TRAS LA VENTANA – Mª Nuria Hernando Calvo

Por M. Nuria Hernando Calvo

Suena el despertador y como todos los días, cuesta levantarse. El cuerpo, todavía entumecido, quiere seguir ocupando un poco más la cama. Sin embargo hay una voz interna que no te deja y te recuerda continuamente:

-¡Te tienes que levantar, no te duermas!..

 

Silvia sabe que debe darse prisa o el tiempo le ganará la partida. Solo descarga el móvil de su cargador y se lanza a la ducha. Prepara desayunos y a los niños para que se vayan al colegio. De ahí, se va disparada a su trabajo de media jornada, y en la tarde, después de calentarse cualquier cosa para comer es cuando comienza a mirar las redes sociales. Los más adictivos para ella son los reels de Instagram, historias breves, acordes con esta sociedad, acelerada y sin escucha. En la mesilla de noche, un libro que había tratado de leer en innumerables ocasiones, llenándose de polvo.

 

Silvia recuerda la primera vez que se incursionó en el Face, le costó entender en qué consistía. Antes era en revistas donde aparecían los personajes reconocidos, ahora, eso daba igual, podías aparecer en el tuyo, en el de tus amigos y de todo el mundo adscrito a esta red. Por eso recuerda el pudor de la primera vez a exponerse y ser observada, sin embargo este se fue diluyendo cuanto más lo hacía y veía al resto. Lo único a lo que tenía más respeto era con las fotos de sus peques, los ponía de manera puntual, no quería que el día de mañana le reprendieran por ello. Por el contrario, una conocida suya había tenido un bebé recientemente y desde el minuto uno había posteado todo. Sí, hasta eso que estás pensando. Por eso Silvia dejó de seguirla, le resultaba cargante y no veía que ese bebé hiciera nada diferente al resto, salvo ser modelo publicitario de la ropita que vendía su mamá.

 

Pese a que a Silvia no le cundía mucho el sueldo, afortunadamente, no le había dado por ingresar en esas páginas de Bingo que prometen ganar importes millonarios e incluso te regalan los primeros 50 euros para engancharte. Y todo porque le había dejado traumatizada de niña, una vecina que se gastaba el sueldo entero en las máquinas tragaperras y luego iba pidiendo entre las vecinas huevos o algo para poder darles a sus criaturas. Silvia se había divorciado y el padre cumplía con la manutención de sus hijos, con lo que por esa parte estaba tranquila, y no le llevaba a decisiones extremas o de mala cabeza.

 

Su vida amorosa era un desastre, por eso una amiga le habló de Tinder, pero no le convencía esa manera de conseguir pareja. Le recordaba a los escaparates diminutos que había visto en Ámsterdam una vez, donde las mujeres se exhiben. Solo que ahora eran ambos: hombres y mujeres en sus pequeñas “ventanas virtuales” buscando sexo y compañía. Muchas amigas divorciadas habían utilizado esta aplicación para desfogarse, de todos aquellos polvos contenidos.

 

— Al final es una forma de conseguir sexo gratuito y coger lo que no tienes. Me cuesta entregarme sin más ¿sabes?. Soy una cursi extravagante que prefiero el polvo de las estrellas al de cualquier tipo soplándome en la oreja, tener un sexo sentido y buscado, compartir el aroma de un libro recién comprado que le leo completamente desnuda solo tapada por una sábana y acompañada de un delicioso aroma a café o del que perciba del pulso de mi muñeca, entre sus labios.

— Pides mucho amiga. Mientras tanto sigue escribiendo. ¿Por qué no posteas en alguna página de Face?.

 

Es lo que Silvia terminó haciendo escribir en una página donde se posteaban los escritos propios y por supuesto de los escritores reconocidos.

 

Sus relatos tenían la torpeza de un principiante, pero con ciertos ápices de diamante en bruto.

Todos los días posteaba algún escrito, acompañado de una imagen que garantizaba el cincuenta por ciento de los likes obtenidos. Tenía su grupo de admiradores que le hacían comentarios favorables.

Un día comenzaron a aparecer en la página escritos de gran intensidad bajo el seudónimo de Pantera Negra, que llamaron la atención de Silvia, hasta el punto de incentivar a su inspiración a contestarlo, de manera ferviente y urgente, como un vómito de palabras. Pero Pantera nunca contestaba. El solo publicaba y de manera fría nunca daba respuesta a los comentarios de esta. Así iba este lanzando pequeñas miguitas que ella recogía y devolvía, hasta quedar profundamente seducida.

Silvia publicaba y aparecía casi automáticamente un escrito posteado, con alusiones directas que llamaba su atención, pero sorprendentemente no era Pantera Negra sino que lo hacía una mujer mayor, llamada Matilda. Algunas veces había entablado una conversación por Messenger con ella y las faltas de ortografía, que solía tener, la delataban como no autora de lo que posteaba. Estaba claro que esos escritos impecablemente redactados y apasionados, no procedían de ella, salvo que Matilda fuese lesbiana y copiara de alguien más. Había algo sospechoso. La cuestión es ¿por qué ayudaba a ese alguien? ¿Era necesaria esa cobardía por parte de él?. ¿Por qué Matilda se prestaba a esos juegos?… Silvia se preguntaba si era Pantera Negra o alguien más quien mandaba escritos a través de esta. También había un personaje curioso que siempre publicaba fragmentos del Principito y el amor por su rosa, Tino. Muy amigo de Matilda, por cierto.

 

En la página, había publicaciones de Benedetti, G. Garcia Márquez. Huxley, Allende y un sin fin más, sin olvidar los incondicionales como Cortázar y en concreto publicaban cosas de Rayuela, siempre le pareció a Silvia que ese amor era tóxico y surrealista. Esa Maga, que contenía magia en su interior pero carecía de trucos, que no se amaba así misma, porque ni siquiera sabía cuidar de sí y de su hijo enfermo. Mendigando amor a progres trasnochados que deseaban que el brillo de París se adhiriera a sus vidas desordenadas. Como si el lugar fuese suficiente para cambiar sus existencias y llenarlas de contenido. Así somos los humanos formamos ilusiones y de éstas vivimos, nos impregnamos El hábito nunca ha hecho al monje pero hoy parece que sí. Todo ha comenzado con Face, se genera una falsa realidad de vidas acaudaladas y perfectas y que tendrán su continuidad en el  Metaverso porque ante la imposibilidad o frustraciones del mundo real actual, se va a generar uno ficticio donde puedas “realizarte”, ser popular y estar con quien desees, a través de avatars y mientras se perderán  muchas almas de los verdaderos deleites y de la esencia de la vida, apostando por crear  una artificial, ya que no podemos forzar a ser concebidos en el  seno familiar que deseemos.

 

Silvia disfrutaba de su café humeante, de saludarme tras el cristal y observar la mañana fría, mientras el interior de la casa era reconfortante y cálida. A veces quedábamos para conversar. Le gustaban las conversaciones inteligentes aunque cada vez queden menos que se cuestionen las cosas y se pararen a pensar. Era presa del sistema, aunque creyera no serlo.

 

Escribía cada mañana sobre cualquier cosa que le inspirase. Un día, revisando sus mensajes vio que Pantera Negra le había saludado.

Se quedó sorprendida y tardó en responderlo, hasta la tarde no lo hizo y así es como comenzaron a conocerse, gustarse y seducirse con escritos. Se “carteaban” a diario… Silvia siempre mostró su perfil y foto de manera abierta. Sin mentir. Pantera no quería y se resistía. Se preguntaron la edad y él era mucho mayor, pero no importaba para amarse de esa manera tan casta y pura, a golpe de palabras melosas, poemas de Neruda y sentimientos profundos, al menos los de Silvia, así lo eran.

Ella necesitaba ver, materializar y estaba dispuesta a viajar para conocerlo. Él se resistía, un día accedió a una llamada. Escuchó su voz por primera vez y le desilusionó completamente su tono metálico, su acento y lo que decía; no parecían corresponderse con su escritura y con lo que ella se imaginaba . Eran dos hombres: el delicado, que escribía y el tosco, que ahora escuchaba. De nuevo algo no cuadraba, como con los escritos de Matilda.

No sabía si todo se debía a las escenas platónicas, a ese juego de sombras de la caverna respecto a lo que crees que es, porque lo que era, le hacía ruido. Aún así se sentía seducida porque nadie  había empleado antes palabras de amor o cariño. Tampoco sabía diferenciar si era falso o real. Solo vivía el momento. Él le hablaba de las ciento y una maneras en qué había amado a sus parejas y Silvia se deleitaba escuchando y leyendo esas proezas amatorias y necesitaba sentirlas en su piel. Pero había una pantalla y miles de kilómetros de distancia.

En ocasiones, él le montaba follones, sin pies ni cabeza, discutiendo por discutir y culpándola a ella por cosas que no había dicho. Y no entendía de dónde venía esas locuras o bipolaridad. Tan seductor y a la vez tan loco.

Ella lloraba y se confundía.

Un día discutieron fuerte. Bueno, ella solo se defendía porque no entendía de dónde le venían los tiros ni las acusaciones que él ponía en ella. Absorta y confundida, cerró su móvil, para darse tiempo a digerir todo lo que estaba pasando una vez más, y ver de dónde partía el enfado de él, tan incoherente.

Cuando volvió a los mensajes vio que de forma mágica había desaparecido todas y cada una de las palabras que él había pronunciado y escrito durante todo este tiempo. Solo quedó lo que Silvia había escrito. Decidió salir de la página y lo bloqueó.

Desde luego era un personaje que entendía mucho de informática, quien sabe si era su modus operandi: seducir, jugar, discutir para justificarse y desaparecer.  Se asustó y se hizo mil preguntas como: si todo este tiempo había estado amando a alguien ficticio.

Era un falso perfil el de él, que de alguna manera, justificaba los seudónimos, esos amores de red sin caña.

Comprendió Silvia que pese a la mala experiencia es a través del desamor cuando los corazones aprenden a amar, que no podía protegerse toda la vida de algo que buscaba con tanto ahínco. Es como ese hule que protege eso que está debajo y nunca ves. Nunca le pasará nada a la mesa y vivirá escondida sin que nada le pase pero exponerse a mancharse es vivir, amar y saber que eres una mesa.

 

Dos años después de abandonar la página, Tino se acercó a ella y entabló una relación de admiración por sus escritos, que ya los hacía Silvia desde su propio blog. Tino se expresaba bien y de manera respetuosa hacia ella, hasta que desapareció, como los personajes de una obra de teatro, cuando acaba la representación. Antes de esto, le había contado a Silvia, en una ocasión, que tenía cáncer y ante la falta de respuestas de este, comenzó a preocuparse y le preguntó a un amigo en común. El cual le contó que Tino estaba bien, sin entrar en pormenores y que tras ese nombre, se escondía un reconocido escritor que no podía revelar su nombre. Había similitudes entre las formas de desaparecer de Pantera Negra y Tino, de repente y sin causa justificada, en la manera de escribir y de hacerlo tras un nombre falso, en la falta de rostro, en cuanto a jugar con los sentimientos y por último en la admiración hacia los escritos de ella.

 

Silvia a día de hoy sigue sin aclarar el misterio, sólo le quedaron suposiciones y dudas de todo esto. Conoció la forma cobarde, de algunos hombres, para servirse del anonimato que ofrecen las redes y jugar al juego del amor sin implicarse.

 

Mientras Silvia sigue desde su ventana observando la vida y yo desde la mía, viendo lo que hace. Vecinas y cómplices tras el cristal de: saludos, un poquito de sal y de los sinsabores de la vida.

 

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