TINTA AZUL

Por Juan Pavón López

Al  entrar  en  la  sala  sientes  como  una  arcada  te  sube  por  la  garganta,  la reprimes. Los enormes ventanales suben desde el suelo hasta el techo, uno a uno, se  ponen  en  fila  para  cubrir  por  completo  la  pared  izquierda.  Están  cubiertos  por exquisitas cortinas de seda bordadas a mano con pan de oro, los dibujos dejan pasar la luz de la luna en los lugares en los que solo hay tela. Candiles de metal alumbran la estancia con velas de distintos colores y aromas. La larga mesa rectangular cruza toda  la  sala,  la  enorme  pieza  de  madera  de  abeto  que  la  forma  está  tallada  para encajar a la perfección figuras y decorados de roble, cerezo y fresno. La mejor obra del mejor carpintero del reino y la última, le cortaron las manos para que no pudiera volver a hacer nada igual. En uno de sus extremos, el responsable, tu señor, dueño de aquello cuanto se alcanza a ver en el horizonte y mucho más. Lleva un camisón tan  valioso  que  se  podría  dar  de  comer  a  un  pueblo  entero  durante  días  con  él.  Al menos   una   docena   de   sirvientes   corren   de   acá   para   allá   satisfaciendo   sus necesidades. En cuanto te ve, suelta una carcajada y sale corriendo a tu encuentro, como  un  niño  en  sus  primeras  navidades,  solo  que  él  ya  había  tenido  demasiados regalos. —Enséñamelo ¡Enséñamelo!Obedeces,  sueltas  el  barril  que  cargas  en  el  suelo,  te  llega  por  la  cintura,  y abres la tapa con mucho cuidado. Tu señor suelta otra carcajada. Mete la mano en el tonel  y  la  saca,  completamente  azul,  se  queda  mirándola  mientras  sonríe.  Podría comprarse una casita en la costa con esa tinta y él lo sabe, por eso le gusta tanto, Se limpia la mano con el largo de su chaqueta. Acabará en la basura, miles de monedas de oro, a la basura.—Muy buen trabajo, perro. ¿A cuántos has tenido que matar esta vez? ¿Tres? ¿Seis?  ¿Diez?  ¡No  importa!  ¡Lo  importante  es  que  yo  soy  más  rico  que  ayer!  ¡Y mañana seré más rico que hoy! —soltó una carcajada. —Retírate.Asientes,  tapas  el  barril  y  te  lo  vuelves  a  cargar  al  hombro.  Tus  piernas empiezan  a  moverse,  conoces  el  camino,  lo  has  recorrido  tantas  veces  que  has dejado de contarlas, esta será la última. Sales a un pequeño patio que acaba en unas escaleras exteriores sin mayor protección que una triste barandilla. Empiezas a subir. A tu izquierda se extiende la ciudad, algunas de las ventanas dejan escapar luz del interior, dejando ver los numerosos picos de los tejados de las casas más bajas. Los edificios más grandes, como las catedrales, se alzan imperiosos intentando ocultar la luz de la luna con sus numerosas columnas y bóvedas.

Te  pasas  todo  el  camino  mirando,  ese  paisaje  es  una  de  las  pocas  cosas buenas que tiene tu vida y, como alguien sentado en la guillotina, piensas. Piensas en  el  día  en  el  que  te  dijeron  que  hay  que  respetar  a  los  ricos,  porque  todo  lo  que tienen se lo han ganado. Mentira. Que hay que despreciar a los pobres, porque si no tienen nada, es que no quieren trabajar. Mentira. Que el tiempo pone a todo el mundo en su lugar, que al final todos obtienen lo que se merecen. Mentiras, siempre mentiras. El que nace sin nada que llevarse a la boca no puede elegir y el que nace rico ya ha elegido. Te dicen que puedes hacer lo que te propongas, que puedes llegar lejos, que puedes cambiar el mundo. Pero los que están arriba nunca bajarán y los que están abajo nunca subirán.Tú lo sabes. Pero no puedes hacer nada para cambiarlo. Para que una playa se moviera tendrían que caminar todos los granos de arena y tú solo eres uno. Subes  el  último  escalón  y  cruzas  un  arco  de  piedra,  recargado  de  dibujos, flores, tiras de tela y todo tipo de adornos. El almacén es la parte más importante del castillo, de la ciudad, del país, tiene que estar presentable para las continuas visitas de los monarcas, nobles, ricos y personas poderosas. Atraviesas un largo pasillo sin ventanas, pisando una alfombra con dibujos de guerras bordados, en las paredes, el fuego de las velas arde vivamente dentro de las lámparas de metal, alumbran, tanto la estancia, como las estatuas y tesoros que se despliegan por todo el pasillo. Trofeos de guerra, armaduras de grandes guerreros, armas con la sangre de reyes, tapices y banderas pintadas con la gloria de la victoria.El  pasillo  se  abre  en  una  enorme  sala  redonda  llena  de  todo  tipo  de  lujos, camas,  almohadones,  elegantes  sillas…  Una  mesa  circular  hecha  por  completo  de cristal, llena de manjares, al lado, una fuente de mármol con forma de doncella muy agraciada  que  vierte  el  agua  con  un  jarrón.  En  el  centro,  una  escalera  de  caracol tallada en basalto y adornada con tiras de tela roja y dorada, sube hasta perderse en el techo. A su alrededor, se encuentran doce guardias, apostados como los números de un reloj. Todos visten armaduras completas, decoradas con plumas blancas en el casco y hombros. Están rígidos, firmes, sujetando cada uno una alabarda. Su punta de pica las hace perfectas para arrinconar a alguien en un espacio cerrado, mientras que el pequeño hacha se usa para cercenar miembros sin compasión. Podrías andar hacia la escalera sin ningún problema, te dejarían pasar, ya lo has  hecho  otras  muchas  veces.  Pero  no  lo  haces,  hoy,  más  que  nunca,  necesitas sentirte vivo. Necesitas exhalar tu último aliento. Necesitas gritarle al mundo que lo odias, que odias a tu señor y a tí mismo por haber sido su lacayo durante todos estos años. Dejas el barril en el suelo, das un paso hacia delante y empiezas a bailar.

Al  principio  tus  movimientos  son  lentos,  pero  poseen  una  elegancia  que envidiaría   cualquier   rey.   Los   acompañas   con   un   tarareo.   Poco   a   poco   vas incrementando la velocidad y alzando la voz. Nunca has sido un buen cantante, pero cantas, cantas porque todo buen baile necesita una canción. Eliges una que te sabes a la perfección, te ha acompañado toda tu vida, en los momentos difíciles, te daba fuerza escucharla, en los buenos, resonaba en tu cabeza. En el final, aquí está.Los guardias te miran con el ceño fruncido, pero, cuando se dan cuenta de lo que estás haciendo, ya es demasiado tarde. Todo el fuego de la sala vuela hacia ti con el compás de tus pasos, cruzan el aire, atendiendo a la llamada de tu canción.  Robas la luz de todas las lámparas, faroles, candelabros y antorchas de la sala. Todas se  dirigen  hacia  ti,  hacia  tu  pecho,  hacia  tus  brazos,  hacia  tu  rostro.  Pero  cuando llegan no te queman, tus tatuajes, hechos con la misma tinta que portas, las absorben. Necesitan el calor, el fuego, la energía para darte poder. El poder que mueve el mundo. Es entonces cuando sientes a tu vieja amiga, la balanza. No es algo que puedas explicar, es algo que hay que sentir. Cierras los ojos y allí está, ardiendo en tu mente, llena de poder, incitándote a moverte, a liberar toda esa energía que acabas de acumular, a expulsar todo ese fuego que ahora recorre tus venas. Te detienes, erguido ante las escaleras de caracol, con el pecho al descubierto. Empiezas a brillar, la única fuente de luz de la sala sale de tus tatuajes, el brillo azulado  te  recorre  todos  los  símbolos  que  te  dibujaron  para  siempre  en  la  piel. Círculos, líneas y todo tipo de polígonos se unen para crear una obra maestra en tu cuerpo. Una obra maestra que te convierte en un arma. La mejor arma.Un soldado grita una orden y todos se vuelven hacia ti. Adoptan una formación de  batalla,  tres  al  frente,  el  resto  a  los  lados,  listos  para  rodearte  en  cuanto  los primeros entablen combate. Sonríes. Sientes el fuego recorrer tus tatuajes, sientes el poder que te da la tinta que hay incrustada en tu piel, sientes a tu vieja amiga, la balanza, esperando tus órdenes. Por última vez, te sientes vivo. Echas  a  correr  hacia  los  guardias,  estos,  sorprendidos,  te  apuntan  con  sus alabardas. Inclinas mentalmente la balanza hacia la izquierda y te vuelves ligero como una pluma. Saltas tres metros de altura, hasta tocar el techo. Cambias la inclinación hasta dejarla por completo a la derecha, ahora pesas tanto como un elefante. Caes

encima  del  soldado  del  centro,  justo  en  su  pecho.  Tu  exorbitante  peso  aplasta  su armadura como si fuera mantequilla. Se oye el crujir de su caja torácica. Sale sangre despedida por la visera que te mancha la cara. Ni siquiera ha tenido tiempo de gritar. Te da igual.Inclinas la balanza hacia la izquierda y levantas una pierna para barrer a los dos guardias que tienes al lado, antes de impactar, la cambias hacia la derecha. Las piernas  de  uno  de  ellos  salen  disparadas  con  el  sonido  del  metal  partiéndose,  el guardia se desploma en el suelo de cintura para arriba, gritando. Lo dejas vivo, alguien tendrá que contarlo. El segundo no tiene tanta suerte, le golpeas en la cadera y, al caer, se abre la cabeza contra el suelo. Rápido y ligero o lento y pesado, ese es el poder que otorga la tinta azul a los que están tatuados con ella, la razón por la que es el bien más preciado del mundo, el motivo por el que se libran guerras. Un motivo más que suficiente para matar, tú mismo lo has hecho tantas veces que has dejado de contar. La  tinta  azul  convierte  a  una  persona,  en  un  arma  capaz  de  arrasar  con  un ejército,  pero  necesita  fuego,  calor,  energía.  Sin  ellos,  sería  imposible  mover  la balanza de tu mente, sería imposible hacer funcionar el poder. Por eso bailas, para llamar a las llamas, para que acudan a ti, para que te conviertan en invencible.Poca gente es capaz de cambiar la báscula tan rápido como lo haces tú, y lo sabes, tiene que ver con tu exagerado número de tatuajes y con tu destreza. Coges una  velocidad  inhumana  cuando  está  inclinada  hacia  la  izquierda  y  golpeas  con  el peso de un elefante cuando está en la derecha. Se oye el repiquetear del metal, los guardias restantes tiemblan. Saben que no pueden hacer nada contra tí, saben que no volverán a ver a sus familias, saben que van a morir. Deciden hacerlo con honor, tiran sus alabardas al suelo y forman una fila mientras murmuran un último adiós. Izquierda, empiezas a correr, oyes gritos de miedo, sollozos llamando a mamá. Derecha,  embistes  a  la  formación,  algunos  cuerpos  salen  volando,  otros  quedan aplastados, todos mueren. Todo queda en silencio. Te detienes y recoges el barril. Un hedor a sangre inunda la sala, los objetos lujosos tienen otro aspecto teñidos de rojo bajo la tenue luz azul que transmites. Subes  las  escaleras  de  caracol  intentando  no  pisar  ningún  cuerpo,  no  lo consigues. Llegas al almacén, pero no te molestas en entrar, ya sabes lo que hay, pasillos y pasillos llenos de barriles de tinta azul. Tú mismo los habías reunido para tu señor, te   habías   pasado   toda   la   vida   matando,   robando,   engañando   a   gente   para

conseguirlos. ¿Y qué habías obtenido a cambio? Un saquito de tinta del tamaño de tu mano. Una fortuna. Podrías comprar tantas cosas que no te alcanza la imaginación. Pero el dinero no cura la mente, no borra todas las cosas que has visto, todas las que has hecho, no salvará a los esclavos ni acabará con la tiranía de su señor. Solo hará más ricos a los que ya lo son.No te devolverá a tu hermanoAbres el saquito y viertes su contenido por el suelo.Que poco vale el dinero cuando el precio que pagas es tu vida. De qué sirve tener algo si te va a quitar todo lo demás. La  luz  de  tu  cuerpo  desaparece,  el  fuego  que  absorbiste  con  tu  ritual  se  ha consumido.  Destapas  el  barril  de  tinta  y  enciendes  una  chispa  con  un  poco  de pedernal. Una llamarada brota del tonel.La tinta azul arde bien, demasiado bien, el fuego no tarda en propagarse por el almacén, se escuchan algunos estallidos por los pasillos. Recuerdas todas las veces que fuiste testigo de una muerte injusta a manos de tu señor y no hiciste nada, de toda la sangre que derramaste en su nombre, de toda la tinta que robaste para él. Intentas contarlo, no puedes. Es demasiada carga, son demasiados los llantos y los gritos que resuenan en tu cabeza. No puedes más. Sacas la daga de tu bota derecha. Rajas tu antebrazo desde la muñeca hasta el hombro. Al final, tú mismo te has convertido en lo que más odias. Brota tinta azul. El bien más preciado del mundo ha penetrado en tu organismo hasta correr por tus venas. Contemplas  la  destrucción  con  júbilo,  el  trabajo  de  tu  vida,  reduciéndose  a cenizas, lo disfrutas, porque sabes que eso significa la caída del rico. Todo seguirá podrido.Nada cambiará.Pero ya no vivirás en un mundo con un tumor que tú mismo has propagado

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