CUANDO LA MUERTE TOCA LA PUERTA DOS VECES – Nora Sequeira Muñoz

Por Nora Sequeira Muñoz

Para la gran mayoría de los seres humanos, la muerte se presenta una vez. Llega, toca la puerta y no hay escapatoria. Sin embargo, hay algunas personas que, por alguna razón, logran robarle la vuelta, como dirían algunos. Es el caso de Alain, el Francés, como le llamaban en el pueblo de San Pedro.

 

Alain, su esposa Karine y su hija Marta se mudaron a San Pedro, un pueblito a dos horas de San José, capital de Costa Rica. Con su plaza, su cantina y su iglesia parecía un lugar donde el tiempo se hubiera detenido. Sus calles polvorientas, donde las gallinas y las vacas se pavoneaban a su antojo. Donde el deporte favorito de los locales era reunirse todas las noches en la plaza del pueblo para compartir los últimos chismes; ahí fue donde Alain y su familia decidieron instalarse.

Según lo que decían los que los conocían, se habían enamorado de la quietud y del paisaje campestre. Otros más cercanos decían que venían huyendo de algo o de alguien. El caso era que nadie entendía muy bien qué hacían estos franceses en un lugar como este.

 

Alain y su familia venían de Lyon, Francia. De familia acomodada, Alain había heredado una empresa inmobiliaria bastante exitosa.

Básicamente, vivían de sus rentas. Lo que le permitió a Alain dedicarse a otros menesteres: mujeres, alcohol y juego.

Karine, su esposa, típica mujer conservadora y abnegada, se había hecho de la vista gorda durante muchos años, pensaba que cuando llegara a la vejez sentaría cabeza. Ya tenía sesenta y las cosas no parecían cambiar mucho. Por el contrario, dado que estaba más viejo, tenía que utilizar más el «músculo de la billetera». Tomaba más y cada vez perdía más dinero en el juego. En otras palabras, había que hacer algo, si no irían a la bancarrota.

 

Durante unas vacaciones en Costa Rica pasaron por casualidad por San Pedro rumbo a la costa pacífica. Ahí Karine tuvo la grandiosa idea de mudarse, pensó que sería un perfecto lugar para alejar a su marido de las tentaciones. Compraron un terreno y en menos de un año la casa estuvo lista para mudarse.

 

Alain era un tipo bonachón, muy sencillo en su vivir. Eso sí, no podía tener dinero en los bolsillos. Le gustaba mucho la fiesta, y mejor si había lindas mujeres.

Cuando su mujer le propuso la idea de mudarse a ese pueblo, pensó que estaba loca. Después de muchas discusiones, accedió.

La instalación fue muy rápida. Para todos el cambio fue radical, pero valía la pena, reflexionó Karine. Desde ahí podrían manejar los negocios y de vez en cuando irían a Francia. El primer año fue un poco extraño, pero poco a poco fueron encontrando su rutina. Alain trabajaba en el ordenador todo el día; Karine decidió iniciar una huerta. Parecía que su sueño se había hecho realidad.

 

Karine se ocupaba de hacer las compras. Le gustaba ir a Jaco, un balneario a una hora de San Pedro, donde había un gran centro comercial. Eso le permitía salir de la rutina.

 

Un día se le ocurrió decirle a Alain que la acompañara a hacer las compras. Mientras que ella estaba en el supermercado, él fue a ponerle gasolina al coche. Dio unas vueltas por el balneario lleno de surfistas y mochileros. Se le antojó una cerveza y paró en un bar frente al mar. Al cabo de un rato pasó una chica como de unos quince años que le ofreció todo tipo de servicios sexuales. Alain se quedó un poco impresionado, parecía una niña. Le dijo que no de manera muy cortante. Por un momento pensó que el milagro había sucedido: ¡se había reformado! Recogió a su esposa y estuvo a punto de contarle lo sucedido, pero al final decidió no hacerlo, no fuera que se pusiera muy suspicaz.

 

A los dos meses, Karine tuvo que viajar de emergencia a Lyon porque su madre se había caído, y necesitaba ocuparse de ella. No le hacía mucha gracia dejar a Alain solo, pero no tenía opción.

 

A la semana siguiente, Alain tuvo que ir a hacer las compras y decidió irse a Jaco.

Sentía que era su prueba de fuego, ahora sin Karine que lo vigilara.

Hizo las compras y después se fue a tomar una cerveza frente al mar. Tan pronto como se sentó, se le acercó una chica, esta vez un poco mayor. Ella fue más sutil. Le pidió que la invitara a una cerveza. Se llamaba Ana. Empezaron a conversar, ella le contó que estudiaba en la universidad, y que los fines de semana trabajaba como prostituta para pagar sus estudios. A Alain le conmovió la historia. Siguieron tomando, hasta que obviamente pasó lo que tenía que pasar. La chica alquilaba un cuarto de mala muerte al lado del bar. Le cobró cincuenta dólares. Le comentó que también trabajaba a domicilio y le dio una tarjeta con su número. Al día siguiente, Alain amaneció con resaca moral.

¡No podía creerlo, había vuelto a caer!

 

Durante la semana trató de no pensar mucho en eso. Llegó el fin de semana y hacía un calor de los demonios. Se tomó un par de cervezas y de repente recordó a Ana, la chica del bar. Le impresionaba que fuera una chica universitaria. Eso le quitaba un poco de suciedad al asunto, pensó. Sentía que estaba colaborando para una noble causa. Cuando se dio cuenta estaba marcando el número de la chica. Tardó en contestar, pero ya cuando iba a colgar se escuchó una voz muy sexi, era Ana. La saludó y de repente no supo cómo pedir sus servicios. Si bien es cierto hablaba más o menos el español, no conocía muy bien el lenguaje en esos ámbitos. Ana se dio cuenta, y rápidamente le ofreció sus servicios, incluyendo una extra. Estaba con una amiga. Así que tendría dos por el precio de una. El hombre no tuvo mucho tiempo para pensarlo; le dio su dirección y quedaron en una hora. Alain empezó a preparar todo, parecía un adolescente. Se bañó, se alistó, se perfumó. ¡Nunca había hecho un trío, estaba muy emocionado!

 

A eso de las diez de la noche sonó el timbre, preguntó por el intercomunicador para confirmar que fueran ellas. Les abrió el portón y esperó adentro de la casa, hasta que tocaron la puerta. Cuando abrió, cuál fue su sorpresa de ver a Ana con la chica que parecía una quinceañera. No le hizo mucha gracia, pero no dijo nada. Las invitó a pasar y les ofreció algo de comer y de tomar. Puso un poco de música y se dispuso a tomar una copa para relajarse un poco. Para las doce de la noche ya se habían tomado tres botellas de vino, ya estaba bien entonado.

 

De repente sonó la puerta de nuevo. Se sorprendió porque nadie podía entrar a la propiedad sin atravesar el portón, a lo mejor se había quedado abierto, pensó. Abrió la puerta y dos hombres se abalanzaron sobre él con un cuchillo. Sintió un dolor intenso en el estómago y cuando miró su ropa estaba ensangrentada. Los tipos lo arrastraron a la sala y empezaron a preguntar dónde tenía la caja fuerte y cuál era la clave. Ana había revisado el cuarto principal cuando fue al baño, había encontrado la caja. Alain estaba aturdido, entre el alcohol y el dolor no podía coordinar una palabra. Lo empezaron a golpear hasta que finalmente les dio la clave. En la caja había dinero en efectivo y las joyas de Karine. Los tipos tomaron todo y se marcharon, no sin antes darle un tiro en la cabeza para rematarlo. Todos se fueron y Alain quedó inconsciente tirado en el piso de la sala. En un momento dado, y sin que nadie lo pueda explicar, Alain despertó; como pudo se arrastró al jardín, los perros del vecino empezaron a ladrar, para su suerte el vecino lo encontró y llamó a la ambulancia. Tres meses en el hospital, afortunadamente el cuchillo no afectó a ningún órgano vital. La bala no la pudieron sacar. Los médicos decidieron que sería peor si lo intentaban.

Cuando despertó no podía recordar nada. Hablaba con dificultad, pero entendía perfectamente.

 

Karine regresó lo más pronto posible. No entendía por qué su esposo habría abierto la puerta a desconocidos a medianoche. Con los días Alain fue recordando. Llamó a su abogado y le contó lo sucedido. A través de unos contactos en Jaco, descubrieron que había una banda de delincuentes que usaban prostitutas para asaltar extranjeros. También averiguaron que la chica que acompañaba a Ana era menor de edad. Esto no dejaba bien parado a Alain, quién podía ser acusado de abusador de menores. La policía trató de interrogar a Alain, pero él, aconsejado por su abogado, insistió en que no recordaba nada.

El tiempo pasó. Cuando Alain estuvo en condiciones de viajar, él y Karine se regresaron a Francia. Tenían mucho miedo que de que los delincuentes volvieran. A los dos años regresaron a San Pedro. Alain nunca volvió a ser el mismo. Le costaba mucho hablar y padecía de fuertes dolores de cabeza. Por otro lado, empezó a sufrir de depresión, no podía entender cómo y por qué estaba vivo. Algunas veces pensaba que era un castigo divino. Karine, por su lado, nunca se enteró de lo que realmente había sucedido, y a veces se sentía culpable de haber promovido la idea de mudarse ahí.

Nada volvió a ser lo mismo.

 

Ese año, en marzo empezó la pandemia del coronavirus. Todo el pueblo se contagió, incluyendo Alain y su esposa. La muerte volvió a tocar la puerta… esta vez no se le escapó. El único deceso reportado

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Carmen Prieto Menéndez

    Ha estado genial

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