SHEREZADE DE WHATSAPP – Aranzazu Fernández González

Por Aranzazu Fernández González

De aquellos días de encierro y de trabajo en línea, perdidos en los documentos y trabajos aburridos de informes. Los compañeros y amigos se mantuvieron en contacto por varios medios, distintos juegos, y por informales formas de comunicación. Como en los juegos de hablarse por aquellos juguetes en la infancia, hechos con los recipientes de vasos de plástico, con cordones.

No se porque a ella le viene tanto a la mente, esa imagen. Quizás por la inconsistencia de esta nueva forma de comunicarse por los correos, por facebook, messenger o por whatsapp.

¡Fotos de la infancia!, todos empezaron a compartir. Alguien solicito una foto del interior de casa en blanco y negro y todos participaron en estos juegos de correspondencia. Llegaron fotos de balcones reflejando la luz de amaneceres o atardeceres, ¿quien lo podría saber? Hermosos círculos concéntricos de platos con cenefas circulares, sosteniendo en su centro la circunferencia precisa de una galleta. Brillantes hileras de bobinas gigantes de hilos de matices infinitos de grises, de brillo plateado. Cuadros a medio hacer de mujeres de espaldas, sentadas en la orilla del mar, que a ella le recordaba a una foto de alegres colores, vista en el móvil de un último viaje de una amiga. Cuchillas de maquinillas de afeitar. Hileras de lomos brillantes de libros. Líneas geométricas de caídas de cortinas, que transparentan los balcones del edificio de enfrente. Patios de luces vacíos. El armazón de una guitarra.

 

Ella solicitó como una Sherezade moderna, las palabras necesarias para comenzar un relato, como en las noches legendarias de los relatos.

Solo pedía un requisito: diez palabras que vinieran a la mente del interlocutor, sin filtro, y con la foto que debía encabezar el relato.

Para alguien a quien la infancia, fue su paraíso de cuentos y relatos. Los libros, eran mapas dónde trazar los caminos para seguir explorando y jugando a descubrir la realidad. En este momento, se preguntaba: ¿si no se habría entretenido demasiado en estos juegos y aprendizajes?. Eran puertos seguros donde refugiarse, propiedad del autor.

En su juego, ella solo pedía palabras, pensaba que las palabras alcanzan la verdad cuando pierden su intención. Y no era la única que sentía esto, pero nadie se atrevía a compartirlo. Como una amiga, que tras una discusión le confesó: que no era verdad que hablando se entiende la gente.

Cuando uno habla, falta el traductor de intenciones: el propio, el que te ayuda a saber realmente lo que quieres decir. Cuando decides, entre lo que sientes al escoger tus palabras, y lo que dices. Y que al final lo confunde todo, buscando protegerse.

 

Y el traductor de las del otro que conversa contigo y sus propias intenciones. Necesitamos traductores y mediadores. Como en una continua guerra. ¡Y sin embargo algunos viven con tanta facilidad!.

¡Se le olvidaba!. Como le recordaba su madre y sus amigos: es que pensaba demasiado. Ella piensa que estamos en la dictadura del ahorro de pensamiento. ¡No piense, solo luche por sus sueños!.

¿Pero y las palabras?. Las de las íntimas conversaciones a media luz, acurrucados en sofás o camas de amigos o amantes. Las de las mesas de los bares a media noche o las de las largas cartas de amor. Ella había pertenecido al insigne “club de los últimos mohicanos de la era postal “. Con intercambio de citas de libros, referencias de personajes en lecturas compartidas, películas y letras de canciones. Correspondencia lenta en ocasiones y apasionada en otras, al final la distancia hizo su habitual efecto.¡Pero fue tan satisfactoria!.

¿Cómo es posible que hubiera calado en este momento en ella, este secreto anhelo?.La búsqueda de cadenas de palabras, imágenes, intenciones y verdad.

La culpa la tenía un viejo libro encontrado revolviendo en una librería. Un libro donde se recopilan fotos de un barrio de extrarradio de alguna ciudad, necesitada del relato de escritores para darle forma de refugio y embellecer esa mirada, para dotarlo de cierta dignidad. Palabras que volvieran a reconstruir esa realidad, para acercarla a los chicos que vivían y que aportan las imágenes de lo que les rodeaba. Una vez más a la búsqueda de juegos, juegos de palabras..

Ahora era ella la que añoraba tener un espacio irreal, el mapa de intenciones, las referencias que permiten interpretar al otro. Magia dirían los antiguos. Y es verdad que las palabras son mágicas, se organizan en frases y sirven para convencer, seducir, arreglar un conflicto, o crear miles de ellos. Y consolar y descifrar, ayudar.

Durante años ella había creído en ellas, por su sistema de prioridades, la palabra dada. Por su trabajo, ¿Cúal era su trabajo ?: Vendedora de horas. ¡De horas de palabras por favor!. Trabajo legal, una currante del sosiego emocional, sustitutiva o dosificada en paralelo con las benzodiazepinas. Como los confesores sacerdotales, más eficaz, cuanto menos creía en ello.

Pero al final, la había podido la vida. Y ahora, como no sabe vivir, hace lo que mejor se les da a los que sufren de esta peculiar situación, enseñar. Más palabras a escoger. Y con más poder, las palabras que decimos al enseñar se quedan con el que las pronunciamos.

Por eso prefería la palabra escrita. El papel genera confianza, en este mundo de páginas, entras en un mundo prestado, no es propio, Aquí no entras en conflictos con tus propias intenciones. Te arrastra, como en el cuento de “Los chanclos de la felicidad” de Andersen. Como cuando uno de los protagonistas transitaba por los corazones de los espectadores de la fila de delante. Cuando era niña, la descripción de aquellos espacios del interior de sus corazones, eran como pequeñas películas, como

 

las fotos de la caja de latón antigua de la casa de sus padres. Todas las instantáneas de momentos y celebraciones familiares, revueltas sin conexión. ¿Qué imagen representa al propietario o propietario de aquel corazón?. Como el que parecía un acerico lleno de grandes púas. ¿Una mujer solitaria?. No, resultaba ser el soberbio corazón, de un militar mil veces condecorado.

 

Pero últimamente estaba en dique seco. No conseguía encerrarse en esa semiinconsciencia lectora. Y en estos oscuros tiempos de pandemia, después de encierros, guerras y epidemias, se agarró a esta afición, que resultó más una adicción. En lugar de leer, escribir. No, no quiso caer en uno de los mil “diarios de cuarentena”. Se quedó en un simple juego de niños, inspirado en aquel libro encontrado.

A estas alturas, y conociendo su obsesión con las intenciones del lenguaje, las palabras servirían, primero para satisfacer su ego de escribir relatos breves, como conjuros. Y como “una voyeur” aficionada, a tomar algo de esos momentos que en cada casa se vivían.

Aunque el aburrimiento la hizo más audaz. El más difícil todavía: unir todas las fotos. Un juego verbal y visual, para imaginarlos. Situaciones vividas en el encierro. Con rapidez, sin filtrar. Como crucigramas. Las palabras encadenadas de evocación freudiana.

Se quedó con las palabras de un compañero de trabajo: teléfono, ilumina, pintar, nunca, tiempo, hilo, libro, tijeras, amistad, ordenador.

Y le devolvió su relato telegráfico:

Así pudo expresar su problema. La de haber perdido, la necesidad de leer. ” Por una vez sin un libro”. Y la foto de la hilera de libros:

 

Nunca en ningún momento ni en el más triste de mi vida, había estado sin un libro entre las manos, un puñado de palabras para consolarme. Pero en estos días, ni un libro le daba consuelo y sus estanterías repletas de ellos, se habían convertido en barrotes mudos. Como la oscura reja del dibujo de sus blancas cortinas y solo encontraba consuelo en los lazos tendidos con el hilo del teléfono. Nunca usó tanto el teléfono fijo, con rutinario horario, para romper el temblor de la conexión del móvil. La amistad a pruebas de ruido y alteraciones de voz, letras escritas por whatsapp, partes médicos, estados de ánimos, imágenes y tutoriales: El hágalo usted mismo, de las relaciones sociales.

El tiempo como tijeras frías, como una maquinilla que rasura y que recorta agujeros negros en la creatividad, no iluminaba las largas jornadas pasadas, tecleando en el ordenador. No había tiempo para pintar. El lienzo inconcluso, con las mujeres retenidas, ya le habían dado la espalda, conscientes de que no iba a terminar el cuadro. No se realizaba el desafío de aprender a tocar la guitarra, o aprender un nuevo idioma.

 

Nunca fué tanto el vacío. Su interior se parecía al deshabitado patio de luces donde nunca aplaude nadie.

Otro amiga escribió: hilo, guitarra, libro, lienzo,whatsapp, pintar, tijeras, rutina, ruido, ánimo.

Y su cabeza se fue a los “Patios vacíos” y la foto de ese espacio interior:

 

Ya no había ruido en los patios interiores, en el que todos los chiquillos y las mujeres que parecían que se pasaban el día tendiendo, en aquel tiempo de la infancia, en el que todos se conocían. Ahora esperamos desde las cortinas para aparecer, siempre y cuando estemos seguros de que no había presencia alguna. Antes la rutina vecinal nos marcaba el tiempo mejor que el reloj. La hora de máxima audiencia del bullicio y el ruido.

Y los fines de semana una sesión de patio nos levantaba el ánimo: El ruido de las maquinillas de afeitar adormiladas de los sábados, los lienzos blancos de las sábanas y cortinas de las coladas del fin de semana. El olor del detergente, ¡retuerce mejor!, que la del tercero siempre se queja. El ensayo de trompeta del padre de los chicos del quinto, la imitación coreada de la guitarra de juguete del niño del segundo.

Y el cordel grueso que usábamos como unión de piso a piso para intercambiar, el último libro de la estantería de nuestros padres. Los ratos sentados en nuestras sillas ante nuestra ventana abiertas separadas por las cortinas, pintando en grupo recortando con las tijeras, jugando a la jardinería con dos tristes macetas, intercambiando dibujos e imaginándonos si pudiéramos hacer radio- patio en secreto, con un hilo largo y nuestros vasos de yogur.

¿Quién nos lo iba a decir?. La vida ahora se volvía hacia las ventanas exteriores, donde aplaudimos. Antes el patio interior era un lugar de conexión. Lo que el patio había unido. Nunca pudo juntar el whatsapp.

 

A lo largo del tiempo distintos compañeros y amigos se prestaron al juego. Esperaba con secreto anhelo el juego de su amigo especial y la imagen rompió el encanto: la foto de un televisor y sus palabras escogidas al azar, le costaron un largo trabajo de exploración de diccionarios de química y mecánica. Cualquier anhelo se disipó, engarzo las palabras incluyendo, un alambique para enfriar los gases, helaron sus impulsos. Y sus palabras: aburrimiento, sueño, trabajo, alambique, televisor, prudencia, informes, conexión, eficacia, orden.

Le hicieron perder en aquel momento toda esperanza. Después de escribir el relato, donde el alambique enfriaba el gas al pasar por toda su extensión. Murió su interés. Y como siempre, la mala pasada que le hacía su memoria cuando se frustraba, le hizo borrar el relato de su cabeza y la rabia de su whatsapp. Si en algún momento había creído, en ese falso sueño, que se establece cuando uno cree conectar con otra persona, que había alguna emoción que podría corresponderse entre los dos, o que

 

podrían compartir alguna palabra con alguna intención compartida, al margen de compartir alguna necesidad práctica, dentro del horario o área personal, lease tiempo libre. Su esperanza se enfrió y se volvió líquida, escurriéndose entre sus dedos. Como la sensación de pérdida de tiempo, al pretender que entre los dos hubiera podido haber algo más allá de unos cuantos besos frugales, en un frío y húmedo otoño En el norte tres semanas de intensa lluvia, te obliga a ponerte a resguardo en los soportal y en aburridos cafés. Buscando encontrar salida a esa melancolía, uno busca alguna fuente de calor. Pero salvo dos tímidos y huidizos besos, nunca consiguió sacarle alguna frase sobre él.

El nunca propuso ninguna videollamada, en aquellas semanas de encierro. Y ella no quiso que su orgullo quedará expuesto. Sí hubo algunas llamadas, con la excusa de preguntar por sus familiares ,incluidos algunos mensajes por whatsapp. Él estaba encantado refugiándose en su trabajo desde casa, con horas cómodas de siesta, libros y viejas películas. No se acordaba, pero estaba casi segura de que la comunicación siempre se produjo por iniciativa de ella.

El corazón se le heló como el de “La reina de las nieves». Después del encierro, casi no le volvió a ver. Los siguientes aislamientos y perimetrajes, fortalecieron su voluntad de desafección, nunca le había importado, estaba claro.

Y ella y su extraña adicción, dejó de ser un juego. ¿Ya era compulsión?. Y tenerla ocupada decenas de noches. ¿Quién sabe si podrían llegar a mil?.

Una vez más: ¡Anda mandame diez palabras! Y mejor con una foto en blanco y negro, te renvio un texto.

Ahí estaba ella una noche más tecleando un relato.

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