UNA CARTA DE AMOR ( POR HABER VIVIDO ) – Rosa Mª Zaba Paredes

Por Rosa Mª Zaba Paredes

 

Sr. D.  A mi marido

(según consta en una partida de matrimonio).

 

Hoy es el último día que escribo tu nombre en el espejo.

Hoy es el último día que mi mente atormentada y escondida, guarda silencios y amarguras que no quiero decir.

Hoy debería ser un día nuevo, radiante de sol y luz en el que la lluvia, que cae inagotable, limpie del aire las palabras que salen de tu boca y arrastre la ira, el orgullo, y la fuerza con que salen de tu corazón.

Las palabras asoman a tus labios mostrando el reflejo del sentimiento más profundo que tu corazón esconde, al ser pronunciadas al compás del lenguaje mudo de tu cuerpo; pudiendo leer, sin que nada escrito haya, la pobreza de sentimientos y la falta de amor.

Mi amor nunca es correspondido, pasa desapercibido para ti. Mis manifestaciones e intentos para conseguir tu amor, son en vano.

Muchas veces he comparado mi vida con la de las mariposas, que viven libres en los bosques, y más tarde, las apresan y enjaulan dentro de un jardín bellísimo de plantas exóticas y multicolores; pero que siempre vuelan atrapadas en el mismo paisaje. En mi caso, vuelo siempre a tu alrededor.

Durante años has diseñado en mi cerebro paisajes de amor y belleza para hacerme creer que mi vida es feliz, aunque solo es un espejismo.

No utilizas pinceles ni acuarelas de colores, pero me haces creer que vivimos una vida con normalidad, cuando, en realidad, el único que vives bien, eres tú.

Un sueño dentro de un mundo imaginario, un Edén que no encuentro, que nunca veo.

Cuando parece que el cuadro va a ser terminado, lo destruyes con tus enfados, gritos y golpes; borrando cualquier escena cotidiana y tranquila.

Los días pasan, y trazas de nuevo en el lienzo imaginario un paisaje de paz, y yo vuelvo a creer en ti. Mi amor es ciego, no veo la realidad, ya que, una y otra vez, ocurre lo mismo: vuelves a hablarme con agrado, desenfado, incluso, me sonríes, parece que nunca ha pasado nada, y vuelves a atraparme con tus encantos y simpatía.

Mis cinco sentidos se transforman de nuevo, y quiero volver a la vida.

Olvido los agravios, los puñetazos en la mesa, los gritos, la mirada aterradora de tus ojos dañinos, y lo intento otra vez, y vuelvo a sonreír, y los poros de mi piel respiran oxígeno, y mi corazón late acelerado, como cuando te conocí, y escucho tu voz y tus palabras como si fueran sonidos celestiales.

Me sugieres sutilmente lo que debo hacer en cada momento, y donde, y de qué manera, supervisando cada paso que doy, cada movimiento; y siempre das tu visto bueno o malo sobre los encargos, tareas o trabajos que me mandas.

Soy consciente de que no merezco vivir así, no sé por qué lo permito. Robas mi energía, mi tiempo, desgastas mi vida, mi aliento, y hasta mi alma.

No salgo a pasear, ni al cine, ni a tomar café con mis amigas porque has provocado que ya no las tenga, y no tomo ninguna decisión que nos afecte a los dos. Sólo tú decides sobre todas las cosas, incluso la comida y cena que debo preparar para mañana.

Siempre estoy sola, aunque esté a tu lado.

Nunca me has atado con cuerdas ni cadenas. No cierras con llave la puerta de la casa cuando te marchas, pero yo sigo encerrada en este jardín de plantas exóticas y multicolores que cuido y mimo, porque ellas forman parte de mi ser, y es lo único que tengo.

Las plantas sí me aman, crecen hermosas y bellas para mí, y me hacen feliz, y me siento muy bien cuando las contemplo.

Me acerco a ellas con delicadeza, apenas las rozo, como si les acariciara, y mi rostro se ilumina, y me doy cuenta, más tarde, que les sonrío, les hablo, y les susurro una melodía dulce que cantaba cuando era pequeña.

Sé que ellas me escuchan y agradecen mí canto, mostrando sus bellas flores de colores como si fueran el arco iris, siempre radiante y luminoso.

Es el único espacio libre que me queda en tu ausencia, y disfruto de lo que es mi libertad.

Mi cerebro piensa libremente, no me interrumpes con tus frases que, no me atrevo a calificar, como: “Tú no hace falta que pienses”.

No soy criticada si pienso, o si opino, cuando puedo expresarme, porque no estás… Son mis momentos de liberación y de paz.

Cuando estoy sola escucho música clásica, que me apasiona, abro los brazos al viento, y bailo para ellas, me siento libre y feliz, incluso, amada.

Un día, me di cuenta de que mi cuerpo temblaba, otros, daba un brinco cuando volvías a casa y sentía el giro de la cerradura en la puerta, o cuando ésta se cerraba tras de ti.

Años más tarde me di cuenta de que eso se llama miedo.

Nada en mi vida es real, no puedo vivir mi verdad, pasan las horas y los días, y todos son iguales, soy un autómata.

Cuando me armo de valor y quiero hablar contigo, para decirte, de la mejor manera, mis malestares, y aquello que no me parece bien, te enfadaste de nuevo, y nunca terminamos la conversación.

Según tú, nunca llevo razón, mis opiniones no tienen sentido, vuelvo a estar equivocada, y las cosas que me dijiste, no las has dicho, o yo no las he escuchado bien; y tengo que volver a callar para que finalicen las voces y la bronca, incluso los insultos: “vete a la mierda”, eres una gilipollas” …

Me doy perfecta cuenta de lo que me ocurre, y sé del poder que ejerces sobre mí, pero no puedo hacer nada, soy incapaz.

Me devora el pensamiento, me atormento buscando una salida, pero no doy con la respuesta.

Esta vida no es vida. Es agonía y asfixia. Es como un choque brutal en el cerebro que me impide moverme, respirar; es el pensamiento constante de que solo puedo esperar la llegada de la muerte.

Para ti, solo soy compañía, alguien a quien tú hablas, y yo escucho, dando por bueno todo lo que dices.

Cuando hablo no me miras a los ojos, tu mirada distraída va a otros lugares de la habitación, y en ese momento, siento que una cuerda muy delgada e invisible rodea mi garganta, y que me falta el aire para respirar; necesito escapar de ti, huir lo más lejos posible, porque, me siento una inútil.

Cansadas y viejas las agujas del reloj del aparador siguen marcando las horas, veinticuatro, todos los días recorriendo el mismo círculo, dibujando circunferencias en ese espacio completamente cerrado; sin descanso, sin dejar que las agujas, casi oxidadas paren ni un momento.

Vivo como una mariposa atrapada.

Hubo tiempos en que creí que era el lugar adecuado para vivir, y fabriqué un hilo de seda con el que fijarme a ese hogar permaneciendo casi inmóvil. Han transcurrido siete largos años.

Sueño que soy muy feliz, y me pregunto, a diario, ¿cuándo seré libre, y dónde y cuándo encontraré la clave para escapar? Nunca obtengo respuesta. Cada noche pido a mis sueños que me muestren el camino para acceder a la libertad.

También sueño con los ojos abiertos e imagino que emprendo el vuelo y me dejo llevar con el aire, planeando cuando sopla con fuerza, y dejo mis alas muy quietas, casi plegadas, controlando la dirección del vuelo; y me dejo mecer por los vaivenes del viento, sintiendo ese momento como un juego, como el regalo de un cuento.

Han pasado muchos años, voy perdiendo mis preciosas capas de piel en forma de crisálida, y mis alas humedecidas, frágiles y retraídas, ya están cansadas, muy cansadas.

Ya no veo la ternura de mi rostro en el espejo, en ése que escribía tu nombre. Escucho el silencio sordo que mis ojos vierten, lágrimas amargas que gritan como una llamada de socorro.

La espera, espera a otro día igual.

Deseo cambiar la vida de esta tierra por la muerte, para disfrutar la muerte como vida eterna.

Durante años planifiqué mi huida, sabiendo que, esta vez, si lo conseguía, mi vida sería extraordinaria.

Como mariposa, todavía no soy consciente de que ya he muerto.

Lo he hecho en silencio, asfixiada en mi propio aire, y gracias a esta última mutación, he podido llegar a la eternidad…

Ya no salen de mi boca palabras de mis labios entreabiertos y dormidos…

Ya no rozan mis mejillas las caricias olvidadas.

No se enredan, ya, mis alas en tu pelo florecido.

No besan mis carnosos labios frescos, y anacarados.

Y tus huellas arrugadas, no rozan mi carne dolorida.

De pena enfermó mi alma, viví con misterio y sigilo, por ese amor que amargó como la hiel, y arrastrado fue al olvido.

Tierra, aire, fuego y agua…

El beso endulzará con mi boca los corazones dormidos.

Ya no espero que la espera, espere a alguien que le pueda dar sentido.

Viví sola, puede que quede en el olvido, pero no olvides nunca, que he existido.

Con mi espíritu formé de nuevo un capullo de seda, y emprendí el vuelo para fundirme para siempre en la eternidad, y pude volar….

Destruiste mi corazón sin alas, pero a tu lado me quedo como castigo, y a partir de ahora me amarás, y volverás a desear tenerme contigo, y quedarás solo con tu recuerdo escondido.

No ven los ojos dormidos.

No sienten las manos que, con los puños cerrados, no acariciaron mi rostro.

No sueñan las mentes dañinas que apagan las luces de la vida con sus sombras, y ahogan los sueños antes de nacer…

 

En Toledo, a treinta de noviembre del año dos mil veintiuno.

 

Fdo: Rosa Mª del Sagrario Zaba Paredes

 

 

 

 

 

 

 

 

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