SALVAR A LOS QUE NO IMPORTAN – Mª Dolores Pérez Benítez

Por Mª Dolores Pérez Benítez

La primera vez que María se presentó para trabajar en el Hospital Universitario del bello pero necesitado país caribeño, fue en cierta manera impactante. Llevaba varios días en el país y sus sentidos, sobre todo el de la vista y el del olfato, intentaban acostumbrarse a la pobreza extrema. No podía creer dentro su cabeza que la gente acudiera a ese lugar para curar sus dolencias. En el primer mundo, del cual ella procedía, sería un edificio clausurado y en ruinas, en algún barrio marginal de la periferia de una gran ciudad.
El hospital estaba cercado por lo que quedaba de un sucio y desconchado muro verde, con muchos más trozos derribados que en pie. Del cual María podía dar fe, que no había vuelto a conocer pintura alguna desde su inauguración, al menos cincuenta años atrás, en la época del papá dictador. Para cruzar la cancela principal, había que franquear a un conserje algo escuálido, pero gallito. No entendía bien por qué, puesto que la mayor parte del muro estaba derruido. Probablemente, los miembros de la junta directiva tuvieron la creencia de que al poner a alguien impidiendo la entrada, en cierto modo, les daba un aspecto de mayor seguridad.
Una vez atravesada la vieja y mohosa reja había un enorme patio situado en el centro de varios pabellones de color ocre. A pesar de la mugre y la miseria, hermosos árboles de fuego, así los llamaban, esparcían sus ramas y flores y daban el único toque de belleza al recinto. Aunque María iría descubriendo más tarde algunas otras bellezas en ese lugar, entre ellas, sus gentes.
El comienzo y la adaptación fueron duros, no sólo por las condiciones de trabajo, tan diferentes, a las que sus maestros del Hospital Universitario de la Facultad de Medicina le habían enseñado. También porque se fue dando cuenta de que en ese lugar no era tarea fácil poner en práctica su formación. Porque María, ya desde niña, siempre decía ser muy ingeniosa y que quería estudiar medicina para curar a la gente. Para aliviar el cuerpo y si era también posible, el alma de sus pacientes. Como desde muy chiquita tenía los pies en la tierra, intuía que no todo era tan bonito y que también debería prepararse para procurar consuelo y fortaleza cuando no hubiera otra esperanza. Sin embargo, para lo que no tenía ni la convicción, ni la preparación, era para dejar morir a los que no importan.
En el cuadrilátero en ruinas, que representaba ese humilde hospital, María encontró desde el primer día una afable compañera en su diario quehacer. Sin querer, o por el querer del destino, ambas se llamaban igual, María en español, Marie en francés. Para ser más precisos, Sor Marie, que era una monja que había llegado al país caribeño hacía bastantes años, en la época de la dictadura del hijo. Llevaba con ella una gran mochila de ilusiones, y poco a poco, con el transcurso del tiempo, aunque a su zurrón se le fue aligerando el peso, nunca se quedó vacío.
Así quiso el destino que se encontraran estas dos almas soñadoras. María y Marie, la primera empezando a recorrer el camino de la vida y de las penas, y la segunda, con la mayor parte del camino recorrido y con muchas penas acumuladas. Por una misma causa y un mismo sueño, salvar a los que no importan. Dos almas inquietas que sabían a ciencia cierta desde el principio que si bien no lo alcanzarían, al menos lo habrían intentado.
Es así, como las recordaré siempre, con la claridad suficiente para sentirme tan osado de querer describir en la historia de una sola noche, la complicidad, el afán y el deseo de estas dos mujeres.
Esa noche la sala de urgencias del hospital de referencia nacional se iluminaba con las subidas y bajadas de luz de un generador de corriente. Fuera, en el trocito de patio que aparecía a través de la minúscula ventana, la noche se mostraba iluminada por un manto de estrellas y una luna pletórica. María y su colega estaban ese día a cargo de la guardia de cirugía. A pesar de ser un equipo de solo dos pares de brazos, del trabajo extremo, todo esto unido al calor húmedo y pegajoso, tenían una apariencia cansada pero satisfecha. Habían conseguido salir adelante y sólo quedaban cuatro horas más para que los sustituyera el próximo equipo.
Bruscamente, en el exterior se oyeron carreras y un gran alboroto. De la nada, el celador entró en estampida con la camilla, queriendo abrirse paso entre la gente y entre los múltiples trastos de la sala de urgencias. María miraba muy atenta, aunque se había acostumbrado a ver entrar esos cuerpos como fardos sin vida. Si bien esta vez era el cuerpo inerte de un joven adolescente.
Lo primero que pensó María fue en contener lo más rápido posible la hemorragia del muchacho. Cogió la sabana de la camilla de al lado, hizo una bola y la pasó a su compañero dándole instrucciones para que taponara con ella la herida y apretara cómo si no hubiera un más tarde.
Preguntó a la familia qué había pasado, como si eso pudiera auxiliarla en algo. Sin embargo, mientras escuchaba lo que le contaban los padres a borbotones, intentaba entenderlos. Cuando su hijo dormía a la intemperie, fue alcanzado por una bala en el pecho. María, mientras oía, divagaba con sus pensamientos en lo peligroso del acto. Pensaba que el chico lo hizo tal vez no sólo huyendo del calor asfixiante de la noche tropical, sino también del hacinamiento de un motón de cuerpos durmiendo en el minúsculo espacio de su chabola.
María veía como el muchacho perdía mucha sangre e innegablemente habría que intervenirlo a la menor brevedad posible. Entendía mejor que nadie que el problema no era la intervención, ella estaba acostumbrada a estos casos. Su mayor problema era la de no disponer de suero para perfundir, ahora, durante y después de la operación.
María sudaba profusamente porque conocía a la perfección que se había utilizado toda la cuota asignada para la guardia. El gobierno, al igual que los otros anteriores, no destinaba el dinero suficiente para el funcionamiento del hospital público. La administración no daba para más. Irónicamente, los pacientes que no se enfermaran temprano y no tuvieran la suerte de llegar a tiempo para ese ¨reparto¨, estaban condenados al peor de los desenlaces si no tenían los medios suficientes.
María pensó al instante en su mayor aliada, Sor Marie, hasta ahora la monja siempre lo había sido. María no sabía bien si además de por perseguir sueños comunes, posiblemente también lo era por sororidad de género, o por ser las dos únicas del hospital con el mismo color de piel.
No perdiendo tiempo, salió corriendo por el patio. En su carrera evadía cuerpos de familiares de enfermos que dormían en el suelo arropados con toallas de colores estridentes que relucían en la oscuridad. Siempre le llamó la atención los puestos de los vendedores de las calles aledañas del hospital, quizás ese colorido era para alegrar a sus compradores las múltiples penas. Esquivaba montones de basura que se apilaban en el suelo, esperando desaparecer por arte de la nada. Evitaba hoyos tan profundos que pensaba que si caía podría romperse más de un hueso. Así logró llegar ilesa, aunque faltándole el resuello, al ala norte del edificio donde se alojaban las tres únicas monjas que mantenían a flote ese mísero hospital.
Llamó varías veces hasta que asomó por el marco de la puerta Sor Marie, toda etérea y blanca, como cuál difunta amortajada. María no entendía cómo la monja podía mantener siempre, entre tanta inmundicia, su hábito tan inmaculado e impoluto.
La monja la escuchó muy atenta y con el semblante contraído, sonriendo como era habitual en ella, no sólo con su boca, sino también con aquellos ojos tristes de color azul nublado. Se ausentó sólo unos segundos. Cuando salió, llevaba una cajita de cartón, la cual le entregó a María. Empezó a contar una a una y así hasta quince y fue depositando todas las bolsas de suero en su interior. Ambas sabían que era una miseria, pero suficiente hasta que su ángel de la guarda la proveyera de nuevo.
Así, un día más, las dos mujeres juntas, fueron avanzando en el sueño común de salvar a los que no importan.

 

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