AHORA TOCA CUIDAR EL ALMA

Por Virginia Ruiz Martín

Cristina lleva bastantes días sin poder conciliar el sueño. Atrás han quedado los peores meses de una distópica pandemia, trabajando como enfermera en primera línea de un hospital de provincias. Han sido meses de una cruel ferocidad, provocada por la exposición incesante al sufrimiento ajeno intenso del que costó distanciarse. Llegaban un incontable número de enfermos con extrañas neumonías de aparición abrupta y cuya evolución conducía, a muchos de ellos, hacia la Unidad de Cuidados Intensivos. Enfermos de cualquier edad, algunos con varios miembros hospitalizados de una misma familia, y muchos de ellos eran compañeros de trabajo.

Ritmo de trabajo frenético. Mascarilla impertérrita. Torturadores equipos de protección individual para entrar en las habitaciones convirtieron en anónimos y extraños a médicos y enfermeras. Piel regada por el sudor. Gafas empañadas de forma obstinada. En este escenario Cristina se sentía despojada de su esencia enfermera: el cuidado de las personas.

Apenas cabía el tiempo deseable para hablar con pacientes o compañeros. Cristina, centrada en su tarea, le costó procesar todo lo que allí estaba ocurriendo. Se sentía impotente ante la cantidad ingente de casos graves y con desenlace fatal, a los que sólo le quedaba el recurso de sostener la mano hasta el último suspiro. Transcurrieron así, invariables, días, semanas y meses.

– Mamá, ¿ya estás aquí? – inquirió Lucía, la hija mayor de Cristina

– Sí, cariño, ¿qué pasa? – contestó Cristina

– Necesitamos que vayas al súper. África y yo queremos hacer un bizcocho que hemos visto en un “story” de Instagram  – señaló Lucía.

– Vale, chicas. Dejadme descansar un poco y bajo a comprar – dijo Cristina.

Cristina vive en un piso en una zona residencial de la ciudad junto a sus dos hijas adolescentes, Lucía de diecisiete años y África de catorce. Lleva años divorciada de su marido Jaime y posee la custodia de ambas. Mantiene una relación distante, pero cordial con su exmarido y tiene acordado un régimen de visitas abierto, con fines de semana alternos. Sin embargo, la excepcional situación obligó, para no trastocar a las chicas, a que se quedaran juntas en el hogar materno mientras durara el confinamiento impuesto por las autoridades sanitarias.

Cristina llegaba exhausta a casa, con una angustia contenida y el miedo insoslayable de contagiar a sus hijas, evitando besos y abrazos. Estableció un autoimpuesto ritual de desinfección y se apropió de uno de los dos baños para uso exclusivo, convertido así en una suerte de santuario de purificación. Se otorgó el privilegio de dejar caer el agua cálida y el jabón sobre su piel, eliminando cualquier vestigio de un invisible y potente enemigo. Tras la ducha, Cristina se sentía mejor. Estaba lista para hacer las tareas domésticas, ir al supermercado, supervisar los estudios de sus hijas, estudiar aquel desconocido virus, actualizar protocolos de actuación y conectarse a los “webinars” que había sobre el monotema.

Lucía, la hija mayor, es alegre y parlanchina. Cumplió diecisiete años el mismo día en el que se decretó el confinamiento, hecho que no la disuadió de la idea de celebrar su cumpleaños con sus amigos. Su tarta ya estaba encargada desde hacía días atrás y consiguió que se la trajeran a casa. Llamó a todos sus amigos para hacer una videollamada a las seis de la tarde y, entre risas y chascarrillos, celebraron el acontecimiento con soplido de velas y deseo incluido.

La pequeña de la casa, África, guarda ese halo de misterio que rodea a las personas tímidas, sensibles y observadoras. Aquellos días se sintió a sus anchas. La idea de no tener que ir al colegio durante unos días le atraía porque, para ella, aquella situación le hacía sentirse más libre para hacer lo que de verdad le gustaba.

Lucía y África siguieron sus clases en línea desde casa. Cristina se vio aliviada con la actitud de sus adolescentes ante estas extrañas circunstancias. Las chicas no mostraron tener demasiados problemas para seguir sus respectivas tareas escolares y las notaba contentas, ajenas a la tragedia que se vivía fuera de casa. Las tardes transcurrieron viendo, con palomitas incluidas, series cinematográficas, videos llamando a los amigos, o bien preparando platos de repostería en la cocina.

Jaime trabaja como comercial farmacéutico y durante estos meses se encerró en su pequeño apartamento para teletrabajar. Se sentía afortunado de aparcar los viajes y reconocía las ventajas de esta nueva forma de trabajar. Llamaba a sus hijas con frecuencia. Añoraba sus risas y peleas. Fantaseaba con un pronto reencuentro.

 

En mayo de 2020 la situación pandémica mejoró y se permitió dar pequeños paseos divididos en franjas horarias por edad. Lucía y África salían a pasear alternativamente con su padre o con alguna amiga.  Se familiarizaron con las mascarillas y con el insólito mantenimiento de dos metros de distancia con el resto de los viandantes. Pasear se había convertido en toda una aventura. Sin embargo, encontrarse en un lugar transitado fue captado por África como una actividad de riesgo.

Lucía y África acabaron el curso con muy buenas notas. Llegó el fin del primer estado de alarma. Ansiaban salir de la ciudad y poder disfrutar de las vacaciones estivales que se repartieron entre sus progenitores. Cristina organizó un viaje a Menorca llegando en barco desde el puerto de Barcelona hasta Mahón. Se alojaron en un coqueto apartotel cercano a Ciudadela. Las vistas al mar Mediterráneo desde la ventana ofrecían esa estampa perfecta que Cristina necesitaba. A finales de junio aquel magnífico lugar apenas contaba con la mitad de su potencial ocupación con turistas nacionales. Del bullicio, otrora habitual, en el puerto y en las callejuelas del casco histórico de Ciudadela por las fiestas de San Juan, se pasó a un singular ambiente semivacío, con el cerrojo echado en gran parte del comercio. Alquilaron un coche y visitaron solitarias playas como Cala Macarella o pueblecitos llenos de encanto como Binibeca o Fornells. El sol, el olor del mar y las caricias de la suave tramontana y los lugareños hicieron gratos aquellos días para Cristina y sus hijas.

Lucía y África pasaron el resto de sus vacaciones en Peñafiel junto a su padre, sus primos y sus tíos. Gozaron de la libertad que les confería la vida rural, el aire libre, los chapoteos en la piscina, las excursiones a los pueblos cercanos y el contacto directo con la naturaleza.

– Jo, papá, no sabes las ganas que tengo de empezar el curso y ver a mis compañeros de clase ¾ espetó Lucía.

– Pues, qué ganas, guapa¾ ironizó África¾ Estamos estupendamente así, echándonos unas risas y sin tener obligaciones. Soy mucho más feliz así, te lo aseguro.

Llegó septiembre de 2020 y empezaron las clases presenciales después de meses sin pisar el aula. Un aluvión de normas sanitarias conformó un estricto protocolo sanitario: mascarilla siempre puesta y “kit anticovid” en la mochila: mascarilla de repuesto, gel hidroalcohólico y una gamuza para desinfectar superficies. Las entradas al recinto seguían un horario determinado, escalonado y efectuado por distintas puertas, los pupitres situados a metro y medio entre alumnos y el aula con las ventanas abiertas para facilitar la ventilación. Normas, normas y más normas que constituyeron todo un experimento social para los chavales. Las consecuencias no fueron las previstas.

El curso 20-21 se hizo cuesta arriba para Cristina. Tras un verano tranquilo, volvieron a repuntar los casos en el hospital y en noviembre de 2020, Lucía y África contrajeron el virus con síntomas leves. A Cristina, aquel encierro se le hizo insufrible, entre llamadas del centro de salud y de los rastreadores, las compras telemáticas y las tareas de un hogar con la maldita mascarilla puesta todo el día.

África no volvió a ser la misma tras aquel nuevo confinamiento. Cristina se percató de que su hija mareaba la comida en el plato, dejaba las raciones a la mitad y rara vez probaba postre. Dejó de cenar o decía salir con sus amigas a tomar algo. De un modo insólito y compulsivo se aficionó a salir correr con sus amigas. Con Cristina fue in cescendo su parquedad en palabras. Podía pasar horas encerrada en su habitación haciendo tareas escolares, jugando con alguna aplicación del móvil o viendo videos de TikTok.

En un principio, Cristina pensó que aquella situación era posiblemente fruto de la edad y que su aspecto más delgado respondía a que se estaba cuidando un poco. Sin embargo, el silencio de África empezaba a levantar un muro infranqueable entre hija y madre.

– ¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué no desayunas un poco antes de ir a clase?

– ¡Qué pesada eres mamá! ¿No ves que no tengo hambre? Déjame en paz con tus paranoias.

– Llévate al menos un tentempié para almorzar, hija.

– Haz el favor de dejarme tranquila, mamá. Ya comeré cuando tenga hambre. Deja de agobiarme, por favor.

Un día y bien temprano, Cristina sorprendió a África haciendo una dura tabla de gimnasia. Nunca había mostrado interés inusitado por el deporte como hasta ahora. Cristina sintió una inquietante punzada aguda en el corazón, pero no reprendió a su hija. Pidió ayuda a Jaime, al que le contó todo lo que percibía y le animó a que hablara serenamente con la niña. Estaba muy preocupada y ya no sabía qué hacer o dónde acudir para despejar sus sospechas. Jaime trató de tranquilizarla y le dijo que creía que se estaba precipitando. Él entendía que podían ser imaginaciones suyas, que la niña pasaba por la típica etapa adolescente.

La angustia se acrecentaba. Cristina se armó de valor para hablar con una compañera enfermera experta en salud mental infanto-juvenil. La escuchó y le ofreció acudir a consulta con la joven para valorarla. Por la noche, aquella madre ahogaba su llanto, presa del dolor infranqueable de su hija, que sentía como propio. En su cabeza buscaba la forma menos traumática posible para convencer a África de la conveniencia de ir al hospital.

– Cariño, he hablado con una compañera. Estoy preocupada por tu estado de salud y me gustaría llevarte a mi hospital para que te echen un vistazo unos especialistas – dijo Cristina.

África se quedó paralizada y asintió con desgana la cabeza. Justo el día antes de la visita médica hija y madre rompieron ese muro invisible.

– Mamá, tengo que decirte algo¾ balbuceó África

– Dime, cariño¾ contestó Cristina abrazándola

– Estoy muy mal mamá. No sé qué me pasa – sollozó África – Oigo voces en mi cabeza que me martirizan noche y día. No me dejan comer. Por favor, haz que callen. ¡No puedo más!

– No me puedo imaginar lo aterrador que debe ser estar así, África  – dijo con ternura Cristina –  Ahora toca cuidar del alma. Has sido muy valiente al contármelo y vamos a resolverlo con ayuda y tesón. Los que te queremos vamos a estar siempre a tu lado. Y te prometo que esas voces se callarán.

 

 

 

 

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