RELATO_V2

Por Élisa Aguirre

Ana se despertó aquella mañana. Nada había diferente en ese día. Lo que  no sabía es que lo que iba a ocurrir, cambiaría su vida por completo.

Se sentía feliz junto a Alberto. Después de  14 años casados, había tenido, como todo matrimonio de bien, buenos y malos momentos. Pero el balance final lo consideraba positivo.

No había tenido hijos y aunque  fue un duro golpe para ambos, había aprendido a vivir con la decisión del destino y consiguió finalmente que eso no afectara a sus vidas. Él era una buena persona. Si hubieran tenido hijos, habría sido un gran padre.

Alberto llevaba unos días alterado y llegando tarde a casa del trabajo. Trabajaba en una empresa constructora de la que era el responsable financiero. La crisis había dado lugar a numerosos recortes y ajustes. Le notaba un tanto irascible y nervioso, pero ella no quería darle mayor importancia.

Se disponía a coger el tren para ir a trabajar. Iba con tiempo suficiente. Odiaba tener que ir con prisas. Llegó a la estación y se encaminó  al quiosco a comprar el periódico, como de costumbre. El quiosquero la saludó y no hizo ni falta que hablaran. Ya con el diario en la mano y ojeando la portada, se dirigió a la cafetería. Pidió un café con leche y se sentó en la mesa que le gustaba al lado de la ventana, mientras esperaba su tren que llegaría en 20 minutos.

Al poco tiempo de tomar asiento, vio por la ventana a un hombre con gabardina. Era alto y apuesto y nunca antes le había visto por ahí. Normalmente, la gente que estaba en la estación a esas horas de la mañana era siempre la misma. Aunque no les conocía, sabía sus costumbres matutinas después de haberlos visto tantas veces. Le gustaba imaginar sus vidas… El hombre del abrigo corto verde probablemente trabajaría en un colegio, sería un bedel. La mujer con el moño alto debía trabajar en una a agencia de viajes y vendía todos los viajes que ella desgraciadamente no había podido hacer en su vida. Pero aquel hombre de la gabardina, ¡era una cara nueva para ella! No pudo evitar mirarle, hasta que su mirada se cruzó con la suya. El hombre de la gabardina, agachó la cabeza en señal de saludo y sonrió. Ana retiró inmediatamente la mirada. No sabía por qué, pero le resultó incómoda aquella manera que había tenido aquel hombre de saludarla.

Por megafonía se anunció la llegada del tren. Terminó su café y se dirigió al andén. Igual hizo él, entrando por el mismo vagón que ella. Ana miraba a uno y otro lado, intentando divisar dónde se encontraba el hombre misterioso. No le vio. No sabía si se sentía o no aliviada. Por fin, tomó asiento en el vagón y se acomodó. Tenía el asiento de al lado ocupado por su abrigo y su bolso y alguien, con el fin de sentarse,  cogió sin preguntar los enseres y los subió al compartimento superior.

Cuando levantó la vista ¡era él! Acababa de sentarse y sin más, se dirigió a Ana, sin duda con deseos de entablar conversación.

-Mi nombre es Javier Cifuentes y a partir de ahora cogeré este tren todas las mañanas, así que imagino que te veré a menudo-, comentó sonriendo y tendiéndole la mano como saludo.

-Hola, yo soy Ana Hurtado, y llevo cogiendo este tren muchos años-, contestó dándole la mano.

Comenzaron a charlar. Era un hombre educado, inteligente y muy buen conversador. Estuvieron hablando sin parar los 55 minutos que duraba el trayecto. Cuando el tren llegó a su destino, ambos se despidieron hasta el día siguiente.

Y así fue. A partir de entonces, todos los días se veían en la estación y se sentaban juntos en el vagón. Hablaban sin parar de cosas banales del trabajo, de sus vidas cotidianas. En definitiva, de nada interesante, pero eran unas conversaciones muy estimulantes para esas horas de la mañana.

Con el tiempo, fueron entablando una “amistad” hasta que un día, él se atrevió a invitarla a comer. Ana no sabía si aquella proposición le parecía un atrevimiento o si por el contrario, le agradaba.

Fueron ese mismo día a comer a un bonito y acogedor restaurante en el centro de la ciudad, donde según decía Javier, se comía el mejor rissoto de Madrid. La velada fue agradable, más de lo que ella esperaba. Todo había sido perfecto.

Salían del restaurante riendo y tonteando como quinceañeros, cuando Ana se quedó lívida. Su vecina Amalia estaba de pie en la acera de en frente y hacía aspavientos con las manos para saludarla. ¡Se quería morir! Cruzó la calle casi corriendo para ir en su busca. Amalia, que era un poco harpía, todo sea dicho, miraba de reojo constantemente al enigmático compañero, por lo que  Ana no tuvo más remedio que dar explicaciones:

-Es Javier… Javier Cifuentes. Es un cliente del estudio. Vamos a reformarle su oficina, que está por aquí cerca-. Aunque temblando, quedó bastante satisfecha de su repentina mentira.

Después de cotorrear un poco, sobre todo la harpía, se despidieron prometiéndose quedar a cenar en los próximos días.

Cuando su amiga se alejaba, Ana sintió un peso enorme en sus brazos y sus piernas y un sudor frío le recorrió todo el cuerpo. Sabía que Javier estaba detrás de ella, pero no era capaz de mirarle a la cara. Se sentía mal y por algo que en realidad no había hecho. De repente, los sentimientos de cariño hacia su marido afloraron como de la nada.

Ana se subió al tren sin despedirse, dejando a Javier en el andén. Se sentó  junto a la ventana y pensó durante todo el trayecto. ¿Qué le estaba ocurriendo? Ella quería a su marido. Era un buen hombre y nunca había tenido motivos para no quererlo. Pero, estas últimas semanas habían sido muy especiales. ¿Era “especiales” la palabra o simplemente habían sido “diferentes”? Intentó no pensar en ello, pero el sentimiento de culpabilidad se agolpaba en su mente.

Al día siguiente, fue a la estación como de costumbre. Se acercó al quisco a comprar el periódico y se dirigió a la cafetería a tomarse un café mientras esperaba al tren, pero ningún hombre misterioso compartió su espera. Levantaba los ojos del periódico constantemente para buscarle, pero no estaba. Ni ese día, ni al otro, ni al otro…

¿Y si no le volvía a ver?  Debía saber qué quería y aclararse. Tenía que verle solo una vez más, para cerciorarse de que su rutinaria vida sin hijos era realmente lo que ella quería.

Habían pasado varias semanas. Ese día cuando Ana llegó a la estación,  fue como una aparición. Allí estaba él. El corazón le dio un vuelco. Después de unos segundos, inspiró hondo, y se encaminó hacia él.  Javier ya la había visto y con una sonrisa, se acercó lentamente a ella.

La susurró al oído:

-Te he echado de menos.

Ella, sin pensarlo dos veces, contestó:

-Yo también

Ana se asustó al oírse. No había sido ella, estaba segura, había sido su corazón.

Los siguientes días se convirtieron en mágicos. Algo había surgido entre ellos. Algo que quizá ella pensaba, iba más allá de la amistad. De vez en cuando se atrevían a cogerse de la mano en el tren. Había miradas cómplices. Comían juntos habitualmente. Iban mostrándose poco a poco sus sentimientos y se sentían bien, mientras estaban juntos. Cuando se separaban, el sentimiento de culpabilidad de Ana era insoportable.  Tenían un pacto, sin  nunca haberlo hablado: No se preguntaban nada el uno al otro sobre su vida privada. Cuando se despedían en la estación cada día, volvían a sus vidas rutinarias, sin más.

Era primavera y ese fin de semana Ana había pensado plantar begonias. Compraría las flores y las plantaría en el pequeño parterre de la parte de atrás. El día era precioso y sería agradable darse un paseo hasta el vivero. Alberto se quedaría en casa leyendo en el porche con su taza de café, que era lo que realmente le gustaba.  Llevaba unos días un poco insoportable, por lo que la idea de que se quedara en casa, era hasta buena.

Salió de casa en  el coche y bajó la ventanilla. El vivero estaba lejos, pero no le importó. Quería respirar hondo el olor a primavera. Escogió unas bonitas flores y las cargó en el maletero del coche, dispuesta a disfrutar de una mañana de jardinería.

Cuando se acercaba a  casa de vuelta del vivero, no vio a Alberto en su sillón de siempre en el porche. Sin embargo, había una silueta de alguien muy familiar ¡Javier! ¿Qué demonios hacía allí, en su casa, en su vida real?

Bajó del coche acelerada y se encaminó hacia el porche.

-¿Qué haces aquí?- preguntó ella en un susurro y esperando que nadie, aparte de Javier pudiera oírla.

-No hace falta que susurres Ana. Él no te oirá. Está muerto.

La cabeza le empezó a dar vueltas. ¿Qué estaba ocurriendo? Era una pesadilla y ahora despertaría. Abría y cerraba los ojos rápidamente, como si con ese gesto fuera a conseguir despertar repentinamente de su horrible sueño. Completamente aturdida por la noticia, entró en la casa angustiada buscando a Alberto con la mirada y sin querer creer todavía lo que le acababa de anunciar Javier. Pero, ahí estaba, tirado en el suelo. Se arrodilló a su lado y lloró su muerte de manera amarga y sin consuelo.

-¿Qué ha pasado?- preguntaba entre sollozos. Todo le parecía confuso e irreal. Javier en su casa y Alberto muerto. Todo era muy extraño.

-Se ha suicidado- dijo Javier en tono poco convincente.

Ana levantó la vista y vio la cara de Javier, impasible y hasta casi pudo apreciar una sonrisa en su semblante.

-¡Es imposible! Alberto jamás se suicidaría…¡No tenía motivos, era feliz… Él era feliz!- repetía una y otra vez.

-Supo de tu aventura conmigo y no lo pudo soportar- dijo Javier mientras ojeaba sin interés unos papeles que había encima de una mesa del salón.

Ana se levantó de un salto, se acercó a Javier y le comenzó a golpear con los puños de manera descontrolada.

-¡Has sido tú!- continuaba golpeándole.- Yo nunca he tenido una aventura contigo ¿Por qué dices esas cosas?

No dejaba de llorar. Tantas lágrimas había en sus ojos, que su visión era totalmente borrosa.

-Le dejaste una nota, confesándole tu aventura-, dijo mientras le tendía un papel en blanco.

-¿Qué nota? ¿De qué me estás hablando? Yo nunca he escrito ninguna nota-, y diciendo esto de pronto  comenzó a darse cuenta del retorcido plan de Javier. Esa nota no existía, y quería que ella la escribiera ahora. Él había matado a Alberto, pero ¿cuál era el motivo?

-Escribe en este papel que te has enamorado de otra persona y que le abandonarás. Al fin y al cabo, sabes que hay mucha gente que nos ha visto juntos durante las últimas semanas. Podrán corroborar que éramos amantes. Hasta tu amiga, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, si! ¡Amalia! Le pueden preguntar a ella, ¿no crees?- y diciendo esto, cogió a Ana por el brazo bruscamente, la llevó en volandas hasta la mesa de la cocina y una vez allí, la obligó a sentarse y le colocó el papel y un bolígrafo encima de la mesa. Estaba muy asustada y no paraba de temblar como una hoja.

-¿Por qué lo has hecho?- le preguntó en tono muy bajo, apenas imperceptible y sin levantar los ojos del trozo de papel.

-Quería ir a la policía. Le había dicho que no fuera, que le daríamos dinero, mucho dinero por su silencio. Pero él era más honrado que todo eso. ¡Maldito sea! Ya habíamos conseguido que eliminar toda la contabilidad, no quedaba ni rastro, pero esa puta buena conciencia… Sabía desde el principio que nos iba a dar problemas, lo sabía-. Mientras decía esto, daba vueltas sin parar alrededor de la mesa de la cocina como un lobo enjaulado. Estaba muy nervioso, la situación se le había ido de las manos. Ana continuaba sin levantar la vista del papel en blanco.

-Así que todo es por dinero. Al final resulta que no eres más que un vulgar estafador-. Ana no paraba de llorar, mientras continuaba con la mirada fija en el trozo de papel. De pronto, vio el cajón dela mesa de la cocina. Siempre había estado allí, y ella ahora estaba sentada justo delante de él. Tenía que conseguir abrir ese cajón sin que se diera cuenta. Él continuaba maldiciendo su suerte.

Ana fue abriendo el cajón poco a poco por la parte de abajo, con ayuda de sus rodillas. Consiguió meter sus largos dedos dentro y tantear el interior. Tocaba cucharas de madera, un abrelatas… pero necesitaba algo más contundente. ¡Un sacacorchos! Eso valdría. Lo fue acercando con los dedos hasta conseguir sacarlo del cajón sin que su oponente se diera cuenta. Lo asió con fuerza y solo tuvo que esperar a que Javier, que continuaba enloquecido dando vueltas  alrededor de la mesa, se quedara en la posición idónea. Cuando así fue, se armó de valor y con ira y rabia se abalanzó sobre él, clavándole en el pecho con todas fuerzas, el utensilio metálico. Javier cayó vencido al suelo boca arriba. Ana se quedó de pie paralizada, mirándole fijamente a los ojos. A esos ojos que días atrás la habían encandilado y que ahora iban perdiendo su brillo y comenzaban a tener color de muerte.

Todo había acabado.

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