SOLEDAD – Isabel López-Marín Pérez

Por Isabel López-Marín Pérez

Esta Navidad parece igual que todas. Las calles se llenan de bombillas, de luces, de grandes Papanoeles en las puertas de los centros comerciales. El abeto gigante que ponían en la plaza donde vivían tus padres vuelve a estar allí, y el bar de la esquina donde desayunaban los repartidores de Correos, también. El todo a cien ha puesto ya el altavoz en la calle y los villancicos se escuchan a todas horas, recordándonos que ha llegado la Navidad.
También hay algunos cambios en nuestro barrio. El limonero que tapaba el balcón de la casa de tus padres, ya no está. Tampoco el banco donde nos sentábamos al volver del instituto, ni la plaza donde estaba la fuente, ni el ciego que se ponía a vender sus cupones en la puerta de la frutería.
Te cansaste, Manel, te cansaste de todo aquello y te fuiste sin más. Después pasaron muchos años, ¿veinte? Y un día me enteré que te habías divorciado; otro día que te habías arruinado; otro día que querías volver a tu ciudad; otro recibí una carta tuya a la dirección de siempre y otro día yo te contesté.
Y aquí estamos, planeando nuestra cena de Navidad juntos después de tantos
años.
La Reme, que sigue siendo mi mejor amiga, se preocupa y me dice que tenga
cuidado contigo. Normal, te tiene miedo. Ella estuvo a mi lado sintiendo mi dolor y secando mis lágrimas todo aquel largo tiempo que siguió a tu desaparición. Este año no estará aquí por Navidad ya que se ha ido a Castellón a celebrarla con sus primos, y me he quedado bien sola. Luego le escribiré un wasap a ver qué me cuenta. Pero vaya, conociéndola estará con ganas de volver pronto. La humedad del mar le da mucha alergia y en cuanto llega a Benidorm y se baja del autobús empieza a estornudar y a toser y no para hasta que vuelve.
Este año he comprado tres décimos de lotería en tres lugares diferentes. ¿Te imaginas que me toca? Lo primero que haría sería ir a verte en vez de esperar a que vengas tú. Siempre he pensado que es peor para el que se queda que para el que se va, y a mí siempre me toca quedarme y esperar. Así, esperando, han pasado muchos años, no quiero ni contarlos, pero son muchos, ¡unos veinte por lo menos! ¡Cómo pasa el tiempo! A ver si cuando me veas te parezco mayor. Alguna arruga más sí que tengo, y también

muchas canas. Flaca sigo igual porque nunca he sido de engordar. Siempre soy la envidia de mis amigas, que se pasan la vida a dieta, poniendo y perdiendo kilos.
¿Y cómo estarás tú? El tiempo pasa para todos, también para ti. Pero es que no te he visto ni en fotos. En esto soy una antigua, prefiero esperar a tenerte delante a hacerme ideas que luego me decepcionen. Seguro que las entradas que tenías se te han hecho más grandes y doy por hecho que tendrás la misma cara que tu padre tenía cuando se murió. ¡Qué joven y qué guapo era tu padre! Y cómo me gustaba encontrármelo por la calle y escucharle con su media sonrisa de siempre saludarme con su repetitivo estribillo: ¿Cómo está mi flaqui?
—Fuiste mi primer novio, Manel. Mi primer novio —me digo con un deje de tristeza.
A los dos nos encantaban los musicales. Recuerdo haber visto contigo Cantando bajo la lluvia.
—Creo que te pareces un poco a Debbie Reynolds, cariño —me dijiste al salir.
—¡En absoluto, mi amor! —te contesté, apretándome contra ti—. Pero gracias por la comparación.
Yo era muy joven y estaba demasiado enamorada para imaginar ningún otro proyecto. Tenía dieciséis años y no recuerdo haber ido nunca, antes de contigo, a ver ninguna película con nadie. También bien vimos West Side Story y alguna otra más que no recuerdo ahora mismo. Éramos fans de las películas en blanco y negro de Chaplin y de los Hermanos Marx y nos entristeció mucho cuando murió Charles Chaplin.
—Ha sido uno de los genios del siglo XX —recuerdo que dijiste.
Pero lo que de verdad me apasionaba era ir con tus padres a verte cuando construíais las torres de Los Castellers, en la plaza de Villafranca. ¡Qué emoción cuando coronabais la torre de nueve, y qué orgullo verte allí aguantando la torre sin temblarte ni uno solo de los músculos de tu cuerpo! Después volvíamos a Barcelona solos en tu coche, hablábamos y reíamos todo el camino de vuelta. Y con qué rapidez me olvidaba de mi resentimiento hacia aquella mujer que siempre te perseguía. Tú no le dabas importancia a los abrazos que te daba después de coronar cada castillo, y hacías como no darte cuenta de sus miradas brillantes y coquetas, pero allí estaba siempre ella y allí se quedó. Te puedes hacer una idea de lo “completamente inapropiada” que a tus padres

y a todos les parecía aquella relación con una mujer que te doblaba la edad. Finalmente nos abandonaste a todos y te fuiste con ella.
Pero ahora voy a dejar de pensar en ti y prestaré atención al menú que quiero preparar esta noche. Aún me quedan algunos detalles de la escudella. Tengo que hacer las pilotas y sofreír la col con unos ajitos, como hacía tu madre. Esta Nochebuena tendremos lo típico de nuestra tierra: la escudella y carn d’olla, con su caldo de huesos y verduras y la butifarra blanca y negra, que es lo más rico de todo. Que estés feliz y te quedes muchos días, ese sería mi máximo anhelo.
Lo más importante para mí en la cocina es que todo esté bien ordenado. Me gusta usar los cacharros y recogerlos enseguida, cocinar y fregar para no tener nada por en medio. Quiero tenerlo todo a punto para cuando llegues. Qué ilusión y qué feliz me siento al poner una mesa para dos, para ti, Manel, y para mi, Soledad. ¿Nos tomaremos de la mano? ¿Me quedaré sin aliento?
Y ahora a ver quién llama.
—¿Sí? ¿Dígame?
—Hola, Mari, ¿qué tal estás?
—No podré hablar mucho. Estoy muy liada con la cena de Navidad.
—Sí, sí, Este año la Reme no está, pero no pasaré la Nochebuena sola. Estaré muy bien acompañada.
—Imagínate la ilusión y el trabajo que tengo, pero no me quejo, ¡qué va!
—Te quería preguntar si fuiste a la reunión del grupo de los jueves. Y qué tal fue. Yo no pude ir, tenía que hacer la compra para la cena de esta noche. Voy a preparar de aperitivo unos canapés de salmón, de anchoas y de fuagrás. También haré unas gambas a la plancha y unos pimientos escalibados. Eso para empezar. Luego tengo la escudella, con su pilota y todo, y un caldo potente de huesos y de verduras. De postre, he preparado un helado de coco, que me sale rico, y por supuesto partiré una buena bandeja de turrones: de yema, del duro y de chocolate.
—Ayyyy, sí, qué ganas tengo de verle. Hace que no le veo por lo menos veinte años… Claro, si es que el tiempo pasa volando… Bueno, pues venga. Feliz Navidad a ti también. Un beso, guapa.

¡Qué bonita me ha quedado la mesa! ¡Está preciosa! Cada año la monto para las amigas, pero hoy no es lo mismo, y eso que la vajilla es la de siempre, la que nos regalaron tus tíos. ¿Te acuerdas que fuimos a El Corte Inglés a escogerla con ellos? Entonces teníamos planes, aún no te habías ido.
Qué tarde es ya, no sé si llamarte. ¿Ha pasado algo? Mejor no te llamo, que te voy a poner nervioso. Seguro que estás buscando aparcamiento por la zona, con lo que cuidas tu coche, hasta que no encuentres el sitio legal y seguro, no aparcarás, da igual que sea Nochebuena y se pueda dejar el coche de cualquier manera. También es verdad que no habíamos quedado a ninguna hora en concreto. Pero son más de las ocho y aún no has llegado, aunque seguro que de un momento a otro estarás aquí. ¡Ay, qué nervios! Ya oigo el ascensor, seguro que eres tú… No, no, son los del cuarto.
Le voy a llamar: apagado o fuera de cobertura. ¿Estás dentro de un parking? ¿No oyes el teléfono con el ruido de la calle? Voy a escribirle un wasap a la Reme y así me distraigo, que la espera se me está haciendo muy larga.

Hola, Reme. ¿Qué tal te lo pasas por Benidorm? Debéis estar ya cenando todos juntos. Yo estoy esperando impaciente a que llegue Manel.

Hola, Sole. Aquí estamos ya todos, solo faltas tú. ¿Cómo dices? ¿Que aún no ha llegado Manel?

Voy a salir a dar una vuelta, Reme. Te llamo después.

Cerré la puerta de mi casa y le di la espalda a un sueño. Estaba en la calle de siempre, con las luces, los abetos y los Papanoeles de siempre, pero yo no los veía.
La Navidad era la de siempre, Soledad.

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