AL OTRO LADO DEL CHARCO – Manuela Cano Sánchez

Por Manuela Cano Sánchez

-Cariño, ¿qué te parece si nos vamos a Honduras un año? -Tú sabes que me encantaría. Desde hace años es lo que más deseo en este mundo- le dije a mi marido. Siempre le contaba cómo me emocionaba viendo «Españoles por el mundo».
Todo empezó cuando entró a trabajar un hondureño con mi marido y le iba hablando cómo era la vida allí. A él le gustaba lo que le decía y cuando llegaba a casa me lo contaba a mí.
Entonces fue cuando decidimos que sí, que nos iríamos un año a aquel maravilloso país. Y, aunque tenía y tiene muy mala fama por culpa de las «maras», que son bandas callejeras que se dedican a amenazar de muerte a todo el que no les da lo que ellos quieren, quitando eso por lo demás es un país precioso y su gente sencilla, hospitalaria y sobre todo muy alegre, quizás eso es lo que más me gustaba de ellos, su sentido del humor, que pasara lo que pasara o teniendo tan poco, no perdían su alegría y sus ganas de reírse de todo y con todos.
Ahora llegó el momento más difícil, decírselo a la familia. Y qué bonito fue cuando casi todos, por no decir la mayoría, se alegró y nos apoyó en aquella decisión y desde luego esto hizo que todo fuera más fácil. Aunque, cuando se iba acercando el tiempo de la partida, era una mezcla de sentimientos. Estaba feliz, porque por fin íbamos a hacer aquello que tanto nos gustaba, vivir en otro país y experimentar por nosotros mismos lo que muchos ya habían hecho y otros solo se lo imaginaban.
Recuerdo que me abrazaba a mi padre y a mis hermanas y lloraba mucho, muchísimo. Y me preguntaba, ¿de verdad podré aguantar tan lejos de mi familia y de mis amigos? ¿Valdrá la pena todos los sacrificios que vamos a hacer?, ¿será bueno para mi niño que lo saque de su escuela, de sus amiguitos y sobre todo del amor y cariño de abuelos y titos? ¡Ay, sus titas! Cómo lo iban a echar de menos… Recuerdo una de mis hermanas, me contó que no podía quitar las sábanas de la cama dónde había pasado el fin de semana su sobrino, olían a él, a su pollito, cómo ella lo llamaba, y el simple hecho de tenerlas que quitar le hacía llorar. Me partió el corazón, escucharla. Y otra de ellas me decía: «¿Ahora a quién le haré los macas?, me falta el nene los martes por la tarde».
Y llegó el gran día y toda mi familia nos acompañó al aeropuerto, os podéis imaginar la despedida. Nunca se me olvidará. Ellos mirándonos desde el otro lado, y nosotros tres, nuestro hijo de siete añitos, mi marido y yo.
Empezaba nuestra aventura y nunca mejor dicho.
La primera parada fue en Nueva York. Allí nos esperaba una amiga dominicana que nos cuidó como si fuéramos sus hijos. ¡Fue increíble! Después de cuatro días, visitando diferentes sitios y pasando un frío de perros, pues era el mes de enero; ya fuimos rumbo a Honduras. Fue un contraste tremendo de un frío gélido a un calor sofocante, y ahí empezamos a quitarnos ropa.
Cuando aterrizamos era un día muy lluvioso, al menos eso pensaba yo, pero no, es que era lo normal allí. Es un clima caliente, pero cuando llueve, llueve como si se acabara el mundo y después sale un sol radiante como si no hubiera pasado nada. Hablando de esto, os tengo que contar que jamás habíamos pasado tanto miedo, eran unas tormentas con rayos, relámpagos y truenos; todo se iluminaba pero lo peor eran los truenos, la tierra crujía que parecía que la iba a partir en mil pedazos y a nosotros con ella. Y encima durante los primeros días allí, en una de esas murió cerca de casa una muchacha. Como además ninguna casa tenía pararrayos…, de hecho nuestros vecinos nos enseñaron un día por dónde entró uno por toda su casa, pues había una grieta enorme que recorría todo el techo. De ahí mi miedo ahora a las tormentas eléctricas, pues unos días antes bañándonos en el mar, empezó una y nosotros tres tan felices y empezaron a gritarnos que nos saliéramos enseguida. Ya después de aquello, cada vez que nos pillaba en casa nos metíamos en la cama los tres juntos hasta que acababa. Aún recuerdo el miedo que pasábamos.
Volviendo a nuestra llegada, nos recogieron unos amigos y nos llevaron a la que iba a ser nuestra casita durante un año. Nos estaban esperando allí en la casa, nos dieron una acogida como si nos conocieran de toda la vida. ¡Sin palabras!
La bofetada vino al día siguiente. No puedo explicar la gran tristeza que me entró al ver que me había ido tan lejos de mi familia, no podía parar de llorar. Vinieron a traernos un desayuno típico hondureño, tenía una pinta riquísima, que consistía en una tortilla de trigo que ellos mismos hacen rellena con frijoles, huevo y una mantequilla líquida que la ponen a casi todo y aguacate.
Pero por primera vez en la vida no podía comer. Solo quería estar sola y llorar. Y entonces recibí una llamada; eran mis hermanas, llamaban para ver cómo estábamos. Y yo les decía entre sollozos: «Estamos bien», y me respondían: “Entonces, ¿por qué lloras?”, «Solo es la alegría de escucharos, pero estamos bien, de verdad», les contestaba. Y entonces se me cayó el mundo encima al pensar que estaba a 8.000 kilómetros de ellas.
Pero ahora había que seguir adelante. Habíamos sacrificado mucho para estar allí.
Fue como retroceder en el tiempo, como si volviéramos a la España de hace cincuenta años. Todo nos impresionaba. Cada paso que dábamos era una nueva experiencia para nosotros. Y, aunque me iba gustando esa sensación, por otro lado me seguía preguntando qué hacíamos allí con nuestro hijo de siete años. La primera vez que salimos con unos amigos repartieron una botella de Pepsi en bolsitas, funditas como dicen allí, a las que les mordíamos en una esquinita y a beber. Algo muy sencillo pero que nos llamó mucho la atención. Algo también que nos impresionó mucho a mi marido y a mí fue que, aunque tenían nevera, los que podían claro, simplemente encontrabas en ella un refresco que solía ser una Pepsi y la comida del día, nada más. A diferencia de nuestras neveras o despensas de aquí. Pero como dije antes, felices, sin preocuparse de qué iban a comer al día siguiente.
Por todos lados habían mototaxis, que era el transporte público de allí y, por unas cuantas lempiras, te llevaban dónde quisieras. Para ir más lejos, teníamos los buses, que por cierto eran de segunda mano, de color amarillo y venían de los EEUU. Y, aunque siempre iban gritando «¡vasío, vasío!», siempre iban llenísimos y con gallinas incluidas.
Llegó el día de llevar a Héctor a la escuela. Otra vez se me cayó el mundo encima. Me pregunté: “¿Dónde he traído a mi hijo?”, pues parecía que le había caído una bomba a la escuela. Tuvimos que comprar un uniforme para el niño (camisa blanca, pantalón negro) y coserle la insignia en la camisa. Nos pidieron hacerle análisis de sangre antes de entrar en la escuela, mi sorpresa fue cuando entré y allá en la penumbra pude distinguir a la señora que le iba a pinchar, todavía me pregunto cómo pudo hacerlo. Pero sí, como tantas otras cosas que fuimos descubriendo. Aprendí que las cosas no eran únicamente como nos habíamos acostumbrado aquí en España. Habían otras formas de hacerlas y el mundo seguía girando.
Nos compramos unas bicis de segunda mano para movernos de acá para allá, pues en el pueblo era el medio de transporte de muchos. Yo llevaba una bici que pesaba más que yo, puro hierro, con unos amortiguadores que chirriaban a cada pedaleada que le daba, y mi marido llevaba otra con una barra central en la que nuestro hijo iba montado al estilo de allá. Él aprendió a llevar a nuestro hijo así. Como tantas otras cosas que fuimos aprendiendo y a pasos agigantados.
Lo peor fueron los tres primeros meses. Todos los días tuve ganas de salir corriendo de allí. De coger un avión e irme. Ya no aguantaba más. Y entonces, cogí el dengue. Y ya le di a mi marido un ultimátum. «Nos compras un billete de avión, que Héctor y yo nos volvemos para España». Ese mismo día recibí una llamada de teléfono de una persona que llegaría a ser muy especial para mí, ya que llegamos a ser muy buenas amigas y me ayudó en mis peores momentos y yo en los suyos, fue como si alguien hubiera puesto en nuestro camino lo que necesitábamos la una de la otra. También compartimos muchas risas y experiencias, éramos tan diferentes…, pero aún así nos complementamos desde el primer momento. Insistió tanto en venir a cuidarme y traerme comida que al final acepté. Y a partir de ahí y, aunque estaba muy enferma en aquellos momentos, empecé a verlo todo de manera diferente. Empecé a ver lo bonito de tener una vida sencilla, a no tener lavadora, ni agua caliente, incluso teníamos cortes de luz y agua todos los días. Pero empezamos a disfrutar de aquella maravillosa experiencia, era otra vida, otro mundo. Era, al otro lado del charco.

 

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