ASESINATO EN MURDER HOUSE

Por Elisabeth Ochoa de Eribe

 “¡Quiero matarlo con mis propias manos!”, fue el pensamiento que cruzó por mi mente, al atravesar las puertas correderas que separaban la antesala del comedor. Siempre me había considerado una persona pragmática y paciente, que había aprovechado cada una de las escasas oportunidades que la vida le había ofrecido. Había ascendido a buen ritmo de moza de cocina a criada y esperaba conseguir el puesto de primera doncella antes de los veinte.

Sin embargo, esa noche, que, con sinceridad, no se diferenciaba demasiado de otras muchas, algo se había removido en mi interior; tal vez lo había provocado la sonrisita prepotente de aquel arrogante estafador al saberse con derecho, o el brillo de malicia en su mirada ante mi incomodidad o, tal vez, un cúmulo de otros muchos factores juntos resultaron ser la causa que había despertado en mí, ese fiero instinto asesino.  Con cara de circunstancias entré en la cocina, dejando delicadamente la bandeja sobre la lustrosa mesa de madera oscura, donde descansaban una infinidad de las más variadas excelencias culinarias de nuestra tradición inglesa, mientras mi estómago rugía por el recuerdo de las tristes gachas que, casi había olvidado, tomé muy temprano, en la mañana. La cara de expectación de los allí presentes consiguió que una calma incómoda lo barriese todo hasta que, sin ningún tipo de inflexión en la voz, tal y cómo me habían enseñado, aseguré:

―Ahora le falta sal.

Por supuesto me refería a la sopa que volvía de nuevo del gran comedor por tercera vez aquella noche, en lo que iba a ser la velada más memorable de la temporada. La señora Cook torció su rubicunda cara y el semblante sereno, que solía lucir, despareció bajo una gruesa capa de ira y miedo. Sus platos podían considerarse la envidia del condado y su fama había ascendido tanto que contaba con abundante personal de cocina.

―¡Imposible! La probé yo misma y estaba perfecta― aseguró con contundencia, aunque su voz había vibrado un tono más agudo de lo habitual. No me hubiese gustado estar en el pellejo de nuestra apacible cocinera ese día, pues la espada de Damocles se cernía tan nítidamente sobre su cabeza que todos allí podrían jurar haberla visto realmente.

  ―Deberíamos enviársela aderezada con un poquito de cianuro, así seguramente le resulte más sabrosa―sugirió el Señor Valet, con ese ceño fruncido que ostentaba permanentemente en su particular y constante lucha contra el mundo.

Por suerte, el Señor Buttler, fiable en grado máximo, nos tranquilizó con su semblante severo y una sonrisa confortadora, demostrando por qué él y no otro se hallaba al mando, y zanjó la espinosa situación con una sencilla orden.

―Señora Cook, vierta del caldero una nueva porción, comprobando por favor su temperatura y sabor, y Rose, vaya rauda a llevarla, que con tanto drama estamos perdiendo un tiempo precioso. No permitamos que se nos avergüence más.¿Qué van a pensar de nosotros allá arriba tras tan acusada demora? Está en juego nuestro prestigio y el del nuestros señores, ¡por Dios, aligeren!

Medio segundo después ya me disponía a entrar de nuevo en la jaula de los leones, la funesta fiesta de compromiso. En honor a la verdad, me temblaba un poco el pulso porque no descartaba que, si me devolvían por enésima vez con la comanda, no ocurriese una auténtica desgracia. En el angosto pasillo me tropecé con el señorito Robers y una sensación de alivio recorrió todo mi cuerpo al reconocerle, pues estaba de espaldas manipulando un sobre de medicamento, por ello lo había confundido con su hermano William, unos años menor, de quien prefería mantenerme a la mayor de las distancias, debido a sus constantes miradas lascivas, insinuaciones y toqueteos. Hasta el momento había conseguido zafarme sin demasiado ruido, pero, en ocasiones, me invadía la angustia, porque mantenía la certeza de que algún día se acabaría mi suerte y mi honra sería mancillada irremediablemente, ese incómodo precio a pagar por un techo, un plato de comida y la posibilidad de un futuro mejor. Sin embargo, esperaba que sucediese más tarde que pronto y, aquella noche, había comprobado que el señorito a esas alturas se hallaba, como era habitual por otra parte, completamente borracho. Por ahora, me encontraba a salvo. Con certeza Elaine, la esposa de Robers, estaba a punto de sufrir uno de sus ataques porque el señor no era propenso a medicarse. Aquel encuentro hubiese pasado sin pena ni gloria si no fuera porque en el último instante el señor, que no me había visto, giró con un movimiento brusco y a punto estuve de desparramar el líquido caliente por su chaqué.  Mi apuro se expandió hasta el más allá y me quedé paralizada por el bochorno. El hombre se sorprendió al verme, pues a pesar de mi sutil intento de saludo, no había reparado en mi presencia. Con amabilidad  me ayudó a recomponerme, sujetando la bandeja mientras yo comprobaba que no se había infligido ningún daño a la carísima alfombra persa del rellano. Por mi mente pasó un único pensamiento: me estaba retrasando.

Al entrar en el comedor una luz cegadora hizo que me detuviese una milésima de segundo para acostumbrarme a tanto esplendor. Todavía me impresionaba la opulencia del lugar; además, los pasillos de la servidumbre estaban siempre oscuros para no malgastar velas, tan escasas en esos tiempos. El contraste me aturdía. Tras reponerme sin que nadie, a Dios gracias, hubiese notado mi falta, me dirigí con la mejor de mis sonrisas al señor Trick, a quien se agasajaba esa noche por su fiesta de compromiso, elucubrando si sería más conveniente clavarle un puñal por la espalda, estrangularle con una soga o simplemente dispararle a bocajarro hasta que borrase la mezquina expresión de su cara. El miserable había entrado en la familia como un elefante en una cacharrería y deslumbrado a nuestra pequeña con su envolvente verborrea y su dentadura perfecta.

―¿Está a su gusto la sopa, señor?― le dije con la voz más sumisa que pude entonar. Y dejé el plato frente a Trick realizando una reverencia de salida. Me fijé entonces en que la señora Elaine me agradecía con una imperceptible sonrisa el gesto.

En la habitación se podía contar el ambiente con un cuchillo, nadie en su sano juicio hubiese rehusado por cuarta vez a un plato, eso rayaba en la grosería. No obstante, con aquel individuo cualquier cosa se podría esperar, porque aunque se vanagloriaba de su riqueza y educación, sus manos tenían callos y su chaqueta unos pespuntes acusadores indicaban que había sido vuelta del revés.  El resto de los allí presentes casi ni respiraban esperando que diese buena cuenta de su primera cucharada. Fue entonces cuando entendí de su inusual estrategia: aquello de la sopa no resultaba más que una pantomima para ejercer su poder, no había ninguna persona en esa sala que no estuviese atento a sus movimientos y a sus deseos. Ese infantil rechazo a la comida había conseguido ejercer, con mano de hierro, el dominio de todos ellos, que esperaban angustiados, que no echara por tierra el buen nombre de la familia. Aquel bastardo no era un embaucador sino un manipulador. Y entonces comprendí que nos iba a traer muchos problemas.

Elaine y Robers contenían el aliento expectantes, aguardando que el aborrecible individuo diese su conformidad y se pudiera continuar con normalidad el consiguiente desfile de viandas que esperaban ansiosas en la cocina. Finalmente asintió y comenzó a saborear el caldo. Incluso el señorito William suspiró aliviado. Parecía que la tormenta había pasado. Por mi parte, llevaba demasiado tiempo anclada junto a la puerta; debía retirarme. No obstante, algo me retenía, como el ratón que se paraliza al comprender que ése es el último movimiento de la cobra antes de tragárselo. No podía moverme. Tras la primera cucharada, siguieron tres más sin que se pudiese discernir si aquel maldito arribista se hallaba satisfecho con el punto de sal. Noté que mi propio nerviosismo menguaba, según engullía, y me disponía a marcharme cuando oí un quejido gutural que provenía del susodicho, me armé de paciencia y me preparé para acercarme a retirar de nuevo el servicio. Sin embargo el patán exhaló y dejó caer la cabeza sobre la sopa, intentando ahogarse con ella. Por un segundo todo pasó con una lentitud extrema: la señora Elaine se levantó y emitió un grito ahogado y tanto Robers como su hermano se acercaron e intentaron que reaccionase, mas de su boca salía espuma y el tono de la piel se había tornado de un tono cetrino nada saludable. ¡El muy descortés se había muerto en su propia pedida de mano!

Volví a la cocina donde estaba mi puesto y en pocas palabras, pues me costaba hablar o pensar con coherencia, relaté lo que creí había sucedido tras sentarme en un taburete cerca del fuego. Un frío intenso se me instaló dentro. El señor Buttler, como competente mayordomo, se hizo cargo de la situación y organizó tareas para todo el mundo: la señora Cook se afanó con sus ayudantes en hervir toneladas de té para calmar la desgracia, mientras el señor Valet y también nuestro jefe se ocupaban de organizar un lugar tranquilo para las reuniones que preveían tendrían lugar tras el desafortunado incidente, más con idea de que el personal se mantuviese ocupado que para solucionar el desastre de dimensiones descomunales que se nos venía encima. En ningún hogar de buena familia debía ocurrir una cosa así. ¡Semejante vulgaridad!

Al poco tiempo, los agentes pateaban las estancias, ensuciando con sus botas alfombras y encerados, demostrando por qué sólo sabían relacionarse con la escoria. Se hizo una calma agonizante cuando llegó el oficial de más alto rango, un inspector de aspecto desaliñado y de corta estatura, que comenzó los interrogatorios a los más allegados de la familia; el primero fue el señorito William. A puerta cerrada el silencio se extendió por toda la casa y durante varias horas soportamos el constante escrutinio con preguntas absurdas e insinuaciones malintencionadas. Me llamaron al despacho de Robers, el cabeza de familia tras la defunción de su padre unos años atrás. Era mi turno y estaba nerviosa, pero me sentí satisfecha al comprobar que no lo demostraba. Me aturdieron con un sinfín de acusaciones que no llevaban a buen puerto; sin embargo éstas hicieron que recapacitase sobre algo y me replantease la situación desde una perspectiva distinta. Tantas cuestiones sobre el plato de sopa, que dónde había estado, quién fue el último en tocarlo… La realidad es que el caldo en cuestión había pasado por todas las manos por las que pasa un caldo en una cena de gala: primero por la moza y la ayudante de cocina, después por la cocinera, y, finalmente la doncella, una servidora, que se encarga de llevarlo al comedor. Mis propias deducciones me indicaban que el veneno, pues eso había matado al señor Trick, debía estar en ese último plato, porque los demás comensales habían degustado sin problemas su comida. Y sólo bastaron tres cucharadas para hacer efecto. No obstante, el cuenco en cuestión, había resultado ser un poco escurridizo, puesto que, recordaba a la perfección, me lo había terminado entregando el Sr. Buttler para inculcarme la importancia de la prontitud en esa misión, y lo había sujetado el Sr. Robers cuando había tropezado con él, en el pasillo. Así que la oportunidad sólo residía en los que habíamos tocado el guiso, ya que el deseo de asesinar a esa pobre alma se extendía por toda la mansión y tal vez por el condado. Al salir al pasillo tras tan intensiva interpelación descubrí a Eleine y su marido cuchicheando en la zona de mayor penumbra del recodo y un impulso se apoderó de mí. Con sigilo, me acerqué sin ser visita y pude oír algunas frases sueltas.

―¿Estás seguro de que te deshiciste del resto?… No, no me arrepiento. Nuestra vida se hubiera convertido en un infierno, amor. No había otro remedio. ¿Has encontrado las pruebas?

Desde luego, Robers había dispuesto de la oportunidad y parecía que su esposa tenía algo importante que ocultar, lo que les otorgaba también el móvil. Necesitaba recapacitar, así que volví sobre mis pasos y me dirigí pensativa a la cocina cuando cayó la bomba:

―Han acusado al Señor Buttler del asesinato ―me soltó a bocajarro el señor Valet riendo con malicia, seguro de conseguir el puesto vacante.― Parece ser que nuestro mayordomo conocía al señorito y tenían cuentas pendientes.

Llevaba el suficiente tiempo en aquella casa para saber que nuestro jefe era incapaz ni de matar una araña, de eso siempre se encargaba la Señora Cook. Podría jurar por el mismísimo Dios que él no había sido. Estaba segura que Eleine y Robers habían orquestado el crimen. Sus susurros habían anidado en mi cerebro, pero aún así, no deseaba desenmascararlos, les tenía cariño. Me detuve un segundo, al tiempo que me servía un té y una generosa porción de tarta para ayudarme a meditar. Pensándolo bien, si les denunciaba, carecía de pruebas y mis instintos no se considerarían de valor en un juicio. Podría perder mi trabajo, además de mi futuro, porque nadie me contrataría de nuevo, no por las referencias sino por la lacra que siempre portaría. Por otro lado, el señor Buttler había vivido toda una vida y no mantenía familia a sus espaldas, si él cargaba con el muerto no dañaría a nadie. ¡Qué sabía yo de asesinatos! Para eso estaba el inspector, y terminé de comerme tranquilamente mi pedazo de pastel.

FIN

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