UNO CUATRO SIETE DIEZ

Por Iñigo Pazos Urchegui

carroña

 

Cuéntame, cuéntame:

¿Cómo cruzábamos campos cerrados

con cementerios callando cenizas?

¿Cómo corrimos con caños combados

como caballos con crin calcinada?

 

¿Cuánta carroña cenábamos cruda?

Ciervos, chacales, cangrejos, culebras,

cuervos, carneros con cuernos, cabezas,

cuellos… Comimos chocando colmillos

como canallas:

cuatro chuletas;

cinco, con calma.

 

¡Cómo cavabas clavando culatas!

¡Cómo cavabas cantando chiflada!

 

 

bestia boreal

 

Bebía bourbon,

besuqueaba

botellas baratas.

Barquita burlona,

baile brumoso.

 

Balbuceaba:

«Ballena bonita,

bestia boreal,

bésame, ballena,

bravura buena».

 

Brincaron bruscas,

barriga blanquinegra,

bramaban, bregaban.

¡Brutal batalla!

 

Borracho, braceaba,

boca bañada:

«Ballena bufona,

basta, basta, ¡basta!

Ballena brava,

¡bastarda! ¡Boba!»

 

color de la a a la u

Cuenta en dedos la senda

entre la rabiosa carcajada marina

y el tímido ulular del valle ciego:

lo mismo que hablamos gaviota y hablamos búho,

habla la luz, prende clarines y flautas

y abre el blanco Iguazú en filatelia de timbres.

 

Enciende girasoles, sin ir más lejos, la luz,

estanco el tintineo de perfumes de azahar,

suena el filo, la navaja rubor tras el elogio,

y suena la bohemia que cae sobre la espalda,

mostaza, con zumbido de bronce cubre

los adoquines y de regreso los zapatos.

 

Pincela la hierba segada, que no es tan distinta

de la charla de ese amigo por las viejas columnas,

si la tarde echa raíces —ocurre a menudo—

germina hasta la noción del eterno retorno.

Resonancia similar guardan el escalofrío

por la llovizna en este pasto de tierra mullida

y la piel tan lisa de los guisantes, en las yemas,

cuando hundimos las manos hasta el centro del saco.

 

Se vuelve índigo, en el cuello,

la brisa de algodón penumbra;

a veces parece que nunca estuvo aquí.

Por no hablar del jazz, no lo olvidemos,

que siempre fue más bien nocturno,

y suena en escala de menor lejanía o de séptima nostalgia,

como esa sábana de ladridos ingrávidos

que deshilvana el sueño cuando se pliega en U.

 

falush

Vino en pantalón corto,

cantinela, era brincar

de gozo:

feliz va con regaliz

disuelto en el paladar.

 

Luego apareció sin rostro,

agua hasta los tobillos,

cripta deshabitada, falush,

kurzf y ermitaña,

¿erfilas enoc da usúrpula?

 

Palpando el musgo planté

una bota en tierra insólita.

Amé al fin la soledad lunar,

la selva punzante,

roto, arena en boca,

¡sendas crispadas de hojarasca!

¡Poesía desbordada, fiera, y sedimento verde!

¡Arrasa con todo e inunda las aceras!

¡Y el luto! ¡Y el aburrimiento!

¡Y las tazas y los cuencos!

 

RELATO DEL TALLER DE:
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