DESPIDO – Mª Pía Martinelli Espiñeira

Por Mª Pía Martinelli Espiñeira

 Sentía su peso sobre ella, y su cuerpo dentro de ella, pero su cabeza giraba en un limbo. Nunca había sido infiel, y nunca hubiese creído que lo sería. Pero era ambiciosa, y cuando lo conoció supo enseguida cuál era su estilo. El futuro profesional de ella y el de su marido dependían de él. O ella así lo creía. Necesitaba que su marido entrara en la empresa para poder dejar su trabajo en el otro lado del país, y poder vivir al fin juntos, en la misma ciudad. Y sabía que él tenía el poder y la influencia para hacerlo, y así se lo había dado a entender la primera vez que la buscó. Su gemido la devolvió al presente. Como siempre, cuando terminó, él se dejó caer sobre la cama después de darle un beso en la frente. A los pocos minutos, se quedó dormido. Ella se levantó, se vistió y se fue.

 

  Era un viernes cualquiera en la planta, y yo me había incorporado a mi trabajo de ingeniera esa semana, después de mi baja por maternidad. Todavía seguía adaptándome a mi nueva vida, y llamaba con frecuencia a mi suegra para preguntar cómo estaba la beba. Había estado fuera de la fábrica durante 10 meses, y ahora estaba intentando ordenar mis prioridades. Esperaba que me dieran nuevos proyectos para empezar y así intentar tener una rutina. Me encantaba mi trabajo, pero durante toda esa primera semana, cuando volvía a casa, agarraba en brazos a mi hija Mabel y me pasaba una hora alimentándola y mimándola. No la quería soltar. La situación en la empresa había cambiado en el último año, y yo no me sentía nada cómoda con la nueva dirección. Mi nuevo jefe, Carles, era literalmente un títere. Y pretendía lo mismo de mí, que acatara órdenes con la boca cerrada. Y yo no lo llevaba nada bien.

Cuando se anunció la llegada de Iker, el nuevo jefe de producción, yo había observado cierto malestar entre los veteranos del lugar, y no tardé mucho en descubrir las causas. Iker era básicamente un dictador. Tenía buena fama a nivel global dentro de la dirección de la compañía por ser un experto en bajar los costes de producción, resultados que lograba a base de reducción de personal o recorte de derechos. Muchos de los jefes de departamentos fueron reemplazados por personas que Iker manejaba a su antojo, como mi jefe Carles. Además, Iker tenía fama de mujeriego y no lo ocultaba. Enseguida eligió a sus empleadas favoritas, y los tocamientos y roces en los pasillos y reuniones eran evidentes. Pero todo esto, a nadie parecía molestarle o preocuparle, salvo a mí.

Mi jefe me había convocado a una reunión ese día a las 11. “Seguimiento de proyectos”. A la hora convenida llegué a su oficina, me senté y comenzó a darme un discurso lleno de excusas y palabras políticamente correctas para decirme que estaba despedida. Cuando terminó, comencé a hablar yo, y cuando mi argumentación rayaba ya en la insolencia, sonó la sirena de emergencia. Y no era que yo lo insultara directamente. Todo lo contrario. No era la primera vez que cuando hablaba con Carles tenía la sensación de que mi elocuencia lo desconcertaba, hasta el punto de sentir que no entendía lo que le decía. Y no voy a negar que a veces tenía la impresión de estar hablando con una persona muy limitada mentalmente. Es decir, Carles no me infundía ningún respeto.  Mis sentimientos estaban muy confusos. Por un lado, sentía mucha aversión hacia la empresa y todo su personal. Por otro lado, pensé que era una oportunidad de hacer un cambio, y buscar un trabajo en un lugar que realmente me gustara.

Pasé el resto del día intentando no hablar con nadie. Tenía miedo de quebrarme y ponerme a llorar. También intenté esquivar a mi marido. Luis había ingresado en la compañía, después de 8 años trabajando como contratista.

   Por fin se hicieron las 5, y Luis y yo nos fuimos. En el coche, de regreso a casa, le conté que me habían despedido. Pobre, estaba en shock y no sabía qué decirme. Le facilité las cosas y le dije que prefería no hablar del tema.

La mañana siguiente, seguí la misma rutina de siempre. Preparé a Mabel para llevarla a la casa de mis suegros e ir a trabajar. Subimos a mi viejo Citroen C3 gris y me quedé pensando en mi coche. Ya tenía 16 años, y había estado pensado en cambiarlo. Pero, ahora, con el despido, esto iba a tener que esperar.

Estaba en mi oficina mirando la pantalla del ordenador. Todavía quedaba un mes para dejar la empresa, y me preguntaba cómo iba a pasar todo ese tiempo sin hacer nada en un lugar que aborrecía. La entrada de los miembros del comité de empresa me sacó de mis pensamientos. Ahí llegaban los tres payasos que supuestamente tenían que defender los derechos de los trabajadores.  La primera en hablar fue Lucía, la presidenta. A pesar de ser más joven que yo, Lucía se vestía y actuaba como una mujer de la época de mi madre. Solía vestirse con colores oscuros, y llevaba el pelo recogido en una coleta con un lazo azul marino. Le caía muy bien a todos los jefes cincuentones, siempre creí que la veían como una versión más joven de sus esposas. Comenzó diciéndome que lamentaba mucho lo de mi despido, pero que no podían hacer nada como comité, ya que el futuro de la empresa dependía de esa reestructuración, con los despidos incluidos. ¡Qué bien se había aprendido el discurso! Los otros dos solo asentían y se lamentaban. Pero me aseguraron que la indemnización iba a ser considerada, ¡qué considerados!

Cuando se fueron de mi oficina, recogí mis cosas y pasé por la oficina de mi jefe. Literalmente me despedí de él. Sarcásticamente le agradecí su tiempo, y le informé que dado que no tenía trabajo, me iba a tomar unos días. Considerando su estrechez mental, creo que no entendió el segundo sentido de mis palabras, pero me daba lo mismo.

 

 

   Estaba volviendo de un viaje de 15 días y había avisado que no pasaría por la oficina. Decidió llamarla. Ella estaba trabajando y le dijo que podía salir para que comieran juntos. Él habría preferido ir a un hotel, pero pensó que una comida y un poco de sexo rápido en el coche no estarían mal.  Se encontraron lejos de la fábrica. Él le pidió que subiera al coche y condujo hasta un lugar apartado. Detuvo el vehículo y comenzó a besarla. La levantó y la colocó encima de él. Ella lo dejó hacer. El sexo con él era siempre ansioso y rápido. Pensó que con su marido no era muy distinto. Buscaron un restaurante donde nadie pudiera verlos, y se sentaron en una mesa del fondo del lugar, bastante escondida. Si su relación salía a la luz, sería perjudicial para ambos.

 

 

Llamé a Carmen, mi suegra, y le pedí que preparara a la beba, que las llevaba a comer. Fuimos a un restaurante cerca de la playa, ya que el día estaba precioso. Al entrar fui al baño, y ahí fue cuando los vi. Mientras me secaba las manos, me acerqué al cristal que tenía la puerta, y los vi en la última mesa del restaurante, una mesa muy escondida, pensé. ¿Qué hacían estos dos, juntos, un martes al mediodía comiendo casi escondidos? Pensé que mis amigas dirían que era muy inocente haciendo esta pregunta. Ambos estaban mirando sus teléfonos, y no me vieron. Pero yo, en un impulso, saqué mi teléfono y les saqué una foto. No sé siquiera por qué lo hice.

 

 

   Él comenzó a ponerse nervioso, aunque estaba mirando su teléfono, y le dijo:

– No mires al costado, continúa viendo el teléfono.

– Vale, pero… ¿qué pasa?

– Creo que nos acaban de ver.

– ¿Quién?

– Esa mujer que acaban de despedir, no recuerdo el nombre. Acaba de salir del baño, y seguro que nos vio.

– Ah, María. No, pero no puede ser. Hoy estaba trabajando en su oficina.

– Acaba de salir del baño, y estoy seguro de que nos vio.

– No te preocupes, aunque sea así, no vio nada. Estamos acá, mirando el teléfono.

– ¿Cómo puedes estar tan segura? La acaban de despedir. Podría hablar, por venganza.  Que esto se supiera nos perjudicaría mucho a los dos. O lo podría usar para sacar provecho, chantaje, lo que quiera….

Él no paraba de mover el teléfono entre sus manos, y le temblaba la voz. Ella lo miró y pensó lo raro que era verlo así. En la empresa siempre mostraba un porte seguro y seductor. Y ahora parecía un crío asustado.

-Creo que te estás obsesionando. No creo que ella haga nada.

-¿Por qué no? Yo lo haría.

-Sí, pero la mayoría de la gente no es cómo tú- Y comenzó a besarlo.

Y era verdad, él era un obsesivo, que vivía alerta todo el tiempo. Siempre creía que la gente de su entorno lo quería perjudicar, y por eso siempre atacaba primero. Tal vez por eso había llegado donde había llegado.

 

 

Como mi suegra había ido al baño justo después de que yo volviera, al salir del restaurante le pregunté:

– Carmen, ¿has visto a un hombre y una mujer que estaban sentados en una mesa frente al baño?

– Sí, la pareja.

– ¿Pareja? Pero no son pareja.

– ¿Cómo qué no? Si estaban muy ´acaramelados´.

Me reí al escuchar ese vocablo tan pasado de moda.

-A ver, Carmen. Por favor, explícame qué quieres decir con ¨acaramelados¨.

 

 

   Esteban llevaba un tiempo bastante preocupado por su esposa. En las últimas semanas la notaba muy distante. Es verdad que vivían a 500 km de distancia por cuestiones laborales, pero al principio, cada vez que se encontraban, eran felices. Aprovechaban todo el tiempo que podían juntos y disfrutaban el uno del otro. Pero eso había cambiado hacía unas semanas. Ahora cada vez la notaba más ausente. Y cuando le preguntaba si le pasaba algo, la respuesta era siempre un ¨nada¨.

   Tenía su teléfono en la mano, y ya había marcado varias veces ese número desconocido, pero nunca se había atrevido a hablar. Siempre respondía un hombre. La última vez que habían estado juntos, había revisado el teléfono de ella y había encontrado este número en reiteradas llamadas, entrantes y salientes. Nunca le había contestado a la voz. No quería tener la confirmación de lo que sospechaba.  

 

 

   Ya habían pasado dos semanas desde la noticia del despido. A pesar de la angustia, intentaba estar del mejor humor posible. En especial por Mabel, mi hija. Y también por Luis, mi marido. Sabía que tampoco era fácil para él ir a trabajar a ese lugar todos los días. Aunque en algún punto, en mi interior, también sentía un cierto bienestar. Había trabajado desde los 18 años, había hecho toda la carrera de ingeniería trabajando, y por primera vez en mi vida, no tenía la responsabilidad de levantarme temprano y acudir a un lugar por obligación. Así que intentaba equilibrar  los momentos de angustia e impotencia con los de tranquilidad y alegría.

Pero esa mañana, algo extraño había ocurrido. Revisando los correos de trabajo, me encontré con una citación, y cuando vi el remitente, me quedé perpleja. ¿Para qué quería verme? Siempre me había ignorado, y a mí, la verdad, me suscitaba un sentimiento de asco. En especial, ese aire de machito que portaba cuando caminaba, saludando solo a las empleadas que él elegía.  La reunión era a las 18, fuera del horario laboral. En el correo electrónico se disculpaba por la hora diciendo que tenía un día muy ocupado.

 

 

   Había llamado a la persona que su abogado le había recomendado y ya estaba todo arreglado. Le había pedido que solo fuera un susto. Luego él hablaría con ella y le dejaría claro que era mejor que no contara nada. Ella no iba a jugar con él, nadie jugaba con él. Llevaba varios días recibiendo llamadas anónimas, y eso lo tenía desquiciado. Estaba seguro de que era María que quería vengarse por lo del despido. Pensaba que seguramente lo quería chantajear, pero no iba a ceder. No era la primera vez que sus aventuras le traían problemas, pero siempre lo había arreglado con dinero. Esta vez  se había sentido desafiado, ella había intentado amenazarlo y eso era algo que no toleraba. Siempre había sido muy cuidadoso con el tema de sus amantes. Si su esposa se enteraba, la buena y cómoda vida que llevaba se acabaría. Nunca le perdonaría una infidelidad.  A pesar de su buen salario en la compañía, sabía que todos los lujos que se daba eran gracias a la fortuna de su familia política. Siempre decía que nadie se hacía rico trabajando para una empresa. La familia de su esposa nunca había estado de acuerdo con esa relación, no lo consideraban adecuado, pero el embarazo inesperado de su primera hija había precipitado el matrimonio.

 

 

   Mabel estaba en su sillita, e intentaba articular sus primeras palabras. Se escuchó la llave de la puerta y entró Luis. Le hizo unas carantoñas a la nena, y me dio un beso. Se cambió y vino a cocinar conmigo.

-¿Cómo estás, María? ¿Has tenido un buen día?

-Sí, amor. ¿Y tú? Has logrado sobrevivir otro día ahí adentro- Él sonrió y me abrazó.

-Tengo algo muy jugoso y extraño que contarte. Hoy recibí una citación muy rara. ¡No vas a adivinar de quién!- Me miró, y subió los hombros mientras ponía cara de interrogación.

-De Iker.

-¿Qué Iker?

-Iker, el jefe de producción. El macho alfa de la planta- Y me puse a caminar intentando imitarlo. Comenzamos a reírnos.

-¿Y para qué quiere éste hablar contigo?

-No estoy muy segura, pero tal vez tenga que ver con esto.

Saqué mi teléfono y le mostré la foto que había sacado en el restaurante.  Luis no terminaba de entender, entonces le expliqué todo lo sucedido aquel día.

-Entonces, me estás diciendo que Iker, el jefe de producción, y Lucía, la presidenta del comité de empresa, ¿son amantes?

-Eso parece. ¿Te imaginas si esto se supiera? ¡Puf, qué ganas de contarlo!

-¿Y qué vas a hacer? ¿vas a ir a verlo?

-No, la reunión era hoy, a las 18, y he decidido no ir. Estoy empezando a pensar que me hicieron un favor, despidiéndome. Nunca me gustó estar ahí dentro. En una semana me pagarán una buena indemnización, y borrón y cuenta nueva. No quiero saber nada de esta gentuza. Y lo de Iker y Lucía, es un problema de ellos. Tarde o temprano, alguien a quien sí le interesará contarlo, los verá y se armará el escándalo. O no. A mí me da igual.

Luis se acercó, me abrazó, y poniendo carita de pobrecito, me dijo:

-Pero podrías haber ido y chantajearlo para que me diera un mejor puesto. ¿No pensaste en tu maridito?

-No, pensé en mí.

Me dio un beso, y ambos nos estuvimos riendo un rato, imaginando posibles chantajes y extorsiones.

 

 

   El sicario estaba en su coche, esperando en la rotonda. Iker le había dado instrucciones precisas. Tenía que esperar un Citroen C3 gris, que vendría por la carretera nacional, y en la rotonda giraría a la izquierda para tomar la carretera secundaría que lleva a la planta. A esa hora, no habría coches, y sería fácil cumplir con el pedido.

            Lucía iba conduciendo camino a la planta. Esa mañana había hablado con Iker y lo había notado totalmente desquiciado. Iker le dijo que no tenía que preocuparse, qué él ya se había encargado de todo. No lo conocía muy bien, pero le temía y lo consideraba una persona muy inestable. Lucía había querido verlo y hablar con él antes, pero el día se había ido complicando. Su Audi A3 se había quedado parado, tuvo que llamar a la grúa e ir al taller. Le dieron el único coche de sustitución que les quedaba, un Citroen C3 gris. No les gustaba nada ese auto, pero quería ir a ver a Iker lo antes posible. Sabía que se encontraría con María en la planta.

   Tomó la carretera secundaria, y vio un coche negro detrás de ella. Cada vez se acercaba más y le pareció extraño. Seguramente iba a pasarla. Vio como el coche giraba lentamente a la izquierda, aceleraba, y la chocaba en la parte trasera izquierda de su coche, intentando sacarla de la carretera. Giró hacia la izquierda para enderezar, pero los nervios y la falta de control sobre un vehículo que no conocía hicieron que diera un volantazo que la colocó en forma transversal al coche negro, que la embistió por el lado del conductor.

   El sicario se bajó de su coche y fue corriendo hacia el otro vehículo. Le puso dos dedos en el cuello a la mujer para comprobar el pulso.  Lucía yacía muerta sobre el volante.

 

 

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