BREVE HISTORIA DE SUMER

Por Urbano Contreras

Los sumerios llegaron a Mesopotamia y se organizaron en estados 5000 años a. de C. Empezaron a utilizar la escritura sobre el 3300 a. de C. y hacia el 3100 a. de C. contaban con un sistema de escritura que podía comunicar lo que quisieran expresar. Formaron el país conocido como Sumer, que no era de raza semítica como hacía sospechar la Biblia, sino que procedían del Turquestán. Se cree que emigraron al finalizar la última glaciación.

El nombre de Mesopotamia se debe a los griegos, quiere decir “entre ríos”, llamaban así a la región de los valles inferiores del Tigris y del Éufrates. El Tigris se nutre del deshielo de las nieves de las montañas de Armenia. El Éufrates tiene como afluente al Taurus. Ambos ríos arrastran gran cantidad de arenas y limos que depositan en el Golfo Pérsico. En la época de Sumer desembocaban los dos ríos por separado. Hoy confluyen en el Shatt al-Arab, pocos kilómetros antes de desembocar en el actual Iraq.

Más tarde llegaron los semitas e invadieron Sumer penetrando por los confines septentrionales de los mencionados ríos y acabaron por predominar. Los pueblos semitas (árabes, judíos, sirios y fenicios) deben el nombre a que las gentes que hablaban esta lengua o grupo de lenguas, la Biblia describe como descendientes de Sem, el primogénito de Noé.

La historia de los sumerios ha quedado plasmada en sus inscripciones y tablillas de arcilla encontradas en las excavaciones, se leen sin excesiva dificultad gracias a que los semitas, para quien la lengua de los sumerios era extraña, se preocuparon de conservar los textos de aquella civilización que les precedió, a veces, con traducciones en su lengua semítica puesta al lado.

Según el Génesis, Mesopotamia es la cuna de la humanidad, allí creó Dios al hombre, estaba el paraíso terrenal, vivieron los patriarcas hasta el Diluvio, se edificó la torre de Babel y de la ciudad de Ur, entonces en la línea costera del delta del Éufrates, partió Abraham hacia Canaán. La Biblia está llena de referencias a este país entre-ríos, esto ha hecho que generaciones de arqueólogos se hayan dedicado a excavar las ruinas de estas tierras durante más de un siglo.

Como este país carece de piedra, construían con ladrillos cerámicos cocidos al sol, o mejor, secados al sol, de argamasa empleaban una mezcla de betún y cañas. Cuando el edificio, o cualquier otra construcción, quedaba sepultada por los aluviones de los ríos, se construía encima para ganar en altura. Algunas ruinas son montículos aislados, los tells, otras están compuestas por varias colinas artificiales, a veces la extensión de las ruinas ocupa varios centenares de hectáreas de terreno, como es el caso de Babilonia.

Protegían las riberas de los ríos con muros de ladrillos, numerosos canales conducían el agua a través del llano y la embalsaban. Conseguían canales navegables y agua para el regadío en la época de sequía.

El país que es la cuna de la historia de la humanidad, por paradójico que parezca, no proporciona restos del hombre prehistórico, las más antiguas pruebas de la existencia del hombre son los tells de ruinas superpuestas. En las capas más profundas, en los primitivos palacios edificados sobre ellas, ya aparecen restos de un pueblo organizado civilmente, con un sistema de escritura apto para hacer saber a las siguientes generaciones, que disponían de unos principios administrativos y de derecho y de un culto complejo.

Respecto al tipo físico de los primeros pobladores, fijándonos en los relieves y estatuas de esa época, nos dan perfecta cuenta de su aspecto y los muestran muy distintos a los típicos semitas que llegarían después. Llevaban rapadas la cara y la cabeza, tenían la nariz grande y puntiaguda y los labios carnosos, pero no curvados como los semitas.

Visten un simple manto doblado desde la cintura a los pies, a veces este manto sube hasta el hombro. Parece un signo de autoridad cuando la cabeza es cubierta por un turbante. Las mujeres llevan túnica de lino y un manto de lana por encima.

Los sumerios tenían una gran diversidad de dioses, a diferencia de los semitas que tendían al monoteísmo.

En la ciudad de Nippur, al noroeste de Ur, Eridu y Uruk situadas estas cerca de la desembocadura del Éufrates, había un templo a Enlil, dios del suelo fértil. Según los sacerdotes de Nippur, el mundo se creó al penetrar la energía de Apsú en la gleba, de donde nacieron tres hijos: Anu, el dios celeste con su bóveda estrellada; Ea, el genio del agua fecunda con peces que nacen espontáneamente y Enlil, el rey de la tierra.

En Eridu, ciudad de la Baja Mesopotamia y por entonces en la línea costera del Golfo Pérsico, se adoraba a Ea, del que se menciona hasta en la Biblia. Era la ciudad santa, la reina de las ciudades. El animal consagrado a Ea era el pez con cabeza humana, tenía un dios consorte, Dakina, la tierra. El agua y la tierra eran los dos elementos de que se creó el mundo, según los primeros pobladores de Eridu.

Otras ciudades tenían sus dioses y toda la cohorte celestial se reunió después en un gran templo en Babilonia, presidido por el dios de esta ciudad Shamash, o con otros nombres Marduk o Merodac, que pasó a ser el dios supremo. Marduk era hijo de Ea y por entonces, en la época de mayor esplendor de Babilonia, pasa a ser Zeus en la mitología griega, y Ea, el dios padre, queda relegado a un lugar oscuro como reliquia de otra religión más antigua.

En Ereck, pequeña ciudad de Sumer, empezó el culto a la diosa Ishtar, que después fue Astarot o Astarté de los fenicios y Venus de los griegos, que terminó siendo la diosa del amor y de la fecundidad, pero también de la guerra, ocupó un lugar importante entre los dioses de los sumerios.

En el templo de Marduk, de Babilonia, se cantaba un himno, que tal y como lo tradujo el lingüista A.H. Sayce, que resumo: “Dios de la Tierra, dios del mundo, –primogénito de Ea, omnipotente en los cielos y la tierra; -poderoso señor de los humanos, rey de todas las naciones, –dios de los dioses,… -¡Merodac, rey de Babilonia, –el cielo y la tierra son tuyos!… –La humanidad, incluso los hombres de cabeza negra, son tuyos. –Todas las almas que tienen un nombre, –los cuatro ángulos de la tierra, –los espíritus del cielo y del mundo… -¡Míranos, oh Marduk, escúchanos!”.

Los semitas adoptaron la religión y algunas costumbres de los sumerios, pero en otras mantuvieron sus diferencias, como, por ejemplo, la costumbre de no raparse la cabeza, por lo que fueron llamados “cabezas negras” por los sumerios. También se dejaban crecer la barba y el bigote, lo que les daba un aspecto muy diferente al de los sumerios.

Otra costumbre que conservaron los semitas fue su lengua y hasta se la impusieron a los sumerios, el viejo idioma de Sumer quedó como lenguaje litúrgico, de manera que cuando los semitas cantaban los himnos religiosos no entendían lo de “cabezas negras”, y sumerios y semitas acabaron por habitar el mismo país sin antagonismos. Los sumerios con el tiempo predominaron en la zona de los deltas de los ríos, mientras que los semitas se extendieron hacia el Norte, en las tierras que después fueron de Asiria.

Los sumerios descubrieron métodos de riego y cultivo de los que todavía nos aprovechamos hoy. El trigo y la cebada se cultivaron por primera vez en el valle del Éufrates. La mayoría de los árboles frutales que hoy conocemos son también originarios del delta del Éufrates.

En torno al año 3500 a. de C. aparece la rueda, que fue uno de los mayores descubrimientos de la humanidad.

No obstante, el gran invento de los sumerios que sobresale sobre todos los demás, fue la escritura cuneiforme. En un principio debió de ser pictográfica, esto es, cada pictograma representa un objeto, el siguiente paso fue estilizarlos haciéndolos geométricos. Finalmente, estas figuras esquemáticas tomaron formas que podían dibujarse con instrumentos terminados en cuña y se grababan con un punzón sobre tablillas de arcilla, que posteriormente secaban al sol, quedando el trazo con aspecto triangular.

El sistema duodecimal, cuya unidad, doce, es divisible por dos, cuatro y seis o el sexagesimal, cuya unidad, sesenta, es divisible por dos, cuatro, seis, diez y doce, proceden de los sumerios, estos números podían ser divididos de muchas maneras y ahorraban la tarea de operar con fracciones. Dividieron el círculo de cuatro cuadrantes en trescientos sesenta grados y el grado en sesenta minutos. De igual modo, dividieron el año en trescientos sesenta días y en doce meses de treinta días cada uno. Así mismo dividieron el día en veinticuatro horas y la hora en sesenta minutos. Estas divisiones y la docena, han llegado hasta nuestros días.

El rey Sulgy, de Ur, antes de la llegada de los semitas, ya compiló un código de derecho civil y mercantil.

En 1907, se encontró, explorando las ruinas de Susa, el famoso documento conocido como Código de Hammurabi, escrito en acadio y grabado en un bloque de basalto negro. Hammurabi, reinó hacia 1750 a. de C. ya en época de dominio semita, pero no hizo otra cosa que simplemente compilar las costumbres sumerias.

Pero al cenit se llegó en esta serie de acontecimientos:

  • En 1850, se descubrieron los primeros fragmentos del Gilgamesh, entre las ruinas de Nínive en el palacio de Asurbanipal, en tablillas de arcilla cocida sobre las que se escribió en caracteres cuneiformes.
  • En 1857, la escritura cuneiforme fue oficialmente descifrada.
  • En 1872, un joven conservador del Museo Británico se dio cuenta de que una de las tablillas de Nínive contaba la historia de un Noé sumerio, Utnapishtim, que consiguió llegar a ser inmortal.
  • Hoy en día, siglo y medio después, han salido a la luz muchos más fragmentos escritos en cuneiforme, se comprende mucho mejor la lengua sumeria y el Gilgamesh es una obra que, en la intensidad de la imaginación, se sitúa junto los grandes poemas de Homero y la Biblia. Su héroe fue un rey histórico, que reinó en la ciudad de Uruk hacia el 2750 a. de C.
  • A continuación trascribo algunos fragmentos, sirva esto de homenaje, de la primera obra literaria escrita en la Tierra, el primero corresponde al comienzo del libro uno y los restantes corresponden al libro once, donde se relatan los avatares del Gran Diluvio.

“Superior a todos los reyes, poderoso y alto más que ningún otro, violento, magnífico, un toro salvaje, caudillo invicto, el primero en la batalla, bienamado de sus soldados —baluarte lo llamaban, protector del pueblo, impetuoso aluvión que destruye todas las defensas—, en dos tercios divino y en uno humano…”.

—“Te revelaré un misterio, un secreto de los dioses. Ocurrió en Shuruppak, la antigua ciudad a orillas del Éufrates…, fui su rey en un tiempo, hace ya mucho, cuando los grandes dioses decidieron enviar el Diluvio”, —Dijo Utnapishtim a Gilgamesh.

—Entonces Shamash anunció que el momento había llegado. “Entra en el barco ahora, sella la escotilla.” Miré al cielo, su vista infundía pavor. Entré en el barco. A Puzur-amurri, el carpintero de ribera, el hombre que selló la escotilla, le regalé mi palacio con todas sus riquezas, —Dijo Utnapishtim a Gilgamesh.

—Cuando llegó Aruru, la dulce madre de los hombres, elevo al cielo su collar de lapislázuli, regalo de Anu cuando comenzaron sus amoríos. “Juro por este precioso ornamento que jamás olvidaré estos días. Que todos los dioses acudan al sacrificio, excepto Enlil, pues imprudentemente envió el Gran Diluvio y destruyó a mis hijos.”

 

FIN

Urbano Contreras

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