CASCABELES – Mª Dolores Vélez García-Nieto

Por Mª Dolores Vélez García-Nieto

Esta aventura la habíamos iniciado dos personas juntas, y al final me encontraba sola. En realidad, casi lo prefería, aunque estaba nerviosa y expectante.

Llegué a Kiev con Mercedes, Fernando, su marido, y con Teresa, a los que conocí en el aeropuerto. La agencia nos había reservado los asientos colindantes; les saludé cortés y me encerré de inmediato en la lectura de mis guías. Aún así, mirando por encima de las gafas, me detuve a estudiar a mis acompañantes.

Teresa viajaba sola, desprendía un perfume delicioso, como de cerezas, llevaba un traje de corte Chanel negro, parecía elegante, aunque su gesto sin embargo era desagradable. No paraba de hablar y todo lo sabía. No me gustó desde el primer momento: tras una pátina de suficiencia, se escondía –era evidente– una persona bastante amargada.

Mercedes, completamente opuesta, con esos ojos grandes de ternera asustada, sin soltarse del brazo de Fernando, parecía esa clase de mujer que necesita un hombre a su lado para sentirse segura, siempre buscando su aprobación con frases como ¿Verdad, cariño?, que pocas veces recibía algo más que un asentimiento distraído. Eran una pareja desubicada que pasaba desapercibida.

Pero ninguno de ellos importaba. Iba a cumplir mi sueño, y en él sólo estabas tú.

Nos recibió Julia, la procuradora, que también haría de traductora. Me pareció acogedora.

Así que allí estábamos, en un país lejano, con un idioma extraño, como náufragos a la deriva, perdidos en un pasillo blanco, grande, vacío, luminoso y sin embargo muy frío, que olía a aspirina, en el que sólo había un banco. Mirábamos impacientes la puerta, que con mil capas de pintura blanca, se encontraba cerrada frente a nosotros. Yo me mantenía callada intentando aplacar los mordiscos en el corazón mientras Teresa y Mercedes no paraban de hablar excitadas a mi lado. Teresa contaba que al ser monoparental se le adjudicaría una niña mayorcita y era eso, exactamente, lo que quería. A mí me habían dicho lo mismo después del divorcio, no tendría menos de tres años. Claro que hubiera preferido ser madre de un bebé recién nacido, pero entonces las circunstancias habían cambiado; y tampoco importaba demasiado. Nos íbamos a conocer y  todo sería diferente para los dos.

Mercedes, con su mirada bovina, se veía desamparada sin parar de comprobar el móvil. A su marido no le habían dejado entrar, no entendimos por qué, así que estaba esperando en la calle, con aquel frio, desde hacía más de cuatro horas.

Ambas se habían arreglado a su manera. Teresa con un porte distinguido destacaba sobre Mercedes, vestida con un traje de punto ajustado que requería una talla más, tan rojo como el carmín de sus labios y con el pelo muy tirante, peinado hacia atrás.

Yo llevaba unos vaqueros y una camiseta, tal como me dijo Julia que me vistiera. Allí preferían por lo visto a la gente sencilla.

De repente, rompiendo la tensa espera, la puerta, se abrió de golpe. Dos parejas de americanos vestidos lujosamente salieron de allí; las dos mujeres iban llorando. Esto no auguraba nada bueno. Julia nos pidió calma. Seríamos las siguientes.

Al cabo de media hora, paciencia, asomó la cabeza sonriendo. Era nuestro momento. Nos sentamos pegadas la una a la otra; dos funcionarias muy serias nos miraban  desde una posición más alta; salvo un policía, todas éramos mujeres. Empezaron por Teresa. Le ofrecieron tres álbumes gigantes con fotos de niñas. Pasó las hojas despacio y de repente se paró y nos mostró una niña castaña, de unos trece años, mirando risueña a la cámara.

—¿Esta os gusta? Parece buenecita. ¿Creéis que tendrá suficiente fuerza para movilizar a mi madre? Voy a mirar más para poder comparar.

Tal cual nos dijo, como si estuviéramos contrastando las funciones de una lavadora. Me removí en mi asiento.

Teresa soltera, cuarentona, hija única y sobre todo egoísta, quería adoptar una niña que hiciera de cenicienta y se encargara de su madre impedida. Empezó a repugnarme, pues no estábamos de compras y no quería presenciar nada de aquello. Siguió mirando el último álbum y dijo al rato:

—Creo que me he decidido por la primera. Es mona.

Julia me tradujo.

—¿Puedo salir y esperar fuera, por favor? No lo soporto, parece un mercadillo.

Mercedes se quedó estupefacta.

La funcionaria me miró y asintió benevolente mientras sacaba una cuartilla en blanco. Me la tendió, no entendía nada. Giré aquel folio despacio, en el reverso, mal enfocado, un niño rubio de unos seis meses me sonreía. Todo se paró. Me recreé en tus rasgos, quería aprendérmelos, uno a uno, lo demás se había disuelto. Ninguna lágrima brotó de mis ojos. Era como si te conociera de toda la vida.

Es la primera imagen que tengo de ti, hijo. Mi madre dice todavía de todos sus nietos, tú, Víctor, eres el que más se parece a papá.

Me informaron de que tenías once meses, casi un año. Sin embargo, parecías más pequeño, desvalido, con anemia, te estaban haciendo pruebas por problemas en el pulmón. Pero eras mi niño. Te encontrabas en un orfanato de Odessa, donde te dejaron nada más nacer. Nadie iba a visitarte.

Con ayuda de Julia, a quien estaré siempre agradecida, contesté a varias preguntas, rellené algunos cuestionarios y salí de allí dejando a Teresa y Mercedes mirando álbumes. Al cruzar la puerta, en el pasillo blanco, tal como hicieron las americanas, rompí a llorar.

Tres días después llegamos a Odessa, sin Teresa, de la que no supe nada más durante años. Una vez allí aún tardábamos días en ir al hospicio. Había que arreglar papeles. Dediqué el tiempo a comprarte ropa y juguetes, pero no podía más. Llevaba en aquel país casi un mes, ahogada en burocracia, y seguía sin ti.

El tercer día, con un luminoso sol de otoño, gracias al móvil, conseguí localizar el establecimiento benéfico, y me encaminé hacia él dando un paseo. El tiempo era bueno, la ciudad estaba limpia, se respiraba un aire fresco y un olor lejano a bosque y a mar; en una avenida arbolada, que desentonaba entre los bloques grises, encontré el orfanato, una casa bonita, no tan grande como esperaba, centenaria, con un color indefinido entre blanco y gris. Se encontraba rodeada por una reja que acotaba lo que debió ser un jardín, entonces relleno de arena.

Desde ese momento todo lo recuerdo como una película en blanco y negro.

Subí los tres escalones de la entrada lentamente y me asomé cauta. No había nadie, y lo que me pareció más extraño, el edificio estaba sumido en un profundo silencio. ¿Dónde estaban los niños?

Un claustro acristalado arrancaba desde el centro de la entrada, filtrando la luz del mediodía. Silencio. Al fondo, una puerta abierta daba paso a una estancia grande, a la que me acerqué sigilosa. Dentro en un corralito de cuerdas blancas de unos tres metros cuadrados, se apiñaban un montón de niños y niñas, bebés envueltos y tumbados en el suelo. También niños más mayorcitos hasta unos tres años, sentados, de pie, apretujados, pero todos mudos. Me impresionó, lo recuerdo descolorido y triste, qué desolación.

Estaba intentando comprender por qué callabais, cuando de pronto una mano grande de hombre, me agarró el hombro y tiró de mí hacia tras. Era una mujer gigante, hirsuta, con bata blanca, cejijunta, que me miraba rabiosa. Tenía un moño alto rematando su extraordinaria cabeza, olía a colonia barata, y no paraba de resoplar. Tú y yo la llamamos el ogro.

Asida a mí con sus manazas, deshicimos el camino sin hablar, me introdujo en un despacho que olía a café, donde una mujer vestida, como todo, de gris, miraba aburrida unos expedientes, entre los que alcancé a ver el mío.

Sin apartar la mirada de los documentos, se dijeron algo que no entendí. Hasta que aquella mujer levantó la cabeza, se quitó las gafas y pausadamente me habló en inglés; yo que había estudiado francés, la entendí. Le señalé mi carpeta y le mostré tu foto borrosa en mi móvil. Pareció comprenderlo. Repasó mi archivo, y entre gestos me explicó que faltaban trámites, pero me aseguró que te podría  recoger en dos o tres días.

Luego se dirigió al ogro, que salió de allí enfadada. Al poco, en el pasillo, se oyeron pasos. Desde el fondo venía el ogro con su andar pesado y poderoso, con la mirada clavada en mis ojos. Entre las pisadas, solo se rompía el silencio con el extraño sonido de unos cascabeles que tintineaban alegres.

Cuando se acercó más, apareciste tú detrás de ella, con el pelo muy rubio cortado al cero, estabas pálido, casi transparente. ¡Y todo se volvió de colores!

Venías con un pijama verde claro y con pasitos vacilantes. Por lo visto, hacía muy poco que habías comenzado a caminar. Tuve ganas de abrazarte, tan serio, tan limpio, tan desvalido, mientras tus zapatillas sonaban saltarinas. Es el primer recuerdo que tengo de ti. En mi parto particular no hubo lloros, tan sólo esos cascabeles repiqueteando gozosos. Y tus grandes ojos, mirándome.

Durante los dos días siguientes, mientras Julia se encargaba de las gestiones, nos permitieron ir a veros. Yo te sacaba inmediatamente al patio de tierra; quería que te diera el sol y alejarte del corralito, pero me habían prohibido que tocaras la arena, o que te sentaras en el suelo, así que sólo nos mirábamos y yo te sonreía, te hablé de la familia, de nuestra casa, sentada en el escalón, poniéndome a tu altura y tú, que no sabías hablar, me escuchabas solemne.

El tercer día te dejaron venir a dormir conmigo al hotel, te pasaste toda la noche llorando, no sabías lo que era una cama, y solo caíste rendido cuando nos tumbamos en la alfombra, y así, dormidos en el suelo, amanecimos y te devolví a aquel sitio gris.

En la vista con la juez, insistió en tus problemas de salud y también si estaba preparada para que recibieras tratamiento psicológico, lo que solía ser normal, a todo asentí.

La jueza rubricó un documento y me dijo en un perfecto español, entregándomelo.

—¡Enhorabuena, es usted madre!

Me conmoví.

Nos fuimos directamente a buscarte, ni siquiera te prepararon una bolsa, te venías conmigo con lo puesto, daba igual, sólo había algo que quería llevarme de allí.

Buscando el momento, me quedé a solas con la directora, le pregunté por señas dónde estaban las zapatillas de cascabeles; negó con la cabeza y se tocó varias veces el bolsillo de la chaqueta; no hubo otro modo, tuve que regatear y fue duro, quería dólares, al final me costaron más las zapatillas que los billetes de vuelta.

En estos años hemos crecido juntos, aprendiendo el uno del otro; a veces ha sido muy difícil gestionar tu incapacidad para la frustración, los ataques de ira, el cortisol reventando por tus venas, mi confusión y soledad para tomar decisiones. Pero eres bueno, generoso, educado, respetuoso y alegre. Hemos viajado, hecho deporte, hemos discutido mucho cuando había que estudiar, has cambiado de colegio y en todas partes has hecho amigos y, como me auguraron, hemos tenido que ir al psicólogo. Has roto cosas, te he perdonado, te grité, me has perdonado tú. Pero todo esto, es otra historia.

Ahí estás ahora, guapo, muy alto, sí, igual que mi padre. Hoy te gradúas, lo hemos conseguido con esfuerzo. Aquí estamos tu abuela, tu novia y yo, una madre mayor y emocionada. Porque ya eres todo un hombre hecho y derecho, un señor farmacéutico al que le gustan los coches, leer y esquiar, querer y que te quieran. Mañana te vas de casa; compramos la farmacia lejos en un pueblo rodeado de mandarinos. Ana, tu novia, se va contigo.

Una única lágrima resbala por mi mejilla, mientras mi mano, en el bolsillo derecho, se aferra a aquella vieja zapatilla de cascabeles. Es el primer sonido que escuché de ti, hijo.

 

 

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