AÑORANZA

Por Ángeles Alonso

Como todas las mañanas en los últimos meses, la vi pasar, mirando sin ver, cargando el peso de la vida a sus espaldas. Decidí seguirla por aquel camino que sabía terminaba en la playa; lo hice durante varios días y la observaba allí sentada,  frente al mar, disfrutando del mecer de los árboles a izquierda y derecha, del frescor verde del prado que se extendía a su espalda, del silencio que solo el ir y venir de las olas y las palabras que ella susurraba tenían derecho a interrumpir.

Necesitaba oír lo que recitaba y ese día estaba decidido a hacerlo. Sabía que me había visto, mi cuerpo sentía como era traspasado por su mirada a través de las gafas de sol que siempre llevaba puestas, hiciese un día luminoso u oscuro. Me acerqué lentamente y me senté a su lado. Ella no se percató de mi presencia, llegué a pensar que si me iba tampoco se inmutaría. Por mi mente cruzó la idea de hacerlo, pero el susurro que empezó a emerger de sus labios me dejó paralizado. Necesitaba saber.

_ Quisiera volver a tenerte a mi lado y sentir esos abrazos que nos dábamos,  en los que yo alardeaba de mi fuerza y tú de la tuya, mientras que ninguno de los dos era sincero. Tú te controlabas dejándome  apretarte y así convencerme  o ¿convencerte? de que mis pasos no se dirigían hacia la vejez. Yo apretaba con todas mis fuerzas para que pudieras comprobar que,  a pesar de que los años dejaban  huella en mi cuerpo, podía aún protegerte y acompañarte durante mucho, mucho tiempo más.

_ Quisiera seguir manteniendo esas conversaciones contigo, como hemos tenido siempre, como hemos tenido toda tu vida. Aunque la mayoría de las veces era yo la que hablaba de nuestras cosas y tu escuchabas degustando un café con tostadas. Yo sigo manteniendo estas charlas, ahora monólogos, sin compartir desayuno.

_ Quisiera seguir sintiendo celos de toda la gente que te rodeaba y compartía tu vida, a los que tú también querías y  dedicabas atención y cariño, demostrándome que tu existencia se extendía fuera de mis dominios, que no era yo la poseedora de todo tu tiempo, mientras me invadía el orgullo de verte rodeado de un cariño distinto al mío.

_ Quisiera seguir cargando la batería de mi vida con esa energía, esa paz, esa dulzura, esa tranquilidad que me trasmitías solo con tu presencia, con la eterna sonrisa que adornaba tus labios y la mirada de tus negros y serenos ojos.

_ Quisiera llevar a cabo mis planes: prepararte la comida, degustarla  juntos, disfrutar de la sobremesa; ahora que no me ata un horario.

_ Quisiera oír tus llamadas pidiéndome ayuda en esas pequeñas cosas que tu no podías atender y que para mí, era una satisfacción realizar.

_ Quisiera oírte pedirme consejos, opiniones, seguir compartiendo tus proyectos e inquietudes.

Pero en estos momentos en que la vida me ha prohibido todo esto….

_ Quisiera gritar, gritar con tanta fuerza que mi grito haga temblar la Tierra y poder arrojar de mí tanto dolor.

_ Quisiera llorar, llorar y llorar hasta que mi vida se hastíe de oírme y decida abandonarme.

_ Quisiera estar contigo siempre donde quiera que tu estés.

Mientras recitaba esta letanía, su mirada permanecía fija en el horizonte donde el cielo y el mar se funden en un inmenso abrazo azul. La observé detenidamente, su cuerpo relajado y la serenidad que desprendía su rostro, contrastaba con el temblor de sus manos de finos dedos, que semejaban pajarillos a punto de emprender el vuelo.

Tan absorto estaba  que no fui consciente de que se había levantado y quitado sus inseparables gafas, hasta el momento en que nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos, ventanas de tristeza, reflejaban tanto dolor que me  sobrecogieron y comprendí que ocultaba detrás de ellas su inmensa pena. Su  suave y melodiosa voz me sobresaltó.

– ¿Cuántos años tienes?

– Treinta y tres, señora- respondí.

Una leve mueca y un brillo extraño, que no supe interpretar, cruzaron su rostro y su mirada.

– ¿Sabes?- Desde niña he venido aquí en busca de respuestas y siempre las he obtenido, pero últimamente tengo tantas preguntas, que no tengo más preguntas.

A pesar de lo paradójico de su comentario no experimenté extrañeza alguna.

– Como te he dicho- continuó, leyendo mis pensamientos, siempre desde que era una niña, hasta donde alcanzan mis recuerdos, he venido aquí en busca de respuestas, disfrutando de este paisaje que ahora se me antoja sin color.- ¿Has visto alguna película en blanco y negro, con escenas estáticas, sin sonido, sin música? Su pregunta era retórica y siguió hablando.

–  Siempre he sido inquieta, curiosa, con una madurez  impropia para mi edad. Vivía con mis padres y hermanos de alquiler en una casa pequeña. Un buen día mi padre nos enseñó un terreno que había comprado para construir nuestro futuro hogar: con trabajo, tesón y mucho sacrificio. Seguí con expectación e interés todo el proceso y creo que en ese período comprendí que, al igual que mi padre cumplió su sueño, yo debía cumplir el mío.

En un mal momento económico familiar, en una sociedad totalmente machista,  sentí la necesidad de empezar a construir mi futuro con los materiales que tenía a mi disposición al igual que mi padre con su casa, y comencé a poner los cimientos. Exigí mis derechos, pedí a mis padres recibir formación más allá de la obligatoria: quería cursar estudios superiores. Con la bronca de mi madre y el apoyo incondicional de mi padre, inicié la construcción, conseguí alcanzar la profesión deseada que llenó plenamente una de las facetas  más importantes de mi existencia, haciéndome muy feliz.

Un pequeño remolino de aire  meció los eucaliptos y un olor refrescante unido al   sonido producido por el choque de las ramas nos envolvió al tiempo que varias hojas desprendidas caían lentamente al suelo. Cogió una, la olió y, con ella en la mano cual varita de mago, dijo:

-¿Sabes? En este mundo solamente controlamos aquellos aspectos en los que la suerte no influye. Continuaba hablando sin importarle mi reacción, aunque creo que percibía mi curiosidad, al igual que yo su  necesidad de hablar.

– Llegó la primera viga maestra-dijo-me enamoré antes de lo esperado y la incorporé a mi proyecto, pero el amor es ciego, como bien sabrás, y  tardé en darme cuenta que no estaba a la altura de mis expectativas, me falló. Vine aquí en busca de respuestas, a pedir ayuda durante años y al final  desapareció de mi edificio, no sin antes dejarme otros dos pilares: un niño y una niña.

Seguí luchando, reforzando el tercer pilar durante mucho, mucho tiempo. Mi hija tenía que fortalecerse en todos los ámbitos, pues su salud no era la deseada y yo no quería que eso la mermara ni física, ni intelectual ni psicológicamente. Después de una larga y ardua batalla, mi tercera viga se convirtió en una mujer fuerte que no se achica ante los retos de la vida.

Durante el proceso de fortalecimiento de este pilar entró a formar parte del edificio un cuarto punto de apoyo, mi actual pareja. Le costó adaptarse, los tres habíamos logrado formar una familia  compacta y muy bien acoplada. Los cuatro pusimos toda la fuerza y energía para que la construcción se completase y fuera habitable. La lucimos, pintamos y acondicionamos. Todo estaba listo para disfrutarla, y así fue durante un corto período de tiempo. Se amplió con nuevas incorporaciones, las parejas de mis hijos; se perdieron en el camino otras, pero todo trascurría dentro de los cauces normales de la vida.

Había tanta felicidad y armonía en nuestro hogar que no necesité volver a este rincón frente al mar, con árboles a mis costados y los verdes prados a mi espalda,  a buscar respuestas. Sólo venía a relajarme con toda mi familia, hasta el punto  de olvidarme totalmente de esa faceta, tiempo atrás tan necesaria. Pero de repente, como ocurre en todas las catástrofes, un fin  de semana cuando estaba saboreando con mi hijo  nuestro rincón favorito, porque había dejado de ser mío para ser nuestro, un tsunami decidió azotar mi edificio arrancando de cuajo el pilar que le daba energía. Todo se resintió,  los materiales sufrieron sus efectos, pero para mí se partió por la mitad. Ya no hay posibilidad de arreglarlo, de reconstruirlo, pero tampoco hay posibilidad de abandonarlo, sé que podría hacerlo, no sería la primera, ni la última, pero mi egoísmo me frena porque si precipito mi marcha, corro el riesgo de que mi acción me impida encontrarme con mi querido niño.

Ella se quedó callada y yo asustado. Decidí intervenir cuando prosiguió.

  • ¡No puedo hacerle esto a mi niña! -de repente se le iluminó la cara- ¡ni a mi nietecito!- ¿verdad?

Volvió a colocarse las gafas en el momento justo en que las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas. Me quedé sin palabras y, dejándome llevar por un impulso incontrolable, la abracé; me impresionó su respuesta de afectividad.

–  Tengo que aprender a vivir (exhaló un profundo suspiro) otra vez. Aunque mi vida seguirá en blanco y negro. Comprendo que mi edificio está resquebrajado y,  no puedo permitir que se derrumbe.

– Gracias, cariño,- prosiguió mientras se quitaba las gafas. A partir de ahora  ocultaré mi dolor porque es solo mío y nadie tiene derecho a mancillarlo. Todo esto lo haré  sabiendo que en cada despertar y cada vez que me vaya a dormir, después de dedicar tiempo a mi adorado hijo, saludaré al nuevo día:- ¡buenos días tristeza! y lo despediré:-¡buenas noches tristeza! Como lo llevo haciendo últimamente.

Su cuerpo y el mío  volvieron a enlazarse en un largo y afectuoso abrazo, acompañado de un cariñoso beso que ella depositó en mi mejilla.

La observé mientras se alejaba, no sé si era percepción mía, pero su paso parecía más ligero. No volvimos a hablar, si aquel encuentro puede considerarse una conversación, pero seguimos viéndonos. La veo pasar, no viene todos los días,  me mira  y  me dedica una amplia sonrisa. Y yo no dejo de preguntarme si este rincón al que siempre acudía sintió celos al verse relegado y decidió reclamarla.

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