UN DESENLACE INESPERADO

Por Mª Iciar Elguezabal Fernández

Marcos llevaba un buen rato dándole vueltas a la cabeza.  Tenía que decidir cómo matar a Pablo. Necesitaba concentrarse bien y los cinco focos de luz, empotrados en el techo, no ayudaban. Decidió apagarlos y encender la lámpara de pie que estaba al lado del ordenador. De este modo, la luz le enfocaba y contribuía a centrarse mejor en la idea .La pantalla devolvía  a sus retinas un espacio en blanco.

Los dos personajes principales, para la novela de misterio que quería escribir, eran Pablo y Miguel. Tenían que pasar a la acción. Debía asesinar a uno de ellos .Comenzó a  teclear.

Pablo aceptó la invitación que Miguel le hizo por WhatsApp. No sabía bien como acabaría la reunión .Quizá, pensó, era su forma de disculparse tras la gran bronca de la última vez.

Marcos releyó el capítulo anterior –donde narraba la cena entre los dos- y que acabó entre gritos y casi a golpes .A Miguel le sentó muy mal que apareciera Ana –invitada por Pablo y sin consultarle- .Hubiera bastado un ¿Invitamos a tu novia? La respuesta de Miguel  hubiese sido clara y tajante: no. Quería hablar de sus temas sin intromisiones. Ana tuvo que separarlos para que no llegaran a las manos.

Así que Pablo observó la sala y decidió no ordenarla .Era pequeña: un sofá, unas baldas de pladur y la mesa auxiliar .Sobre ella, un libro y la figura de bronce que había ganado en un concurso. En una esquina la televisión.

Estaba indeciso: ¿sería buena idea quedar con él? Todavía asustado, recordaba la cara de su amigo fuera de sí y con una ira de desconocida hasta entonces.

Sonó el timbre y abrió la puerta. Miguel le miró serio, le apartó y entró. No parecía dispuesto a pedirle perdón.

-Quiero que te alejes de Ana. ¡Estoy harto! –bramó. Y a mí, me olvidas. No quiero saber nada de ti. No existes para mí.

-Bueno –contestó Pablo, a la vez que intentaba no ponerse nervioso-. Lo primero que debes hacer, es pedirme disculpas, porque te pasaste muchos pueblos. Pero respecto a Ana, por mucho que sea tu novia, lo decidirá ella.

Marcos estaba tenso, ya había elegido cómo moriría su personaje.

 Miguel le empujó con rabia hacia la pared. En su caída, Pablo, se golpeó la cabeza y el cuerpo contra la mesa. Quedó tendido boca abajo en el suelo. Miguel vio su oportunidad y cogió la figura. La levantó en alto pero se quedó inmóvil mirando a Marcos.

-¡No puedo, no puedo! Me niego a matar a nadie. ¡Eh tú, escritor! Que yo no quiero ser un asesino y menos matar a mi amigo.

Pablo se giró desde el suelo, se tocaba la cabeza dolorida tras el golpe. Y le increpó:

-¡Eso! ¿Por qué tengo que ser la víctima? ¿No tienes una idea mejor?

Marcos no conseguía escribir, petrificado como estaba por la rebelión de sus personajes. Sentía como si hubiera traspasado la pantalla del ordenador. Con la boca abierta, era incapaz de defenderse. Estaba allí, junto a ellos, pero aquello tenía que ser un mal sueño. ¡Una revolución! Nunca le había pasado. ¿Qué tenían, estos individuos, de especial para que le criticaran?

En su planteamiento, no eran conflictivos. No entendía por qué actuaban así. Le habían roto los esquemas en un momento crucial de la historia.

-Yo soy Marcos –musitó.

-Y nuestros nombres ya los sabes –gesticuló Pablo, tocándose el pecho y señalando luego a Miguel.

-¿Por qué estáis tan enfadados conmigo?

-Para empezar, ni sabes qué queremos. Miguel, mirándole fijamente a la cara , era quien hablaba .

-¡Pero yo soy vuestro creador!

-Para el carro. No te creas Dios Todopoderoso .Un poquito de humildad –ahora era Pablo el que tomó el relevo.

-Es que tú no tienes en cuenta –argumentó Miguel- que nos has dado la vida, pero nosotros tenemos actividad propia. Los padres traen a sus hijos a este mundo, pero la vida de estos no les pertenece.

-Mira cerebrito –apostilló Pablo-. Hemos decidido cambiar de planes.

Marcos sudaba profusamente y les pidió un vaso de agua. No esperaba este desenlace en su novela. Aquello hacía trizas su proyecto. Además, se sentía ofendido por el tono de sus comentarios.

-Una curiosidad –preguntó Miguel-. ¿Qué iba a hacer yo con el cadáver de Pablo después?

-Había pensado simular un robo y que se lo encontraran aquí –respondió Marcos.

A su cabeza venían en tropel todas las ideas que su imaginación había acumulado, pero como un tsunami desaparecían de su vista.

-Vale. No es la idea más original, pero te habría servido –le contestó Pablo-. Sin embargo, a mi me gustaría seguir vivo y decidir con quién quiero estar.

-Bueno Pablo, nuestra amistad no tendría que cambiar. Eres mi entrenador personal, te admiro y te quiero –así de contundente se mostraba Miguel.

-Si yo también te quiero, pero este –dijo señalando a Marcos –siempre nos ha descrito como un lote impenetrable: tú, Ana y yo.

-Es que ese era el motivo de asesinarte. Miguel tiene unos celos enfermizos de ti. Cree –Marcos respiró hondo y continuó-, mejor dicho creía que tú querías quitarle a Ana, su novia.

-A ver, que yo con Ana me llevo genial –le contestó Pablo –pero de ahí a tener una relación…

-Tendríamos que hablar con ella  y opinar todos –dijo Miguel mirando a Marcos-. Ana y yo nos queremos, pero ya no hay la chispa de antes. Es una relación cómoda para ambos. Y si tus pensamientos eran casarnos y todo eso, dudo mucho que hubieran acabado así.

-Miguel, llámale tú –pidió Marcos -. Estoy muy confundido ahora mismo.

Lo hizo y , mientras , Marcos piensa que podrían haber sido igual de obedientes hasta el final. “Me han complicado la vida” –se dice.

Aparece la imagen de una chica en el móvil: pelo castaño, ojos brillantes y una gran sonrisa. Es Ana.

-Voy a poner el teléfono encima de la mesa para que nos puedas ver a todos –le dice Miguel-. Tenemos un problema con Marcos, el escritor. Mira, ahí le ves. Él quiere que mate a Pablo. Dice que estoy podrido de celos y pienso que te vas a ir con él.

-¿Matarle? ¿Irme con él? –pregunta Ana-. Pero si a Pablo no le gustan las chicas.

El ambiente se caldeó en la sala y sus caras eran un poema.

-¿Cómo dices? –el rostro de Miguel perdió su color.

El de Pablo  acaparó la tonalidad de todos ellos juntos. Y Marcos se atragantó con su propia saliva.

-Chicos, sois unos ilusos. Había muchas señales que no habéis visto. Yo con Pablo estoy súper a gusto y somos parecidos de carácter. Extrovertidos y nos gusta conocer gente. Muchas veces hemos hablado de hacer viajes juntos  para vivir experiencias diferentes. Pero él no se hubiera animado sin Miguel. Intentaría convencerle por todos los medios.

-Una cosa –interviene Marcos-. Tu personaje era neutral. Con trabajo estable en la clínica como médico y una vida placentera, sin sobresaltos.

-Estoy aburrida de tanta monotonía. Mi trabajo no me llena; la relación con Miguel es relajada pero aburrida. Pablo es el que dinamiza mi rutina.

-Pues yo no quiero cambiar mi vida –aclara Miguel-. Lo de Pablo no me lo esperaba aunque, pensándolo bien, si notaba mucho interés en hacer planes juntos. Lo achacaba a nuestra amistad. ¡Qué tonto he sido!

-A ver. Yo tengo mi identidad sexual, pero sin avasallar –habla Pablo ya recompuesto. Estoy muy bien con vosotros dos pese a que, es evidente, que me siento más a gusto con Miguel. Me encanta mi profesión, creo que ahí has acertado Marcos. ¿Pero entiendes ahora que era muy mala idea que él me matara?

-Al menos no me he equivocado en señalarte como una persona de acción, emprendedora, al que le gusta conocer gente diversa y con las ideas claras.

-¿Cómo me veis? ¿Cómo pensáis que soy? –preguntó Miguel con curiosidad.

-Ya he dicho que no eres el más divertido de la fiesta –Ana le sonríe y prosigue-. Eres predecible, paciente, cariñoso y leal.

_Yo prefiero no opinar por si desvirtuáis lo que digo –se excusa Pablo-. Pero creo que eres un tío legal.

-Si me permites Miguel –interviene Marcos- yo destacaría tu introversión. No sé si tu trabajo de químico en el laboratorio influye en ello. Lo digo por el tiempo que estás solo con tus probetas, etc. Eso puede crear desconfianza para abrirte a los demás.

-Cierto que  no busco el contacto con la gente aunque lo tolero bien –confirma Miguel-. Un punto para ti Marcos. Y me alegra que me consideréis un buen amigo y fiel a los que estáis en mi vida. No me veo tan predictible. No me gustan las sorpresas, eso es todo.

-¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo encajamos todas vuestras opiniones y querencias? Está claro que las mías –comenta un resignado Marcos  –ya no sirven.

-Yo me planteo en serio irme fuera. Pediría una excedencia y aceptaría la invitación que me ha hecho una compañera de trabajo. Necesitan médicos –comenta Ana con prudencia cargada de decisión –para ir de cooperantes a Sierra Leona. Estoy nerviosa pero creo que sería una buena experiencia para mí.

-¿Buf, tan lejos! –Miguel le mira y hay añoranza en sus ojos -. No tengo decidido nada. Si acaso tú y yo Pablo tenemos una conversación pendiente.

-Te sorprenderías de lo que los heteros descubren cuando salen de su zona de confort. -Era una forma, según pensaba Pablo, de aventurar una cita-. Sabía que tenía que darle su espacio y tiempo. Él sabía esperar.

-¿Ya está todo? ¿Queréis terminar así la historia? –pregunta Marcos-. Los tres asienten. Pues nada, pizza para vosotros. Invita la casa. Yo debo volver al trabajo.

-Me apunto –dice Ana-. Y en cuanto a ti, Marcos, piensa que ha tenido un desenlace feliz para todos.

De regreso, Marcos mira con insistencia el ordenador. No será un best seller –piensa-, pero cómo explicar el punto y final lo decidiré yo. No es negociable.

Y reconfortado con la idea… comienza a escribir.

 

 

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