AMARTE, UNA ELECCIÓN DAÑINA – Beatriz Pérez de la Fuente

Por Beatriz Pérez de la Fuente

“Recordar es fácil para quien tiene memoria,

olvidar es difícil para quien tiene corazón”

 

Gabriel García Márquez

 

Oí hablar que, a pocos kilómetros de Valencia, había un pueblo fantasma soterrado en un vasto pantano. En época de sequía, se podía observar la torre del campanario. La primera vez que la vi, me sorprendió la valentía del gesto; cómo a pesar del tiempo permanecía impasible e inamovible. Me gustaba regresar ahí para insuflarme un poco de confianza, recordándome que solo aquellos que logran levantarse y permanecer de pie son los verdaderos héroes.

Yo quería ser como esa torre desafiante, soterrar mi pasado y abrirme un nuevo camino.

Martín y yo nos conocimos en la universidad, y nos enamoramos pensando que sería para siempre. Él me dijo casi desde el principio que no quería tener hijos. Algo que no me importó, porque no sabía lo que quería en ese momento. Quizás ingenuamente pensé que, más adelante, le haría cambiar de opinión. Y tal vez veía indicios de ello, olvidándome que nadie es más vulnerable que quien quiere creer su propia mentira.

Después de casarnos, una pregunta recurrente era si íbamos a tener familia. A mí me tocaba responder por los dos, porque curiosamente nadie preguntaba a Martín. Yo contestaba en términos ambiguos, dejando ver que, a pesar de que él era muy niñero, no tenía interés. Algunos opinaban que, eso era miedo al compromiso, y lo mejor era no presionarle. Tan solo tenía que esperar. Y así hice.

Mientras tanto, Martín había desarrollado una carrera brillante. Sus libros eran todo un referente en el mundo de la medicina y era un invitado habitual en las más prestigiosas conferencias internacionales. Pese a su aerofobia, le podía la ilusión. Lo que más le gustaba a Martín, era investigar y compartir conocimientos. Era su objetivo vital.

Yo le admiraba profundamente, su determinación y contribución a la sociedad. Me gustaba pensar que formaba parte de su proyecto, y así me fui amoldando a sus necesidades, priorizándolo.

Martin solía decir que si tienes un ‘por qué’ en la vida encontrarías el ‘cómo’.

Pasaron los años, siguió el escaparate de una vida perfecta, y siguió el dolor de quien sabe que se ha traicionado. Demasiado tiempo y ningún cambio. Al fin y al cabo, la forma en la que vamos moldeando nuestra vida la van marcando nuestras decisiones.

 

Los días más especiales eran cuando invitábamos a sus sobrinos a casa. Veía a Martín jugar y reírse con ellos, tan amoroso, que pensaba por unos instantes que eran nuestros hijos. Luego cuando se marchaban, y volvíamos a estar solos, sentía una opresión en el pecho, que más tarde me impediría dormir.

Uno de esos días, al despedirles, me armé de coraje y regresando a casa, le dije con voz de pena, casi suplicando:

  • Martín, ¿y si tuviéramos un hijo? Puede que aún no sea demasiado tarde.

Recuerdo que se giró de golpe, mirándome fijamente, a la vez confuso e irritado.

  • ¿A cuento de qué viene eso? – me respondió, zanjando la conversación.

“Eso” era lo que daba sentido a mi vida: ser madre, pero no hallaba el “cómo”.

A partir de ese día, me refugié en el alcohol y en los fármacos. Sus palabras fueron la confirmación de lo que ya me estaba matando, pero tenía que actuar como si todo estuviera bien.

Martín cada vez se ausentaba más, apenas coincidíamos en nuestra casa. Cada vez que abría la puerta, notaba un sentimiento de vacío que se me iba enquistando en lo más hondo, convirtiéndose en una fuente de angustia incesante, de conflicto interior. Algunas noches, oía el sonido de mis propias lágrimas al caer por mis mejillas, empapando mi almohada sujeta entre mis brazos.  A veces me miraba en el espejo y ya no reconocía a la mujer que veía.

Hasta que un día toque fondo y decidí poner tierra de por medio, aprovechando un viaje a Sudáfrica. Ya iba siendo hora de envalentonarme, y salir a flote como la torre del campanario del pueblo fantasma. África parecía un buen destino para empezar una nueva vida.

Esa mañana, me levanté con una sensación agridulce; la mayoría de las veces que actuaba por impulso, terminaba arrepintiéndome. Mira que era consciente que me la estaba jugando, pero necesitaba decirle lo que estaba sintiendo. Y digo bien necesitaba, porque cuando dos fuerzas antagónicas luchan, alguna tiene que ganar la batalla. Le dejé un mensaje de voz, y me marché al aeropuerto destino Johannesburgo.

Estaba deseando llegar al hotel, para compartir con Martín mis primeras impresiones sobre el viaje. Recordé en ese momento, que no debía hacerlo y tenía que ser fuerte. Luchaba internamente por ser coherente. Y me entristecía no poder hacerle partícipe de esa experiencia única.

En el avión, había leído un artículo en la revista ‘Ser Padres’. Comentaban que, a menudo, los progenitores proyectan sus deseos frustrados sobre sus hijos. Y que deberían decir más a menudo “te quiero”. Yo tuve que elegir a quien amar, y terminé proyectando mi rabia y frustración en Martín. No lograba perdonarme el no haber tenido el coraje de poner punto final a nuestro matrimonio cuando aún podía ser madre.

Esperaba que Martín me llamara, pero pasaban las horas y el teléfono no sonaba. Otro día más sin noticias suyas. Tenía la esperanza de llegar al hotel, conectarme a la wifi, y ver al menos un mensaje suyo. Nada, silencio sepulcral. Pensé que la ilusión puede llegar a ser muy burlona; te embauca sugiriéndote todo tipo de imágenes y diálogos sobre una supuesta segunda oportunidad, y luego se esfuma. Pero, por un momento, resulta fresca y alentadora.

Hacía mucho calor y estaba fatigada, no podía dormir con el ruido de la televisión de la habitación de al lado. Aunque ese programa que se oía de fondo, me permitió poner freno a esa cadena interminable de pensamientos en bucle: ¿Por qué no me había contactado? ¿tan poco le importaba nuestro matrimonio? ¿para esto había renunciado a la maternidad? Sentía mucha rabia, dolor, temor y al mismo tiempo, una extraña liberación. Notaba una fuerte opresión en el pecho, un exceso de saliva y el gusto salado de las lágrimas que caían de mis ojos enrojecidos e hinchados. Perdonarse era difícil para quien no había sabido escucharse.

Llamé a la recepción del hotel para pedir que les dieran un toque y bajaran el sonido de la televisión.

Entre sueños oí que llamaban, no sé si a la puerta o por teléfono; había bebido, estaba confusa y demasiado agotada para responder. Volví otra vez a oír que llamaban y sin pensar descolgué torpemente el teléfono.

Tuve un extraño sueño, en el que me ahogaba en las aguas estancadas del pantano. Ese olor putrefacto me acompañaría una vez despierta, así como el continuo ruido ensordecedor de las   campanas de la torre, más agitadas que nunca, como si quisiesen gritar o pedir socorro. Parecían reflejar mis intentos angustiosos de mantener la cabeza fuera del agua, pero no lo conseguía. Movía rápidamente mis brazos de arriba abajo en forma de molinillo para sustentarme, pero me volvía a hundir. Aspiraba y tragaba esa agua sucia, corrompida que me irritaba la laringe y que se iba colando en mis pulmones, asfixiándome sin piedad.

Me desperté de un sobresalto, con el corazón acelerado y las sábanas empapadas en sudor. Intenté calmarme, bebí agua, pero la escupí. Me sentía muy confusa: ¿aún seguía en esa pesadilla? Recordé que me había ido a la cama abatida, sin noticias de Martín, y no entendía cómo el teléfono estaba descolgado. Así que lo volví a poner en su soporte.

Al cabo de unas horas oí el tono de una llamada, que borró de un plumazo la desesperanza. Quizás sería Martín, me decía, mientras observaba por el espejo el contorno vencido de mis hombros, tal vez habría perdido el móvil e intentaba localizarme a través del hotel. Sí, aún podríamos darnos una oportunidad; era demasiado frágil para volar sola, le amaba demasiado. El miedo me hablaba, diciéndome que me aferrara a la vida junto a Martín. Eso era mejor que darme de bruces con el fracaso.

Ese día me comunicaron que Martín había sufrido un accidente durante la madrugada. La señora de la limpieza se lo encontró caído en las escaleras, avisó a la policía y lo trasladaron al hospital a donde llegó en estado de coma profundo. Quizás no duraría más de 2 o 4 semanas, pero probablemente saldría con graves problemas físicos, intelectuales y psíquicos.  El personal del hotel me dio la noticia, y la recibí pasivamente, como si la hubiera visto en el telediario. Volvieron a llamar para ver si estaba bien y necesitaba algo, pero seguí sin hablarles. Al fin y al cabo, esto era una pesadilla, y no quería ser como esas personas que hablan en voz alta mientras duermen. Oí que llamaban a la puerta, no tenía fuerzas para levantarme, sentía que estaba encadenada a un enorme peso. Mientras tanto observaba, pérdida, como el hielo de la cubitera se había ido derritiendo a lo largo de la noche, era ya agua sin apenas vida, sucia como la del pantano. Oí como un parásito se apoderaba de mi mente y mofándose me decía “ya tienes a quien cuidar”. Empecé a llorar sintiéndome profundamente desgraciada, buscando consuelo en la caja de somníferos que había dejado en la mesilla de noche. Fui poniendo una por una las doce pastillas en mi mano derecha. Vi mis anillos de compromiso y de casada, y quise arrancármelos del dedo anular. Pero no podía, lo mejor era seguir durmiendo. Diez minutos y dejaría de respirar. En ese instante, pensé: “te vas a ir sin haberte despedido de Martín”. Pero recordé que ya lo había hecho, pocos días antes yendo al aeropuerto, cuando le dije, con la boca chica: “adiós, ya no puedo más. Este sí que es el final”.

 

 

 

Beatriz Pérez de la Fuente

 

 

 

 

 

 

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