TRAS EL PORTÓN

Por Carolina Gras

Llovía tan fuerte que ni el paraguas me protegía y entonces entré en el primer portal abierto. Estaba exhausto, hacía mucho tiempo que no caía agua con esa intensidad. Ahora mis piernas no tenían la agilidad de cuando era pequeño, cuando correteaba por habitaciones y pasillos de la gran casa familiar. Pero esa infancia pasó hace tanto que no esperaba recordarla a estas alturas. Siempre viví en este barrio pero nunca se me permitió acercarme a esta casa por orden estricta de mi abuela. Una casa que a mis amiguitos y a mí nos parecía enorme y que guardaba misterios que nos alentaba a inventar las peores historias de terror. Aún me estremezco de miedo al recordar hasta donde podía llegar nuestra imaginación. Y aquí me encontraba, en la misma casa, refugiándome de la lluvia.

Atravesé el umbral y avancé por un pasillo solitario que daba a un distribuidor de grandes dimensiones. Estaba iluminado por una luz tenue que penetraba por una claraboya sobre la que el agua repiqueteaba fuertemente. El ruido era ensordecedor. Comencé a gritar para anunciar mi presencia, pero nadie contestó. Miré alrededor y de nuevo me asaltaron sentimientos contradictorios tanto de felicidad como de miedo.

Intuía la presencia de alguien y me estremecí de frío. Todo era demasiado difuso, tanto que no veía lo que ocultaban las sombras. Continué hasta la escalera de cuyas paredes colgaban retratos de familia y creí reconocerme en algunos.

De pronto desde el rellano un hombre me miraba fijamente, entre curioso y sorprendido. Saludé y me disculpé explicando que llovía con mucha fuerza y que la puerta estaba abierta. Dije que me marcharía enseguida pero el hombre no se inmutó y parecía no verme, así que añadí que estaba mojado, tenía mucho frío y necesitaba refugiarme durante unos minutos. El hombre no dejaba de mirarme fijamente, intimidándome. Para cambiar de tema le pregunté por los magníficos retratos y su procedencia, pero él seguía sin hablar, así que me giré para salir tan deprisa como las piernas me dejaran. Entonces escuché su voz ordenando que me detuviera y, más hospitalario, se presentó como José, y luego añadió que enseguida me sacaría unas toallas.

Explicó que era el encargado de la casa, deshabitada desde la muerte del pintor, en espera de que un sobrino apareciera; mientras, él se ocupaba del mantenimiento.

José pidió que subiera para estar más cómodo y, una vez arriba, mis recuerdos me provocaron otro estremecimiento: el olor me trasladó directamente frente a mis seres más queridos, desaparecidos cuando yo era muy pequeño, creo que tendría dos o tres años y jugaba al escondite con mis hermanas. Mi cara cambió, no quería seguir recordando lo que para unos es un tiempo feliz y que para mí no lo fue tanto, ya que mi mundo se rompió súbitamente.

Ahora un frío extremo me recorrió todo el cuerpo, necesitaba sentarme y busqué una silla. Apenas veía nada hasta que José descorrió las cortinas de unos grandes ventanales dejando entrar la luz natural, y en ese momento me senté de golpe. No podía creer todo lo visto, necesitaba permanecer quieto, con los ojos cerrados para serenarme. Estuve un largo rato, en silencio, analizando mis pensamientos e intentando calmar mi espíritu. Sentía clavada la mirada del hombre, que no decía nada. Cuando abrí de nuevo los ojos ya no tuve duda: yo conocía esta casa y había vivido aquí, y también ese cuadro de grandes dimensiones. Algo sucedió que yo nunca quise recordar, ni en mis juegos con mis amigos de siempre, ni en mi vida de adulto. Todos mis recuerdos se me fueron borrando poco a poco con ayuda de mi abuela y mi nueva vida.

José dijo que ya esperaba mi visita, salió de la habitación, volvió con un sobre y añadió que, si yo necesitaba algo, lo encontraría en la habitación contigua.

No podía apartar mi vista del cuadro donde se representaba un jardín estilo francés, demasiado ordenado. El color verde predominaba sobre cualquier otro, en el fondo asomaba algún azul claro del cielo y en el centro había una mujer vestida de blanco con sombrero. Había algo extraño en la mirada de la mujer que no me dejaba en paz. Las manos me temblaban pero aun así abrí el sobre y comencé a leer:

“Querido sobrino, si lees esta carta es que yo ya estoy muerto. Nunca he tenido el valor de revelarte tu verdadero origen. Siempre manteníamos abierta la puerta de casa con la esperanza de que entraras. Te veía todos los días pasar de camino a la escuela. Pero las promesas que hice y mi cobardía me impedían hablar contigo. »

Siento mucho el horror de aquel día, soy consciente de que nunca se olvidará tu desaparición, tan silenciosa y enigmática, que nos provocó un infierno difícil de superar.

»Esta casa te pertenece, así como todo su contenido. Dediqué mi vida a mantener a raya mis fantasmas y a pintarlos. Para mí el mayor perdedor fuiste tú.Todos los días de mi larga vida los dediqué a encontrar una explicación a lo sucedido. ¿Qué pasaría realmente por la cabeza de tu padre para cometer semejante atrocidad? Por otra parte, pintar y dejar constancia de mis recuerdos con orden y precisión me condujo a la locura, pero también a ser consciente por fin, del misterio de los acontecimientos”.

Levanté de nuevo mi vista. La mujer me miraba desde el cuadro tras sus pequeñas lentes; llevaba un vestido blanco con mangas de seda abullonadas y ceñía su talle con un gran cinturón rosa a juego con el lazo del sombrero. Su apariencia era importante, pertenecía a otra época. El brazo derecho se apoyaba en la cintura mientras que el izquierdo señalaba a un extenso jardín en orden y bien cuidado, repleto de margaritas azules y naranjos.

Y en el más allá, el cielo azul se asomaba entre los árboles para que el aire entrara a formar parte de la obra.

Todo este sentimiento que despertaba la visión del cuadro, hacía referencia a determinado día fatídico. Tenía muy corta edad entonces, pero los olores, el calor intenso y esta luz me eran familiares.

Algo dentro de mí hacía estremecerme de miedo. O tal vez era la carta que tenía entre manos. Mis sentidos estaban alerta a cualquier cosa que pudiera suceder. Ya estaba listo para continuar.

Volví a contemplar a la extraña mujer del cuadro, que me miraba directamente a los ojos y vi una sombra sobre la boca bastante oscura. Era una mujer con claros rasgos masculinos muy parecida a mi abuela, tan estricta. Volví a la lectura:

»El día que desapareciste, tu padre volvía a casa antes de lo acostumbrado. Junto con tus hermanas jugabais y vuestra madre descansaba plácidamente en esta habitación. No le dio tiempo a recogeros y poneros a salvo. Tu padre se dejó llevar por la bebida, sin pensar que traería trágicas consecuencias y a pesar de las advertencias de vuestra madre. Tenía una mente severa y ordenada de cara a la sociedad, pero en privado, cuando el brebaje verdoso del ajenjo entraba en su sangre hasta hacerle perder la conciencia, se transformaba en otra persona. Tu madre lo acompañaba en su diversión aunque no le gustara demasiado, pero estaba locamente enamorada y habría hecho todo lo que él le pidiera. »

Su clase social les obligaba a llevar una vida ordenada y plácida, pero el exceso de alcohol trasformaba en juergas sus realidades. El brebaje verdoso pronto se convirtió en droga. Ese día tu padre llegó temprano y se encerró en la sala con tu madre. Bebieron durante horas. Tu padre, como acostumbraba, se vistió con las ropas de tu madre y así lo encontró la policía. Le encantaba vestirse de mujer y en la intimidad era su extravagancia preferida, como si interpretara a otro personaje. Ya ves, un inocente juego se transformaría en un escándalo.

»Vestía de blanco con sombrero y cinturón a juego, como aparece en este cuadro. Tu madre yacía a su lado cubierta de sangre y en un rincón, las niñas, también muertas. Me llamaron para reconocer los cadáveres, tu padre seguía vivo, pero rodeado de muerte. Tus hermanas fueron unas víctimas casuales, ellas no tenían por qué estar allí. Todo era incomprensible. ¿Qué había pasado realmente? ¿Y el niño? ¿Dónde estaba?”.

Levanto la vista de la carta y miro alrededor, hay ruido que viene de fuera. No debo desconcentrarme y continúo leyendo:

»Cuando tu padre recobró la conciencia no se acordaba de nada, se auto inculpó y un mes más tarde se suicidó. La prensa se cebó con la familia incluso se llegó a decir que también estabas muerto.

»Con tu abuela hicimos el pacto de mantenerte siempre fuera del alcance de la prensa, vivirías cerca para conservar tu entorno pero nunca tendríamos contacto contigo. Jamás. Y esto fue, después de todo, lo más duro.

»Nunca me deshice del cuadro para dejar constancia de lo ocurrido, pues sabía que algún día volverías. Lo supe desde el principio cuando mirabas desde la calle y salías corriendo con tus amigos. Tú siempre pertenecerás a este lugar”.

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