DESTINO ESPARCIDO – Francisco Manuel Alcauce Díaz

Por Francisco Manuel Alcauce Díaz

Laura cerró los ojos y abrió las piernas, cuando lo escuchó llegar; no era el momento, y así quedó cuando se esparció por el suelo.
Ella sabe por sus vivencias que en un primer momento da miedo, después no hay angustia, ni dolor; es una sensación de tranquilidad y pausa.

Es media tarde, dos de febrero, afuera hace frío, en un estacional invierno, nieve y olor a chimeneas en la calle. Laura envía un WhatsApp inquietante a Miguel. El teléfono timbra en la oficina y responde con rapidez.
-Cálmate, Voy a casa, sí… Voy a casa, sí

Esa era la respuesta, aun así, ella lo espera inquieta mientras toma una taza de tila.

Miguel es un chico simpático de ojos marrones y pelo corto, terminó sus estudios de administrativo haciendo prácticas de becario en una oficina, a su llegada al barrio se hospedó en una pensión barata, y al poco tiempo conoció a Laura; la chica de la tienda.
Miguel socializa con Laura y ella le ofrece la posibilidad de alquilarle una habitación de su propiedad para compartir gastos, que no intimidad. El piso es pequeño, tanto como sus posibilidades de ser pareja, dos dormitorios, un saloncito, cocina, y un baño, que debían usar por turnos. Desde hace cinco años conviven en un barrio de gente humilde y trabajadora con muchos sueños por cumplir. La economía está difícil, y los recursos escasos. No intuyen nada; aunque sus caminos separados se transformarán en un sendero inesperado.
Ella trabaja media jornada de cajera en la tienda del barrio, y las tardes del fin de semana en la cafetería de su primo.
Él trabaja en la oficina de la constructora, y ahora ya tiene contrato indefinido, su relación con las entidades bancarias y los Registros de la Propiedad es su ámbito laboral.
Sus vidas son tan rutinarias como predecibles, de lunes a viernes las mañanas brotan con la primera alarma desde el móvil de Laura, con una diferencia de cinco minutos se repite el sonido y un sonoro bostezo precede a un salto a la ducha y un paseo por la cocina; un café rápido y dos magdalenas componen un desayuno frugal, que sustentará una pieza de fruta y un zumo a media mañana. Con la sincronía habitual suena la alarma del teléfono en la habitación contigua. Laura tamborilea la puerta de Miguel, como una señal para él, de que está libre el baño y la cocina y sale a la calle. Miguel lleva despierto un rato, leyendo las noticias de los periódicos digitales y contestando sus redes sociales, al igual que Laura, toma una ducha y un café que le dejó aún caliente.
Laura empieza su turno a las ocho. Miguel pasa por la tienda a las 8:25, para comprar una barra de pan, Ella siente mariposas y su presencia le alegra el día. Le persigue con la mirada por toda la tienda, hasta que llega a la caja y Miguel le dice.

-Buenos días, ¡qué bonito está el día con tu luz!

Eso provoca que se le ruboricen sus mejillas, mientras surgen deseos en su interior. Laura siempre ha desconfiado de los hombres, su padre ya hizo lo necesario para provocarle esa desconfianza, sin embargo, siente en su interior el ardor de un sexo virginal brotando por los poros, de unas hormonas silentes de actividad, y lo tiene cerca, muy cerca…

Las tardes y noches son iguales. Ellos cenan juntos en la cocina, y se retiran a sus cuartos, Laura no comparte cama; donde cada uno enciende su noche de distintos modos, Laura mira su serie favorita, mientras Miguel navega las redes sociales en busca de un desahogo.
Los fines de semana, son distintos- El sábado Laura organiza sus cosas y sale de compras en la mañana, mientras Miguel queda con un compañero de oficina, para jugar futbol sala en un pabellón del barrio, después toman una cerveza y suele volver a casa. Los domingos son de desconexión y libre disposición. Sin embargo, ella vuelve a su trabajo en la cafetería donde puede hacer un poco de vida familiar con su primo Luis, sobrino por parte de madre, y cobijador cuando ambas quedaron sin saber dónde ir, después del incendio que provocó su padre y que terminó con el demonio convertido en cenizas

En sus pensamientos ultima los detalles para su cumpleaños, y por coincidir en cohabitar, prepara una fiesta que servirá para declararse a Miguel en un momento más personal, con la esperanza de una respuesta afirmativa, para Laura puede suponer cerrar un capítulo de su pasado, Miguel se ha ganado su aprecio, confianza y en lo más árido de su corazón han empezado a descubrirse primaveras, en su atrevimiento y como propósito se ha comprado un conjunto de ropa interior, idealizando que él le arrebate con mutua pasión y deseo.
Nunca se dieron un permiso para tocarse más allá de una ayuda puntual, no se besaron más allá de un consentimiento venial, no han estado juntos en el baño, salvo una vez, que Laura se hizo un corte en un dedo, y Miguel le taponó la sangre haciendo de enfermero.

Ahora la sangre es otra. Brota de un cuerpo, sin miedo, ni explicación, esparcida en un frío suelo.

Laura cumplirá treinta años en unos días, su vida va a experimentar un cambio brusco, va a dejar de ser aquel bebé de carita redondeada y ojos negros, que la vida llevó a no montar en bicicleta, aun cuando se mantuvo pedaleando en un hogar de violentas noches e intensas vigilancias, de puertas quebradas y platos rotos, no hubo un sueño tranquilo, ni siquiera cuando su madre huyendo de su alcohólico e irascible verdugo, se acurrucaba en su cama, cantándole una nana,

“- Una estrella brillará, me acompañará, sola no estoy, junto a ti no lo estoy, me acompañará, junto a ti, sola no estoy”

Y soñando con una estrella fugaz quedaban abrazadas en las noches más temerosas.

Laura no eligió salir huyendo de un fuego que abrasa su juventud, sin una maleta que arrastrar, ni una muñeca bajo el brazo para jugar, con una lección aprendida y un lugar donde no volver. Crece sin conocer el amor, sin tránsito de niña a mujer. Su pensamiento es una marca en lo más profundo de su ser…
Seca sus lágrimas y bebe un sorbo de la taza esperando en la cocina. Aún los miedos recorren cada habitación, revisa cada puerta, cada interruptor eléctrico, cada cierre de ventana; para asegurarse de que no vuelven los golpes lastrados en su tremulante piel, no son manías, son sensaciones con sabor a hiel.

Miguel en cambio, nació hace 34 años, entre mullidos colchones de luciérnagas errantes llenando su vida de brillos y claridad, su familia le cuidó entre mimos y continuos deseos de prosperidad. Su educación fue lo habitual para su edad e inteligencia, recreos de bocadillos de crema de cacao y avellanas, y juguetes con los que divertirse con sus amigos. Miguel se graduó en la facultad de Empresariales con buen expediente. No tuvo novia, ni conocía chica que pudiera pretenderle.

Laura aún espera en la cocina y sus recuerdos se diluyen en un fluir de sentimientos, de culpa y franqueza, bebe un trago de tila, y otra lágrima brota sin prisa, como si estuviera esperando la cuenta atrás del disparo de salida en una carrera. La carta que ahora agarra con fuerza es una orden de desahucio a nombre de Laura y supone para ella una sorpresa y un desconcierto. Hubiera sido un papel sin más importancia; solo que apareció por descuido entre la ropa sucia, en el bolsillo del pantalón de Miguel antes de poner en marcha una lavadora.
Miguel cierra su portátil, coge el abrigo y sale de la oficina con paso acelerado, en cuanto guarda el teléfono. La distancia en tiempo es de unos ocho minutos hasta el piso. El gélido aire hace que exhale humaredas en cada respiración; agitado por los pasos de una inminente carrera, mientras su cabeza intenta buscar como dar explicaciones al WhatsApp revelador que Laura escribió en el teléfono destrozando su confianza ciega.

Laura espera sentada a Miguel en la cocina, brota un dolor en su cabeza repentino, su peor recuerdo aflora, y la rabia contenida vuelve al presente. Es en su casa, una tarde su madre planchaba ropa, mientras ella que cumple nueve años mira la televisión, sus dibujos animados favoritos esperando a su padre para soplar las velas y comer un trozo de tarta; estar a solas con su madre suponía los momentos de paz en su mal llamado hogar. La puerta se abre, un grito en el pasillo exaltó su piel, su padre borracho, desvanecía la ilusión de unas velas inocentes.
– Lauraaaa, ¿dónde estás?
Ella se refugió rápidamente en brazos de su madre, mientras su padre dio un portazo, y una patada a la tabla de planchar y la ropa doblada quedó esparcida por el suelo. Laura se soltó de su madre huyendo, su padre acertó a empujarla hacia el suelo, mientras la madre en un intento de agarrarlo, le desbocó su rabia hacia ella desgarrándole el vestido, y dejando en ropa interior mientras la empujaba hacia afuera del balcón, gritándole…

– ¡Ahora verán todos lo furcia que eres!
Laura alcanzó la plancha, aprovechando que el padre se volvía contra ella, cuando le agarró por el pelo izándola como una bandera, estampándole la plancha en la cara con todo su descontrol. Fueron segundos de gritos de dolor y sangre por el suelo. Enajenado entró en la cocina, abrió el gas de la hornilla, y prendió fuego, mientras madre e hija salían de casa, bajando las escaleras que las llevaban a la calle, escuchando los gritos,

– ¿Queréis quemarme?… ¡Aquí está el fuego!

Alertados los vecinos, acudieron en rescate de las dos, poniéndolas a salvo de un incendio, que los bomberos sofocaron con el resultado de un fallecido por quemaduras de primer grado en todo el cuerpo.

Miguel está a unos metros del portal, duda si tocar el telefonillo o abrir con su llave; aunque es una costumbre pulsar el botón del segundo izquierda, dos veces tipo morse como aviso de su llegada, esta vez usa la llave y sube con celeridad.

Laura espera sentada en la cocina, se levanta al escuchar el ruido de llaves en las manos de Miguel, a punto de penetrar la cerradura, deja la taza de tila y agarra el cuchillo, se gira hacia la puerta, que Miguel ya ocupa en su dintel.

– ¡Laura, yo te puedo explicar!

Laura cierra los ojos, y abre las piernas clavando con fuerza el cuchillo en el tórax a la altura del corazón. Miguel queda inmóvil sin defensa en un grito ahogado, desplomándose hacia adelante. Sin tiempo de explicar el motivo por el que había avalado con las escrituras del piso de Laura, un crédito para refinanciarle una operación financiera que había quebrado declarándose insolvente. Fue por ello por lo que recibió una carta de desahucio inminente.
Miguel aprovechó la condición de confianza ganada de la que era su arrendataria para resolver un asunto de la oficina, en todo pensó que saldría bien. Ella revivió su infancia con el descubrimiento de un enemigo en casa.
Laura vivió tranquila la llegada de la policía, Se fueron los fantasmas, desaparecieron los miedos. Ahora sus pesadillas se despejan como los cielos después de las tormentas. Sabe que por tener atenuantes no permanecerá mucho tiempo en la cárcel, Aun así, ella ya ha llegado a su libertad.

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Esther

    Que maravilla de relato, interesante hasta el final.
    Sigue así! Tienes mucho talento con las palabras 😘

  2. Un relato inteligente, bien construido. Te atrapa de inmediato , llevándote de la mano hasta un final que abrocha perfectamente la historia.

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