UN AMOR DISTINTO

Por Ana Belén Casas Martos

Una fría mañana de diciembre, Carmen ya estaba despierta desde muy temprano. Todavía no había amanecido y la luz de las farolas de la calle, se filtraba por las rendijas de la persiana.

De repente, la luz se encendió, y una auxiliar entraba en la habitación de manera salvaje.

── Vamos, a levantarse.

Bajó la baranda de la cama y tiró con fuerza de su brazo. La anciana gimió y dejó escapar las lágrimas que aguaban sus ojos desde hacía diez minutos.

── Por favor, ten más cuidado, me duele todo ── se quejó con la voz quebrada.

── Eso es la edad señora, ¡deje de quejarse!

Sin decir nada más, Carmen se dejó lavar y arreglar.

Mientras la mujer hacia la cama, Carmen esperaba sentada en el butacón de la habitación, mientras miraba el retrato de un hombre elegante que estaba sobre la mesita, a la vez que le daba vueltas con sus nudosas manos, al anillo que llevaba en su dedo anular.

── ¡Se acabó el descanso!, ahora tenemos que ir a desayunar. ¡Levántate! ── gritó la mujer sin paciencia mientras Carmen hacía doble esfuerzo por levantarse.

Una vez ya había desayunado, se sentó en los butacones a pasar la mañana. Todas las mañanas eran igual de lentas y monótonas. Lo único que podía hacer, era observar como las cuidadoras corrían de un lado a otro, se alteraban y gritaban a los ancianos más demandantes, y de vez en cuando, algún vaso caía al suelo y se hacía añicos.

Muchas veces, al ver todo el alboroto, solo deseaba poder moverse y ayudar a las enfermeras, pero desgraciadamente, sus piernas y brazos ya no le permitían trabajar como antes.

Sobre las once horas por la mañana, una mujer vestida con el habitual traje azul de protección contra la nueva pandemia, se acercó a ella muy nerviosa.

── ¡Carmen!, tenemos que ir a tu cuarto, ya no se puede estar aquí.

── ¿Por qué?, ¿Qué está pasando?

── Hay nuevos contagios de Covid ¡ahora deje de hablar y venga conmigo!, ¡No podemos perder más tiempo!

La auxiliar, corría más deprisa de lo que Carmen podía soportar. No podía creer que otra vez estarían encerrados en sus habitaciones como en prisión y sin poder salir.

El tiempo pasaba sin novedades, nadie venía a visitarla, la hora de la comida todavía se encontraba bastante lejos, y en la silenciosa habitación, solo se podían escuchar los gritos incoherentes de algunas personas con demencia y las agujas del reloj recorriendo lentamente la esfera. Lo único bueno de aquella estancia, es que se sentía cálida y cómoda, y ella podía mirar los estantes decorados con sus pertenencias personales, y muchos retratos de las familias de sus sobrinos.

De nuevo, entró un chico a su habitación y se sentó encima de la cama.

── ¿Cómo te encuentras? ── le preguntó con calma.

── Estoy mal ── dijo de repente con los ojos llenos de lágrimas. ── No sé que está pasando. No entiendo por que están muriendo tantas personas, ni porque tenemos que estar encerrados.

── Entiendo su situación señora ── respondió ofreciéndole un abrazo ──, pero tenemos que aguantar como sea.

El abrazo cariñoso que recibió de aquel joven, le hizo acordarse de su primer y único amor de la juventud, que hoy en día se encontraba en un simple retrato.

El enfermero dejó de abrazarla, y seguidamente, sacó un palo con un algodón en la punta, y después de ese fatídico momento, el enfermero se fue y a la vez que Carmen se sonaba la nariz, vagaron por su mente, todos los recuerdos de su juventud.

Corría el año 1969

Cuando Carmen a sus 32 años, consiguió reunir suficiente dinero para poder mudarse y vivir sola en un departamento con vistas al mar.

Su salón estaba lleno de bolsas con tela; pues ella diseñaba la ropa y la vendía en la tienda que heredó de su madre.

La tienda, había logrado ganar en poco tiempo, a bastantes compradores. Podíamos encontrar desde ropa elegante a clásica u oscura. Siempre solían venir las mismas mujeres contentísimas con sus experiencias, y compartiendo sus propios problemas personales con sus maridos.  A veces, deseaba diseñar ropa más juvenil, pero como a la tienda únicamente asistían señoras de más de 54 años, se sentía obligada a seguir en la misma línea.

Un día cualquiera, se encontró en una situación, la cual no se había encontrado nunca. Se despertó como siempre para ir a trabajar y hacer frente a las mismas mujeres, y a los mismos babosos salidos, que nada más se presentaban para ligar con ella; hasta que un elegante joven, entró en la tienda con una seguridad increíble a pesar de su baja estatura. Tras saludar, comenzó a mirar todos los estantes y percheros, a la vez que tocaba, olía y observaba cada prenda. Su rostro le sonaba de algo, sin embargo, no sabía dar con el origen. El hombre tomó una chaqueta de piel marrón y se acercó al mostrador.

── Hola, ¿crees que esto le gustara a una mujer de 40 años?

── Creo que sí, es muy clásica, pero a la vez juvenil.

── Entonces si tú lo dices, me la llevo.

Le dio el cambio y antes de que el chico se pudiera ir, siguió mirando los diseños.

── ¿Las diseñas todas?

Afirmó con la cabeza y el joven le sonrío.

── Se nota, te ves cansada. Tus ojeras no pasan desapercibidas.  De todos modos, tienes buena mano para la ropa. Deberías considerar diseñar también ropa para jóvenes y, sobre todo, contratar a alguien que te ayude.

A Carmen le pareció tan buena la idea, que el resto de los días decidió crear ropa que ella realmente se pondría. Prendas juveniles y divertidas. Poco tiempo después, obtuvo clientas de públicos más jóvenes y se hizo reconocida en la ciudad, además, se enteró de que aquel chico era escritor y se llamaba Cristóbal.

Una tarde de mayo, bajo los cerezos, había quedado por fin con él, como algo más que conocidos. En todo este tiempo que él estuvo yendo a la tienda, llegaron a tener mucha química. Cristóbal llegaba tan elegante como siempre a su encuentro, pero cabizbajo. La charla no resultó tan placentera como ella esperaba.

── Mañana cojo el vuelo a Nueva york.

── Pero… ¿Qué hay de tu familia?

── Toda mi familia está allí. Pero estuve aquí de vacaciones. El caso es que solo vivía aquí porque me llamaron para dar a conocer mi libro en las librerías, como puedes comprender, necesito volver. Me ha costado mucho que aceptaran publicarlo debido a los temas que trata. Lo siento Carmen. Te amo, pero no tenemos posibilidades.  Te llevaría conmigo, pero tu madre está enferma, debes quedarte con ella.

Sacó una cajita pequeña y se la entregó. Resultó ser un anillo.

── ¡Pero Cris! No estamos casados ni nos vamos a casar ¡Esto que estás haciendo es ilegal!

── ¿No crees que ya es hora de romper estas estúpidas reglas? Yo tengo el mío que es exactamente igual. Quiero que me recuerdes y yo quiero recordarte, y esa es la forma que he encontrado. Así que este será nuestro pequeño secreto, solo espero que el día en que tengas tu marido, dejes este tesoro guardado en una caja fuerte.

── Antes de que te vayas, me gustaría invitarte a un café.

── Está bien, vamos.

Así fue como Carmen, invitó a Cristóbal a un café y bombones para despedirse. Se sentaron juntos en el sofá a tener su última charla y de repente, miró sus labios, los quería besar, pero se sentía demasiado avergonzada de sí misma. Por ende, él no ayudaba a que se le calmaran esas sensaciones. Pegó su muslo más al de ella, y le cogió la barbilla suavemente, para provocar que le mirara a los ojos. Ella se tapaba sus partes íntimas por alguna razón. Se sentía extraña, como si necesitara tener su primera experiencia sexual, sin embargo, pensar en eso, le asqueaba, se tenía asco a sí misma, creía que era sucia.

── ¿Qué ocurre? ── le dijo Cristóbal mientras apartaba la mano de Carmen de su entrepierna.

Sin esperar respuesta, acercó sus labios a los de ella, fundiéndose juntos en un beso que abría todos los sentidos de la chica.  Sentía calor a la vez que ganas de acariciar su piel. En cada pausa a mitad del beso, Carmen repetía que se sentía sucia por hacer eso, pero quería seguir.

── No te atrevas a pensar que eres una sucia ── le susurraba Cristóbal mientras mordía su oreja── eres la mujer más hermosa y especial que he conocido y quiero saborear ese cuerpo, quiero sentirlo y sentirte a ti cerca. Suéltate, tienes todas de ganar. Déjate llevar. El sexo nunca será un acto sucio.

Tras esas palabras, Carmen no pudo evitarlo, se dejó llevar y terminaron con éxito. Uno al lado del otro y con una felicidad que exactamente no entendía como se le había formado.

Después de ese día, nunca más volvió a saber nada de él. Le escribía cartas, no obstante, eso nunca sería lo mismo que tenerlo cerca. Leía todos sus libros, ella le contaba que había sido contratada por una agencia de modelos a causa de sus increíbles diseños. Un día dejó de recibir respuestas y ella ya pensaba en lo peor.  Ya no estaba para hacerle reír, para sentir ese placer que solo él consiguió darle. Tal vez, ya no estaba en este mundo.

En el pasillo de la residencia, se oían pasos rápidos y mucho tumulto en los pasillos.  Muchas discusiones y gritos que perturbaban el silencio, hasta que de repente, la puerta de la habitación de Carmen se abrió y una enfermera entró con un señor en silla de ruedas.

── Debemos comentarle algo señora. Este hombre desde que ha llegado no para de decir tu nombre. ¡Así que lo hemos traído a ver que es lo que narices le pasa contigo!

El señor que en aquellos momentos llevaba mascarilla, la mojaba con sus lágrimas mientras efectivamente, la nombraba cada cinco segundos. Cerraron de un portazo la puerta y los dejaron solos.

La mujer sumamente confundida, arrastró su butacón como pudo para situarse más cerca del hombre y le miró a sus ojos llorosos. Sorpresivamente, eran azules como los de Cristóbal. Fijó la mirada en las pertenencias de aquel señor.

Libros del mismísimo amor de su vida, estaban arrugados y tirados de cualquier manera por el suelo, y la chaqueta le colgaba del hombro. Por otro lado, el señor dejó de llorar y le enseñó una libreta sucia de manchas verdes, cuya figuraba su supuesto autógrafo. No lo podía creer.

 

─ Hola soy Cris. ¿Dónde está Carmen?

 

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