TE RECORDARÉ SIEMPRE – Mª Clara Rodríguez Ruiz

Por Mª Clara Rodríguez Ruiz

Era temprano, una mañana de esas de invierno fría y helada, estaba en el campo empezando lo que sería un día duro de trabajo.  Cuando vi venir a mi madre, se veía inquieta, se acercó a mí, y susurrando, como si no estuviésemos solos, me dijo: “Joseico, tienes que marcharte, aquí no estás a salvo, hijo mío”. Se la veía inquieta, pues hacía ya dos semanas que mi padre había tenido que huir al monte, y era peligroso quedarse en el cortijo, pues cualquier bando podría venir y apresarte, alistarte en su ejército o matarte y echarte a una zanja. Como cualquier mujer que había parido tantos hijos, acostumbrada a penar por todo y por todos, estaba asustada, yo era el mayor de seis hermanos, la miraba y veía en sus ojos color miel, el miedo que sentía, temblándole el labio y vestida de negro de pies a cabeza. Apesadumbrado yo asentí a todos sus consejos y prometí cuidarme, ella presurosa hizo un hatillo en el que metió un trozo de pan de hacía dos días, un poco de queso y un cuarto de tocino, lo envolvió todo y sin mediar más palabras entre nosotros, nos abrazamos cogí mi chaqueta de paño marrón y me tiré al monte.

Estuve vagando por el monte varios días, hasta que una noche vi el  resplandor de una fogata; cauteloso, me acerqué sin ser visto y observé la extraña mezcolanza de personas que allí había, dos hombres limpiaban sus armas, un chico joven se calentaba en el pequeño fuego, un hombre cadavérico entonaba bajito una melodía, tres más descansaban y parecían dormidos, una enorme luna blanca comenzó a elevarse desde el bosque de pinos, y yo me sentí confiado por un momento de formar parte de ese grupo, pasados unos segundos deseché tal idea y seguí mi camino. Estaba sucio hambriento y helado de frío, con poco más de dieciocho años un poco desgarbado pero robusto, con ojos azules y barbilla prominente, con manos fuertes y acostumbradas al trabajo duro, el monte se hacía cuesta arriba. Me despertaron lejos de allí los primeros rayos de sol, temblando de frío me arropé aún más con la chaqueta y vi un cañón de escopeta apuntado a mi cabeza, con un nudo en la garganta, asustado me incorporé de golpe hasta que comprobé aliviado que detrás del arma había un rostro sonriente, se llamaba Juan Méndez y llevaba varios días huido de su casa, era un poco encorvado, con boca y grandes dientes y una cara algo pueril; me contó su vida en poco rato, hablaba muy rápido y gesticulaba mucho. Comimos de su comida y bebimos de su vino como amigos, era tanta la necesidad que teníamos el uno del otro de compañía amiga. Cuando llegó la noche nuestros caminos se separaron, él quería ir a Granada y yo por mi parte seguiría mi camino hacia el cortijo Los Vargas donde vivía Victoria la muchacha más linda que yo jamás viera y por la que bebía los vientos, aunque su padre me consideraba poco para su hija, con gesto agrio y una mirada torva sin pronunciar ni una palabra siempre me hacía sentir incómodo.

Llegué de noche al cortijo y con cautela me acerqué a llamar a su puerta, cuando abrió su madre supe que algo iba mal, llevaba en brazos a un niño de pocos días que se veía enfermo, pero ella tenía la mirada ida y no parecía darse cuenta, estaba demacrada y muy pálida. Hacía una semana se habían llevado a su marido y a su hija, pude entender su angustia, pues mi mundo al igual que el de ella se desmoronó por momentos.

Recordaba por la noche a Victoria, acostado en el duro suelo y se me anegaban los ojos de lágrimas, recordando su cuerpo suave y acogedor yo acariciando su espalda suavemente y mientras mis besos se ahondaban, le tocaba la lengua con su lengua, después me obligaba a soltarla pues no quería dar rienda suelta a mi ardor, pues sentía una abrumadora consideración por ella y un profundo y tierno sentimiento. Me aferraba a su recuerdo y a las pocas veces que nos vimos y que me parecían insuficientes, soñaba a menudo con mi casa pero las más de las veces mis pensamientos eran para Victoria. Era menuda y pequeña o yo demasiado alto, pero en mis brazos encontraba su refugio y tranquila y feliz cerraba los ojos; se apretaba contra mí yo le acariciaba el pelo, lo tenía largo y oscuro como sus ojos, con una cara bonita y redonda y labios rojos que parecían pintados.

Desesperado seguía marchando caminando de noche y escondido de día por barrancos y lomas, a hurtadillas pedía comida por los cortijos o comía lo que me encontraba en el campo, cualquier cosa que hubiese pasado desapercibido a animales o roedores.

Con muchas penurias llegué a Almería, pasando furtivo entre las líneas que tenían sitiada la ciudad, anduve por sus calles donde abundaban la miseria y el hambre, los hombres poco más que despojos andantes vagaban como sonámbulos, tal era la crudeza que había en sus calles.

Pregunté por la cárcel de mujeres a un hombre con ojos vacíos y cara hambrienta, acertando a saber que había llegado un camión que transportaba mujeres a la cárcel “gachas coloras”. Venían en un camión desde Albóndon, insurrectas decían y afines al otro bando; pude saber por las descripciones que iba Victoria entre esas mujeres. Construida en 1925, está cárcel de pequeña capacidad había sido habilitada ahora para un gran contingente de presas venidas de todos los pueblos y cortijos de los alrededores; en la que faltaba el agua para el funcionamiento de la prisión y no había canalización para los pozos negros, por lo que existía un grave problema de higiene, salud y malos olores. Estando las mujeres hacinadas, sobrevenían las enfermedades, los piojos, la falta de comida, agua y medicamentos, aunque había otras cárceles, campos de concentración, batallones de trabajo, penitenciarias militarizadas y destacamentos penales, la del barrio “los mochos” y la llamada “el ingenio,” entre otras y todas con los mismos problemas.

Conocí a un muchacho algo lento y de pocas entendederas llamado Ismael, que aseguraba saberlo todo, algo rechoncho y de piernas cortas, que esperaba a las puertas de la cárcel información sobre su hermana, aseguraba que estaba presa por los celos de un vecino que la pretendía y que ella había declinado sus atenciones, por lo que en venganza la había denunciado. Comprendí, tras la vista de la cárcel, que para liberar a Victoria tendría que entrar en la ciudad por las armas y vestido de nacional. Se me ocurrió el plan descabellado de alistarse con los que sitiaban la capital, sin ambiciones políticas ni afinidad por ningún  bando sólo la necesidad de liberar a Victoria.

Me aseé y me dieron de comer viéndome con fuerzas renovadas, con ropas que me habían dado algo holgadas por algunas partes y cortas por las mangas; me sentí hasta orgulloso y gallardo a mis recién cumplidos diecinueve años y hasta imaginé que podía conseguir todo lo que me propusiera.

**

Estaba terriblemente asustada, desde que me arrancaron llorando de los brazos de mi madre y después me habían separado brutalmente de mi padre para trasportarnos en distintos camiones. Después de tantos días cada vez estaba más aterrada, los soldados por gestos y señas obscenas me insinuaban lo que pretendían hacer conmigo, aterrada escondía la cabeza entre las piernas, una mujer llamada Rosario sin conocer el motivo me defendía, era una mujerona fuerte de pechos grandes y caderas voluminosas que siempre se interponía entre los soldados y yo, nunca con una mirada le agradecí tanto a alguien. Cuando llegué a la cárcel no fue mejor, la llamada cárcel “gachas coloras”, hacia honor a su nombre. Un olor pestilente a sudor y mugre me recibió de golpe, las mujeres estaban hacinadas entre restos de heces y orina. Me sentía angustiada por la incógnita de no saber cuánto tiempo estaría allí encerrada y sin comprender por qué estaba allí y sin dejar de llorar veía pasar los días entre mugre, piojos y un olor pestilente.

Durante meses luché nada más que por defender mi vida, no tenía ambiciones, espíritu luchador, solo quería sobrevivir para recuperar a Victoria. Una noche de mala suerte pasados dos años que me había enrolado en el ejército, una bala acertó en mi pecho, al principio ni me  di cuenta, hasta que flaquearon mis  piernas y cayendo  de rodillas, me llegó la muerte como un ligero soplo, como la llama de una vela indefensa apagada de golpe y ahí me quedé a  las puertas de  la cárcel tirado en el suelo de inverosímil postura.

***

Era Abril de 1939, habían pasado casi tres años de guerra fuera de casa buscando a Victoria. Murió con el último pensamiento hacia Victoria soñando como sería la vida de ella cuando acabase esa locura y recuperase su vida, no sería con él y eso le entristeció hasta llegarle al alma pero comprendió que no tenía tiempo para pensar, se estaba muriendo.

Esa mañana de Abril los vencedores le dieron la libertad a las mujeres encarceladas y a las carceleras las apresaron y las metieron en las celdas, salió Victoria de la cárcel con su amiga Rosario y las demás mujeres y anduvo desorientada por las calles empedradas de la ciudad, llenas de miseria y muerte, demacrada y como un espectro, sin llegar a saber que uno de los caídos que había tirado en la calle era su José.

Victoria con los años rehízo su vida y tiene una familia, a veces enferma y le dan unas fiebres muy altas y delira durante días, a la cabecera de su cama se encuentra su marido y sus hijos, mientras le duran las fiebres no se separan de ella, inconsciente nombra a sus padres a su hermana muerta recién nacida que sólo vio una vez, a Rosario y a su José que fue buscarla y murió luchando por liberarla a las puertas de la cárcel.

 

 

FDO. MARI CLARA RODRIGUEZ RUIZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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