RUISEÑORES QUE CANTAN POR ENCIMA DE LAS BALAS – Ana Margarita Pascual Barrera

Por Ana Margarita Pascual Barrera

La memoria

 

Hay historias que se almacenan en la memoria porque se resisten a marchar por el camino del olvido. Están presentes en nuestras vidas. Se van y vuelven cada cierto tiempo para recordarnos que deben ser contadas; si no lo hacemos, viviremos en una especie de esclavitud que nos obliga a recordarlas. Ahora, después de demasiado tiempo, creo que he reunido el coraje suficiente para escribir una de esas historias imborrables. Lo haré por todos los que la vivieron y porque la escritura es una de las formas más universales de reconciliarnos con el mundo. 

 

La familia  

 

Enamorados desde la infancia, formaban una pareja diferente. Él era un muchacho más bien gordito, no muy alto y con una sonrisa permanente en los labios. Ella, la niña guapa, era una chica espigada de ojos azules y trenzas rubias, dos cuartas más alta.

Siempre fue así, Juan y Margarita escrito en los márgenes de los cuadernos, en el barro que rodeaba la fuente, en la corteza de los eucaliptos. Vivian en un pueblo minero del sur. Se casaron cuando Juan entró a trabajar en la mina. Le dieron el puesto de topiquero —el que cura con sustancias tópicas— después de aprender a entablillar fracturas y a curar heridas en el hospital minero. La mina era un lugar peligroso, donde los trabajadores estaban expuestos a numerosas lesiones por derrumbes o detonaciones para la extracción del mineral; por eso, se sentía orgulloso de su recién estrenado puesto de trabajo.

Tras la boda, se instalaron en la casa que Juan compartía con su hermana Lola y su madre Dolores, viuda de Ramón, el maquinista de la legendaria máquina de vapor que transportaba el mineral hasta el puerto minero de Huelva, y que falleció en un accidente ferroviario cuando aún no había cumplido los cuarenta años. Mientras Juan trabajaba en la mina, las dos jóvenes se encargaban de las tareas de la casa, y Dolores regentaba un puesto de papas y huevos en el mercado de abastos de la localidad. La niña guapa cambió pronto los vestidos ceñidos por otros más amplios, que disimulaban el vientre abultado de su primer embarazo, y recogió sus trenzas a modo de moño bajo, dejando al descubierto la belleza de la mujer en la que se había convertido sin darse cuenta.

En julio de 1929 nació el primer hijo de la pareja, al que pusieron de nombre Ramón por el abuelo fallecido. Un año después nació el segundo, al que llamaron Juan por razones obvias. Después vino Carmela, una niña morena con los ojos de su madre y una sonrisa clavadita a la de su padre. En enero de 1936 nacía el pequeño Julián.

La familia crecía, el sueldo de Juan en la mina y lo que daba el puesto de Dolores en la plaza de abastos, no eran suficiente para vivir con soltura y Lola decidió buscar un trabajo con el que poder ayudar a la familia. Como siempre había sido muy habilidosa con el bastidor y los hilos, se colocó en el taller de bordados de Manuela, la del portugués. Allí, conoció a Pepa, la hermana de Miguel, un chico joven de su misma edad y alcalde del pueblo, que se convertiría en el amor de su vida.

 

El destino

 

En el verano de 1936, el día del cumpleaños del mayor de los hijos de la pareja, una noticia aciaga e inesperada llegaría a la casa de los Pascual Wert. Miguel, el novio de Lola, sería el emisario.

—Lo han hecho, Lola… Nos parecía que no serían capaces, pero lo han hecho. He renunciado a la alcaldía y mañana salimos para Cádiz, de allí en barco hacia La Habana. Dale esta carta a tu hermano y dile que tenga todo preparado.

—Descuida, lo haré. No entiendo nada, pero confío en ti.

—Te espero donde siempre. No me falles —dijo Miguel—. Luego la miró fijamente a los ojos, le sujetó la cara con las dos manos y estampó un beso en sus labios.

—Allí estaré y te llevaré su respuesta —aseguró ella sin dejar de mirarlo.

Cuando Miguel marchó, Lola se dirigió a su hermano y, empujándolo hasta un lugar discreto, le hizo entrega de la carta que contenía una nota con indicaciones para la huida y un pasaje de barco.

—No lo haré, Lola. No dejaré a mi mujer ni a mis hijos. Yo no tengo cargo político ni soy del partido, solo soy amigo de tu novio. Esto es para ti —afirmó, devolviéndole la carta—. No debes renunciar a tu vida. Yo no renunciaré a la mía y cuidaré de madre, ella entenderá tu marcha.

Lola recogió la carta, la metió en el bolsillo de su falda y salió de la casa en dirección al punto de encuentro con Miguel. Cuando llegó, él la esperaba.

—No irá… Te devuelve la carta y el pasaje.

—Vente conmigo, Lola.

—No puedo, son cuatro chiquillos y mi madre. Además, esto no durará para siempre. Podrás volver. Ya verás. Yo te esperaré. Lo prometo.

El silencio dio paso a las lágrimas, sin llanto. Él encendió un cigarrillo y la rodeó con su brazo izquierdo. Ella comenzó a desabrocharse los botones de la blusa mientras un cielo, huérfano de estrellas, velaba el preludio de aquella despedida.

En la casa, la niña guapa vivía dedicada a los suyos, a la familia que era todo su mundo. Había pagado un precio muy alto para conseguirla. Nunca fue fuerte, traía aquel daño desde la infancia, y con tanto embarazo y tanto parto, su salud se había resentido. Dolores fue la primera en darse cuenta de que algo no iba bien.

—Juan, a tu mujer hay que llevarla al médico. Se fatiga mucho para ser tan joven.

Tardaron varios días en convencerla, pero al fin consintió. El médico recibió con cariño a la paciente, pues ya sabía que su corazón se resentía desde la infancia y que ella no renunciaría a su familia. Así que se limitó a darle los consejos de siempre y a ponerle un tratamiento para mejorar la fatiga.

—Don Joaquín, dígame que le pasa a mi nuera.

—Nada nuevo, Dolores. Su corazón es vulnerable, pero con un tratamiento y sin hacer esfuerzos, no es cosa de morirse. No debería tener más hijos, díselo a Juan. Ella no lo va a hacer porque así me lo dijo y yo tampoco porque así se lo prometí a ella.

Tras la noticia de la enfermedad de su cuñada, Lola, fuerte de cuerpo y alma, asumió las tareas más pesadas de la casa y la crianza de los pequeños. La niña guapa se dedicó a la cocina, la plancha y la costura. Ninguno lo sabía entonces, pero a partir de ese momento, todos tendrían que asumir un destino incierto.

 

Prolegómenos de la Guerra

 

El pueblo parecía vivir en un universo paralelo a los acontecimientos que vivía el país. Los niños jugaban en las calles a pesar de la guerra. Los ruiseñores cantaban sobre los fusiles y por encima de las balas. La gente no quería pensar en la muerte, pero la muerte venía travestida de odio, y ese odio es el que mata.

El día que las tropas rebeldes llegaron al pueblo, hicieron pública la promesa de respetar a todo aquel que renunciara voluntariamente a sus ideas. Resultó ser un engaño para que se delatasen a ellos mismos. Algunos vecinos cayeron en la trampa y nunca volvieron a sus casas.

Juan no acudió a esa cita con la vileza. Mariano, su amigo del Ateneo, le previno sobre las intenciones de los sublevados. La información le venía de su hermano Plácido, el barbero que rasuraba y pelaba al teniente de la guardia civil.

—Esta vez nos hemos salvado, Juan, pero esto no va bien. Son nuestros vecinos los que están en peligro.

—Gracias por avisar. Espero que no cumplan sus amenazas. Ahora hay que andarse con cuidado.

Ambos se miraron con una mezcla de incertidumbre y de miedo.

En las semanas siguientes, Juan escapó varias veces del dedo inquisidor gracias a los colaboracionistas. Era muy querido en el pueblo. Hombre honesto y trabajador, extrovertido y generoso, curaba las heridas a sus vecinos, les ponía las inyecciones de penicilina cuando lo necesitaban y les aplicaba alcohol de romero en las articulaciones doloridas por el ímprobo trabajo de la mina.

La casa, que fue del pueblo, se convirtió en un lugar oscuro y siniestro donde un grupo de hombres, vestidos con camisas pardas y azules, decidían el destino de la gente de forma arbitraria y al margen de la ley. Aquella noche, entre los nombres de la lista infame se encontraban los de Joaquín Salazar, médico y masón; Alfredo Ruiz, administrador de correos y republicano; y Juan Pascual, topiquero y cuñado del alcalde socialista.

—Estos tres son unos enchufaos del pueblo. Hasta la guardia civil los protege —dijo uno de los que llevaban camisa azul.

—Pues a la furgoneta y pa’ Sevilla, que allí no hay enchufe que valga —contestó el único oficial del grupo.

 

La noche

 

La noche no es igual de oscura para todos, hay una luz que derrota a las sombras y prende en los corazones inocentes. El pequeño Julián dormía plácidamente en su cuna, al lado de la cama donde los padres descansaban abrazados.

—Hace calor —dijo ella retirando el embozo de la sábana.

—Pero si tienes los pies fríos, mi niña —susurró él con dulzura—. Abrázame y nos quedaremos dormidos. Mañana será domingo, iremos a la plaza de las ranas y compraremos barquillos de canela para los niños.

—Aparta, ya sabes lo que dice tu hermana… Que me quedo preñá solo con mirar tus calzoncillos colgados en la pirula de la cama.

Rieron juntos, con la risa cómplice de dos niños adultos. Sus cuerpos entrelazados parecían gravitar sobre el universo blanco de la cama.

 

El arresto

 

Por la mañana, una furgoneta, verde y destartalada, bajaba por la calle empinada de guijarros. Circulaba con un absurdo bamboleo producido por las irregularidades del pavimento hasta parar frente a la casa de Dolores. Dos hombres bajaron. Se escucharon ruidos de pisadas, golpes en la puerta y voces extrañas que gritaban palabras incomprensibles. En el interior de la vivienda, el llanto de los niños, desgarro en la garganta de la madre, furia contenida en el rostro de la hermana, lágrimas en los ojos de la esposa y estupor en la cara del muchacho al que borrarían para siempre la sonrisa. Los intrusos sacaron a Juan de la casa y lo metieron en la furgoneta a empujones.

—¿Pero qué ha hecho? ¿Adónde lo llevan?… Tiene cuatro chiquillos —decían algunos vecinos de la calle, alertados por los ruidos.

La abuela sujetaba a los niños para apartarlos de la lamentable escena. Margarita apretaba al pequeño Julián contra su pecho y Lola corría detrás de la furgoneta verde y destartalada gritando.

—Iré a buscarte, hermano, iré donde quiera que te lleven…

Así fue el arresto de Juan, hijo de Dolores, hermano de Lola, esposo de Margarita y padre de Ramón, Juan, Carmela y Julián. Tenía treinta y tres años. Era el mes de septiembre de 1936.

 

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