina de la plaza de Olavide.

La esperó durante una hora, y no apareció. Ya se había tomado un par de cervezas, así que decidió marcharse a casa. Ya hablaría con ella por la mañana. Se acostó sin quitarse el maquillaje.

***

El timbre de casa la despertó bruscamente. ¿Quién podría ser a estas horas?

¡Ya voy! -gritó Verónica, mientras caminaba por el pasillo, intentando abrocharse la bata.

– ¿Por fin! – exclamó Susana, una cascada de rizos dorados y el suave olor a jazmín envolvió a Verónica al abrir la puerta-¿Aún no estás preparada?, llevo 10 minutos aparcada.

– ¿Disculpa? –dijo boquiabierta-. ¿De qué estás hablando?

-Te he mandado varios mensajes diciendo que nos marchábamos a la playa estos días. Suponía que los leíste anoche.

-Te estuve esperando en la cervecería durante una hora -dijo Vero visiblemente enfadada.

-Te escribí, avisándote que no podía ir. Me llamó mi prima para decirme que su madre estaba hospitalizada, nada grave, y me cedía un apartamento que había reservado en la costa esta semana -dijo casi sin respirar-. ¿No lo leíste?

-Evidentemente, no -respondió Vero, poniendo los brazos en jarras.

-Deberías activar el símbolo azul, así sabría si lees o no los mensajes.

-No vamos a volver a hablar de esto, Susi. Lo hago por mi paz mental, ya lo sabes -dijo bajando los ojos.

-De acuerdo, ahora haz las maletas. ¡Nos vamos de vacaciones! -Exclamó Susana

Llegaron a la hora del almuerzo, llamaron a la dueña del apartamento, que tardó más de media hora en aparecer. Una urbanización, a 15 minutos de la playa. Les entregó las llaves y se marchó alegando que tenía más huéspedes a los que alojar, estaban llegando los “urbanitas” buscando sol, playa y descanso.

-¿Qué cama quieres? -le preguntó Vero a Susana.

-La que está más cerca de la ventana, me gusta ver el sol al despertarme.

-De acuerdo, me quedo con la otra. -Abrió el armario y un desagradable olor le golpeó la nariz-. ¿A qué huele? -husmeó como un sabueso.

– ¿En serio? ¡no me lo puedo creer! -dijo Verónica, mientras revolvía las mantas, sábanas y toallas-. ¡Ajá! ¿Es esta manta, huele a… pipí?, ¡qué asco!

-Quizás un lindo gatito decidió echarse una siesta ahí- dijo Susana mientras se enroscaba un mechón de pelo con el dedo- Anda, sácala y la lavamos. Si tenemos frío, dormimos juntas.

– Voy a beber algo, ¿qué quieres? -preguntó Vero mientras llenaba un vaso con agua de la botella-. ¿Lo has visto? Tiene carmín reseco en el borde, este vaso no ha visto el jabón hace mucho tiempo. Voy a llamar a la dueña, está todo tan sucio.

Verónica no sabía si enfadarse o llorar, necesitaba descansar unos días, y esto era una pesadilla. La casera no le contestó al teléfono, lo intentó varias veces, y se dio por vencida.

-Anda, sonríe. Limpiemos un poco y disfrutemos. Al fin y al cabo, nos sale gratis- dijo Susana, guiñándole un ojo.

-Tienes razón. Tenemos suerte de estar junto al mar-Verónica pensó que estos días le ayudarían a encontrar alguna idea, no podía perder este trabajo

Llegó la noche y se acostaron, las sábanas estaban húmedas. Sólo había una manta y empezaba a hacer mucho frío. Cogieron las toallas y se taparon con ellas, Durmieron con el chándal, calcetines y acurrucadas. Al despuntar el día, el sol cegó a Verónica, que, con aire somnoliento y aspecto de esquimal vagabundo, se levantó a echar la cortina. La barra se le cayó en la cabeza a Susana, que chilló del susto.

-¡Dios mío! ¡Esta casa es una ruina! ¿Habrá algo que no esté estropeado? -exclamó Verónica-espero que haya una cafetera, necesito un café caliente y bien cargado, dirigiéndose a la cocina.

-Me has leído el pensamiento, es justo lo que necesitamos.

– No hay cafetera Susi -se oyó desde la cocina.

– ¿Cómo? No es posible, déjame ver. -Susana sonaba desesperada. Abrió todos los armarios y cajones y exclamó-: ¡Sí, hay una cafetera!

Un delicioso aroma invadió las fosas nasales de Verónica, y pensó que el día empezaba bien. Sujetaba la taza con ambas manos, así entraba un poco en calor.

Decidieron pasar el día en la playa cercana, el tiempo era agradable, soplaba una ligera brisa, el sol lucía y unas cervecitas se encargaron de convertirlo en una jornada mágica.

Al llegar a la puerta de su domicilio temporal, un charco empapaba el felpudo. Horrorizadas, chapotearon hasta llegar al cuarto de baño. Una pequeña catarata brotaba del termo de agua caliente, se lanzaron a buscar la llave de paso, y afortunadamente, la encontraron y cerraron.

Susana telefoneó a su prima.

–Sé que es un mal momento para ti, pero el apartamento está inundado de agua, y la casera no contesta al teléfono. ¿Podrías llamarla tú, por favor? Por cierto, ¿cómo está tu madre?

Tras una animada conversación y unos minutos de espera, las buenas noticias llegaron, y con ellas un fontanero, que tras examinar el calentador dictaminó:

-Hay que cambiarlo, no se puede reparar.

– ¿No hay alguna solución para que podamos tener agua caliente estos días? -preguntó Verónica casi suplicando.

-Me temo que no, lo siento. Se lo comunicaré a la dueña, pero hasta la próxima semana no podré cambiarlo por otro nuevo, son días festivos – contestó el amable fontanero.

-¡No se puede tener tan mala suerte! – Vero se mesaba los cabellos, lloraba de rabia e impotencia.

-No te preocupes -la consoló Susana-, hay cosas mucho peores. Tenemos un techo, comida, y estamos de vacaciones. Hay muchas personas que no tienen nuestra suerte.

-Tienes razón -respondió mientras se limpiaba la nariz y secaba las lágrimas-. Calentaremos agua en una olla y nos ducharemos. Tenemos luz y agua corriente.

-Así es, pero no lo digas muy alto, no sabemos cuál será el siguiente desastre, jajaja.

Parece que la noche les dio un respiro, aunque una inocente familia de cucarachas las recibió en el baño de madrugada.

No hubo más incidentes en los siguientes dos días. Descansaron, rieron y retomaron esas charlas tan reconfortantes. Tocaba regresar a la ciudad, y retomar la rutina y el trabajo.

Hablando de trabajo, Verónica tenía que presentar, al menos, un esbozo, para una nueva serie cómica. Y tenía solo unas horas para realizar un borrador.

Repasó en el ordenador todas las ideas que había anotado las semanas previas y fue desechándolas. Necesitaba inspiración, pensó que las musas la habían abandonado, como a Serrat.

***

9 de la mañana, reunión de trabajo.

-Muy bien, Verónica, ¿qué has traído para la próxima serie? -el productor la miró directamente a los ojos.

-He pensado en una comedia donde viven en un piso que es caótico y todo se rompe -dijo, retorciéndose las manos bajo la mesa.

– ¿En serio? ¿Algo como “Esta casa es una ruina?, o te refieres a un programa de reformas? ¡Creo que no hay ninguno en la parrilla televisiva! -dijo con sarcasmo. Has estado de vacaciones en la playa en lugar de trabajar, según tu Instagram. Creo que no hay lugar en este equipo para ti.

Verónica abandonó las oficinas con sus escasas pertenencias en una bolsa. Tendría que explicarle a su tía, quien la había recomendado para este puesto, que la habían despedido.

Pensó que era injusto, o no, sinceramente se había marchado de vacaciones cuando debería haber estado trabajando en el guion de su vida. Ella sabía que podía hacerlo mejor, ¡tenía infinidad de ideas!

Buscó las llaves del coche en el bolso, no las encontraba, se las había dejado en la oficina ¡seguro! Tendría que subir con cara de lástima y disculparse por lo olvidadiza que era.

¿Qué más podría pasar?, se preguntó. Y comenzó a llover, más que llover jarreaba, la gabardina goteaba y vio a un perrito cruzar la calle, salió corriendo tras él, mientras le gritaba…

 

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