UN SEGUNDO Y TODO CAMBIA – Concepeción Arcos Fuentes-Robles

Por Concepción Arcos Fuentes-Robles

Tenemos los resultados de las pruebas que te hemos hecho esta semana, y también de la biopsia. Tal como intuía se confirma el diagnóstico, es un Linfoma, y a la espera de que la biopsia nos confirme pasados unos días las muestras pendientes, se trata de un linfoma de Hodgkin … – dijo el hematólogo que me estaba tratando y al que me había derivado el neurocirujano después de

más de cuatro meses con unos bloqueos en la espalda que no tenían forma de remitir – según indica el PET TAC estás en fase 4, hay múltiples ganglios infectados, además de la médula ósea y al parecer el Bazo está bastante inflamado, con lo que intuimos que está también contaminado.

-Por favor, pare un momento – le rogué al médico después de semejante exposición.

Estaba sentada en un despacho médico de una clínica privada, delante del médico, que apenas me miró a la cara mientras me contaba semejante historia y mis padres sentados uno a cada lado de mí. Los miré, primero a uno y luego al otro, y los volví a mirar. Ellos tenían cara de no entender nada. Yo sabía perfectamente lo que me estaban explicando, me había informado después de leer muchísimas veces el informe de la resonancia magnética que me había derivado a hematología. Adenopatías paraaórticas, esta denominación, por definición no podía ser otra cosa que linfoma, o vulgarmente conocido como Cáncer del sistema linfático. Y además lo nombraban en plural, eso quería decir que estaba por lo menos en fase 3.

Sabía, antes de entrar en la visita, lo que iba a pasar, y también sabía cual era el tratamiento, quimioterapia para empezar. Tenía miedo que siguiera hablando el médico, con esa frialdad provocada imagino por la costumbre de dar estos diagnósticos y que mis padres oyeran la palabra quimioterapia sin estar preparados. Respiré hondo y les volví a mirar primero a uno y después al otro.

– Papá, mamá, lo que el médico nos está diciendo es que tengo un problema en los ganglios del sistema linfático y quiero que sepáis que, si no estoy equivocada, me va a proponer un tratamiento de quimioterapia, pero no os asustéis, la palabra es más grande de lo que realmente es, ¿verdad doctor?- pregunté mirando con ojos de ruego al médico deseando que me devolviera la mirada y viera mi súplica en los ojos para empatizar con mis padres.

 

_ Exactamente Daniela, eso es lo que iba a contarles ahora, pero veo que estas muy pero que muy informada de lo que podías tener y el tratamiento a seguir. Desafortunadamente, el número de ganglios es alto y no se consigue erradicar con una operación ni con radioterapia.

Tras estas palabras oí el sollozo de mi madre, el silencio sepulcral de mi padre y mi corazón latir a mil por hora.

Entró de forma inmediata la enfermera para informarme que en 3 días me hacían la biopsia y que al día siguiente me pondrían un port-a-cat (no sabía qué era, pero al buscarlo vi que se escribe “port-a-cath”), para comenzar el tratamiento justo una semana después. Todo estaba resuelto, tenía que ir a visitar al cirujano y la mutua cubría con el tratamiento, que sería de 8 meses, 16 ciclos, como ellos llaman a cada dosis de terapia.

De vuelta a casa en el coche, yo conducía sin pronunciar palabra, el nudo de la garganta impedía que me expresara sin llorar y delante de mis padres me negaba, mi madre no hacía más que llorar y mirarme y mi padre, sentado detrás, miraba fijamente por la ventana.

Yo no hacía más que recordar unas palabras que me había dicho el médico acerca de los efectos secundarios. Aparentemente no iba a perder mi cabello, bueno, qué bien, el estigma de la calvicie no afectaría mi autoestima, eso sí, me iba a producir infertilidad; vamos, que si no tenía guardados óvulos no podría ser madre. Este efecto sí me sentó como una bofetada sin mano. Al hecho de parar un año mi vida tenía que sumar el renunciar a poder cumplir mi sueño de ser madre” y así te ahorrarías . Yo solo tengo treinta y tres años, una vida por delante, aunque ahora mismo dudosa y sin tener un hijo. Ese pensamiento era el que me tenía bloqueada durante todo el camino a casa.

La noticia en la familia cayó como un jarro de agua fría y cuando pude, ya de noche, me escapé, en teoría a mi casa, pero me despisté, me desvié y paré delante del mar, ni siquiera recuerdo cómo llegué a aquel lugar y entonces, y solo entonces, las lágrimas comenzaron a brotar de forma descontrolada. En mi mente solo podía repetirse una pregunta: ¿Por qué a mi?.

 

Imagino que todo el que pasa por esa situación piensa lo mismo que pensé yo. Cogí el teléfono pasados largos minutos, cuando estuve más calmada y llamé a Nacho, un ser que acababa de entrar en mi vida como un ángel de la guarda, era alguien diferente, con quien tenía una relación un tanto especial pero que veía la vida de una manera muy diferente a mí y que creía en la fuerza de las terapias alternativas. En tan solo un mes se había convertido en mi amigo, mi confidente y antes de saber nada también en mi terapeuta emocional; y algo más…

 

-No estés sola, es tarde, te espero en casa y cenamos algo juntos mientras me cuentas tranquila – me dijo nada más descolgar el teléfono y oír el hola más triste y ahogado que jamás había escuchado. Lo habíamos hablado, le había contado que podía tener lo que me habían confirmado, y siempre estuvo dispuesto a ayudar… Mientras pensaba en la suerte de haberlo encontrado y renunciaba a contestar a todas las llamadas y mensajes de amigos que intentaron ponerse en contacto conmigo desde hacía horas, llegué a casa de Nacho y aparqué delante de su puerta. Subí el rellano hasta el primer piso y allí estaba, esperándome para darme el abrazo más sanador que había experimentado.

 

Fueron siete segundos de contacto directo en el que me transmitió paz, tranquilidad, energía y sobre todo mucho amor. Amor del bueno, del verdadero, del que solo una persona con un buen fondo puede entregar.

 

No hicieron falta palabras, me miró me cogió de la mano entramos y nos sentamos en el sofá. Lo volví a abrazar y rompí a llorar. No sé el tiempo que pasé dejada caer sobre su pecho, llorando, pero suavemente me separo, me incorporo y se fue a la cocina.

Apareció unos minutos después con unas tazas con infusión.

-Tomate esto guapa, te sentará bien, respira profundo y cuando te sientas más calmada me cuentas – me dijo con su dulce voz.

-Gracias Nacho, no sabía a quién llamar, no quería hablar, porque no quiero pensar en lo que viene. Siento haberte molestado – le dije aún con voz temblorosa y entrecortada.

-Tranquila, sé el porqué estás así, imagino que tu peor presagio se ha cumplido, pero oye, estoy para ayudarte, ¿no?- me contestó cambiando el tono de su voz, más vital, positivo, consiguiendo sacarme una sonrisa.

 

Ese fue el primer instante del día en el que pude respirar sin sentir opresión en el pecho. Me quedé dormida en su sofá, y justo cuando amanecía me despertó un suave beso en los labios.

-Cielo me voy a trabajar, no tengas prisa y cuando estés preparada cierra la puerta al salir, nos vemos prontito- me dijo con una sonrisa y lanzándome un beso desde la puerta.

-Gracias por todo- conteste con una sonrisa de agradecimiento sincero mientras lo veía salir.

Había conseguido descansar unas pocas horas pero justo al cerrar el miedo volvió a invadirme. Aun así tenía que enfrentarme a la situación. Me lavé la cara en el baño, me coloqué bien la ropa y salí de allí dispuesta a enfrentar esa situación de la manera más estoica posible. Al salir a la calle el frío entró por cada uno de los poros de mi piel y sentí miedo de nuevo, pero respiré profundamente, tal como me había enseñado Nacho y me monté en el coche para volver a casa.

 

En ese instante en que el coche se puso en marcha note la realidad de lo que sentía, la vida, en general seguía el camino y a su ritmo y yo, estática, parada, sin poder moverme de donde me quedé después del diagnóstico. Esa iba a ayer mi realidad a partir de entonces, pero me jure que aún con altibajos seguiría caminando, aunque fuera a otro ritmo. Mi vida nada me la iba a frenar. Tenía más miedo de como me iban a mirar todos a partir de ese momento

 

El día fue intenso, repitiendo a todos aquellos a los que ignoré el día anterior lo sucedido.

 

Pero fue terapéutico, ya que contarlo tantas veces y llorar otras tantas pudo ayudarme a darle naturalidad y relativizar. Dormí fenomenal aquella noche, el agotamiento era extenuante.

 

Y así pasé toda la semana, pegada al teléfono, recibiendo mucho cariño y yendo y viniendo al hospital para hacerme todas las pruebas habidas y por haber hasta que llegó el día D. Tuve que entrar dos veces en quirófano esa semana pero no tuve miedo, no dolió y todo fue muy rápido. Hasta el hecho de hacerme tantas pruebas era la excusa perfecta para tener la mente ocupada.

Durante esa semana de locos, tan solo en los momentos de liberación mental mis pensamientos iban dirigidos a mi suerte, a lo qie se me venía encima, z todo lo qie podía suceder su no iba bien. Podía estar sentada en la mesa comiendo con mi familia y estar absorta en mis miedos, mientras oía de fondo un murmullo que obedecía a la conversación paralela de todos los demás. Pero el miedo o guardaba para mí, todos me decían lo fuerte y valiente que tenía que ser, y nadie pensaba que me sentía el ser mas frágil y más temeroso del planeta.

Tenía cita a las 9:00 de la mañana. La noche anterior llegó mi prima desde la otra punta del país, quería cogerme de la mano en el proceso y se lo agradecí.

Una cara amiga, una mano tranquilizadora y fuerte ayudó muchísimo.

Siempre he tenido miedo, pavor a las agujas y a la sangre y al entrar en el instituto oncológico y pasar por el mostrador me flaquearon las piernas.

 

Una enfermera nos acompañó a una habitación individual para comenzar el tratamiento y cuando quise reaccionar ya estaba enchufada con una tele delante de mí y un sofá enorme para mis acompañantes. La primera sesión fue relativamente rápida, en apenas cuatro horas habíamos terminado y no sentí dolor. Cuando por fin me desconectaron de la máquina que te introduce todos el medicamento, todos  en la habitación nos miramos y creo que pensamos:“bueno,no ha sido para tanto, ¿no?”. Di un salto de la butaca, pasé por recepción a buscar mi tarjeta sanitaria y la cita de la próxima sesión y salí con paso firme hacia la calle. Fue en la puerta, que mi propia determinación me hizo chocar con una pareja de chicos de más o menos mi edad que caminaban un poco acelerados, como yo. Tropezamos y nos miramos.

-Disculpad- les dije con arrepentimiento y educación.

-Discúlpanos tú a nosotros, vamos despistados y un poco nerviosos- contestaron con una tímida sonrisa.

Fue al salir del hospital que me sentí otra persona. Algo en mí había desaparecido, había muerto, ya no era yo, sentía que respiraba diferente, algo había cambiado, pero decidí que quería conocer a la que sería la nueva Daniela, fuerte, valiente y sobre todo luchadora.

El abrazo de mis padres, mi hermana y mi prima me empujaron desde ese momento en línea recta hacia delante. La adrenalina segregada durante los últimos días ayudó también a sentirme fuerte.

Volví a pensar en la pareja con la que me había cruzado en el hall del hospital, vi el miedo en sus ojos, y por un segundo sentí consuelo, no era yo la única que sufría en este mundo, aunque me dio lastima pensar qué les podría pasar.

 

Primera sesión terminada, a descansar y en 15 días otra más. Ya no había vuelta atrás. Tenía ganas de hablar con Nacho

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Isabel

    Una historia muy emotiva y bonita!!!!!

  2. Cristian

    Muy bien relatado. Expresas muy bien de forma escrita todo lo sucedido. Enhorabuena!

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