UN DIA DE DICIEMBRE

Por Rosa Maria Perez

En aquel rincón gallego una mañana soleada de diciembre Luis, que pasaba la Navidad con sus padres, se despertó agotado. Apenas había dormido como era habitual en los últimos meses.

Se despidió de su madre recordándole que comería con sus amigos de Santiago, le dio un beso y subió al coche.

Llegó a la cuidad más o menos a la una. Entró en una ferretería y compró un par de cosas, las guardó en la mochila y echó a andar.

Pasó por la facultad donde había comenzado estudios de filosofía que apenas habían durado unos meses, y recordó sus años confusos de juventud desorientada. Pensó en su primera novia; quizá ella había sido el motivo de trasladar su matrícula a Salamanca, no estaba seguro. La ilusión de aquel noviazgo se desvaneció poco a poco, como consecuencia de los celos de ella y del control que pretendía ejercer sobre su vida.

Dejó la catedral a su derecha, pasó frente a la oficina de acreditaciones donde más de cien personas formaban cola para recoger credenciales de peregrino. Luis iba sumido en sus pensamientos.

Cambió de rumbo y fue al bar de Eduardo. Se dieron un fuerte abrazo, su primo lo miró y se sorprendió al verlo mucho más delgado; él con una sonrisa impenetrable lo llamó exagerado. No tomó nada, no tenía ganas de hablar, así que mintió, dijo que ya había comido e iba con un poco de prisa. Eduardo se despidió hasta el día de Nochebuena él no contestó, tan solo levantó la mano para decir adiós.

Al salir sintió un gran vacío en el estómago y un sabor amargo en la boca; pensó que tenía hambre, paró un momento en una pulpería y pidió una caña y un pincho.

Caminó sin rumbo fijo y sin reparar en nadie; Experimentaba una terrible sensación de soledad, sintió ganas de llorar, pero se contuvo. Pensó en su trabajo de profesor de secundaria, en las aulas repletas de jóvenes sin interés por aprender y vacíos de ilusiones, ellos habían tirado por tierra su vocación; estaba decepcionado consigo mismo.

Marcó el teléfono de su madre mientras caminaba, pero no pudo hablar con ella.

Quería mucho a sus padres, pero desde que había llegado no se sentía cómodo con ellos, hacían muchas preguntas.

La niebla empezaba a bajar, cogió el coche para ir hasta la finca de su abuela, tardaría más o menos una hora en llegar.

Durante el trayecto, pensó en la traición de su exmujer. Él había dado todo por aquella relación, la había ayudado a educar a sus hijos, había pedido el traslado para vivir en la misma ciudad, pero no había servido de nada. Aunque quería a los chicos como si fuese sus propios hijos, ya no podría verlos, pues su madre pensaba que no era conveniente.

Sus amigos lo habían advertido de la arriesgado de aquella relación. Al final ellos tuvieron razón, había sido un iluso. Mientras pensaba, las lágrimas rodaban por su cara.

Aparcó el coche cerca del camino, intentó nuevamente hablar con su madre, no sabía muy bien por qué insistía podía enviarle un mensaje, pero lo hacía sin pensar, como si un hilo invisible los mantuviera unidos y necesitara romperlo en aquel momento. Nuevamente oyó la locución “apagado o fuera de cobertura”. Entonces llamó a su padre y le dijo que no lo esperaran a cenar, que llegaría tarde.

Bajó del coche, reconoció el olor a humedad característico del lugar en esa época del año. Cogió la mochila y caminó un rato. Divisó el roble que parecía un rey en mitad de la pradera, de niño pensaba que era el árbol más grande del mundo. Recordó lo feliz que había sido en aquel sitio donde pasaban los veranos todos los primos con los abuelos, avanzó con lentitud hacia él, se sentó y apoyó la espalda en el tronco, estaba agotado.

Empezaba a hacer frío, se puso la capucha de la sudadera y abrochó en anorak, tomó aire y se relajó.

Tenía cuarenta y cinco años, se preguntaba por qué la vida le había resultado siempre tan difícil, siempre cuesta arriba, fue inútil empeñarse en allanar el camino y estaba muy cansado, necesitaba dormir, dormir profundamente, descansar.

Sacó de la mochila el paquete que había comprado en la ferretería, lo abrió, cogió el martillo y golpeó con desesperación el móvil que contenía sus secretos hasta hacerlo añicos. Terminó agitado y furioso. Reposó la cabera en el tronco del árbol e intento respirar pausadamente. En esos instantes, toda su vida le pasó por delante, y no encontró un cable donde agarrarse.

Minutos después, con mucha calma, sacó del paquete un cúter, lo apoyó sobre la muñeca izquierda y no dudó.

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