SIN ESCAPATORIA

Por Patricia Rozalen

– ¡Joder Cornelia, que vengas de una puñetera vez! -gritaba una voz que provenía del piso de arriba. Cornelia estaba abajo, en la cocina intentando desayunar tranquilamente, pero eso era algo que hacía mucho tiempo que no pasaba. Ya no recordaba la última vez que se había podido tomar el café sentada en la mesa, o simplemente apoyada en el banco de la cocina charlando tranquilamente con ella. Ahora todo eran gritos y vejaciones.

Había pensado seriamente hacer lo que Luis le decía, mandarlo todo a la mierda e irse con él bien lejos, donde nadie pudiera encontrarlos. Viajar en plan mochileros por el mundo y acabar en alguna playa perdida de la mano de Dios tomando mojitos, montarse una escuela de surf y viviendo. Porque hacía mucho tiempo que no vivía.

– ¡¡Cornelia!! -volvían a gritar. Cerró los ojos fuerte, controlando el impulso de lanzar la taza contra el fregadero, y respirando hondo, cogió lo que conocía de sobra que le pedían.

Subió las escaleras de dos en dos y entró en la habitación de su madre. Como siempre, olía a sudor, a cerrado, y sobre todo a alcohol. Todo eran papeles y botellas tiradas por el suelo. Hacía semanas que no limpiaba la habitación, porque a su madre no le daba la gana moverse, y como hacía vida entre esas cuatro paredes, estaba todo muy sucio, incluyendo manchas marrones en la sábanas que a saber de qué era.

Se acercó hasta la cortina y la corrió, dejando que el sol hiciera acto de presencia en ese espacio reducido. Por supuesto no le pasaron desapercibidos los quejidos y lamentaciones de la mujer que permanecía tumbada en la cama, pero no le hizo ni caso. De hecho, abrió la ventana de par en par para que además se ventilara algo, aunque sabía que sería imposible.

– Me marcho. Entro a trabajar dentro de media hora. Recuerda que hoy llegaré tarde. Tienes comida en la nevera, sino tienes en el corcho el teléfono del chino de la esquina.

– ¿Por qué has tardado tanto en subir? Llevo media hora llamándote. ¿Que ahora además de estúpida eres sorda? –«respira, respira… cuenta hasta diez, no le hagas ni caso, sólo está provocándote» se repetía una y otra vez. Se acercó hasta la cama y le dejó en la mesita de noche la botella de vodka, se agachó y recogió como pudo lo que había esparcido por el suelo, incluyendo dos trozos de pizza medio mordidos de la noche anterior.

Sin poder remediarlo se acercó hasta ella y le dio un suave beso en la frente. No sabía porqué seguía haciendo eso, si siempre tenía las mismas consecuencias. Ella saliendo de la habitación, cerrando la puerta a su espalda y recogiendo las lágrimas que sin poder evitarlas corrían por sus mejillas.

En ese momento alguien tocaba el claxon en la calle. Era Luis, que venía a recogerla para llevarla a trabajar. Trabajaba en una pequeña librería que había en el centro. No era gran cosa, pero a ella le encantaba. Su gran pasión, además del surf, era leer. Podía pasarse horas y horas perdida entre las páginas de un libro, soñando e imaginando que alguna de esas vidas perfectas era la suya. No leía novelas tristes, se había prohibido hacerlo hace mucho tiempo. Sólo leía cosas alegres. Puede que fuera un error, porque de sobra sabía que todo era mentira, pero era la única manera que tenía de ser feliz y desconectar de este mundo de mierda en el que se encontraba.

Antes de salir no pudo evitar mirarse en el espejo, aunque hubiera sido preferible no hacerlo. Odiaba la imagen que en él se proyectaba. ¿Dónde estaba esa joven bonita y decidida que había sido hace años? Ahora se le veía mayor de lo que era, con su pelo rojo recogido en un moño alto, despeinado. Vaqueros desgastados y suéter que le venía grande. Pero lo que más llamaba la atención eran esas enormes ojeras que le cubrían los ojos. Ya no le importaba maquillarse para ocultarlas, era inútil. Cerrando fuertemente los ojos y respirando con fuerza salió a la calle.

Llegó hasta el coche y entró. Luis, al ver sus ojos hinchados se acercó hasta ella y la abrazó fuerte. No hacía falta que le dijera qué había pasado, la conocía demasiado bien. Le había repetido hasta la saciedad que se marchara con él, donde ella quisiera, que él cuidaría de ella. Que se merecía ser feliz. Pero siempre le contestaba lo mismo: «No puedo. No puedo dejarla sola. Se moriría», y aunque Luis sabía que era un pensamiento egoísta y despiadado por su parte, le importaba una mierda que su madre muriera. De hecho, había deseado en alguna ocasión con todas sus fuerzas que así fuera, y lo peor de todo, es que no se arrepentía de ello. Se apartó, le dio un pico en los labios y cogiéndola bien fuerte de la mano se pusieron en marcha.

El día estaba pasando lento para Cornelia, pero no porque se aburriera. Tenía mucho trabajo, y cuando tenía algún minuto libre su jefe le permitía coger algun libro y leer. La librería contaba con un pequeño rincón de lectura que hacía las veces de cafetería, y con el frío que estaba haciendo estos días un chocolate caliente entraba genial. A su jefe le encantaba hacer tartas, y ella era su conejillo de indias, así que ahí estaba, releyendo Orgullo y Prejuicio con un chocolate caliente en las manos adornado con nubes de colores y un pequeño trozo de tarta de zanahoria cuando la puerta se abrió, haciendo sonar el atrapa sueños que colgaba de la puerta.

Cornelia levantó la vista y se topó con unos ojos oscuros, casi negros. La primera vez que los vio le recordó la mirada de un felino, como Zeus, el gato negro que tenía cuando era pequeña. La primera vez que los vio le recorrió tal escalofrío que los pelos se le pusieron de punta, los de la cabeza incluidos. No sabía que tendría ese hombre, pero la intimidaba de tal manera que era incapaz de coordinar.

Como cada mañana, entró en la librería, paseó un rato entre sus pasillos, parándose de vez en cuando para analizar alguno de los libros que allí había, y finalmente sentándose en la mesa más pegada a la ventana. Tenía una barba incipiente y una barriga más que prominente. Siempre llevaba los mismos pantalones, unos vaqueros negros. Lo sabía por la raja que llevaba en la parte de la nalga derecha. Era eso, o que todos sus pantalones eran iguales. Por lo menos se cambiaba de camisa, eso sí, siempre lisas. No llevaba ninguna prenda más de abrigo, a pesar de estar en pleno mes de Noviembre y hacer un frío de mil demonios. Pero parecía que a él no le importaba lo más mínimo.

Cornelia se levantó corriendo y le preparó un café con leche, algo simple, sencillo. Lo pidió el primer día y no había vuelto a pedirlo. Simplemente se sentaba ahí y esperaba a que ella se lo sirviera. Al cabo de media hora dejaba el doble de lo que costaba ese café encima de la mesa y se marchaba por dónde había venido. Eso sí. Todo el rato miraba fijamente a Cornelia, poniéndola excesivamente nerviosa.

No sabía porqué pero había algo en ese hombre que le ponía un poco nerviosa. No era por su aspecto físico, porque no estaba sucio, ni olia mal… y tampoco era maleducado. Se limitaba a entrar, beber y marcharse. Lo que le ponía muy nerviosa era que no apartaba los ojos de su cara ni un momento, y esos ojos la intimidaban muchísimo. Había visto ojos negros otras veces, pero nunca como esos. Se lo intentó contar una vez a Luis, pero en verdad le parecía algo tan absurdo y sin pies ni cabeza que desechó la idea.

Aun así, no sabía porqué, pero había algo en ese hombre que le resultaba vagamente familiar.

Terminó la jornada y poniéndose su abrigo de plumas, salió al frío de Madrid. Tenía clase esa noche. Estaba estudiando filología española y lo hacía por las noches. Era el único horario que le permitía seguir trabajando y llevar dinero a casa.

Cuando llegó ya eran las 24:30. No había cenado nada y las tripas le crujían a más no poder. Subió a ver a su madre y se la encontró en la misma posición que la había dejado por la mañana, aunque había un plato vacío en la mesilla, con restos de los macarrones hechos el día anterior. Por lo menos se había levantado a comer algo. Justo cuando iba a abandonar la habitación la voz de su madre la sobresaltó. Estaba dormida, pero hablaba entre sueños:

– No por favor, no te lleves a Cornelia, ella es mía, ¡mía! ¡¡No la toques!! ¡¡No la toques!! -gritaba mientras daba vueltas en la cama. Cornelia fue corriendo hasta ella e intentó despertarla, en vano.

– Mamá… mamá… despierta.

– Haré lo que quieras, pero por favor, a ella no, ella no. Es lo único que tengo -había comenzado a llorar, y Cornelia tenía el corazón en un puño. No recordaba la última vez que su madre había llorado, y lo hacía ahora, durmiendo, mientras la nombraba a ella y recordaba alguna situación que le hacía daño.

– ¡Mamá! -gritó finalmente con todas sus fuerzas, a ver si así conseguía despertarla, y lo hizo. María abrió los ojos y se sentó en la cama, sobresaltada. Miraba alrededor como intentando averiguar dónde estaba. Cuando se encontró con los ojos preocupados de su hija, hizo algo que no había hecho desde hace muchos años. La abrazó, estrechándola entre sus brazos huesudos y le acarició el pelo, como cuando era pequeña. Cornelia respondió al abrazo. No se había dado cuenta de cuánto lo había necesitado-. Mamá, ¿estás bien? ¿Qué pasa?

– Lo siento tanto Cornelia. Siento haber sido una madre horrible todos estos años. Tuve que hacerlo por nosotras.

– ¿De qué estás hablando?

– Te querían separar de mí, pero no se lo permití. Eras mía, lo único que tenía.

– Joder mamá, ¿De qué narices estás hablando? Me estás asustando muchísimo -le dijo, separándose de María para poder mirarla a los ojos. En ellos solo veía terror, auténtico terror. Intentó tocarle la cara, que estaba blanca como la pared, pero su madre la rechazó. Gateó hacia atrás hasta quedar apoyada contra la pared, con las rodillas encogidas, temblando.

– Nos ha encontrado, lo presiento. Siento cuando está cerca, y puedo sentirlo. Llevo haciéndolo varias semanas, pero hoy es muy fuerte -repetía como un mantra. Cornelia no sabía lo que hacer. Jamás había visto a su madre en ese estado de nerviosismo, y no sabía cómo actuar. No sabía si consolarla o tomarla por loca y salir corriendo.  Intentó de nuevo acercarse a ella pero de nuevo fue inútil.

– ¡¡¡Ya está bien, vale!!! ¡¡¡Qué narices está pasando!!! -gritó Cornelia con todas su fuerzas, zarandeando a su madre mientras tanto para hacerla reaccionar de alguna manera. Al final, después de lo que le pareció una eternidad, María alzó a la lista y mirando a su hija le susurró.

– Lo siento cielo, pero nos ha encontrado. He intentado protegerte. Lo hice porque te quiero muchísimo, eras mi vida y por ti hubiera hecho cualquier cosa, aunque mis actos nos han conducido a esto. Lo lamento mucho cariño, lamento todo el daño que te he causado. Pero corre, bien lejos, y jamás mires atrás. No dejes que él te alcancé.

– ¿Quién mamá? ¿De quién estás hablando? -le preguntó Cornelia con el corazón en un puño.

– Tu padre. Él es el culpable de todo esto. Nos abandonó cuando se enteró de que estaba embarazada. Era un alcohólico, un ladrón… Yo no quería una vida así para ti, mi niña -le digo con las lágrimas en los ojos mientras le acariciaba la mejilla-. Huí lejos, muy lejos contigo, fuimos muy felices… hasta que nos encontró y me obligó a hacer todo eso…

– Mamá, por favor -rogaba Cornelía cogiendo a su madre de las manos- Cuéntame. Puedes contarme lo que sea. -María cerró los ojos fuerte. La había intentado proteger. Sabía que lo había hecho mal, pero todo había sido por ella, pero ahora tenía que decírselo para que pudiera huir y tener su propia vida.

– Me hizo matar a esos hombres… Dios, aun recuerdo sus caras de súplica antes de apretar el gatillo, esas miradas… Pero era eso o él… él… Él acabaría contigo. Te iba a matar a ti Cornelia.

Quería escucharlo todo. Saber porqué su madre, esa mujer dulce, atenta, con la sonrisa perpetua en la cara, que le preparaba galletas y peinaba el pelo siempre antes de dormir, se había convertido en ese ser oscuro, borracho, amargado, infeliz. Pero ya tendría tiempo de todo eso, ahora sólo podía hacer una cosa. Huir. Pero no podía hacerlo sola. Llamó a Luis y sólo hizo falta una frase «Nos vamos». En media hora iban los tres en el coche camino a algún sitio, aun no sabían dónde. María en el asiento de atrás, dormida. Luis y Cornelia delante, cogidos de la mano.

Ninguno de los tres se había dado cuenta del coche gris que los seguía desde que habían salido, conducido por un hombre con los ojos negros, casi oscuros.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. teinteresaya

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  2. Daniel

    Me ha gustado mucho el relato. Espero de verdad que tengas mucho éxito, y espero poder leer algo más tuyo.

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