CAMINO DE SANTIAGO – Concepción Arcos Fuentes-Robles

Por Concepción Arcos Fuentes-Robles

Me encuentro mirando fijamente la foto más bonita de mi vida. Y las lágrimas empiezan a brotar por mis mejillas, mezcla de júbilo, de felicidad máxima, de gratitud, y sobre todo, de orgullo. Ahora mismo tengo delante de mí el sueño de mi vida hecho realidad. Me encuentro en el eje central de la plaza del Obradoiro, con la Catedral de Santiago de Compostela frente a mí, y veo su vejez, los siglos de vida sobre sus cimientos y el paso de los años.

Ansío entrar, agradecerle al apóstol haberme ayudado a cumplir la promesa de mi vida, la que en un momento dado creí que nunca llegaría a culminar; llegar a destino como peregrina con el significado que esto conlleva.

Pero no me siento especial, voy a pisar un suelo repleto de huellas marcadas antes que las mías, pisadas que como yo, entraron desde hace años viviendo y sintiendo lo que hoy aprecio y vivo yo. Siento que ultrajo a todas esas almas más puras que hicieron el sacrificio del camino, y por un momento, solo por un instante, me veo pequeña. Pienso, mirando a mi alrededor, a la plaza, llena de gente, de seres felices, de devotos, de otros no tanto pero con un halo de orgullo por haberlo conseguido, que no merezco tanto el sentirme feliz. No obstante, no dejo de llorar, todos mis sentidos están a flor de piel, saturados por lo visto, lo oído, lo degustado, lo olido y lo palpado durante todas y cada una de las etapas realizadas en la última semana.

Este ha sido el primer viaje en más de cuarenta años que he hecho sola, y por primera vez me he sentido más acompañada que nunca.

El miedo a lo desconocido, la incertidumbre de no saber qué hacer si algo salía del revés me han provocado algo de vértigo al principio, pero ese miedo se evaporó incluso antes de iniciar el camino. ¡Qué sanadora ha sido la mezcla de valentía y esfuerzo!

El día de mi llegada a Sarria, punto de partida, estaba nublado, no hacía frío pero tenía algo de miedo al clima, miedo a no ser capaz de avanzar incluso viendo a toda esa gente no mirando atrás. Pero allí estaba yo, con mi mochila en el suelo, los brazos en jarra, tras un viaje en avión y un traslado en autocar, en un pueblo de Galicia, precioso, con encanto especial. No iba a alojarme en albergues tras la pandemia, ni para descansar por las noches. Pero iniciaba esta aventura con ganas locas de conocer, disfrutar y pasarlo bien. Me quedaba toda la tarde para aclimatarme y darme un paseo por el pueblo antes de comenzar al día siguiente. Localicé la pensión, y tras dejar la maleta y la mochila salí a la calle a respirar, a explorar todos y cada uno de los rincones del lugar. Voy escuchando música en los cascos con el móvil y un cosquilleo me va recorriendo el cuerpo entero.

Como era de esperar, suena el teléfono y no podía ser nadie más que mi madre.

Hola cariño, ¿cómo va todo?

Hola, mamá, todo genial, dando una vuelta por el pueblo y buscando lugar para luego cenar- le contesto de un tirón para que el informe e interrogatorio no se prolonguen.

De acuerdo, cariño, cuídate mucho y ten mucho cuidado, cualquier cosa, te vuelves sin pensarlo- Responde totalmente preocupada.

No lo puede evitar, se preocupa en exceso y más si viajo sola.

Al colgar la llamada levanto la vista y me doy cuenta de que estoy en la plaza del pueblo, y diviso una terraza de un bar que tiene muy buena pinta y está llena, buena señal. Entre el gentío diviso una mesa vacía y sin vacilar me lanzo a cogerla para no perder el sitio.

Buenas tardes – digo en voz alta al sentarme. Es una costumbre que tengo, saludar siempre que llego a algún sitio.

Buenas tardes – oigo varias voces contestarme al unísono y al mirar observo muchas caras sonrientes. Si señor, buena llegada.

El camarero se aproxima a mí rápidamente y con su móvil en la mano me comenta:

Hola guapa, ¿qué vamos a poner?

Hola, ponme una Estrella Galicia, por favor.

Marchando, de comer, ¿quieres algo?

Si no te importa, más adelante. – Contesto con una sonrisa.

Sin problemas.

Abro mi mochila para sacar mi cuaderno, nuevo, sin estrenar, preparado para plasmar todo lo que sienta en estos días. Quiero dejar escrito todo. Cada una de las emociones, cada una de las experiencias vividas durante el camino. Me deleito con la escritura mientras me voy bebiendo la cerveza bien fría, y no han pasado ni cinco minutos, que desde otra mesa, tres chicos se dirigen a mí:

Hola, ¿Haces el camino? ¿Estás sola?

Hola. Sí y sí – contesto, escueta pero con una sonrisa.

Pues nosotros sí y no, como podrás comprobar. Si te apetece unirte a nuestra mesa, te invitamos encantados a una cerveza. – Me invitan.

Son tres chicos de mediana edad, como yo, y me he fijado que dos de ellos llevan alianza. Es un defecto de una soltera de mediana edad, fijarse en el estado civil de los hombres.

Pues encantada, por cierto, me llamo Adriana.

Encantados, Adriana, -me comenta el que habla en todo momento, – yo soy Javi, este es Carlos y él es Chema.

Hola, ¿De donde sois?

De Valencia, ¿y tú?

Yo de Barcelona.

Me encanta Barcelona, voy mucho por trabajo -Comenta Chema, el que no lleva alianza.

Hemos estado de charla todo el tiempo y hemos terminado cenando juntos, un plato de caldo gallego cada uno y una buena tapa de pulpo a feira, espectacular cena. Al mirar el reloj he alucinado de lo rápido que ha pasado la tarde, hemos estado algo más de cuatro horas hablando y riendo.

Chicos, me lo estoy pasando en grande, pero son algo más de las diez de la noche, con vuestro permiso voy a ir a dormir, quiero estar descansada para mañana.

¡Ostras, es verdad!, Pedimos la cuenta y te acompañamos a tu alojamiento.

Han tenido el detalle de invitarme a la cena y a las cervezas. Ha sido una velada, y Chema, al llegar a la puerta de mi alojamiento, me ha dado su teléfono por si necesito algo durante estos días. Ha habido una conexión especial con él.

Me he metido en la cama, ya con el pijama y la cara lavada, con una sonrisa en los labios, y así me he dormido, sintiendo que este viaje promete y mucho. Así he estado durmiendo hasta que el despertador me ha avisado del comienzo real del viaje.

A las ocho de la mañana, tras un fugaz café para abrir el estómago, inicio la marcha hasta el próximo destino, Portomarin. Tengo por delante algo más de veinte kilómetros, que quiero culminar en un máximo de seis horas, para disfrutar y descansar durante la tarde. Nada más empezar me cruzo con un grupo de peregrinos que al pasar a mi lado me miran y me dicen con una sonrisa, “Buen Camino”. Es ahí donde descubro cual va a ser nuestros saludos durante estos seis días, y me emociona, no hay saludo más positivo que este.

Mientras camino voy deleitándome al divisar el paisaje boscoso, verde intenso, lleno de vida, lleno de olor y de pureza. Lleno los pulmones de salud en cada inhalación. Siento que mis piernas van solas, no me encuentro con mucha gente en el sendero donde vislumbro de frente el primer mojón, piedra que te indica el camino con su flecha amarilla y marca la distancia hasta llegar a Santiago.

La mañana transcurre muy tranquila, soleada y sin calor bochornoso. Me detengo un momento a coger la botella de agua y miro el reloj. Llevo algo más de dos horas caminando sin parar, ya he recorrido casi diez kilómetros y siento que mi energía se eleva al infinito. Al levantar la vista descubro que estoy frente a un bar de Albergue con una decoración que enamora y la terraza está bastante concurrida. No estoy cansada, pero decido parar para ir al baño y beber un zumo de naranja. Entro y me siento en la terraza, dando la espalda al sol, y vuelvo a sacar mi cuaderno para plasmar estas dos horas de camino. Le pido a la camarera el zumo y un bocadillo para llevar por si me da hambre.  Un instante después, una chica se acerca a mí con una sonrisa y me comenta:

Hola, perdona, no quiero molestarte, pero me encanta tu cuaderno.

¡Ostras, muchas gracias! Soy Adriana, encantada, y tranquila, no molestas.

¿Te apetece sentarte con nosotros a tomar el desayuno? Me has parecido buena chica. – me comenta y me ruega con una educación exquisita.

Gracias por la invitación, ¿Te importa si me uno en unos minutos? Escribo unas líneas y voy.

Perfecto, vamos a estar un rato, te esperamos.

¡Madre mía! No consigo estar sola en ningún momento. .Alucino con la hospitalidad de la gente en este viaje. Escribo de forma muy rápida una página en mi cuaderno y me levanto para irme con ellos.

También son tres, un chico y dos chicas, me cuentan que son amigos de la infancia, de Málaga.

Tomamos algo juntos y hemos estado hablando un largo rato. Me ha sido muy fácil entrar en sus conversaciones, y me he reído mucho. Tienen un par de años menos que yo y hacen el camino por diversión.

Al levantarnos me animan a continuar con ellos el camino. Acepto encantada, pensando que si en algún momento lo veo conveniente me desmarco con total libertad, la que ellos me transmiten.

Pero no hace falta, caminamos y caminamos hasta llegar a Portomarin, más de diez kilómetros de un tirón, con una fuerza sobrehumana. Ha sido con Ana, una de ellas, con la qué más he empatizado. Tiene un alma especial, un extraordinario don de palabra y es culta a más no poder. Se conoce la historia del peregrinaje como una experta, aprendo mucho escuchándola. El pueblo enamora desde la distancia, es una foto preciosa para la retina. Ellos tienen el albergue a la entrada del pueblo y yo tengo el hostal en el centro. Es allí cuando nos damos un abrazo colectivo y nos despedimos sin más promesa que la de volver a encontrarnos si el camino quiere que lo hagamos. Me ha encantado esa forma de conectar con ellos.

Segundo alojamiento y todavía mejor que el anterior. Me doy una buena ducha y me tumbo a descansar un rato. He comido hace relativamente poco. Dos horas más tardes despierto totalmente renovada y dispuesta a salir y disfrutar la tarde como ayer. Ahora quiero estar sola, quiero escribir y disfrutar del lugar, y del momento que estoy viviendo. No me he cruzado con los valencianos y me hubiera gustado, pero solo pasa lo que tiene que pasar.

Me voy a dormir pronto, y es otra noche en la que he descansado como hacía años no lo lograba. Segundo día y mirando al frente en todo momento.

El resto de los días han sido igual de intensos que el primero, conociendo mucha gente, hablando con todo el mundo y riendo y llorando a partes iguales.

Lo más mágico ha sido llegar a la catedral de Santiago, sin fatigas, sin cansancio y con la mochila llena de experiencias inolvidables.

Y mientras estoy embobada frente a la catedral, con los sentimientos presentes de victoria, de repente alguien me abraza por la espalda y me susurra al oído:

Le pedí al camino, el día que te conocí, encontrarte en el destino. Deseaba volver a verte culminando nuestras metas, y si quieres, marcando nuevas, pero juntos.

Me giro sobresaltada y los ojos de Chema invaden mi corazón, llenos de ternura, de sinceridad y de cariño.

El camino ha merecido la pena, he conseguido limpiar mi alma, ¿Y por qué no? Llenar de ilusiones mi corazón. Sonrío y le digo:

  • Buen camino, siempre conmigo.

 

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Mercedes Benito Maroño

    Conchi, vas a pasar a ser doña Concha, me ha gustado mucho tu relato, un lenguaje sencillo y no por ello menos intenso, lleno de sensibidad a flor de piel, y un realismo que casi te meto bronca por creerlo a pues juntillas y no avisarme. Recuerda por si acaso que yo vivo a 30 kms de la plaza obradoiro y si apareces por ahí y no me das un toque, te borro de mi lista de super vip’s. Me gusta leerte ya te leía en tus blog y saben que soy forofa de las super campeonas y estás ahí en el podía tan fresca y tan feliz, atrapando cada segundo de felicidad que se presenta por delante. Sigue escribiendo esto es el primer paso de un largo camino, te quiero, te llevo siempre en un cajón preferente de mis recuerdos y a ver si tenemos pronto un encuentro de abrazo energentico

  2. ANTONIO MANCHÓN

    Muy bonito relato , a mi personalmente me ha llegado dentro y de un tirón me lo he leído, atrapado en tu historia , a nacido una nueva escritora , gracias

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