SAN SALVADOR 1970 – Julián Lamuela Raventós

Por Julián Lamuela Raventós

La residencia de sus primos en San Salvador era un piso enfrente de la playa. El entrar y salir continuo de los niños de casa a la playa y de la playa a la casa provocaba que la arena lo invadiese todo. El suelo parecía una palestra, y la labor de barrer y fregar era casi estéril porque no habiéndola aún terminado, algún crío ya había entrado de nuevo con las piernas rebozadas que al secarse, con una leve sacudida, destrozaban la profilaxis casera.

Aquella “suciedad” en todos los lugares era un suplicio para Adrián, era el único que se sentía turbado por ello; a los demás parecía no importarles. El peor momento para él era el de acostarse, tras estar un buen rato sacudiéndose los pies y frotándoselos para eliminar la parte de la playa adosada a ellos, se metía entre las sábanas y descubría que seguían la tónica del lugar.

Al atardecer, después de una larga jornada de playa y de una siesta por la tarde, siempre ocurría alguna aventura. Pero ninguna como la que vivió Adrián aquel verano en “La casa de las estatuas”.

Una tarde, estaba reunido con los primos mayores, Manuel, Montse, Marian y Lucas. Manuel, el mayor, tenía doce años líder natural del grupo alto fuerte y valiente, el resto estaba entre la edad de Manuel y la de Adrián, que tenía entonces ocho. Montse, a pesar de ser la segunda en edad era pequeñita, pero con muy mal genio, Marian la tercera era bonita, dócil y dulce y nunca se separaba de su muñeco Tato. Lucas un año mayor que Adrián, pero osado y procaz no soportaba ser el hermano pequeño y rivalizaba por todo. Adrián adoraba aquel momento en que se sentía un miembro de la cuadrilla y nada podía borrarle la ingenua sonrisa que se dibujaba en su cara. Sus primos lo aceptaban con total naturalidad.

—¿Queréis que vayamos a la casa de las estatuas? —propuso Manuel con su habitual entusiasmo.

—¿Casa de las estatuas? —preguntó Adrián—¿Qué casa es?

—Es una casa que está llena de señores y señoras desnudos—dijo Manuel, sabiendo que su respuesta despertaría el interés y la curiosidad.

Y fue efectivo, porque Adrián notó cómo un estremecimiento en el cuerpo y se le despertó una intriga grande y morbosa.

—¿Cómo? —preguntó cándidamente, pero con ganas de saber más y cierta concupiscencia.

—¿Cómo va a ser?¡ Sin ropa! —respondió Lucas, sintiendo vergüenza ajena por la inocencia de su primo.

—¿Y les dejan? —siguió preguntando Adrián cada vez más intrigado.

—¡Son estatuas! ¿O es que no te has enterado? —dijo Montse, con ganas de callar a Adrián a la vez que se daba la vuelta—. ¡Venga! ¡Vamos!

Adrián estaba muy excitado, la mezcla de aventura y cuerpos desnudos le había puesto muy nervioso, y se sentía a punto de traspasar las puertas de lo prohibido.

—¡Vamos! — dijo Manuel, recuperando la iniciativa que Montse había pretendido arrebatarle.

Los cuatro seguían a Manuel cargados de curiosidad. Manuel guiaba el grupo seguido por Montse y, pegada a esta, estaba Marian, aferrada a su inseparable muñeco Tato, y finalmente Lucas y Adrián, cuya imaginación ya se había disparado se imaginaba un mundo en que todos iban desnudo menos él, y por ello pasaba mucha vergüenza. No lo entendía, porque el que estaba vestido, era él

Había anochecido, y la luna llena ponía de manifiesto todo lo que iluminaba. Iban emocionados caminando al lado de las casas que estaban frente al mar, soñando con los peligros y aventuras que les podían acontecer. Andaban sigilosamente en fila india, ocultos por las sombras de unos soportales y, a cada ruido provocado por el caminar, un arrastre de pies, o una ramita que se quebraba al ser pisada, se giraban todos, reclamando silencio con un “shiiiiiit” largo acompañado de un índice que se cruzaba ante unos labios cerrados. A lo lejos se oía el relajante rumor de las olas, y algún sedal que se desenrollaba a gran velocidad, tratando de alcanzar la línea del horizonte.

Manuel alzó la mano para indicar al grupo que se detuviese, pero las sombras provocaron que cada uno chocase con su predecesor en la fila.

—Es por aquí—dijo Manuel, mientras señalaba unos huecos en la pared en los que apoyarse.

Empezó a trepar rápidamente y una vez que estuvo encima de la tapia, ayudó a subir a los demás. Cuando estuvieron todos sentados en lo alto, vieron que era el muro que hacía de valla de un jardín. Manuel descendió al patio ayudado por un ciprés adosado a la pared.

—¿Cómo volveremos? —preguntó Adrián, al darse cuenta de que el hueco entre el ciprés y la valla solo podía ser usado en un sentido.

—¿Vas a empezar a lloriquear ya? —dijo Lucas, enfadado—. ¿Qué más da, lo importante es lograr entrar! Ya encontraremos alguna forma de salir.

Adrián sumó la angustia a su estado de nervios, pensar en que no había vía de retorno hizo que su barriga se asemejase a una lavadora.

Manuel les fue guiando por el patio. Estaba lleno de estatuas que la luz de la luna permitía contemplar perfectamente.

—¡Mirad, aquí está! —dijo Manuel, poniéndose junto a una de un joven de tamaño natural, un joven que estaba totalmente desnudo.

Adrián se quedó sorprendido, no solo por la desnudez evidente de la estatua, sino porque su pene tenía un tamaño descomunal.

Manuel pasó la mano por el hombro de la estatua como si se tratase de un amigo.

—¡Venga, bájate los pantalones como él, y así comparamos! —dijo Montse, riendo.

—¿Qué quieres comparar, esta menudencia? —dijo Manuel, agarrando el falo con las manos y tirando de él como si quisiera arrancarlo. Seguidamente se subió encima de la estatua, para ello apoyó un pie sobre el falo y rápidamente quedó a horcajadas sobre los hombros de la misma.

—A ver, ¿quién se atreve a subir como yo?

Lucas y Adrián le dejaron allí arriba solo mientras continuaban sus exploraciones por el patio. Pasaron junto a unas figuras femeninas, que tampoco llevaban ropa. Adrián se quedó tieso mirándolas; le excitó mucho descubrir el cuerpo femenino con dos tetas al aire, siguió bajando con la mirada y vio que donde empezaban las piernas, no había nada.

—Atontado, ¿qué miras? —le dijo Lucas, dándole un suave capón—. ¿Ya te estás echando novia?

—¿Por dónde hacen pis? —preguntó Adrián, intrigado.

—Qué tonto que eres, por la almeja, por dónde va a ser.

Adrián no quería parecer ignorante, pero continuó muy intrigado.

Un haz de luz apareció por la puerta de la reja que cerraba el patio, debía de ser un sereno o vigilante haciendo la ronda, posiblemente alertado por los ruidos procedentes de donde debía de haber silencio.

—¿Quién anda ahí? —se oyó una voz autoritaria fuerte y atronadora, al tiempo que la linterna hacía un barrido general, cruzando todo el patio.

Adrián y Lucas se escondieron detrás de las estatuas femeninas que estaban contemplando en aquel momento. Había muy poco espacio entre las estatuas y la pared de atrás, pero gracias a su talla aún pequeña, lograron ocultarse bien, aunque el culo de una de las chicas quedaba aplastando la cara de Adrián.

La luz de la linterna recorría distintos puntos del patio a medida que avanzaba.

Montse y Marian se habían escondido detrás de los cipreses, y fueron caminando detrás de estos hasta la reja de la entrada, que el vigilante había dejado abierta. Cuando estuvieron a pocos metros, echaron a correr. Fueron tan rápidas, que el haz de la linterna no llegó a tiempo de enfocarlas.

—¡Vaya, vaya! Parece que alguien se ha escapado, no creo que el resto tenga tanta suerte —dijo el vigilante en tono socarrón.

Lucas estaba contemplando la cara de Adrián, aplastada entre las nalgas de la doncella.

—Se acaba de tirar un pedo—dijo Lucas a Adrián en voz baja.

Adrián no consiguió reprimir su risa, que hizo un redoble con sus labios apoyados sobre el trasero de mármol, provocando un auténtico efecto pedorreta.

Las risotadas posteriores delataron su presencia al romper el tenso silencio. La luz de la linterna enfocó las estatuas que les ocultaban. El vigilante dejó la socarronería y utilizó un tono más iracundo y nervioso.

—¡Ya sé dónde os escondéis, salid de allí ahora mismo!

La luz de la linterna rondaba alrededor de las estatuas, buscando a los chicos. Lucas salió de su escondite y empezó a correr como una locomotora en dirección a la luz, Adrián decidió seguirle de igual forma. El objetivo de Lucas era tratar de tumbar al vigilante de una embestida, el de Adrián era seguir a Lucas. Cuando estaban muy cerca y ya iluminados por el foco, el vigilante que resultó ser un hombre bajo, obeso y con cara de pingüino, abrió los brazos como un portero de fútbol dispuesto a detener los pelotazos. Y así lo hubiese hecho, si no le hubiese distraído un fuerte grito.

—¡Fumanchuuuuuu! —gritó Manuel mientras saltaba desde los hombros de la estatua del joven efebo.

El vigilante quedó distraído mientras veía que una figura emergía por detrás de la estatua del centro del patio, y parecía que iba a despegar mientras gritaba. Un montón de palomas alertadas emprendieron asustadas el vuelo de forma simultánea, creando una gran algarabía con sus aleteos. Esta distracción permitió a Lucas bajar la cabeza y apuntar al puente formado por las dos piernas del vigilante.

Tras el fuerte impacto, el vigilante se dobló y Lucas y Adrián pudieron seguir su carrera hacia la reja de la entrada. Como sabían que no los seguían, se detuvieron en la primera bocacalle.

—Seguro que ha cogido a Manuel, ¿qué hacemos? —dijo Adrián, tan preocupado como excitado.

—Nada, irnos para casa —respondió Lucas.

—¿Cómo que nada? Gracias a él hemos logrado escapar, aquel tío nos tenía en su punto de mira.

—¿Qué quieres hacer? No podemos hacer nada.

—Yo no sé lo que hay que hacer, solo sé que no debemos dejarle solo allí — insistió Adrián.

Volvieron a observar y desde la reja vieron que había luz en una habitación de la planta baja.

Tenemos que llamar la atención para que salga—dijo Lucas.

Empezaron a agitar la reja y a hacer ruido. Al poco tiempo apareció el vigilante con su linterna. Siguieron haciendo ruido hasta que presintieron que la luz estaba ya muy cerca, entonces corrieron a ocultarse tras una duna en la arena de la playa. El vigilante abrió la reja. Iba iluminando en círculo el exterior, sin separarse de la puerta. Lucas y Adrián tiraban piedras lejos, para distraer su atención, y con éxito, porque cada vez que lo hacían, el vigilante dirigía el foco hacia el lugar de donde procedía el ruido. Pero no abandonaba la reja.

Tras unos minutos, se cansó y volvió con su luz al interior del recinto.

—Vámonos —le dijo Lucas a Adrián.

—¿Y Manuel?

—No conoces a mi hermano, es un artista de la fuga, con el tiempo que ha durado nuestra distracción, seguro que ya está en casa. Y este hombre va a salir muy mosqueado—dijo Lucas en un tono muy convencido.

—¿Estás seguro?

—Ven y verás.

Empezaron a caminar. Adrián seguía preocupado por su primo, no tenía claro cómo habría podido huir, quizás era porque siempre se ponía a sí mismo de ejemplo, él no era desde luego un experto en fugas, todo lo contrario. Siempre acababa en problemas porque creía que había que ser valiente y dar la cara, como le había enseñado su madre.

Se cruzaron con un extraño señor con sombrero y gafas de sol.

—¿De dónde vienen, jovencitos? —dijo Manuel imitando la voz grave de un adulto.

—¡Manuel! —dijo Adrián, sorprendido y emocionado al mismo tiempo—¿Cómo has escapado? Por cierto, gracias por ayudarnos a escapar. ¿Qué ha pasado? ¿Te ha cogido?

—Sí, me pilló en el suelo. — Dijo Manuel tomando un aire de mas que suficiencia— Tras saltar de la estatua, me torcí el pie, mi intención era ir corriendo hasta la puerta, y lo hubiese podido hacer de no haber caído. Vino a mí hecho una furia, me cogió y me zarandeó. Seguidamente me llevó a una habitación de la casa que debía ser su oficina porque solo había dos sillas y una mesa. Me dijo que iba a hacer que largara vuestros nombres para hablar con nuestros padres. Todavía no sé por qué no me pegó, pero parecía estar cerca de hacerlo. También habló de llamar a la policía. Mientras hablaba se empezaron a oír ruidos procedentes del exterior.

—Éramos nosotros—dijo Adrián.

—Pues se levantó, cogió la linterna de nuevo y salió, cerrando la puerta con llave. Entonces abrí el cajón de la mesa, recogí estas gafas de sol, tres canicas, y un sombrero del perchero. Subí la persiana de la ventana, la abrí y salté a la calle.

Adrián estaba muy cansado de tantas emociones. Orgulloso de haber podido ayudar a su primo mayor a escapar. Confuso, porque no creía que estuviese bien coger los trofeos del vigilante, excitado del montón de emociones que habían sufrido, intrigado porque todavía no entendía la pasión que le generaban aquellas estatuas y angustiado porque tenía que volver a meterse entre las sábanas llenas de arena.

 

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